9 Llanura de Queronea, Beocia #3
Moría en la llanura, entre el río y las montañas, sobre el terreno que Sila había elegido.
Los legionarios empujaban a los pónticos que huían hacia el Cefiso, demasiado estrecho para acoger a un ejército, y hacia las laderas del Aconcio, demasiado empinadas para subirlas a la carrera.
Arquelao intentó reagrupar a sus tropas delante de su propio campamento y mandó cerrar las puertas para obligar a los fugitivos a detenerse.
Lo único que consiguió fue que los hombres que no pudieron entrar fueran masacrados frente a las puertas.
El sol estaba alto. Era por la tarde. La batalla había comenzado a primera hora de la mañana y ahora, seis horas después, el resultado estaba decidido.
El ejército de Arquelao ya no existía. Diez mil hombres, quizá menos, escaparon con el general hasta la costa, donde los recogió la flota póntica. El resto quedó en el campo.
Sila miró la llanura. Estaba cubierta de muertos, tan juntos en algunos puntos que no se veía el suelo.
Los carros falcados yacían destrozados entre los cadáveres; las hoces que por la mañana habían destellado al sol estaban ahora mates y torcidas.
Cadáveres de caballos. Sarisas partidas.
Cascos, escudos, espadas: las herramientas de una guerra que había cumplido su función y ahora yacían inútiles en el polvo.
El Cefiso llevaba agua roja. La corriente la arrastraba hacia el este, por la llanura, y el rojo se diluía, pero no desaparecía.
Días después, decían los habitantes de la zona, el agua seguía teñida.
Sila desmontó. Apenas le sostenían las piernas. La coraza estaba abollada, el penacho del casco arrancado, la espada mellada. En el brazo izquierdo, allí donde llevaba meses con la piel inflamada, una lanza había rozado la correa de la armadura y dejado un arañazo que sangraba. No se dio cuenta.
Caminó por el campo. Solo. Sus oficiales lo siguieron a cierta distancia, pero ninguno se atrevió a hablarle.
Sila avanzaba entre los muertos con la mirada de un hombre que busca algo sin saber qué.
Pasó junto a un carro destrozado cuyas hoces se habían clavado en la tierra como los dientes de un animal abatido.
Pasó junto a un grupo de samnitas muertos que habían caído en formación de falange, erguidos, con las sarisas aún entre los puños, como si la muerte los hubiera congelado.
Pasó junto a un caballo tendido de costado, convulsionándose, y lo remató de un solo golpe de espada porque era lo único que podía hacer por el animal.
Entonces se agachó.
En el barro, entre los restos de un carro destrozado, había una estatuilla.
Pequeña, de bronce, rota: la cabeza separada del tronco, el cuerno de la abundancia quebrado, un brazo desaparecido.
Fortuna. Una estatuilla póntica de Fortuna, una ofrenda votiva que algún soldado había llevado consigo.
El trabajo era mejor que el de la propia estatuilla de Sila: más fino, más detallado, el rostro de una mujer que no sonreía.
El cuerno de la abundancia estaba tres pasos más allá, en la sangre, medio enterrado.
Sila recogió los fragmentos. El tronco. La cabeza. No buscó el cuerno: estaba demasiado hundido en el barro. Sostuvo las piezas en la mano y las contempló. La diosa, rota. Su reflejo. Su Fortuna estaba entera, intacta, en el arca del campamento. Esta estaba muerta.
Se guardó los fragmentos en el cinturón. No sabía por qué. Quizá porque una diosa rota era más sincera que una entera. Quizá porque necesitaba algo que le recordara el precio.
La noche posterior a la batalla, Sila estaba en la tienda y no podía comer.
La cocina de campaña había preparado una comida —pan, queso, vino, carne asada—, pero Sila no tocó nada.
Estaba sentado a la mesa y escribía. No al Senado, que lo había declarado enemigo.
No a Lúculo, que buscaba barcos en algún lugar del mar. Escribía a Metela.
Escribió tres frases. Epícado lo veía desde la entrada de la tienda, donde permanecía observándolo, e intentó leer las palabras, pero la mano de Sila las ocultaba.
Sila escribió las tres frases, dobló el papiro, lo selló y lo guardó en su arca.
Junto a la estatuilla de Fortuna. Junto a los fragmentos de la rota.
Nunca enviaría aquella carta. Metela estaba huyendo, su paradero era desconocido. Pero la había escrito porque tenía que escribirla. Porque algunas cosas tenían que decirse aunque nadie escuchara.
—No entres —dijo Enobarbo en voz baja. El viejo centurión estaba junto a Epícado, mirando también hacia el interior de la tienda. Tenía un rasguño en la mejilla, un desgarro en la cota de malla y tierra en el pelo. Olía a sudor, sangre y tierra, como todos los que habían combatido aquel día.
—¿Cuántos? —preguntó Epícado.
—¿De los suyos? Cincuenta mil. Sesenta mil. Quizá más. El río está rojo. Arquelao ha escapado con un puñado de hombres.
—¿Y de los nuestros?
—Menos. Muchos menos. Pero bastantes. El Cefiso no tiene bando.
Sila se levantó, fue hasta la entrada de la tienda y miró afuera. El campamento estaba en silencio, los fuegos ardían bajos. En el horizonte, sobre las colinas de Beocia, estaba la luna, llena, amarillenta, gorda, como si se hubiera saciado con la sangre del día.
Epícado se acercó.
—Sila. Ha llegado un mensajero. Del sur.
Sila tomó la carta. La leyó a la luz de una antorcha, y Epícado vio que algo cambiaba en su rostro: no mucho, una contracción de los labios, un aleteo de los párpados, apenas perceptible. La leyó una segunda vez. Después una tercera.
—¿Qué dice? —preguntó Epícado.
Sila dobló la carta. Despacio. Con cuidado. Como siempre.
—Mario ha muerto.
La hoguera crepitó. Un leño se partió, cayó sobre las brasas y las chispas saltaron y se extinguieron.
—¿Cuándo?