Sila: El favorito de Fortuna 9 Llanura de Queronea, Beocia
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9 Llanura de Queronea, Beocia

LLANURA DE QUERONEA, BEOCIA

El ejército póntico parecía un mar de carne y hierro derramado sobre la tierra.

Sila estaba en la colina de Parapotamios, en el extremo meridional de la llanura, observando cómo se formaba el enemigo.

Era una visión capaz de estremecer incluso a un hombre que había pasado toda su vida adulta en campos de batalla.

La llanura del Cefiso, encajada entre las montañas y el curso del río, estaba cubierta de tropas a lo largo de una milla y media: una masa interminable y oscilante de escudos, lanzas, cascos y estandartes que se movía como hierba al viento.

Tracios, pónticos, escitas, capadocios, bitinios, gálatas, frigios: Arquelao había reunido todo cuanto el mundo oriental podía aportar en soldados.

Y delante de la infantería, dispuestos en una línea que se extendía por toda la anchura de la llanura, estaban los carros falcados.

Sesenta. Sila los contó despacio, con cuidado, como un mercader que examina su mercancía.

Cada carro iba tirado por cuatro caballos protegidos con cuero y bronce.

De los ejes, a izquierda y derecha, sobresalían las hoces: hojas de tres pies de largo, curvadas como segaderas y afiladas hasta reflejar la luz.

A pleno galope podían segar las piernas de un hombre a la altura de las rodillas.

Sila había leído los informes. En la batalla del Amnias, dos años antes, los carros falcados pónticos habían despedazado a un ejército bitinio.

Sila no iba a darles la oportunidad de hacer lo mismo con sus legiones.

—¿Cuántos? —preguntó Enobarbo a su lado. El viejo centurión se protegía los ojos con una mano y miraba fijamente la llanura, como si pudiera averiguar la cifra con solo observarla.

—Ciento veinte mil. Quizá más.

—¿Y nosotros?

—Veinticinco mil. Si contamos a los queroneos.

Enobarbo resopló.

—Uno contra cinco. Peor que contra los cimbrios.

—Contra los cimbrios teníamos campo abierto y a Mario. Aquí tenemos un valle y me tenéis a mí.

—Me quedo con el valle.

Sila sonrió. Era aquella sonrisa breve y dura que reservaba para los momentos en que el humor era lo único que se interponía entre él y el miedo.

Él había elegido el terreno. Esa era su ventaja, la única que tenía además de la disciplina de sus veteranos y treinta años de experiencia.

La llanura de Queronea no era terreno abierto.

Era un paso estrecho, limitado al sur por las laderas del monte Turio, al norte por las estribaciones del Aconcio y atravesado por el río Cefiso, que corría de oeste a este por el centro.

El terreno obligaba a Arquelao a comprimir su enorme superioridad numérica en un frente estrecho, y ese frente estrecho le privaba de la ventaja de envolver al enemigo.

La caballería que Arquelao habría podido emplear en campo abierto para arrollar los flancos de Sila quedaba allí constreñida.

Los carros necesitaban espacio para tomar carrera: al menos quinientos pasos para alcanzar la velocidad que los convertía en máquinas de matar.

En aquel paso disponían de menos de doscientos.

Sila había desplegado sus líneas la víspera.

El ala derecha, bajo su mando personal, al pie del Turio: cinco cohortes, las mejores que tenía, veteranos de la guerra Social, hombres que habían estado con él en Nola y habían sobrevivido a la marcha sobre Roma.

El ala izquierda, bajo el legado Murena, al norte del río.

En el centro, frente a la ciudad de Queronea, una legión a las órdenes de Gabinio cubría el flanco y al mismo tiempo vigilaba la entrada del estrecho desfiladero que conducía hacia el sudeste, la ruta de suministros de Sila y su única vía de retirada.

A la retaguardia, sobre las colinas, las cohortes de reserva bajo Hortensio y Galba.

Durante la noche Sila había hecho cavar a sus hombres.

Fosos, terraplenes, empalizadas: una sucesión de obstáculos delante de la línea romana, lo bastante profundos para derribar un caballo y lo bastante densos para quebrar el impulso de una carga de carros.

Los legionarios habían maldecido mientras cavaban.

Habían marchado cuarenta millas y mantenido durante toda la noche el asedio de Atenas, y ahora se suponía que debían abrir agujeros en vez de dormir.

Sila les había dicho: podéis cavar ahora y vivir mañana, o dormir ahora y morir mañana. Habían cavado.

Había enviado a Enobarbo con una unidad al monte Turio: los centuriones de la tercera cohorte, acompañados por habitantes de Queronea que conocían todos los senderos y cuevas, armados con hondas y piedras.

Arquelao también había apostado hombres en el Turio, una compañía de infantería ligera encargada de asegurar el monte.

Los queroneos de Sila esperaban por encima de la posición póntica, invisibles entre las rocas, aguardando la señal.

La noche había sido larga. Sila no había dormido.

Había recorrido las posiciones, de cohorte en cohorte, hablando con los centuriones, dando palmadas en los hombros de los hombres, inspeccionando los fosos.

Conocía sus caras, muchas desde hacía años.

Los hombres que morirían al día siguiente.

Algunos lo sabían. Sila lo veía en sus ojos cuando se sentaban junto al fuego y se quedaban demasiado tiempo mirando las llamas.

Ahora era de día. El sol ascendía sobre el Aconcio y Sila alzó una mano.

La batalla comenzó con piedras.

Los queroneos del Turio se lanzaron sobre la posición póntica situada debajo: una lluvia de peñascos, proyectiles de honda, todo cuanto las manos podían agarrar.

Enobarbo encabezaba el ataque, el viejo centurión en primera línea, con la vara de vid en el puño como si pudiera lanzar piedras con ella.

Los pónticos del monte entraron en pánico.

Eran infantería ligera, no estaban equipados para combatir cuesta arriba, y las piedras llegaban de todas partes: desde las rocas, desde las laderas, desde ángulos que ningún defensor podía cubrir.

Un peñasco grande como una cabeza humana bajó rodando por la pendiente y golpeó en el pecho a un oficial póntico.

El hombre salió despedido hacia atrás contra sus propios soldados, derribó a tres y quedó tendido.

En pocos minutos la posición se vino abajo.

Los pónticos huyeron ladera abajo, tropezando y gritando, y chocaron contra sus propias filas al pie del Turio, sembrando el desorden en el flanco derecho de Arquelao.

Arquelao reaccionó. Sila lo vio. El póntico no era un incompetente; era un general experimentado que sabía qué hacer cuando un plan empezaba a tambalearse.

Arquelao lanzó su caballería: una carga masiva destinada a arrollar a los queroneos del Turio y restablecer el orden en su flanco.

Los jinetes partieron al galope, centenares, la tierra tronando bajo sus cascos, y Sila oyó el estruendo desde su colina: un tamborileo sordo que atravesaba el suelo y vibraba en las plantas de los pies.

La carga de caballería se deshizo. Los fosos de Sila detuvieron a los caballos, las empalizadas quebraron el impulso y los legionarios apostados detrás de los terraplenes recibieron a los jinetes con salvas de pila, jabalinas de siete libras capaces de atravesar a veinte metros a un hombre montado junto con su escudo.

Los pila volaron densos, en una oleada, alcanzando caballos y jinetes, derribándolos, y los que venían detrás se precipitaron contra la maraña de animales que caían y hombres que morían y cayeron a su vez.

La caballería se retiró, diezmada, ineficaz.

Entonces llegaron los carros.

Sila oyó el traqueteo de las ruedas sobre el suelo pedregoso, como un trueno que no terminaba.

El relincho de los caballos, cuatrocientos animales puestos en movimiento al mismo tiempo, golpeando la tierra con tal fuerza que el suelo temblaba bajo los pies de Sila.

El repiqueteo metálico de las hoces contra los ejes, un tintineo rítmico que oyeron los hombres de las primeras filas y que hizo palidecer a algunos, porque sabían lo que esas hojas hacían con un cuerpo.

Sesenta carros, en una línea que ocupaba el centro de la llanura, dirigidos contra la posición de Gabinio.

Los carros aceleraron. Despacio, demasiado despacio.

El terreno era irregular, sembrado de piedras y restos de antiguos canales de riego, y la distancia era demasiado corta.

Sila había adelantado sus líneas todo lo posible precisamente para impedir aquello: privar a los carros de la carrera necesaria, de la velocidad mortal que en Amnias los había convertido en máquinas de carnicería.

Gabinio hizo lo que Sila le había ordenado.

Sus legionarios retrocedieron detrás de las empalizadas: postes de madera de la altura de un hombre, clavados en el suelo a una mano de distancia unos de otros, por los que ningún carro podía pasar.

Los carros alcanzaron la empalizada a la velocidad de un caballo al trote.

Algunos conductores comprendieron demasiado tarde la trampa y tiraron de las riendas, pero cuatrocientos caballos en línea no podían detenerse en diez pasos.

Chocaron. Los caballos se encabritaron, las varas se partieron, las ruedas quedaron atrapadas entre los postes.

Un carro volcó de costado, las hoces araron la tierra y abrieron un surco tan profundo como el de un arado; el conductor salió despedido y quedó tendido.

A su lado yacía su auriga, aplastado bajo el vehículo volcado, las piernas dobladas en un ángulo imposible para un hombre vivo.

Detrás de la empalizada se alzaron los legionarios.