8 Atenas #4
Volvió a la biblioteca donde había encontrado al viejo Diodoro.
La puerta estaba abierta. La sala había sido devastada: las estanterías volcadas, los rollos que quedaban esparcidos, algunos rotos, otros pisoteados.
Junto a la pared donde había estado sentado Diodoro había una manta arrugada y, a su lado, una copa vacía.
Alguien había vivido allí después del asalto, quizá el propio Diodoro, quizá otro refugiado. De Diodoro no había rastro.
Epícado lo buscó durante tres días. Preguntó a los vecinos, a los pocos que aún estaban allí, que no habían huido ni habían muerto.
Recorrió las callejuelas de alrededor, los patios, los sótanos.
Fue al Cerámico, donde enterraban a los muertos en fosas comunes, y examinó los cadáveres uno por uno, buscando el rostro hundido del anciano que le había dado el rollo de Aristóteles.
No lo encontró. Diodoro había desaparecido, disuelto en el caos de una ciudad conquistada en la que habían desaparecido miles de personas y la mayoría de ellas jamás volverían a aparecer.
Quizá había muerto por el mal de sus piernas, por el hambre o por el frío.
Quizá alguien lo había encontrado y se lo había llevado.
Quizá, por algún milagro, se había puesto en pie y se había marchado aunque sus piernas no pudieran sostenerlo, porque la voluntad de un anciano que sabía que sus libros estaban a salvo era más fuerte que la gangrena.
Epícado nunca lo sabría. Pero guardaba el rollo de Aristóteles en su arca, y lo leería, lo copiaría y lo haría circular, tal como Diodoro le había pedido. La única guerra que podía ganarse.
Los rollos que Epícado había salvado aquella noche —Aristóteles, Tucídides, Heródoto, Eurípides, los textos desconocidos— estaban en su arca del campamento, envueltos en tela, intactos. Eran siete rollos. De los centenares que habían llenado la biblioteca, había salvado siete.
Siete. En una guerra que había engullido miles de libros y miles de personas, siete rollos eran lo que un solo hombre podía cargar.
Siete rollos y una bolsa de pasas. Ese era el balance de la noche de Epícado: el balance de un hombre situado entre dos mundos, el griego, que caía, y el romano, que lo hacía caer, sin pertenecer a ninguno de los dos.
Pensó en su padre, el escriba del demo de Colito que le había enseñado que la verdad estaba en los libros, no en las espadas.
Su padre había muerto quince años antes, de unas fiebres en la ciudad baja de Atenas, porque los médicos no trataban a quienes no podían pagarles.
Epícado tenía entonces catorce años. Ahora tenía veintinueve y llevaba la herencia de su padre en un arca de cedro, junto a la estatuilla de Fortuna de un hombre que talaba árboles atenienses y salvaba bibliotecas atenienses sin siquiera ver la contradicción.
Era poco. Era todo.
Al atardecer, cuando el sol se puso detrás de la Acrópolis y las sombras de las columnas del Partenón cayeron sobre la ciudad devastada, Epícado se sentó en los escalones de la Estoa Poikile y escribió.
No escribió un informe para Sila. No escribió una carta, ni una lista de nombres, ni un acta. Escribió para sí mismo, con aquella letra pequeña y apretada que solo él podía leer, en una tablilla de cera que después guardaría bajo llave en su arca.
Escribió:
Atenas ha caído. La ciudad en la que nací es ahora un botín.
Los hombres que la han tomado son los mismos hombres a los que sirvo.
El hombre que dio la orden es el hombre al que mejor conozco.
Lo he visto todo. La muralla que cayó. Las calles que ardieron.
Los muertos que no fueron enterrados. Los vivos que no sabían si seguirían vivos.
He salvado siete rollos y he regalado una bolsa de pasas, y sé que ninguna de las dos cosas fue suficiente, y sé también que fue más de lo que hizo la mayoría.
Sila puso fin a la matanza porque griegos y romanos se lo pidieron.
No sé si lo habría hecho por iniciativa propia.
No sé si importa. Atenas vive. Tendrá que bastar.
Dejó el estilete y miró la ciudad. Las antorchas de la guardia nocturna ardían a lo largo de la muralla rota y, más allá, sobre la roca de la Acrópolis, brillaban los fuegos del último baluarte de Aristión: pequeños, obstinados, desafiantes, los fuegos de un sitiado que se niega a abandonar una causa perdida.
Aristión resistiría todavía durante semanas. Después se le acabaría el agua, Curión tomaría la Acrópolis y el tirano moriría.
Y Sila marchaba hacia el norte, donde aguardaba Arquelao y una batalla mayor que todo lo que Epícado había visto hasta entonces.
Epícado se sentó en las gradas del teatro de Dioniso y contempló la ciudad. Olía el humo que aún colgaba sobre Atenas. Olía el polvo de la muralla derrumbada y el olor de los muertos que llegaría al día siguiente, cuando subiera el sol y los cuerpos empezaran a pudrirse.
Y debajo de todo aquello percibía, apenas, el olor del tomillo que bajaba de las colinas. Tomillo que crecía por toda Atenas, entre las piedras, sobre las murallas, en las grietas de los templos. Tomillo que siempre estaba allí, incluso cuando todo lo demás había sido destruido.
Se aferró a aquel olor como un náufrago se aferra a un trozo de madera.
Era lo único que quedaba de su ciudad que no olía a muerte.