3 De Nola hacia el norte #2
Sila lo vio desde lejos: un jinete solitario en el camino, delante de la columna, con una toga blanca que ondeaba al viento como una bandera. El hombre se detuvo en mitad de la calzada y esperó. No llevaba casco ni armas. Llevaba una rama de olivo.
Sila hizo detenerse a la columna. Avanzó solo a caballo y se detuvo a tres cuerpos de caballo del enviado.
El hombre era viejo, sesenta años quizá, tal vez más.
Por la toga, con la ancha franja púrpura que indicaba su rango, debía de ser senador.
Tenía la dignidad de quien está acostumbrado a que lo escuchen y el nerviosismo de quien sabe que se encuentra ante un ejército capaz de aplastarlo en cuestión de segundos.
—Lucio Cornelio Sila —dijo el enviado—. Hablo en nombre del Senado y del pueblo de Roma. El Senado te pide que detengas a tus tropas y entres en negociaciones.
Sila permaneció sobre el caballo y guardó silencio. Lo hizo esperar. Diez latidos. Veinte. Detrás de él, veintiséis mil hombres aguardaban en formación de marcha, y el peso de su presencia se percibía como el peso de una montaña.
—Dile al Senado —dijo Sila por fin— que Lucio Cornelio Sila viene. Viene como cónsul de la República, con el mandato que le han conferido el sorteo y la ley. Que venga como amigo o como enemigo lo decidirá el Senado. Tiene hasta mi llegada para tomar esa decisión.
El enviado abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—Cónsul, el Senado te pide...
—El Senado ya tiene mi respuesta. —Sila hizo girar el caballo—. Transmítesela. Palabra por palabra.
El viejo senador permaneció en medio de la calzada, con la rama de olivo en la mano, mientras la columna desfilaba a su lado.
Cohorte tras cohorte, legión tras legión.
Los legionarios no lo miraban. Marchaban de frente, con los ojos fijos en la espalda del hombre que los precedía, y el golpeteo regular de las suelas claveteadas contra el pavimento de la Vía Latina sonaba como un corazón que empezaba a latir más deprisa.
Epícado, que viajaba en una mula al final del tren de bagajes, vio al anciano cuando pasó junto a él. El senador había bajado la rama de olivo. Tenía el rostro gris. Permanecía allí como un hombre que acabara de comprender que el mundo que conocía ya no existía.
Al anochecer del tercer día, Sila recorrió el campamento.
Lo hizo solo, sin lictores, sin escolta. Era una costumbre que ponía nerviosos a sus oficiales de estado mayor: un cónsul que caminaba solo de noche por un campamento militar era un cónsul al que podían asesinar. A Sila no le importaba. Necesitaba el silencio. Necesitaba los rostros.
Pasó junto a las hogueras donde los legionarios se sentaban a comer, hablar o guardar silencio.
Vio sus rostros a la luz del fuego: jóvenes y viejos, lisos y llenos de cicatrices, cansados y tensos.
Oyó las conversaciones, que se apagaban cuando lo advertían y volvían a cobrar vida cuando él ya había pasado.
Sabía de qué hablaban. Hablaban de Roma.
Hablaban de la pregunta que ninguno se atrevía a formular en voz alta porque era demasiado grande para las palabras: ¿qué sucederá cuando lleguemos?
¿Qué sucedía cuando veintiséis mil legionarios armados atravesaban las puertas de la ciudad que habían jurado proteger?
¿Qué sucedía cuando soldados romanos luchaban contra ciudadanos romanos, cuando la espada destinada al bárbaro se volvía contra el vecino?
¿Qué sucedía con la República cuando el hombre encargado de hacer cumplir sus leyes las quebrantaba?
Sila conocía la respuesta. La llevaba dentro como una piedra en el pecho: pesada, fría, inamovible.
La respuesta era que no había respuesta. Solo existía lo que viniera después. Y lo que viniera después dependía de si ganaba o perdía.
Se detuvo junto a una hoguera donde un centurión estaba sentado solo, mordisqueando un pedazo de pan duro. Papio. El viejo sabino que trataba a sus legionarios como a hijos.
—¿No puedes dormir, cónsul? —preguntó Papio sin levantar la vista.
—Como siempre.
—¿Habrá combate? ¿En Roma?
Sila se sentó junto a él. El fuego crepitó. Las chispas volaron hacia la noche.
—No lo sé —dijo. Y era verdad. No sabía si Mario había reunido tropas, si el Senado levantaría una milicia, si las puertas estarían abiertas o cerradas. Solo sabía que no podía dar media vuelta. No ahora. Ya no.
—Mi hermano vive en Roma —dijo Papio—. En el Aventino. Es comerciante de cuero. Tiene mujer y cuatro hijos. Si entramos en la ciudad...
—No voy a hacer la guerra contra civiles, Papio. Si hay combate, será breve y contra adversarios armados. No contra comerciantes de cuero.
Papio masticó el pan. Tragó.
—¿Y si cierran las puertas?
—Entonces las abriremos.
Silencio.
—¿Cómo?
Sila miró el fuego. Las llamas arrojaban sombras sobre su rostro: las mejillas hundidas, las líneas profundas alrededor de la boca, los ojos que a la luz de las llamas tenían el color del plomo fundido.
—Como abrimos todo, Papio. Con arietes y por la fuerza. Y después volveremos a repararlo.
Papio lo miró durante largo rato. Luego asintió despacio, con el pesado gesto de quien se echa una carga a los hombros y acepta que tendrá que llevarla.
—Mi hermano del Aventino —dijo—. Prométeme que no le pasará nada.
Sila puso una mano sobre el hombro de Papio.
—Te prometo que haré todo lo posible por proteger a la gente inocente. No puedo prometer más. Ningún hombre honrado puede hacerlo.
Papio volvió a asentir. Después mordió el pan, masticó y miró al fuego, y Sila se levantó y siguió andando por el campamento, junto a los hombres que dormían y los centinelas que permanecían despiertos, bajo un cielo sin estrellas.
En su tienda, poco antes de medianoche, encontró a Epícado.
El liberto estaba sentado en la silla plegable, esperando. Había encendido la lámpara de aceite y colocado sobre la mesa un cuenco con aceitunas y pan. A su lado estaba la tablilla encerada con las notas del día: distancias recorridas, efectivos, listas de suministros.
—Deberías dormir —dijo Sila.
—Tú también.
Sila se sentó. Tomó una aceituna, se la comió, escupió el hueso en la palma de la mano y lo dejó junto al cuenco. Un gesto pequeño y limpio que siempre había sorprendido a Epícado: aquella civilidad casual en medio de un mundo de violencia y suciedad.
—La columna ha recorrido hoy veintidós millas —dijo Epícado—. Si mantenemos el ritmo, estaremos en Roma dentro de cuatro días.
—No mantendremos el ritmo. Los caminos empeorarán cuanto más nos acerquemos. Y no quiero llegar como una jauría de perros agotados. Quiero llegar como un ejército.
—Seis días, entonces.
—Seis días.
Epícado vaciló. Después dijo:
—¿Qué pasará cuando lleguemos a Roma?
Sila tomó otra aceituna. Masticó despacio, como si la pregunta dispusiera de todo el tiempo del mundo.
—Convocaré al Senado. Exigiré que se derogue la ley. Haré que Sulpicio y sus aliados comparezcan ante los tribunales. Y haré ratificar mi mando contra Mitrídates.
—¿Y si el Senado se niega?
Silencio. La lámpara titiló. Fuera ululó un búho.
—Entonces haré lo que haya que hacer. Y pagaré por ello. Quizá no hoy, quizá no mañana. Pero algún día.
Tomó la estatuilla de Fortuna. A la luz de la lámpara, el oro barato casi parecía auténtico.
—¿Sabes qué es lo peor, Epícado? No la marcha.
No los oficiales que han desertado. No el Senado que se pondrá en mi contra.
Lo peor es que yo lo quería. Que una parte de mí —una parte pequeña, oscura, honesta— se alegra.
Porque llevo treinta años esperando este momento.
El momento en que nadie vuelva a decirme lo que tengo que hacer.
Epícado no respondió. Miró a Sila: al hombre cansado de cabello rojizo y ojos azules, con la piel inflamada del brazo, sentado en una tienda de campaña y confesándole a un liberto que deseaba el poder que estaba a punto de caer en sus manos.
—No deberías haberme dicho eso —dijo Epícado en voz baja.
—¿Por qué no?
—Porque lo escribo. Todo lo que dices. Algún día alguien lo leerá.
Sila sonrió. Era una sonrisa auténtica, la primera en varios días.
—Bien —dijo—. Escríbelo. Escríbelo todo. Así, al menos, la posteridad sabrá que el hombre que quebró la República tuvo el juicio suficiente para saber lo que hacía.
Apagó la lámpara. En la oscuridad, Epícado oyó la respiración de Sila, regular y tranquila, como la de un hombre que por fin encuentra reposo.
Fuera dormían las legiones. Los centinelas hacían sus rondas.
Y la Vía Latina permanecía inmóvil en la noche, una línea blanca a través de la oscuridad que conducía hacia el norte.
Hacia Roma.
Seis días.
Epícado estaba al borde del camino y contemplaba la columna en marcha. Por el este, el cielo empezaba a clarear. Olía a hierba quemada: en algún lugar, las avanzadas habían encendido un fuego para preparar el campamento de la noche siguiente.
Pensó en el viejo senador de la calzada, con la rama de olivo en la mano, y en la columna que había pasado junto a él como un río que rodea una piedra.
Se preguntó si el anciano seguiría allí. Y si alguien habría recogido la rama de olivo.