Sila: El favorito de Fortuna 2 Campamento de Sila cerca de Nola #4
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2 Campamento de Sila cerca de Nola #4

Sila lo había planeado desde el principio.

Desde la noche de los dados, quizá desde antes.

La carta a Pompeyo había sido una puesta en escena.

La reunión de los centuriones había sido una puesta en escena.

Todo lo que parecía una reacción formaba parte de un plan; un plan anterior a la ocasión.

Sila solo había esperado a que llegara la ocasión para ponerlo en marcha.

Epícado lo comprendió entonces, en aquella estancia, ante aquel mapa, con la claridad de un hombre que de pronto ve lo que debería haber visto desde el principio: Sila no marchaba sobre Roma porque Sulpicio le hubiera arrebatado el mando.

Sila marchaba sobre Roma porque Roma era el botín que llevaba treinta años persiguiendo, y Sulpicio le había proporcionado el pretexto.

Pensó en Papio junto a la puerta norte: «Voy con él. Pero no me gusta. Y quiero que alguien deje escrito que no me gustó».

Alguien lo escribía. Epícado lo escribía. Ese era su oficio. Esa era su maldición. Y, si era sincero, esa era la única razón por la que seguía allí.

—Ve —dijo Sila—. Y cuando guardes la toga, pon la coraza al lado. Necesitaré las dos cosas.

Epícado salió de la tienda. Fuera había dejado de llover.

El sol se abrió paso por una brecha entre las nubes y arrojó una luz dura y blanca sobre el campamento.

Epícado parpadeó. Se detuvo y miró hacia el norte, por encima de las tiendas, por encima de las murallas de Nola, por encima de las verdes colinas de Campania.

En algún lugar más allá estaba la Vía Latina. Y al final de la Vía Latina estaba Roma.

Entonces lo oyó. Desde el interior del campamento, desde todos los lados a la vez, un sonido que conocía: el choque rítmico de metal contra metal, el retumbar de miles de pies, el profundo murmullo gutural de un ejército que se pone en movimiento.

Las legiones se estaban formando.

Epícado vio salir de entre las hileras de tiendas a las primeras cohortes, con la armadura completa, los pila sobre los hombros, los escudos al brazo.

Los centuriones gritaban órdenes. Se cargaban las mulas.

Los signíferos alzaban las enseñas: el águila de la legión, de plata y oro, que destelló bajo la repentina luz del sol como una hoja.

Primero el águila de la primera legión, luego la de la segunda, la tercera, hasta que seis águilas se alzaron sobre el campamento y se mecieron con la brisa de la tarde como si el metal estuviera vivo.

Veintiséis mil hombres. Epícado conocía la cifra porque él mismo la había escrito en una tablilla de cera, y ahora veía cómo aquella cifra se transformaba en carne y hierro.

Veintiséis mil hombres que desmontaban sus tiendas, ataban sus fardos y formaban columnas de marcha con una eficacia aterradora, porque demostraba lo deprisa que un ejército podía cambiar de dirección: del enemigo a su propia ciudad, de la guerra contra los aliados a la guerra contra la República.

Papio pasó junto a Epícado al frente de la segunda cohorte.

Miraba al frente. Tenía el rostro cerrado, la mandíbula tensa, los ojos fijos en un punto situado mucho más allá del horizonte.

No miró a Epícado, y Epícado comprendió que Papio no quería verlo, porque la mirada de un hombre que sabía escribir pesaba en aquel instante más que la mirada de un centurión.

Sintió frío. El frío venía de dentro, no del aire: era una tarde de primavera en Campania, lo bastante cálida para caminar sin manto. Pero el frío estaba allí, y nacía de la certeza que se extendía lenta e implacablemente por su conciencia, como tinta sobre papiro.

Aquel era el momento. El momento en que todo cambiaba. En que la República dejaba de ser lo que había sido y se convertía en otra cosa, algo que todavía no tenía nombre.

Epícado pensó en su sueño. En el trono de huesos. En la sonrisa de Sila.

Después volvió a la tienda y guardó la toga.

La dobló con cuidado —la pesada lana, la franja púrpura hacia dentro, como le gustaba a Sila— y puso la coraza al lado.

Luego recogió sus propias cosas: la tablilla de cera, el estilete, la tinta, los cálamos, la bolsita de pasas.

Enrolló el jergón de paja, lo ató y cargó todo sobre el lomo de la mula que esperaba fuera.

La mula lo miró con la expresión ecuánime de un animal al que le daba exactamente igual marchar hacia Nola o hacia Roma.

Epícado le dio unas palmadas en el cuello. Estaba caliente; el pelo, áspero bajo sus dedos. La mula siguió masticando.

Epícado miró hacia el norte. Allí estaba Roma. En tres días vería sus murallas. En cuatro estaría dentro de la ciudad que nunca había pisado y a la que entraría acompañando al hombre que la conquistaba.

Lo escribiría todo. Todo lo que viera. Todo lo que oyera.

La toga y la coraza y las legiones y los muertos que vendrían.

Lo escribiría porque escribir era lo único que sabía hacer y porque, en una guerra, un hombre que sabe escribir carga con más responsabilidad que uno que empuña una espada: la espada olvida, pero la tinta permanece.

La columna se puso en marcha. Epícado montó en su mula y ocupó su lugar al final del tren de bagajes, donde marchaban escribas, cocineros y muleros, detrás de los legionarios y los centuriones y las águilas que relucían bajo el sol. La marcha sobre Roma había comenzado.