Sila: El favorito de Fortuna 1 Campania #3
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1 Campania #3

La mesa quedó en silencio. Sulpicio. Mario. En aquel campamento, ante las murallas de una ciudad rebelde, los dos nombres eran como humo que se filtraba por debajo de una puerta: señal de que algo ardía al otro lado.

—Tu hermano es un hombre sensato —dijo Sila—. Dile que cierre las ventanas y que no deje salir a los niños.

Papio lo miró. Un instante. Después asintió.

—¡Venus! —exclamó Servilio, y golpeó la mesa con la palma. La mejor tirada. Cuatro números distintos, uno en cada taba. Servilio sonrió.

—Fortuna ama a los jóvenes —dijo Sila, y empujó una moneda por la mesa—. Disfrútalo. A tu edad eso cambia deprisa.

Papio resopló.

—Fortuna no ama nada. Es ciega y sorda y arroja los dados donde le da la gana.

Sila negó con la cabeza.

—Te equivocas, Papio. Fortuna lo ve todo. Elige. Y una vez que te ha elegido, no vuelve a soltarte.

—Suena más a maldición que a bendición.

Sila tomó los dados y los sopesó en la mano. Eran tabas, astrágalos de oveja gastados por mil partidas. Notó sus contornos, las diminutas irregularidades que hacían imprevisible cada tirada.

—Quizá sea ambas cosas —dijo en voz baja.

Y lanzó.

Los dados rodaron sobre el cuero y se detuvieron. Cuatro unos. La tirada del perro. La peor que podía salir.

Silencio en la mesa.

Sila se quedó mirando los dados. Después se rio: una risa breve y seca que hizo estremecerse a sus oficiales porque no sabían si era auténtica.

—¿Lo veis? —dijo—. Fortuna me recuerda que no debo dar por hecho su favor. Es una diosa celosa.

Papio no dijo nada. Enobarbo bebió. Servilio alargó la mano hacia los dados para la siguiente tirada.

En ese momento, la lona de la entrada se abrió de golpe y entró un legionario: un ordenanza, sin aliento, empapado por la lluvia que había empezado a caer durante la última hora. Se detuvo, vio a los centuriones alrededor de la mesa y vaciló.

—Habla —dijo Sila.

—Cónsul. Ha llegado un correo de Roma. Entró por la puerta norte hace un cuarto de hora. Dice que trae un mensaje del Senado.

Sila apoyó la mano abierta sobre la mesa.

—Tráelo.

El legionario desapareció. Sila miró a los centuriones.

—Seguid sentados. Bebed vuestro vino.

Papio dejó la copa.

—Las noticias del Senado nunca son buenas noticias.

—A veces sí —dijo Sila.

Pero su voz había cambiado: más baja, más controlada, como el zumbido de una cuerda de arco al tensarse.

El correo era un joven caballero romano, de apenas treinta años, con el rostro afilado de un hombre que llevaba días a caballo sin dormir.

Su capa estaba cubierta de barro seco; las botas, tan empapadas que chapoteaban a cada paso.

Llevaba una bolsa de cuero en la cadera, de la que sacó una carta sellada y se la entregó a Sila con una breve inclinación.

Sila tomó la carta. El sello estaba intacto: cera púrpura, la impronta del anillo del Senado. Lo rompió, desplegó el papiro y leyó.

Los centuriones observaban. Nadie habló. La lluvia golpeaba la lona de la tienda.

Sila leyó la carta por segunda vez. Luego por tercera.

Su rostro no cambió. Era como si alguien hubiera colocado sobre sus facciones una máscara de piedra: ni un gesto, ni un tic, ni una señal de si la noticia era buena o mala.

Sila había perfeccionado aquella capacidad durante media vida: contener la reacción hasta decidir qué reacción quería mostrar.

El mensaje era breve. El tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo había presentado ante la asamblea popular una ley que pretendía arrebatar al cónsul Sila el mando supremo de la guerra contra el rey Mitrídates del Ponto y entregárselo al antiguo cónsul Cayo Mario.

La votación aún no se había celebrado, pero Sulpicio contaba con el apoyo de la multitud. Se daba por hecho que saldría adelante.

Sila dejó la carta sobre la mesa. Junto a los dados, que seguían tal como habían caído. Cuatro unos.

El correo esperaba una respuesta. Sila no lo miró. Miraba los dados.

Mario.

El nombre penetró en sus pensamientos como un cuchillo en una herida que nunca había terminado de cerrar.

Cayo Mario: el salvador de Roma, el vencedor de los cimbrios, seis veces cónsul, el mejor general de su generación.

Setenta años, medio loco, consumido por la ambición, y aun así lo bastante poderoso como para robarle a Sila el mando que el Senado le había concedido.

El hombre que llevaba treinta años atravesándose en su camino.

Había sido Sila quien capturó al rey númida Yugurta, en África.

Había sido Sila quien puso fin a la guerra.

Pero fue Mario quien celebró el triunfo, Mario quien se llevó los laureles, Mario quien se erguía en el Foro y se dejaba aclamar por el pueblo.

Sila había callado. Había esperado. Había construido su carrera paso a paso: pretor, gobernador, general en la guerra Social, por fin cónsul.

Y cada vez que creía haber alcanzado la meta, Mario volvía a interponerse.

Y ahora el viejo quería robarle la guerra contra Mitrídates. La guerra que lo decidiría todo: gloria, botín, poder, inmortalidad. La guerra que el Senado le había concedido a él, a Sila. La guerra por la que aquellas seis legiones seguían en el barro ante Nola.

Sila tomó la carta y la dobló. Con cuidado, con manos tranquilas. Se la metió en el cinturón.

—¿Hay respuesta, cónsul? —preguntó el correo.

—No.

El joven abrió la boca y volvió a cerrarla. Asintió. Se dio la vuelta y salió.

En la mesa reinaba el silencio. Los centuriones habían oído el nombre de Mario, o lo habían leído en el rostro de Sila; daba igual.

Lo sabían. Papio tenía las manos sobre las rodillas y miraba al frente como un hombre que se prepara para recibir un golpe.

Enobarbo se mordía el labio inferior. Servilio, el más joven, había cerrado los dedos alrededor de su copa y la sujetaba sin beber.

Sila alargó la mano hacia los dados. Los recogió de la mesa, los cuatro, y cerró el puño. Los huesos se le clavaron en la palma.

—Papio —dijo.

—Cónsul.

—Reúne a los centuriones. A todos. Todas las legiones, todas las cohortes. Mañana, a primera hora, delante de mi tienda.

Papio se puso en pie. No hizo preguntas. Un viejo centurión reconoce el tono de una voz que ha dejado de negociar.

—Y, Papio.

—Sí, cónsul.

—Diles que vengan sobrios.

Papio saludó y salió. Enobarbo y Servilio lo siguieron sin decir palabra. La lona de la entrada volvió a caer tras ellos. El tamborileo de la lluvia llenó el silencio.

Sila permaneció sentado a solas ante la mesa. La estatuilla de Fortuna estaba frente a él; el dorado barato centelleaba a la luz de la lámpara de aceite. Los dados seguían dentro de su puño cerrado.

Abrió la mano y los dejó caer sobre el cuero.

Cuatro seises.

La tirada de Venus.

Sila se quedó mirando los dados. Luego alzó la vista hacia la estatuilla. La mujer de bronce con la cornucopia no sonreía —nunca había sonreído; el rostro era demasiado tosco—, pero a la luz vacilante de la lámpara, por un instante, pareció asentir.

—Está bien —dijo Sila en voz baja—. Está bien.

Tras la cortina oyó a Epícado recoger en silencio las tablillas de cera.

En una de ellas, Sila lo sabía, figuraban los efectivos de sus legiones, el número actual de tropas, las listas de bajas.

Veintiséis mil hombres aptos para el combate, descontados los heridos y los enfermos.

Veintiséis mil hombres que lo seguían a él, a Sila, no al Senado, no al pueblo, no a la República. A él.

Nunca antes un cónsul romano había conducido sus legiones contra su propia ciudad. No en cuatrocientos años. Sila lo sabía. También sabía que había una razón por la que nadie lo había hecho. La razón era sencilla: después de aquello no había vuelta atrás.

Sila dejó los dados junto a la estatuilla de Fortuna y se puso en pie.

Fue hasta la entrada de la tienda y apartó la lona mojada.

Fuera, el campamento yacía bajo la lluvia.

Miles de fuegos ardían a pesar del agua: pequeñas llamas tenaces que plantaban cara a la oscuridad.

Más allá, las murallas de Nola, negras contra el cielo negro.

Sila alzó la mirada hacia el norte. Allí, tras las montañas, tras cientos de millas de caminos de Campania y el Lacio, estaba Roma.

La lluvia le corría por el rostro. Notó sal en los labios —sudor o lluvia, no lo sabía.

Mañana plantearía una pregunta a los centuriones. Y todo lo que viniera después dependería de su respuesta.

Sila soltó la lona y se volvió. Sobre la mesa estaban los dados tal como habían caído. Cuatro seises.

No apagó la lámpara. A Fortuna, bajo la luz temblorosa, podía verla incluso en la oscuridad —o eso imaginaba. Daba igual. Sila había dejado de distinguir entre creer y saber al cumplir cincuenta años. Los dioses hablaban o callaban. Y aquel día habían hablado.

Durante la noche oyó la lluvia tamborilear sobre la lona y a los centinelas hacer sus rondas. Oyó el ladrido lejano de un perro al otro lado de las murallas de Nola y los ronquidos de un legionario en la tienda vecina. Tendido en el catre de campaña, miraba fijamente la oscuridad.

Seis legiones. Veintiséis mil hombres. Y una diosa que jugaba a los dados.