Sígueme …en la tortura
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…en la tortura

Las paredes eran de tierra. Las recorrí con las palmas en busca de algo que no encontré. El tiempo había dejado de existir. Sin luz, no podías saber.

Intenté mantenerme lucida.

Conté.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Conté hasta que no pude hacerlo más, hasta que empecé a gritar. A rugir. A golpear las paredes como una posesa.

Nadie acudió. Nadie me oía.

O no les importaba.

Al final dejé de hacerlo. Me senté y le sostuve la mirada a la oscuridad. Ella me sonrió, y entonces le abrí la puerta de par en par y dejé que lo impregnara todo con su veneno.

*****

No tenía hambre. Solo sed. Y cuando la trampa de arriba se abrió y alguien me lanzó una botella de agua, me abalancé sobre ella y la vacié de inmediato. No quería ceder, pero la biología me obligaba a hacerlo.

—¿Hola? —dije.

La trampa se cerró con un golpe seco.

Seguí contando. Tenía que hacerlo.

**** *

El tiempo. Empecé a medirlo con las botellas de agua. El intervalo entre una botella y otra era tiempo. Treinta y seis mil segundos. Diez horas. Cabrones. Saber me daba paz.

Empezaron a alimentarme después de treinta horas desde que yo había descubierto una forma de control. Me tiraron un cacho de pan y una manzana. Me los comí. Buena chica.

Esperé. Yo, que me ponía nerviosa cuando una página web tardaba más de cinco segundos en abrirse, que no aguantaba ver el circulito en la pantalla, esperé. Aprendí. Me adapté.

Pasaron días. Semanas. Nadie bajó. No lo estaba haciendo bien, entonces.

O sí.

Primero hay que darles lo que quieren. Así lo notarán cuando se lo quites de golpe.

La oscuridad que me rodeaba era profunda.

Pero no me cabía duda de que había ojos incluso en la oscuridad, midiéndome.

No querían que me adaptara. Quería romperme para reconstruirme a continuación.

Era un juego, y yo debía poner mi mejor cara de póker. Mentir otra vez.

Me lanzaron la botella. Esta vez no me moví.

Conté cinco horas exactas. Llegó el pan y la manzana. Los dejé ahí tirados. De todos modos, tenía el estómago revuelto. El hedor era nauseabundo. Hubiera matado por una ducha.

No. Qué va. Yo no era Erika.

Aguardé. Paciente. Sin moverme. Como la zorra metódica que sabía que podía ser.

Y al final alguien bajó. Bingo .

Era Tom.

—Come.

No me moví.

Me disparó con un táser.

Grité. Me doblé sobre mí misma.

—¡Come!

Me pegué a la pared fría, y él me disparó de nuevo.

Chillé antes de caer hacia adelante. Clavé las uñas en la tierra. Las lágrimas se me juntaban bajo el mentón cuando levanté la mirada hacia la suya.

—Come.

Me obligué a respirar.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Arañé la tierra con las uñas.

—Que… te… follen —conseguí farfullar.

Me cogió por la nuca y estrelló mi cabeza contra la pared.

La boca se me llenó de tierra y sangre. Consiguió que comiera algo.

Se marchó, y yo me desplomé en el suelo, cerré los ojos y dejé de contar.

*****

Voces. Había voces en la oscuridad.

—Quiero ver a mi mujer.

Era Vik y estaba muy cabreado. Bienvenido al club.

—Si la hubieras controlado como te pedí, no estaría aquí. Hemos tenido que intervenir por tu puta culpa.

David. Furioso también .

—Deja que la vea. Haré que entre en razón. Me escuchará.

—No.

Inapelable.

*****

—Come.

Dolor.

—Come.

Más dolor.

— Come.

—Que te den.

Dolor absoluto, pero necesario. A lo mejor era el precio que debía pagar para salir de ahí. ¿Qué es lo contrario a la muerte? Vivir. Dolor es lo que somos , me había dicho Vik.

Si dolía, es que seguía ahí. Aún importaba.

*****

—¿Qué estás diciendo, zorra?

Volví a farfullar lo mismo. Ellos tenían sus cánticos. Yo tenía los míos.

Lo repetí una y otra vez hasta que se volvieron tan locos como yo porque no tenían ni la menor idea de lo que significaba. No podían controlarlo, y nada jode más a los hombres que lo controlan todo.

A la locura no se le puede poner freno. La gente tiene miedo de los locos porque no hay forma de saber qué van a hacer a continuación. Su mundo es más profundo que el de los demás.

El mío era un abismo.

Al final dejaron bajar a Vik. ¿Quién se estaba doblegando ahora?

—Willa. Eh. Soy yo. Hola. Lo siento. Lo siento mucho. Esto es culpa mía. Tendría que haber sabido que harías algo así. David tiene razón. Si te hubiera controlado…

Estaba hundido.

Bien.

Intentó abrazarme.

Me arrastré hasta la pared, gruñendo como la bestia en la que me habían convertido, y me mantuve en mis trece.

—Debes comer. Estás en las últimas. Vamos a tener que ponerte una vía en el brazo. ¿Me oyes?

Seguí farfullando mi cántico.

—¿Qué estás diciendo? No te entiendo.

Era verano.

Maya y yo habíamos aprobado los exámenes y nos habíamos ganado un fin de semana en la playa. Su brazo rodeaba mis hombros. Teníamos una copa en la mano y las dos coreábamos el tema del momento. Era feliz, solo que no lo sabía. Ahora sí, e iba a quedarme ahí para siempre.

—Willa. Te lo suplico. Necesito que sigas con vida. No puedo perderte. Come.

Mi canción favorita. Vueltas y vueltas. En mi cabeza. Mi canción favorita...

Incluso en la oscuridad más profunda puedes encontrar un resquicio de luz. Si sabes dónde buscar.

**** *

El sol era horrible. Me atravesaba. Me quedé ahí tumbada mientras los soldados me limpiaban con las mangueras. Rindiéndome había ganado.

Cuando estuve limpia y seca, dos mujeres con velo me pusieron un camisón blanco, me peinaron y me cortaron las uñas de las manos y de los pies. Una de ellas me lavó los dientes.

—Escupe.

Obedecí.

Dos soldados me arrastraron a una habitación que no conocía. Sencilla. Blanca. Sin ventanas.

David y Vik ya estaban ahí.

—Willa…

Se agachó al lado de la cama y me acarició el pelo. No tuve fuerzas para apartarme.

—Haz lo que te piden y todo irá bien. Confía en mí.

Creo que me desmayé.

Cuando abrí los ojos de nuevo, John estaba ahí. Traía una vía.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó a mi marido.

—Se niega a comer.

—Por lo del aborto —añadió David—. Le cuesta superarlo.

John me miró.

Yo estaba en la cama, quietecita, sin farfullar. Tenía lo que quería. La luz de una bombilla. Estaba viva. Iba a aferrarme a ello.

—¿Por qué no me habéis llamado antes? Está muy débil .

—Creíamos que recapacitaría —le dijo David.

—Joder. Dejaros de gilipolleces. Esta mujer está fatal. Hola, Willa. Vas a notar un pinchacito, ¿vale?

Me dormí. Por fin podía dormir.

*****

Al final me recuperé. Físicamente, al menos.

Y cuando eso ocurrió, me pusieron el velo blanco y me mandaron a casa de David a hacer trabajos forzosos. Había perdido todos mis privilegios. Ahora era como el resto.

Manipulación, control de la conducta, aislamiento, tortura… En casos extremos, cuando no respondes al tratamiento, desapareces sin más.

Ese era el tratamiento.

Ella no estaba.

David se dio cuenta de que la buscaba. Era listo.

—¿Recuerdas la ceremonia? —me dijo un día mientras yo le servía el desayuno.

No levanté la mirada del suelo. Había aprendido a golpes lo que era la obediencia. A esas alturas, había aprendido muchas cosas.

—Era Sarah. Y estaba ahí por tu culpa.

Bajé los párpados. Las lágrimas se escurrían por mis mejillas.

—Largo.

Me retiré.

**** *

Lía se levantaba casi a la hora de comer. Se debía de poner hasta el culo de zumos.

—Llegas tarde —me soltó irritada cuando entré en su cuarto con la bandeja del desayuno—. Llevo mucho tiempo esperándote.

— Tempus fugit —le respondí. Tenía prohibido hablar.

—Cierto. —Esbozó una sonrisa corrosiva—. El tiempo vuela. Espera. No te marches.

Cogió el vaso de zumo y, muy parsimoniosa, lo vació sobre el suelo.

—Vaya. Qué torpe. Vas a tener que limpiar eso.

Levanté la mirada hacia la suya. Otra desobediencia más.

—Con la lengua —añadió Lía.

Se desquitaba a gusto por lo de Vik. La muy zorra.

—Como si te lo quedas. Aunque dudo de que aún quiera follarte.

—De rodillas —ordenó, temblando de rabia. Pocos placeres me quedaban en la vida ya. Estaba decidida a saborear este—. ¡Que te pongas de rodillas, joder!

Obedecí. Si seguía negándome, sería peor.

*****

Hubo castigos. De toda clase. David era metódico y paciente. Sabía cuánto podía aguantar un cuerpo antes de romperse, y siempre se detenía justo antes.

Siempre .

El día que me arrancó el velo y me tiró al suelo, recordé las rosas de Evelyn. A lo mejor este era el mensaje que yo no había sabido interpretar.

Permanecí de rodillas. Duró ciento ochenta y cuatro segundos. Y cuando terminó, supe que Willa Cassidy, la que daba seminarios en Londres, la que bailaba con sus amigos en la playa, la que buscaba ser como los demás, había dejado de existir.

Ahora era otra cosa. No sabía el qué.

—¿Has aprendido la lección?

—Sí, señor.

—Largo.

Al día siguiente estaba en casa. Vik me miraba. Yo a él ya no.