…en la ceremonia
Seguía viva. Comía. Bebía. Respiraba. Miraba el mar. Mar turquesa. Mar azul. Mar profundo. Entera y, sin embargo, rota de formas que no habría sabido explicar.
—Willa.
Habían pasado tres días desde que me habían permitido volver. Era lo primero que me decía Vik. Como si fuera tan simple.
—¿Cómo te encuentras?
Mar turquesa.
Mar azul.
Mar profundo.
—Por favor, dime algo. Lo que sea.
Algo…
—Dejaste que me encerraran en un agujero bajo tierra. Que me torturaran. Que me pegaran y me humillaran.
Calló unos segundos.
—Siento haberte fallado. Hice todo lo que pude para sacarte de ahí. Te lo prometo.
Promesas.
Palabras.
Cenizas.
Mismo valor.
—Intentaste que me quedara embarazada, aun sabiendo que lo usarían para controlarme. ¿Por qué ?
No contestó.
A la mierda el mar. Lo miré. Estaba demacrado. Igual que yo. Me había prometido estar siempre, pero no había estado conmigo en el abismo, ¿a que no? Ahí abajo no había nada. Ni siquiera el Dios de Eve.
—Quería una parte de nosotros —susurró.
—Jamás la tendrás. A no ser que me obligues, no volverás a ponerme un dedo encima.
—No voy a obligarte. ¿Qué clase de monstruo crees que soy?
—De los que llevan corbata.
Bajó los párpados. Cuarenta segundos. Después asintió, se levantó y se marchó. Era la primera vez que se rendía. Que lo hacía de verdad. Ya no había nada que considerar.
*****
Erika se sentó en la tumbona a mi lado. Yo observaba el mar. Llevaba días haciéndolo. Había algo en aquellas aguas que me llamaba, que respiraba despacio bajo la superficie y susurraba mi nombre.
Willa. Ven .
Y yo ya no me sentía sola. Tenía las olas. Ellas me hablaban.
—¿Estás bien?
Qué pregunta tan estúpida.
—Sentí mucho todo lo que ocurrió aquella noche. No estabas lista para verlo. Te llegó toda la información de golpe y… No es tan malo, ¿sabes?
Volví el rostro hacia el suyo .
—¿Te pareció bien rajarle el cuello a Sarah?
Palideció.
—No fue… No te enteras. Es como si ocurriera a través de un sueño.
—Porque estás hasta arriba de drogas.
—Tienes que ir poco a poco. Ahora no lo comprendes, ¿cómo ibas a hacerlo? Pero cuando él te abra los ojos, cuando veas lo que nosotros vemos, entenderás que hay cosas que exigen un precio. Siempre lo han exigido.
Miré el mar.
¿Qué les hacía ese lugar a las personas? ¿En qué se convertían una vez que se ponían las cabezas de animales?
*****
—Quieren que subas escalones —me dijo Vik unos días después—. Que mejores tu posición en la hermandad.
Secta.
Estábamos en la playa, los dos solos, mirando el mar.
—Es algo bueno, Willa.
—¿Cómo va a ser bueno matar a alguien?
—Ese es el nivel más alto. Todavía no estás ahí. Cuando lo estés, te permitirán salir de la isla. Podrás hacer lo que quieras.
—Con ciertos límites.
—Con ciertos límites —admitió.
—Intento comprenderte. Tenías el mundo a tus pies. No había límites para ti. ¿Por qué te buscaste a alguien que te los impusiera?
Calló unos segundos .
—Todos los necesitamos. Los límites.
Durante un buen rato solo oímos el mar. Estaba en calma. En nuestra playa siempre parecía inofensivo.
—Todavía no has intentado lavarme el cerebro. ¿A qué estás esperando? ¿No vas a decirme lo bueno que es para mí formar parte de tu secta?
Se frotó la nuca con las dos manos. Un gesto de absoluta frustración.
—No.
—¿Por qué no?
—Después de verte en ese agujero ya no estoy seguro de que sea algo bueno.
Giré el cuello para mirarlo, aunque no aguanté más de tres segundos. Dolía demasiado.
—Entonces ¿cuál es el primer paso? ¿Qué tengo que hacer para iniciarme?
—Ya te has iniciado.
—¿Cuándo?
—Cuando me entregaste tu móvil. La entrada es voluntaria.
La esquina derecha de mi boca tembló en una especie de sonrisa.
—Ya veo. ¿Y qué se supone que debo hacer ahora?
Un pájaro pasó volando por encima de nosotros. Blanco sobre azul. Su aleteo atrajo mi atención.
—Te despojarán de la ropa y te pedirán que te mires en un espejo durante horas, para que te veas tal y como eres de verdad. Los demás también te mirarán. Después tendrás que contarles un secreto. Algo que nadie sabe sobre ti.
**** *
Había doce espejos en la sala, y nosotros éramos doce. Como los apóstoles de Jesus. Las horas del día. Los meses del año. Los invitados de nuestra boda. Debía de significar algo.
El acto en sí era solemne. Había velas encendidas, un millar. Olía a mirra. El silencio era absoluto. Ellos llevaban sus disfraces.
Me quedé ahí durante horas, desnuda, delante de mí misma y sus ojos vacíos.
— Tempus fugit . ¿Qué ves? —me preguntó el tigre.
Miré tan profundo que casi me fundí con el espejo. Vi a una chica desnuda con once monstruos detrás.
—Me veo a mí, pero no a vosotros.
—Dime un secreto —me pidió David entonces.
Me volví con una sonrisa.
—Os odio a todos.
—Un secreto, Willa —dijo el lobo, divertido—. Eso ya lo sabemos.
Debía de ser Bernie. O Salvatore. Confundía las voces.
—Me follé a uno de mis profesores de la facultad. Estaba casado. No me importó. Le jodí la vida y lo disfruté.
Era mentira.
—Vete —me dijo el tigre.
Me vestí y los dejé ahí para que deliberaran.
En el exterior estudié el símbolo de la secta. No me había dado cuenta de que alrededor del ojo había tres palabras. Lux, Tempus, Veritas .
La lengua de la serpiente se movió. Creo.
—Te han aceptado. —Me sobresalté al ver a Vik de pie delante de mí. Se había quitado la cabeza de búho—. Lo has hecho bien.
Claro que sí. Yo lo hacía todo bien.
Excepto cuando la cagaba.
*****
Volví. A las fiestas. A las cenas. A jugar al voleibol. Ahora era una de ellos. Nada había cambiado.
Todo era diferente.
John pareció aliviado al verme. Estábamos en casa de Siloé y se me acercó en cuanto pudo, cuando nadie más andaba cerca.
—¿Cómo estás realmente?
—Bien.
Siempre mintiendo.
Me agarró por el brazo y nos giró a los dos. Ahora estábamos de cara al mar. Era un soldado. Seguro que conocía los puntos muertos de las cámaras. Sabía evaluar el terreno.
—Willa. ¿Qué te hicieron?
—¿Quiénes?
Ya no había un ellos . Había un nosotros . Un círculo. Uno es todo.
Se me quedó mirando fijamente con aquellos ojos grises llenos de frustración. Le sostuve la mirada tan tranquila. Conté hasta cien.
Entonces, asintió, me soltó y abandonó la fiesta .
En ese lugar perdido los secretos eran valiosos, y yo sabía guardar uno.
*****
—Willa.
Me giré hacia David.
Estábamos en su casa, cenando a la luz de las velas. Doce velas. Doce personas. Intentaban hacer que me sintiera arropada. Aceptada por la comunidad.
—Haremos otra ceremonia para ti. Mañana a medianoche.
—¿Y cómo sabré que es medianoche?
Todos se echaron a reír.
—Cariño, lo sabrás —me tranquilizó Lía.
Lo había hecho bien en la ceremonia anterior y ahora me concedían otra oportunidad.
Mis errores me habían conducido al agujero. Se habían visto obligados a intervenir.
Pero, si yo no los obligaba, todo seguiría como siempre. Perfecto.
Grietas, grietas, grietas.
—Por fin vas a poder escoger un animal —me dijo Salvatore mientras devoraba un cacho de carne.
Un hilo de grasa se le escurría por la barbilla. Masticaba muy deprisa. Con la boca abierta. ¿Tenía dientes o colmillos? No estaba segura.
—¿Cuál va a ser? —Lía estaba sonriendo irónica cuando giré la cabeza para mirarla—. ¿El ratón?
Se rieron todos menos Vik .
—Había pensado más bien en la zorra.
Cesaron las risas.
David afiló la mirada.
—¿La zorra? —repitió Erika, confundida.
Asentí.
—En un mundo de cazadores y presas, prefiero cazar. ¿Qué escogiste tú, Lía?
Se produjo una pausa, en la que sus ojos de hielo no dejaron de despedazar los míos.
—El burro.
—Mmmm. Te pega.
Cogí una fresa, la más grande y roja, la bañé en nata y me la comí sin prisa.
Vik ocultó la sonrisa tras su copa de vino.
—Creo que Willa será una gran incorporación al grupo —dijo Larry para calmar un poco los ánimos—. Por fin hemos completado el círculo. Ya somos doce.
¿Qué coño significaba?
—Cierto. Mañana será una gran noche. —David levantó su copa—. Brindo por nuestra querida Willa.
Lo miré a los ojos. Vi las grietas en su sonrisa.
Y levanté mi copa.
*****
—Habrá dos pistolas —me explicó Vik aquella noche—. Una está cargada. La otra, no. Tendrás que escoger una, ponértela en la sien y disparar.
Me quedé helada. Según subías el escalón, las pruebas se volvían cada vez más crueles .
—¿Y cómo sabré cuál escoger?
—Ninguna está cargada. Quieren ver que les confías tu vida. Finge que no lo sabes.
Fingir.
—Asegúrate de que te tiembla la mano —añadió Vik.
Pensé en la primera vez que mi madre me dejó sostener un bisturí.
Bien, Willa. Así me gusta, que no te tiemble la mano. Serás una gran cirujana.
Pero no era cirujana. Estaba en una secta. Ahora debía temblarme la mano.
*****
Las velas otra vez. Los ojos vacíos observándote. La mirra. Menuda parafernalia.
Las pistolas estaban sobre la mesa. Lo hice bien. Cogí una. La solté, horrorizada. Se me escapó un jadeo. Me pregunté si Vik sabía que las pistolas no estaban cargadas cuando se disparó en la sien. ¿O confió en David? Yo no confiaba en nadie. Nunca más volvería a confiar en alguien.
Escogí por fin un arma. El silencio era absoluto.
Me la llevé a la sien. Jamás me había temblado tanto la mano.
Todo el mundo contuvo el aliento. O casi todos. ¿Cuántos de ellos sabían que era una cuestión de confianza y cuántos se sentían especiales por haber sobrevivido a la selección natural ?
Vik lo había averiguado, pero él siempre iba un paso por delante. Sarah estaba equivocada. No debía ser como Lía. Debía ser como Vik.
Para sobrevivir, no había que ser obediente. Había que ser lista.
Una fracción de segundo. Un suave rugir de telas. Y entonces disparé.
A David.
Le di en el hombro.
Y no me tembló la puñetera mano.
Alguien soltó un grito. Luego se desató el pánico.
—¡¿Cómo es posible?!
El tigre estaba en el suelo. El lobo intentaba frenarle la hemorragia. El ciervo tenía preguntas que los demás no parecían capaces de responder.
—¡Es un error! —clamaba el oso—. ¡No debería estar cargada!
Así que los hombres lo sabían. Sabían que las pistolas no deberían estar cargadas.
—Willa. —Vik estaba horrorizado. Se acababa de dar cuenta de que yo podría haber estado muerta de haber hecho lo que me pedían.
Y cuando todos se giraron para mirarme, vieron que yo tenía la otra pistola. Y al burro sujeto por el cuello con un brazo. Mi rehén.
—Un paso más y le vuelo la puta cabeza.
Hablé despacio, para que lo asimilaran.
—Willa. ¿Qué haces? Esa pistola no está cargada. Ha sido un error. Uno que sin duda investigaremos. Averiguaré quién es el responsable de esto y pagará por ello. Ahora suelta a Lía.
Intentaba racionalizar conmigo. El búho, que siempre iba un paso por delante, no lo estaba viendo ahora. Solo yo me había fijado en las grietas.
—Eso no va a ocurrir. Os diré lo que va a pasar a continuación. Me la llevaré y vosotros os quedaréis aquí. Y como a alguno se le ocurra seguirme, os prometo que me cargaré a esta puta zorra sin que me tiemble el pulso. ¿Os ha quedado claro, cabrones?
—Willa. Suelta el arma. ¿Qué coño haces?
¿Estaba furioso? Bien. Todos lo estábamos.
—Viktor. Cariño. ¿Aún no lo comprendes? Las dos están cargadas. ¿A que sí, David?
El grupo se apartó y el líder y yo quedamos cara a cara. Ahí estaba, sangrando sobre los tablones. El lobo aún intentaba detener la hemorragia.
—¿A que sí, David? —insistí a través de los dientes apretados.
Él lo sabía. Lo supo en el agujero. Lo supo cuando me tuvo de rodillas delante de él. Sí, señor. Lo supo cuando me volví hacia ellos, desnuda, delante de los doce espejos y convertí la mentira en mi única verdad.
Me rompieron para volver a construirme. Pero ¿me rendí? Ni por asomo.
Yo era la que había apuntado dale lo que te pide en una Biblia.
—Dejad que se marche —gruñó David .
Los demás se giraron hacia él, incrédulos. El Paraíso se estaba haciendo añicos. Estaba destrozando lo único que los mantenía unidos: la confianza.
Por eso David me quería muerta.
Yo era la puta resistencia. La que había llegado para romper el círculo.
*****
Ahora el juego era mío. Decidía yo.
Y decidí correr.
En cuanto me dejaron salir, obligué a Lía a cerrar la puerta con llave y me la llevé a punta de pistola.
Me arrepentí de inmediato.
Era un lastre y un grano en el culo. Me estaba ralentizando.
—Corre más deprisa o te juro por Dios que te disparo.
—Estoy deseando ver cómo te despedazan —siseó entre dientes.
—Apuesto a que sí. ¡Muévete!
—Te encontrarán. No hay ningún sitio en el que puedas ocultarte. Ellos lo ven todo, y tu castigo será ejemplar.
—¿Sabes qué? —Me detuve a sus espaldas—. Me tienes hasta las narices con tus gilipolleces. Quédate en tu puto Paraíso. Incluso puedes tener a Vik. Yo me largo.
—No puedes.
—Sí, puedo.
Levanté el brazo y la encañoné. Abrió los ojos de par en par .
—Willa —gruñó en tono de advertencia. Pero debajo de su fachada amenazadora, había miedo. Bien—. No te atrevas.
El disparo levantó eco en el bosque. Algo salió volando en los árboles cercanos. Miré al cielo. ¿Era el ojo de Dios? No. Solo era un pájaro.
Lía gritó, se dobló sobre sí misma y cayó al suelo.
—¡Hija de puta! —rugió con todas sus fuerzas mientras se presionaba la herida—. ¡Joder! ¡Me has disparado! ¿Pero a ti qué coño te pasa?
—Da las gracias de que haya escogido una de tus bonitas piernas. Sobrevivirás. Por desgracia.
—¡David! ¡Estoy aquí! ¡No dejéis que se os escape!
Puta pirada.
La dejé ahí gritando histérica y eché a correr de nuevo.
Si llegaba a desangrarse, no me importaba. Tenía que encontrar la forma de salir del laberinto en el que me había atrapado mi marido.
Solo me quedaba el bosque. ¿Era mi salvación o mi condena?