Sígueme …o yo te seguiré
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…o yo te seguiré

Ahora lo sabía todo. Pero ¿de qué me servía saber si no podía actuar?

Tenía que haber alguna forma de salir al exterior.

Vik era mi principal activo. No iba a quedarse ahí toda la vida.

Tenía negocios que atender fuera de la isla.

Igual que el resto. A lo mejor podía esconderme en alguna avioneta y salir sin que se dieran cuenta.

Debía seguirlo otra vez.

Aunque, primero, tenía que obedecer.

Hacer que se relajara.

Conseguir que dejara de mirarme como a una bomba a presión.

Darle lo que realmente quería: a mí.

Me puse la pulsera. La vio de inmediato. No dijo nada, solo la miró unos segundos de más. Seguro que se preguntaba qué significaba.

—Buenos días —me dijo al volver de su sesión de deporte matutino.

—Buenos días.

Me besó en los labios. Le sonreí. Un gesto breve, apenas esbozado. Se sentó a mi lado y se sirvió café de la jarra.

—¿Qué tal has dormido?

Dejé que sus ojos me encontraran.

—No muy bien. No tengo desgaste físico. Me paso el día en la biblioteca.

Asintió .

—A lo mejor puedes acompañarme hoy —propuso después de un buen rato. Detecté un brillo esperanzado en sus ojos.

—¿Adónde?

Intenté mostrarme animada.

—Podemos hacer senderismo por el bosque. Acampar, pasar la noche por ahí. Hay muchos lugares increíbles en esta isla.

—¿En serio?

—Mm-hm. Me gustaría enseñártelos.

—¿Y podemos hacer un fuego en alguna parte?

Le asomó una pequeña sonrisa en las comisuras.

—¿Te haría feliz?

Me lo quedé mirando unos segundos. Como en París. Como si aún siguiéramos en un mundo sin ellos. Como si él aún fuera Vik, el hombre que amaba, y no un desconocido que formaba parte de algo llamado Aeternum .

—Sí. Me haría feliz.

—Pues haremos un fuego. Necesitas unas buenas botas. Algo que te sujete bien el tobillo.

Él iba a cuidar de mí. Si le daba lo que quería. Si me quedaba en mi jaula, el mundo que había construido para atraparme.

El amor es una debilidad, y yo lo quería débil.

*****

Ninguna trampa debería ser tan bonita.

Entendía que algunas mujeres escogieran quedarse. En el fondo, ¿qué había fuera de allí? Si llevabas el tiempo suficiente en la isla, si dejabas de contar los días, lo olvidabas, porque cuesta recordar una realidad tan lejana, una en la que ni siquiera eras feliz. Aquí eras feliz todo el rato.

Si te bebías los zumos.

Si dejabas de recordar.

Si escogías no escoger.

Miré hacia arriba, las cascadas a las que me había llevado Vik, y por un segundo, o quizá una milésima, deseé olvidarme de la realidad. Permitir que alguien me quisiera, aunque fuese un amor opresivo. Ser la versión de mí que dejaba de correr. La que había prometido ser.

Él respetaba sus votos palabra por palabra.

Te prometo estar. Siempre. En lo que venga. Por toda la eternidad.

Yo buscaba la forma de huir. ¿De dónde venía el río? ¿Dónde desembocaba el bosque?

Había árboles desconocidos llenos de frutas tropicales.

—¿Son comestibles? —pregunté.

—Sí. Y bastante nutritivas. Si nos perdiéramos en el bosque, podríamos sobrevivir comiendo esto.

—¿Puedo probar?

Sonrió, alargó la mano y cogió una fruta amarilla parecida al mango. La abrió, me dio un cacho y me observó divertido mientras me la comía.

—Está bastante buena.

—Te lo dije. ¿Qué te parece si acampamos aquí? Está anocheciendo.

Bajé la vista hacia él y lo miré. Mi guapísimo marido. Ahí estaba, en su elemento, salvaje en su mundo primigenio, esperando a que yo lo escogiera. Sin intervenir. Como hizo en el hotel de Londres mientras yo lo tocaba y lo examinaba todo y luego decidía quedarme.

La paciencia es el secreto , me había dicho su madre.

Todo era un mensaje encriptado, un código binario que por fin había aprendido a leer.

Me acerqué, cogí su cabeza entre las manos y lo obligué a mirarme.

Diez segundos.

Quince.

Veinte.

Un minuto entero.

Me rendí y lo besé, tan hambrienta que su cuerpo reaccionó de inmediato. Llevaba mucho tiempo sin tocarme.

Demasiado.

Se aferró a mí con las dos manos.

—Willa.

—Vik.

—Hola —me dijo, maravillado.

—Hola.

Me abrazó con tanta fuerza que pensé que alguno de mis huesos cedería.

Me tumbó en el suelo, encima de las hojas, y me folló sin que ninguno de los dos se quitara la ropa más de lo estrictamente necesario.

No fue violento. Tampoco amable.

Fue primario. Perfecto.

Tendría que haberlo retenido para poder recrearlo más adelante. La luz dorada del atardecer filtrándose entre los árboles. El susurro de las hojas. La sensación incómoda de las ramas incrustadas en mi espalda. Los ojos de Vik negándose a soltar los míos.

Él sí lo retuvo. Siempre lo hacía.

Más tarde acampamos bajo las estrellas. Hizo un fuego en la orilla del río. Me enseñó Orión.

Me habló de las constelaciones, de lo increíble que era que nosotros existiéramos, y yo lo escuché, sin dejar de mirarlo, mis dedos entrelazados con los suyos.

Era él, Vik, el de siempre. Eso fue lo más doloroso.

Porque, mientras me hablaba del universo, de las estrellas en las que viviríamos cuando acabara nuestra vida en la tierra, yo veía los labios de Sarah formulando aquella palabra. Tortura.

*****

—Hoy no, Willa.

Era la primera vez que Vik no quería follarme. Algo estaba ocurriendo. Debía de ser importante.

—¿Por qué?

—Llego tarde.

Era de noche. ¿Adónde iba? Nunca se había marchado, que yo supiera.

A no ser que lo hiciera durante las noches en las que yo dormía como si estuviera muerta.

—¿Llegas tarde a qué?

—Una reunión.

—¿Con tus hermanos? Perdona, ¿os hacéis llamar hermanos ?

Me respondió con una sonrisa de lado.

—Sé buena y tómate el zumo. Volveré antes de que te des cuenta de que me he marchado.

Me besó en los labios y se fue. Por primera vez en mucho tiempo no se quedó ahí para verme vaciar el vaso.

La paciencia es el secreto.

*****

Iban en carritos de golf, aullando a la luna. Yo corría por el bosque, camuflada entre la vegetación, intentando seguirlos. Tenían rifles. Disparaban a las estrellas. Todo estaba permitido para los amos. Habían creado un mundo aparte para hacer lo que quisieran.

Pero, ¿qué era lo que hacían?

Llegaron a una especie de complejo. Nunca había estado en aquella parte de la isla. Se trataba de un edificio grande de madera con techo de cristal, parecido a la biblioteca, aunque mucho más imponente. Los del ICE no estaban ahí.

Levanté la vista hacia las letras doradas y algo en mi pecho se apretó.

Aeternum.

Estaban colocadas en lo alto de la fachada con la arrogancia de quien no necesita esconderse. Debajo, el símbolo. El sol. La serpiente. El ojo. Espeluznante.

Llegaron más carritos.

Me escondí tras unos arbustos y espié a través de las hojas .

Las mujeres bajaron una a una. Todas menos yo. Aún no era de los suyos. No me había iniciado. Las ceremonias me estaban vetadas.

Entraron en el edificio en silencio, solemnes como en cualquier templo, y yo conté hasta tres mil y luego las seguí, camuflada entre las sombras.

El perímetro parecía seguro.

Rodeé el edificio en busca de ventanas.

No había ninguna. Tenía que colarme tras ellas.

Joder.

Volví a la parte delantera, abrí la puerta lo más despacio que pude y eché un vistazo dentro.

Vi un millón de velas encendidas. Luego, a ellos.

Durante unos segundos —los más largos de mi vida— mi cerebro se negó a procesar lo que tenía delante. Las imágenes llegaban en fragmentos, con cada parpadeo, como si la mente intentara protegerse de algo que aún no sabía nombrar.

Todos, hombres y mujeres, llevaban el mismo disfraz: traje negro, masculino, camisa blanca y corbata roja. Bastante normal.

Si no había túnicas, ¿qué era lo que no encajaba?

Entonces, lo entendí.

Donde debería haber rostros no encontré nada reconocible. Ni humano.

Estaba el burro, de ojos opacos y enormes.

El conejo, de un blanco impoluto.

El cuervo de pico abierto.

Y más, muchas más cabezas de animales en lugar de las suyas .

Quise apartar la vista casi tanto como quería seguir mirando.

Formaban un círculo cerrado, tan juntos que sus hombros se tocaban. Desde la puerta no pude ver qué —o a quién— rodeaban.

Solo podía escuchar el cántico: una cadencia baja, gutural, sin palabras reconocibles. Un código anterior al lenguaje.

Me quedé en el umbral, fuera y dentro a la vez. Horrorizada. Fascinada.

De pronto, empezaron a golpear el suelo con los bastones. Un ritmo primitivo, unísono, que hacía vibrar las tablas bajo mis pies como si buscara despertar lo que dormía más abajo.

Cada golpe era una llamada.

Hasta que sonó uno distinto, el duodécimo, y el círculo se abrió.

En el centro había un altar dorado. Sobre él, una mujer. Dormida, o muerta, desde ahí no tenía forma de saberlo. Lo único que pude ver fue que no llevaba nada puesto.

Uno de ellos —el conejo— dio un paso al frente.

Los demás se mantuvieron impertérritos. Conocían el rito. Cada uno sabía exactamente cuál era su papel.

— Tempus fugit —proclamó el tigre con voz poderosa.

El que se había movido se llevó las manos a la nuca y soltó algo.

La cabeza del conejo cayó hacia un lado.

Era Erika.

El silencio en el que nos internamos me aterró bastante más que los cánticos. Era una expectativa física, palpable, como el aire justo antes de una tormenta. Podía oler su excitación. Eran bestias contenidas, y lo que las contenía era solo el rito, el orden de aquella coreografía que interpretaban.

El tigre se acercó a Erika.

—La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso —le dijo.

Supuse que era el maestro. David.

Le ofreció una daga. Erika la cogió.

—La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso —repitieron todos.

Tum.

Los bastones golpearon el suelo, reclamando.

—La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso —dijo Erika con una sonrisa extasiada.

Se acercó al altar y le rajó el cuello a aquella mujer de un solo movimiento.

Grité. O al menos supuse que el sonido animal que llenaba la cúpula de vidrio y rebotaba de vuelta sobre mí, multiplicado, salía de mi garganta.

Se volvieron todos a la vez, con una sincronía más propia de las cosas que actúan con una sola mente.

Algo ajeno a este mundo.

El oso. El burro. El lobo. El jabalí. Inclinaron la cabeza hacia un lado mientras me observaban desde algún lugar detrás de las cuencas oscuras que tenían por ojos.

Los pulmones se me vaciaron de aire, pero el grito siguió y siguió porque ya no era yo quien gritaba. Mi cuerpo había dejado de pertenecerme.

La cabeza del búho cayó al suelo .

Tardé en comprender que ya no estaba gritando. Mi cuerpo había decidido paralizarse. Puede que algo dentro de mí se estuviera fracturando. Fueron segundos.

Minutos.

Toda una vida…

El hombre que me miraba desde el otro lado del abismo tenía la cara de mi marido. Los ojos eran los mismos.

Pero detrás no encontré nada familiar.

Él llevaba mucho tiempo siendo otra cosa. Ocultándose de mí.

—Willa… —murmuró, devastado, como disculpándose.

No lo entendí, hasta que algo me golpeó fuerte en la nuca. Caí de rodillas delante de ellos.

Juraría que el burro sonrió.

No vi nada más.

*****

Todo me daba vueltas. Debía de tener una conmoción. Intenté recordar si había vomitado. No lo recordaba.

Me presioné las sienes con los dedos, pero me palpitaban tanto que dejé de hacerlo.

Mis ojos buscaron algo a lo que aferrarse.

No había absolutamente nada.

Estaba sola.

Encerrada en un lugar en el que la luz no se atrevía a asomar.

Me habían metido en un agujero.

La oscuridad era todo lo que tenía.

¿Iba a salir alguna vez?