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Mi actuación se volvió rutinaria. Iba a todas las fiestas o a la playa y buscaba de inmediato la compañía de John.

No era algo ilícito, lo hacíamos delante de todo el mundo.

Me reía a carcajadas de sus anécdotas de la facultad de Medicina —que la sangre de un cadáver le saltara en la cara durante una autopsia me pareció desternillante, para estupor de todos—.

Probaba de su copa. Le tocaba el brazo y a veces dejaba mi mano en su bíceps cinco segundos más de la cuenta.

Hablábamos de lugares o costumbres de Inglaterra que nadie excepto nosotros conocía.

Los demás no podían seguirnos. Las bromas, las referencias... No las pillaban. Era un círculo exclusivamente británico que solo nos incluía a quienes habíamos estudiado Medicina. Creamos una especie de burbuja en la que solo estábamos nosotros dos.

Y Vik me miraba.

Por encima de la copa.

Mientras hablaba con otros.

Siempre.

Con celos en los ojos, pero nunca en los labios. No intervenía. Quería que lo escogiera a él. Que lo siguiera como antes.

Y yo seguía a John.

**** *

Aquella noche la fiesta se celebraba en nuestra casa. Idea mía. Nunca habíamos dado una. Ya era hora de abrir las puertas de par en par para recibir a nuestros apreciados amigos.

Salí de la ducha y vi que sobre la cama había un precioso vestido morado. Vik se estaba poniendo los gemelos de espaldas a mí. Era una fiesta elegante.

Me cogió por la muñeca cuando pasé a su lado sin prestarle ninguna atención. Era el primer contacto físico desde que yo le había tirado el zumo y la pulsera a la cara. Veinte días, para ser exactos. En breve necesitaría otro delineador de cejas.

—Oye, doc. Intentemos pasarlo bien esta noche, ¿vale? —me propuso, apaciguador.

—Yo siempre me lo paso bien.

—A veces, demasiado.

Mi boca se curvó en una sonrisa cruel.

—¿Hay algo que quieras recriminarme, Viktor?

Me miró a los ojos. Muy concentrado. Él y yo no necesitábamos putas palabras.

—No he invitado a John.

—Tranquilo. Lo he hecho yo.

Se le tensó la mandíbula.

—Willa.

—Me cae bien. Me recuerda a Inglaterra. Y como tú te niegas a llevarme, supongo que tendré que conformarme con él. Aunque esté, ya sabes, prohibido .

—Ponte el vestido. Han llegado los invitados.

Nunca quería pelear. Era de lo más exasperante .

Salí quince minutos más tarde, con labios rojos y un precioso vestido negro que había pillado en el centro comercial.

Vik se me quedó mirando con rostro congelado.

—Haber escogido otro tono cuando os repartisteis la isla —le susurré al pasar por delante de él—. El morado no me pegaba con el pintalabios. ¡John! Me alegra verte. Con ese traje pareces sacado de una película de James Bond.

Mi marido se quedó detrás. Sonriendo para sí. Mirando cómo me abrazaba al pecho de otro hombre.

*****

—Estás llamando demasiado la atención de David —me dijo cuando acabó la fiesta.

Yo estaba de pie delante del espejo del baño y él se acercó y empezó a bajarme la cremallera sin que tuviera que pedirle ayuda.

—Intento protegerte, pero me lo estás poniendo difícil.

Sé que estás enfadada conmigo y que buscas ponerme celoso con lo de John para que te saque de la isla, primero de Psicología, por cierto, pero te pido que seas razonable y que tengas paciencia.

No es tan simple, ¿vale? Te sacaré en cuanto pueda. Te lo prometo. Confía en mí.

Así era cómo había acabado ahí, para empezar. Confiando . Yo ya no confiaba en nadie.

—No depende de ti. ¿Verdad?

Me volví para encararlo. El espejo no me bastaba.

Vik no dijo nada. No hizo falta .

—De modo que el hombre que lo controla todo no puede controlar su propia vida.

Más silencio.

—¿Quién te controla a ti? ¿El de las esclavas blancas?

Levantó el brazo y me colocó un mechón tras la oreja.

—Willa. Siempre tan perspicaz. Sabía que cuando llevaras aquí el tiempo suficiente lo acabarías descubriendo. Tú nunca me decepcionas. No eres como las demás.

Las piezas del puzle se juntaban deprisa. Solo me quedaba una pregunta por hacerle.

Y me daba demasiado miedo la respuesta.

—¿Hay algo en tu vida que hayas escogido libremente, Viktor? —dije al final.

Esbozó una especie de sonrisa lánguida.

Pero sus ojos, perdidos en los míos, estaban tocados de dolor.

—Sí. A ti.

Al menos es blanca.

El círculo se completó y de pronto lo vi todo con una claridad estremecedora. El código de colores. Las prohibiciones. El aislamiento. El grupo paramilitar. Las sonrisas. El aquí lo compartimos todo. Las drogas. La imposibilidad de salir.

El control.

Lo controlaban todo. No había relojes. Controlaban la puñetera comida. ¡A mí me gustaban las patatas fritas y ahora comía pan integral sin cuestionármelo!

—Dios mío. Sois como una puta secta, ¿a que sí? Y David es… ¿Qué? ¿Vuestro líder ?

—No nos gusta ese término.

—No.Me.Jodas.

—Willa.

Retrocedí.

Me alejé de él y de la isla. Volví atrás, al principio de todo. Cuando solo estábamos nosotros dos. Sin ellos .

Hola, Willa.

Pide un deseo.

Mírame. Así. No apartes la vista.

Amor Vincit Omnia.

La habitación daba vueltas.

Vi a Chris Martin entregándole mi mano en el altar bajo la promesa de intentar arreglarme.

Vi al pastor Davis abrir su Biblia.

Donde tú vayas, yo iré.

Lo había seguido a una secta.

Dime, ¿soy Eva?

Lo eres todo.

Un lugar desconocido donde había un ellos .

Escucha lo que te digo. Hay mucha oscuridad en él. Está demasiado lejos de Dios.

Todos mis recuerdos, los mejores momentos que habíamos vivido, mis dedos dibujando ochos en el aire, Coldplay en la radio del coche, él sosteniéndome en la oscuridad; todo estalló.

Y nunca dejamos de mirarnos.

No podíamos hacer nada más.

**** *

—¿Cómo te encuentras?

Llevaba tres días sin salir de la cama. Vik no había llamado a John. Sabía que no me ocurría nada físico. Era mucho peor.

—¿Cómo nos conocimos? —murmuré cuando él estaba a punto de darse por vencido.

Volvió a sentarse en el borde el colchón.

—Me seguiste en Instagram.

Clavé los ojos en los suyos.

—¿Cómo nos conocimos realmente ?

Se pinzó la nariz y soltó un suspiro.

—Diste un seminario en una de mis empresas. Luego te contraté para otros seis.

Algo tembló en la esquina derecha de mi boca.

—¿Tienes tantas empresas en Londres?

—Las compré para poder contratarte.

—¿Manipulaste el algoritmo para que viera tu perfil?

—No. Miraba tus redes sociales a todas horas y supongo que el algoritmo interpretó que nos conocíamos. O que debíamos conocernos.

—Ya.

—Willa, fuiste tú la que me siguió primero. Fue el destino. Estábamos predestinados a acabar juntos. Lo supe en cuanto te vi. Tuve muy claro que había nacido para amarte. Sencillamente, te reconocí entre toda esa gente.

Mi comisura tembló de nuevo. No le aguanté la mirada porque yo ya no estaba ahí. Estaba en el apartamento que había compartido con Alex.

—En del bar de la esquina no te manipula durante meses —farfullé para mí .

—¿Qué?

—No fue el destino, Vik —le dije, hundiendo la mirada en la suya—. Fuiste tú. Me manipulaste, con plena consciencia de ello, en cada momento. Y no me sueltes esa mierda de la Psicología otra vez. Dime, ¿lo del patinete también fue cosa tuya?

—No, joder. Los accidentes ocurren.

Me cogí las sienes entre las manos. Iba a estallarme la cabeza.

—Esto es un puto desastre. No puedo creer que me hayas hecho algo así, Vik. Que me hayas traído a este jodido sitio.

—Quería estar contigo para siempre. Y creí que encajarías.

Dejé de masajearme las sienes y lo miré sin dar crédito.

—¿ Creíste que encajaría en una puta secta?

—Me equivoqué. Intento arreglarlo.

—¿Cómo? ¿Cómo vas a arreglar esto?

—Te sacaré de la isla en cuanto David lo autorice.

—¿Y si no lo hace?

—Lo hará. Te lo prometo. Todo saldrá bien. Pensé que serías feliz aquí, desapareciendo, pero no es así. Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. Que volvamos a ser lo que éramos. Toma. Bébete esto. Te sentirás mejor.

Miré el zumo que me ofrecía.

—¿Cómo podría confiar en ti?

—No te pido que confíes. Te pido que escojas confiar.

—Tengo la impresión de que yo nunca escojo nada .

—Escógeme a mí. Ahora mismo soy todo lo que tienes. No puedes confiar en ellos y lo sabes. Sigo siendo yo, Willa. Eso no ha cambiado.

¿Lo era? ¿El mismo Vik que me llevaba al mercado, que aguantaba todas las chorradas que ponía en Netflix?

Quería creer que sí.

Quería creerle.

—Sigo queriéndote, doc. Te quiero por encima de todo lo demás.

Me abracé las rodillas. Me sentía frágil.

—¿Cómo…? ¿Cómo acabaste…?

—Supongo que buscaba algo.

—¿El camino?

Hizo el esfuerzo de componer una especie de sonrisa triste.

—Sí. Algo así.

—¿Y si quisieras salir?

Negó.

Salir no era una opción para él.

—Te controlan de alguna forma —deduje.

Se limitó a mirarme.

Repasé la información que tenía, lo poco que me había dado.

—¿Has hecho algo malo? ¿Es a lo que te referías en París, cuando dijiste que te arrepentías de tener algo de lo que arrepentirte?

Asintió.

—¿Cómo de malo es?

—La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso .

Bum.

La última pieza encajada en su sitio.

Le cogí el vaso de la mano y lo vacié sin liberar su mirada. Me bebí hasta la última gota con parsimonia, para que viera que escogía confiar.

—Buena chica. —Puso la mano en mi nuca, me acercó a él y me besó el pelo. No intenté apartarlo—. Te sacaré de aquí. Te lo prometo.

Asentí.

Él no iba a enseñar sus cartas. Yo, tampoco.

*****

Al día siguiente cogí el carrito de golf, fui al centro comercial y pillé un lápiz de ojos morado. Luego le devolví el vehículo a Vik. Había quedado para jugar al baloncesto, pero noté que no quería irse. No me quitaba los ojos de encima, como si yo fuera una especie de bomba de relojería.

David y los demás volvieron a llamarlo desde sus carritos. Con mucha insistencia.

—¿Qué vas a hacer hoy? —me preguntó, todavía vacilando.

—Iré a la biblioteca.

—¿Tienes algún libro bueno entre manos?

—Leeré a Shakespeare, a ver si entiendo de una vez por todas qué tiene de romántico la muerte.

—Willa —me regañó con aquella sonrisa suya. Esa que tanto me gustaba a mí y que en realidad no era una sonrisa. Era una sombra, como todo lo que nos rodeaba.

—¿Vik? —dije, en el mismo tono indulgente.

—Volveré en cuanto pueda librarme de ellos.

—No hay prisa. Aquí el tiempo carece de sentido.

Me besó en los labios. Dejé que lo hiciera.

Después se fue y yo corrí hasta la biblioteca. Subí por la escalera de madera, agarré la Biblia y apunté en la primera página: dale lo que te pide . Con lápiz morado. Lo subrayé insistentemente.

Es lo que tienen los mentirosos. Ya saben que todo el mundo miente.