Sígueme …como prometiste hacer
78%

…como prometiste hacer

Tocaba cena en casa de Salvatore y Kezia. Llevaba dos días en un constante sobresalto. No sabía qué le había contado John a Vik. ¿Estaba al tanto mi marido de que lo único que lo separaba de su sueño de ser padre era el DIU que yo había olvidado mencionarle?

No tenía forma de saberlo. Nada había cambiado entre nosotros. En apariencia, todo seguía igual. Follábamos, nos reíamos, me miraba a los ojos durante horas y me sonreía, igual que yo a él.

Pero la grieta que levantaba la tierra entre nosotros se estaba agrandando día tras día. Yo la veía. ¿Era visible también para Vik?

—Es ahí arriba —dijo con una sonrisa que yo le devolví.

Éramos la pareja perfecta. Teníamos mucho en común. A los dos se nos daba bien ocultar esqueletos en los armarios.

Erika y Larry nos esperaban en el jardín. Me abrazó efusiva en cuanto bajé del carrito. Era extremadamente cariñosa. Seguro que se tomaba los zumos.

—¿Qué os ha dicho John?

Por Dios bendito. ¿Toda la isla sabía que mi marido intentaba fecundar mis óvulos?

—Que está todo bien —le respondió Vik con una sonrisa.

Erika nos abrazó a los dos, como si ya estuviera embarazada y tuviera que darnos la enhorabuena.

—Cuánto me alegro, chicos. Será fantástico tener un bebé, ya lo verás, Willa. Son maravillosos.

—Sí. ¿Cómo es que nadie tiene hijos aquí ?

La sonrisa de Erika se congeló.

Vik no dijo nada.

Larry estaba ahí como un pasmarote, con las manos en los bolsillos, balanceándose sobre los talones.

—Oh, ya habéis llegado —salió Kezia a recibirnos. Era una mujer alta y morena, con pintas de ex modelo—. Pasad, pasad. Cenaremos en el jardín. Hace una noche estupenda.

Sí. Todo era estupendo. La comida, la bebida, las fresas que tanto me gustaban...

Los anfitriones se habían esforzado para complacerme. Estaban sirviendo cada uno de mis platos favoritos.

Después del recibimiento que me habían dado en aquella primera cena, ahora me bombardeaban con cariño. Querían que me sintiera como en casa, parte de la comunidad.

Y yo estaba más lejos que nunca.

Porque las mujeres llevaban velo verde.

Los pendientes de Kezia eran de esmeraldas.

Había resuelto el acertijo.

Las mujeres éramos propiedad de alguien, todas, las que servían en la mesa, las que servían en la cama, y así era como ellos nos distinguían.

Mi color era el morado. Propiedad de Viktor Baumann.

Ese mundo espeluznantemente perfecto y todo cuanto había en él pertenecía a los hombres por derecho natural. No nos marcaban como a ganado. Solo nos asignaban un puto color.

Joder.

**** *

Fui al baño porque sentía que me asfixiaba. Necesitaba aferrarme a algo firme, aunque fuera solo los bordes del lavabo. Casi pegué un grito cuando alguien abrió la puerta a mis espadas. Era Zila. No sé qué esperaba.

—¿Te encuentras bien, cielo? Has salido casi corriendo. ¿Tienes nauseas? Nos ha dicho Vik que intentáis…

—No —la corté en seco—. No estoy embarazada. Solo que hoy no me encuentro muy allá.

Me dedicó una sonrisa pequeña.

—Lo entiendo.

—Será mejor que le diga a Vik que me lleve a casa. Tengo que descansar.

—Claro. Oye —me frenó, agarrándome por la muñeca.

Me giré y vi que estaba nerviosa, que miraba todas las esquinas del techo. Se me acercó tanto que por un momento creí que iba a besarme.

—No tengas hijos —me susurró—. Son un lastre.

Enfoqué el rubí de su dedo. Su color era el rojo.

—¿A qué te refieres?

—Así que, además del descanso, mejor que te hidrates —me soltó en voz alta— porque estás un poco pálida, cariño.

Había micros. Me cago en la puta. ¿Qué era ese sitio? No lo sabía.

Lo que sí sabía seguro era que no iba a quedarme para averiguarlo.

**** *

—Quiero volver a Londres —le solté a Vik en cuanto llegamos a casa—. Haré la maleta.

—No es un buen momento.

—Me da igual.

—Willa, sé razonable. No se puede volar ahora.

—¿Por qué no? Dijiste que nos iríamos en cuanto me agobiara. Pues estoy la leche de agobiada.

—¿Qué te ocurre?

—¿Que qué me ocurre? Llevo meses en una puta isla perdida, sin móvil y sin poder contactar con mis amigos. Quiero marcharme, Viktor. No quiero seguir aquí ni un segundo más.

Negó.

—Imposible. No se puede volar una avioneta ahora. Es temporada de vientos fuertes. Acabaríamos estrellándonos.

—¿En serio? Porque yo apenas noto una brisilla.

—Aquí no. Fuera de la isla.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo puedes saberlo si no hay tecnología? Aquí solo hay naturaleza, y la naturaleza no me está diciendo nada de vientos fuertes en ningún sitio.

Cogió mi cabeza entre las manos.

—Lo sé. Confía en mí.

—Quítame las manos de encima.

Mis palabras parecieron hacerle mucho daño, a juzgar por cómo se le contrajo la expresión. Vi sorpresa y dolor en su cara. Bien. Quería que sufriera. Estaba furiosa con él. ¿Por qué lo había jodido todo? ¿Por qué coño me había puesto una pulsera ?

—Willa, te prometo que he considerado irnos, pero no es posible. No ahora.

—Mientes.

—¿Vas a ponérmelo siempre tan difícil?

Agarré el zumo de la mesa, el que no me había bebido, y se lo tiré a la cara.

Vik no se movió. Solo tensó el rostro hasta que empezó a latirle un músculo en la mandíbula.

El líquido rojo empapó la tela blanca de su camisa.

—Haberte casado con una más sumisa.

—Te quiero a ti.

Firme. Sin vacilar.

No lo dudé. Me quería.

En una jaula.

—Este lugar no es el Paraíso, Viktor. Es una puta cárcel al aire libre, y tú me has encerrado en ella. No esperes que te lo ponga fácil. Pienso luchar cada segundo. —Me arranqué la pulsera y se la tiré también—. A tomar por culo las cadenas.

No sé qué esperaba. ¿Que me golpeara? ¿Que me estrangulara? ¿Que me dijera que estaba loca, que me lo acababa de inventar todo, que nada era real?

Él no movió un músculo. Solo me miró.

Y la tristeza que encontré en sus ojos despertó algo dentro de mí. Un sentimiento que aniquilé de inmediato.

Tenía que haber alguna forma de salir de la isla, y más valía que la encontrara en lugar de dejarme distraer con gilipolleces románticas.

**** *

No sabía en quién confiar.

Vik me había traído ahí y ahora se negaba a sacarme, así que no podía confiar en él.

Erika me había delatado a la primera de cambio. Había escogido bando, o al menos eso parecía.

Zila me había mandado una advertencia y ahora estaba jugando en la playa con Salvatore y las olas, chillando y riéndose cuando él la levantó en volandas.

Se la veía cómoda en el Paraíso. A lo mejor había vivido en el Infierno como Erika y daba las gracias por cada segundo que pasaba en un lugar en el que el tiempo no existía y las compras no se pagaban con dinero.

Los observé a todos a través de las gafas de sol que Vik me había comprado en aquella tienda de segunda mano. ¿Quiénes eran los verdugos y quiénes podían ser aliados?

Ahí estaba John, alto, guapo, jugando al voleibol. Les estaba dando una paliza a todos. ¿Podía confiar en él? Había mentido por mí dos veces. Que yo supiera, claro.

O a lo mejor era otro jueguecito retorcido. A lo mejor Vik ya sabía lo del DIU. Siempre había ido un paso por delante de mí. Era el hombre que lo controlaba todo.

—Deja de comértelo con la mirada. Tu marido te está viendo. Y no parece muy contento.

Volví el rostro hacia Siloé. Se acababa de instalar en la tumbona a mi lado, con sus largas piernas bronceadas y un minúsculo bikini amarillo.

No me caía demasiado bien. Había algo en ella, algo de doble filo.

—¿A qué te refieres ?

—A John.

—¿John?

Torcí la boca y negué como si el asunto no fuera conmigo.

—Tranquila, no voy a juzgarte. Está muy bueno. Qué brazos. Qué hombros. Y esa cara tan cincelada... Pero a él no te lo puedes follar. Está prohibido.

¿Y eso qué quería decir? ¿Que a los demás sí podía?

Me la quedé mirando. Ella sonrió traviesa y sorbió zumo con la pajita.

—¡Willa! —David me hizo un gesto con la mano—. ¡Ven a jugar con nosotros, cielo!

Me levanté. Llevaba puesto un bañador negro. No era el color de nadie. Solo el mío.

Fui hasta ellos y me metieron en el equipo de David, para sorpresa de nadie. Vik no jugaba. Me seguía con la vista desde la silla de playa en la que estaba sentado, con un libro entre las manos. No me cabía duda de que no había leído ni una palabra desde que me levanté de la tumbona.

Sacó John. Le devolví enseguida el balón, con tanta ira que le asomó una pequeña sonrisa bajo las gafas.

—Vaya —se sorprendió David, dedicándome aquella miradita que cada día encontraba más repulsiva—. Se te da bien esto.

Oh, sí, la rabia se me daba de maravilla.