Sígueme …pese a los secretos
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…pese a los secretos

Me pasé semanas buscándola.

Le pedí a Vik que me llevara a cenar de nuevo a casa de David y Lía, aunque los dos me daban repelús.

Fui a casa de Erika y Larry en dos ocasiones.

Incluso me inventé problemas de tensión para que Vik me llevara a casa de John —ahí no había nadie más. Solo él, que tranquilizó a mi marido diciéndole que el pico de tensión se debía al sol y que debía descansar un poco más e hidratarme.

La mujer del velo no estaba, y no se me ocurrió motivo alguno para ir a husmear en las demás casas de la isla.

O se había ido, o servía en otra parte, o lo de la fiesta no había ocurrido nunca y yo estaba como un cencerro.

Al cabo de unos dos meses —ahora gestionaba el tiempo en la biblioteca, hacía anotaciones en la hoja de un libro con un delineador de cejas— tuve que rendirme y aceptar que volvía a estar sola.

Bueno, sola no. Tenía a Vik, que realmente era el marido perfecto.

*****

El agua empezó a salirse de la ducha. Incluso en el Paraíso se necesitaban fontaneros.

—¡Vik! ¡Viktor!

No hubo respuesta. Debía de haber salido a nadar .

Solté una maldición y me puse a desenroscar el sumidero. Una tarea asquerosa. Había restos de mascarilla, pelos oscuros, míos, y más abajo, un buen puñado de pelo rubio.

Se me detuvo el corazón.

¿Quién se había duchado ahí antes que yo?

¿Y dónde estaba ahora?

Vi a Erika al día siguiente. Estaba empeñada en enseñarme a jugar al golf. Lo cierto era que ya no me aburría nunca. Entre mi nueva amiga, mi perfecto marido y mis propias pesquisas, andaba siempre muy ocupada.

—Me pica la curiosidad. En los años que llevas aquí, ¿has conocido a alguna novia de Vik?

Soltó una risita, bajó el palo y me miró con cierta condescendencia.

—Cariño, no hagas eso.

—¿El qué?

—No hurgues en su pasado. A los hombres no les gusta.

Ni a mí me gustaba no saber.

—Solo es curiosidad.

—¿Se lo has preguntado a él?

—Sí.

—¿Y?

—Me respondió con evasivas.

—Porque para los tíos el pasado ya no cuenta. Ellos viven el presente.

Me sugería que hiciera lo mismo, pero no me veía capaz. Conocer el cuadro entero ayuda a diagnosticar una enfermedad, y yo tenía mente de científica. Yo buscaba saber.

**** *

Datos, gigabytes, cada vez más y más velocidad de red. La información está ahí. Solo has de encontrarla. Pero ¿cómo? ¿Cómo se hacían las cosas antes de los algoritmos?

Con los libros.

La gente usaba los libros para saber. Para difundir la palabra.

De ahí que una parte de mí escogiera de forma inconsciente la biblioteca. Incluso cuando tenía otros entretenimientos. El spa, el golf, salir a comer con Erika, comprar trapitos que no tenía que pagar, navegar y bucear con Vik…

Siempre volvía. Sin ser una aficionada de la lectura.

Y ahora entendía por qué.

Mi cerebro había estado buscando algo durante semanas en toda aquella información. Patrones. Buscaba saber qué coño ocurría en la isla, en ese lugar tan perfecto al que le empezaban a asomar las costuras.

Revisé cientos de libros. Miles. Sentía ganas de gritar. Los días nacían y morían sin que yo consiguiera nada.

La información está ahí, Willa. Encuéntrala. No eres Eva. Hubo otra antes que tú y, si era parecida a ti, tuvo que dejar alguna huella, por pequeña que fuera.

Pero ¿dónde?

La biblioteca era inmensa. Me pasaría años buscando sin encontrar su rastro.

Mis ojos recorrieron los tomos .

Julio Verne, Dickens, Homero, Shakespeare.

Joder.

Era imposible saber qué libro escogería la mujer sin rostro.

Y, entonces, lo vi. El tomo de cuero negro. La Biblia.

Me subí a la escalera, lo cogí y empecé a hojearlo frenéticamente.

Y ahí estaba, escrito con delineador morado: la muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso .

Todo empezó a darme vueltas.

¿Qué coño intentaba decirme?

¿Y por qué el delineador era morado, como el velo de las mujeres que me atendían?

¿Qué cojones significaba el puñetero morado?

*****

—Vik —empecé aquella noche durante la cena. Aún no había decidido de qué forma continuar.

—Dime.

—Esta casa. Villa. Como se llame.

—¿Mm-hm?

—¿Se construyó para ti o se la compraste a alguien?

—Se construyó para mí. ¿Por qué?

—Solo es curiosidad. ¿Y venías mucho? ¿Antes?

—Siempre que lo necesitaba.

—¿Solo?

Le asomó una sonrisa lenta en las comisuras.

—¿Por qué de repente te interesa tanto mi vida amorosa que necesitas interrogar a mis amigos ?

Erika se había ido de la lengua. Tomé nota mental.

—Curiosidad.

—Algo te ocurre. Lo noto. Estás diferente.

—Diferente, ¿en qué sentido?

—No lo sé. Hay algo en tus ojos. Un brillo que no había visto hasta ahora.

Él no podía nombrarlo. Yo, sí. Era duda. Empezaba a dudar.

Dudaba de que aquel lugar fuera realmente el Paraíso.

Dudaba de que yo fuera Eva.

Dudaba de todo desde que había dejado de tomarme los puñeteros smoothies .

Mi cerebro ya no se concentraba solo en el sexo. Mi cerebro analizaba. Había encontrado una prueba bastante tangible que contradecía todo lo que creía saber y necesitaba encontrar más pruebas.

—Tengo mucho tiempo libre para pensar en gilipolleces. La culpa es tuya por privarme de Netflix.

Se echó a reír.

—Tengo algo para ti.

Se sacó del bolsillo una pulsera y me la puso. Las piedras eran de color morado. ¿El morado quería decir que eras propiedad de alguien? Las mujeres que servían a David tenían ropa blanca. Todo era blanco en casa de David. ¿El morado era el color de Vik?

Tenía que volver a casa de Erika y arreglármelas para que esta vez me sirvieran algo de beber. Incluso un zumo de frutas. Si las mujeres que me lo traían no vestían blanco ni morado, había resuelto el acertijo .

Siempre me habían estimulado los acertijos, pero esta vez deseaba equivocarme.

Ahí sentada, con la mano de mi guapísimo marido sujetando la mía, recordé la pesadilla de los bichos y las moscas que devoraban la pared de mi salón. ¿Era como ellas? ¿Buscaba los esqueletos ocultos tras la fachada perfecta del Paraíso?

—No te estás quedando embarazada. Y nos esmeramos bastante.

Volví el rostro hacia Vik y lo miré casi con horror.

—¿Qué?

—Deberíamos ir a que John te eche un vistazo. Solo para asegurarnos de que está todo bien.

—¿Por qué no iba a estar bien?

—No lo sé. A veces los abortos dejan problemas de fertilidad.

—¿La afirmación la avala tu título en Medicina?

Sonrió.

—No te pongas a la defensiva como siempre. No perdemos nada si se lo comentamos.

—Es absurdo. Ese tío sabe de torniquetes, no de úteros.

—Es médico.

—Y yo soy casi médico y te digo que te relajes. Está todo bien.

—Tú no acabaste la facultad.

—Guau.

Se pinzó el puente de la nariz y negó.

—He sido un capullo. Perdona.

Lo dejamos estar durante unas semanas.

Hasta que él lo retomó .

—Lía me ha comentado que la progesterona puede ayudar mientras lo intentamos. A lo mejor John nos lo aclara.

—No me apetece chutarme nada, gracias.

—Willa.

—¿Vik?

—Dime la verdad. ¿Por qué te cierras en banda?

No podía darle una buena razón. Yo había accedido a tener hijos con él. ¿Qué motivo tenía para negarme a cooperar? Ninguno que pudiera explicarle.

—Vale. Iremos a ver a John. Me pregunto cuántos úteros habrá visto en Afganistán.

—Listilla.

*****

Era de lo más ridículo. Estaba ahí tumbada en una camilla, con un soldado entre mis piernas.

Un soldado al que yo encontraba atractivo y al que me resultaba imposible ver como médico.

—¿Seguro que sabes lo que haces?

—La anatomía es la anatomía. Relájate. Esto está un poco frío. Lo siento.

Cerré los ojos y dejé que me hiciera una radiografía.

La consulta tenía de todo, muy buen equipamiento médico.

Estaba a la última, tecnológicamente hablando.

A lo mejor podía volver un día y pedirle a John que me dejara toquetear las máquinas, solo por nostalgia.

Echaba muchísimo de menos las pantallas.

¿Por qué no había tecnología en la puñetera isla?

Vik esperaba fuera. Pretendía quedarse conmigo, pero John lo echó. Dijo que necesitaba que yo estuviera relajada y que demasiada gente en una sala pequeña me pondría nerviosa. Al final salió a regañadientes.

—Bien. No veo nada que te impida quedarte embarazada.

Respiré aliviada.

—Excepto el DIU que llevas —añadió John.

Me lo quedé mirando, y él a mí.

Había que joderse. Era mejor médico de lo que me convenía.

Pues claro que llevaba un DIU. Me había quedado preñada a los dieciséis. ¿De verdad creía Vik que me conformaría solo con la píldora?

Entonces, no me conocía tan bien como creía. Yo era una mujer metódica que aprendía de sus errores.