…donde hay grietas
El carrito de golf se detuvo justo delante de mí. Iba de camino a la biblioteca y casi me cortó el paso.
—¡Willa!
¿Cómo se llamaba aquella mujer? Intenté recordarlo. En la cena no había interactuado con ella. Estaba sentada lejos, con Vik y Lía.
—Erika —me echó un cable, sonriendo.
—Erika. Perdona.
—Tranquila, por Dios. Tú eras una, y además la novedad en la isla. ¿Y Vik?
—Ha ido a tirarse por un precipicio. En el sentido más literal de la palabra.
Soltó una carcajada. Llevaba ropa de golf y desde la parte de atrás del carrito sobresalían dos palos.
—Típico de él. Un día intenté hacerlo y me puse a vomitar como una loca. No te lo recomiendo.
—No tengo intención de probarlo. Prefiero la firmeza del suelo bajo mis pies.
—Y haces bien. Oye, ¿juegas al golf?
—No. Lo siento.
—¿Y qué haces aquí todo el día? ¿No te aburres?
—Bueno, estoy con Vik.
—Ya. No me digas más. Recuerdo lo que es estar de luna de miel. —Se pasó una mano por la media melena pelirroja que brillaba bajo el sol y me lanzó un guiño cómplice. Tenía unos ojos verdes, cálidos. Me cayó bien—. Dime, ¿qué opinas de los spas?
—Oh, me encantan los spas.
—Pues sube y déjame que te lleve a uno.
—¿En serio? ¿Hay un spa en la isla?
—Hay de todo en la isla. Hasta un centro comercial. ¿No te lo ha dicho Vik?
—No.
Vik me había prometido un sitio en el que solo existíamos él y yo.
—Te quiere solo para él, ¿no es así? Pero aquí lo compartimos todo y hoy eres mía.
—¿Y si regresa y no me encuentra? Se volverá loco.
—Mejor. Un rato separados le vendrá bien a vuestra relación. Anda, acompáñame. Las dos nos hemos ganado un masaje balinés.
—¿Estamos en Bali?
—¿En Bali? No. Pero nadie lo diría. Sube.
Lo hice. ¿Quién iba a decir que no a un spa?
—Erika… —dije al rato. Ella conducía el carrito por la selva.
—¿Sí?
—¿Tú sabes dónde estamos exactamente?
Se rio.
—La verdad es que no.
Hum.
**** *
Pasamos un día de chicas muy divertido. Después del spa nos hicieron un tratamiento cosmético y nos dieron un masaje que me quitó por lo menos diez años de tensión del cuerpo. En todas partes atendían mujeres con velo turquesa.
—¿Por qué algunas tienen velo turquesa, otras morado y otras blanco? —pregunté a mi nueva amiga mientras un chef nos preparaba verduras a la parrilla en un restaurante.
¡Había un restaurante en la isla! Y yo pensando que eran como los amish.
—Tienen algún sistema de castas que, a decir verdad, desconocemos. Ya te habrás dado cuenta de lo escurridizas que son.
—¿Y cómo funciona? ¿Cómo se les contrata? ¿Tienen un jefe? ¿Deciden por sí mismas?
—¿Crees que no deciden por sí mismas? —Se apartó la copa de vino de los labios y me frunció el ceño.
—Bueno, como son tan sumisas…
—Claro que deciden por sí mismas. No son esclavas. Solo que no tienen nuestra mentalidad occidental.
—Ya.
—¿Qué tal si nos vamos de compras? Si ese marido tuyo no te ha sacado de la cama todavía, necesitarás cosas. Lencería, ¿tal vez?
Me eché a reír.
—Me encantaría, pero no llevo tarjeta.
—Cariño, aquí no existe un sistema de pago. Tu marido, junto a otros cinco, compraron esta isla entera y construyeron la infraestructura. Todo lo que hay es para que lo compartamos entre todos .
¿Qué eran, una comuna de millonarios hippies?
—Vik me dijo que hay siete casas en la isla.
—Sí, pero John no es propietario. Está aquí en calidad de médico. Por si alguien se pone malo, ya sabes.
—Oh. Entiendo. ¿Y lleva mucho tiempo atendiendo la consulta?
—No sabría decirte. El tiempo…
—No importa en este lugar.
—Sí —corroboró con una sonrisa que iluminaba sus ojos.
—¿Cuánto llevas tú aquí?
—¿La verdad? No lo recuerdo.
Guau. A lo mejor no era mala idea empezar a marcar una equis en algún sitio.
—¿Qué hacías antes de casarte con…?
—¿Larry?
—Eso.
—Trabajaba de camarera en un bar de mala muerte. Estaba a un paso del desahucio porque el cabrón de mi jefe llevaba tres meses sin pagarme el sueldo. Como no quise follármelo…
—¿Y cómo conociste a Larry?
El multimillonario Larry .
—Pues en el mejor de los momentos. Entró a comprar tabaco y fue como… ¿Sabes esa tontería que dicen los tíos de qué hace una chica…?
—¿Como tú en un lugar como este? —terminé su frase, sonriendo.
—Exacto. Solo que yo estaba en el lugar correcto.
A diferencia de Larry. Tenías que haberlo visto, tan alto y guapo en ese lugar asqueroso.
No lo sé, fue como si un rayo me atravesara.
Nunca me había ocurrido con nadie. Me enamoré hasta las trancas.
Y cuando me pidió que dejara esa mierda de vida que llevaba…
—No te importó.
—Pues no. Esto es el Paraíso. ¿Por qué iba a importarme?
—Ya. ¿Y nunca echas de menos…?
—¿El qué?
—No lo sé. ¿Ver una peli? Aquí hay una política muy estricta respecto a la tecnología, lo cual me resulta chocante. Que yo sepa, al menos dos de los dueños de la isla están en el mundo tecnológico. ¿A qué se dedica Larry?
—No estoy segura. Algo relacionado con ordenadores, datos, es como súper aburrido. Creo que almacena datos o algo así.
—Ya. O sea, que trabaja con tecnología. Y aquí no hay. Ni siquiera hay una forma de pagar esta comida. ¿Qué tiene de malo Apple Pay?
—Creo que están tan hartos del mundo que han creado que buscan esto, tranquilidad, naturaleza, un retorno a lo antiguo.
—Hmm. Sí. Podría ser.
—Entonces, ¿vamos de compras?
—Claro. Gracias —le dije a la mujer que me retiró el plato.
—¿Por qué les hablas?
—Son seres humanos. Y conservo la esperanza de que alguna me conteste algún día. ¿Tú no les hablas nunca ?
—No. Larry me ha dicho que ellas solo buscan servir y que todo esté perfecto.
Fruncí el ceño. Todo era perfecto. Tan perfecto que resultaba imposible no notar la primera grieta en cuanto asomara.
¿Dónde estaba la mujer del primer día? Ella parecía dispuesta a desobedecer.
¿Por qué había desaparecido de repente? ¿Y cómo podía encontrarla?
¿Todavía era capaz de reconocer sus ojos?
Parecidos a los míos. Era todo lo que recordaba de ella.
Un retazo. Una mirada. Algo que no terminaba de encajarme.
*****
—Ah, ahí está tu marido, preocupado. Me encanta cuando los maridos se preocupan.
Quiere decir que les importamos. Mi padre nunca se daba cuenta de que mi madre no estaba.
De hecho, cuando ella nos abandonó, él tardó tres días en notar la ausencia.
Se dio cuenta cuando se le acabaron las cervezas del frigorífico.
Vik se acercó al carrito. No sonreía.
—Erika, ¿por qué has secuestrado a mi mujer?
—Porque no está bien acapararla, Viktor. En esta isla lo compartimos todo.
—De vez en cuando viene bien la propiedad privada.
—Cuidado, Vik. Te nos estás volviendo demasiado conservador —advirtió David, cuyo carrito se detuvo al lado del nuestro—. Chicas.
—Hola, David —lo saludó Erika con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola —dije yo con una bastante más escueta .
Todavía recordaba su mano en mi espalda y esa forma de mirarme, como si esperaba follarme ahí mismo, encima de la mesa, delante de Lía y las mujeres con velo.
—Damos una fiesta esta noche. Venid. Será muy divertido.
¿Una fiesta sin música? ¿Cómo iba a ser divertido?
*****
Seis hombres de piel oscura, vestidos con túnicas blancas inmaculadas, golpeaban los tambores con una energía contagiosa.
El ritmo era sincopado, vibrante, imposible de ignorar.
A su lado, seis mujeres con el rostro oculto tras velos blancos respondían al tambor con la voz, entonando melodías que no habría sabido decir si eran cantos o rezos. Había algo ancestral en cada golpe de tambor, en cada voz que subía y bajaba.
La música parecía estar en sintonía con la tierra misma, y acababas moviendo las caderas casi sin darte cuenta, como si el ritmo despertara algo primitivo dentro de ti, un instinto que se saltaba por completo la cabeza e iba directo a los huesos.
Sentí una alegría física indescriptible. Llevaba horas bailando, riendo y bebiendo los zumos de fruta que Lía no dejaba de servirnos. Era una fiesta realmente genial. ¿Estábamos en África? No tenía ni idea. ¿A quién le importaba?
—Uy, la flor —dije, riéndome como una idiota .
Vik me había colocado antes una flor morada tras la oreja y luego nos habíamos besado con lengua delante de todos. Me había excitado un montón. Más que nunca, así de relajada estaba tras el masaje.
Me agaché para recoger mi flor y entonces mis ojos se cruzaron con los de la mujer que estaba ahí de pie como una estatúa. Aquellos ojos que no me apartaron la mirada.
Mi sonrisa se borró en el acto.
—Eres tú.
Se llevó una mano a los labios y me pidió que le guardara el secreto. Después, se marchó. Decidí seguirla.
—Tengo que hablar contigo —le susurré.
Siguió caminando.
—Por favor. ¿Por qué eres la única que me mira?
No se detuvo.
—¡Te lo suplico! Aquí ocurre algo raro.
Se paró detrás de una mata, me arrancó el zumo de las manos y lo tiró. No dijo ni una palabra. Solo negó con la cabeza. Me pidió que no me lo bebiera.
Al día siguiente no sabía si la mujer había sido real o lo había soñado todo.
El sol estaba alto. Deduje que había dormido un montón.
Y aun así seguía sintiéndome agotada.
—Buenos días —le dije con voz ronca a Jane, la mujer del velo morado. Como no sabía su nombre, decidí llamarla así.
Me plantó un vaso delante. Un smoothie de frutos rojos con una hojita de hierbabuena. Parecía delicioso. Se me hacía la boca agua .
Esperé a que se marchara y entonces lo tiré.
Mentalmente, me cubrí los labios con un dedo. Como la mujer de mi sueño. O de mi realidad.