…de vuelta a nuestro mundo
—Siento lo de esta noche. No has estado cómoda y yo debí haber estado ahí. A veces se me olvida que no estás acostumbrada a esto.
Me sequé la cara con la toalla y me volví hacia él. Estaba apoyado en el marco de la puerta, arremangado, las manos en los bolsillos.
Parecía relajado, pero la arruga que marcaba su entrecejo le concedía un aire arrepentido, o atormentado.
La idea removió algo dentro de mi pecho.
—Yo también lo siento. Tus amigos y sus ideas no te definen a ti.
—Exacto. Yo sigo siendo el mismo, Willa. Soy el Vik de siempre. Tú me conoces. De ti nunca me escondo.
Me lo quedé mirando.
Lo recordé en Londres, deteniéndose para estudiar cada cuadro en el museo, interesado en conocer mi mundo.
Yo me había puesto histérica ante el primer contacto con el suyo. Primero porque creí que su madre había cortado las rosas para enviarme alguna especie de mensaje bíblico retorcido, y ahora porque imaginaba que sus amigos multimillonarios conspiraban para acabar con el orden mundial.
Pero tenía razón. Él era el Vik de siempre, y yo quería a ese hombre. Lo quería muchísimo.
Me acerqué a él y lo besé en los labios.
—¿Todo bien? —dijo, sopesándome.
—Sí. Me alegro de que estemos en casa.
Me cogió por la cintura .
—Y yo de tenerte solo para mí. En serio, siento mucho lo de la cena.
—Y yo. —Cogí su cabeza entre las manos y me perdí en las motas verdes de sus ojos—. Te quiero.
—Yo te quiero más. No sabes cómo te quiero.
Se aferró a mi rostro y acercó mi boca a la suya. No me besó. Solo hizo que lo deseara. Sabía que vibraba, por él , pero ahí estaba, cambiando de ángulo, jugando, sonriendo divertido al ver que empezaba a impacientarme.
La luz se fue de golpe. Llevaba ahí lo suficiente como para saber que nos habíamos quedado sin energía solar.
—Mierda. Sabía que era mala idea usar la plancha de pelo en el Paraíso.
Vik se rio.
—Tranquila. El generador arrancará en unos minutos. Ahora…
Me atrajo hacia él, apoyó mi mano en su pecho y empezó a balancearnos despacio, sin moverse del sitio.
—¿Qué haces? —murmuré, incapaz de reprimir la sonrisa.
—Bailo contigo como en nuestra boda.
—Vik...
—¿Willa?
Mi sonrisa creció un poco más.
—No hay música.
—Finjamos que la hay.
—¿Y qué suena?
— Nothing's Gonna Hurt You Baby , de Cigarettes After Sex . ¿Puedes imaginarlo?
—No. No conozco la canción .
Me la tarareó al oído mientras bailábamos en la oscuridad.
*****
Llevábamos horas delante del fuego que Vik había encendido en la playa. Mi cabeza daba vueltas. Por él, por el vino de más que había tomado en la cena…
Las estrellas abrumaban. Había infinidad de mundos ahí arriba, todos desconocidos para mí. Tenía la espalda apoyada en su pecho y su brazo me rodeaba el abdomen por debajo de la camisa. Suya, por supuesto.
—Así que nunca lo habías hecho en la playa.
—Claro que no. ¿Acaso tú sí? —Silencio—. ¡Viktor! ¿Con quién? —susurré después de indignarme.
Levanté la mirada y vi una sombra de sonrisa en sus labios.
—¿Qué importancia tiene?
—Nunca hemos hablado de lo que hubo antes.
—Lo que hubo antes es irrelevante. Desapareció en cuanto te conocí.
—Muy romántico y conveniente. Quiero que me lo cuentes todo de inmediato. ¿Quién fue la primera?
—Willa. Un caballero no menciona esas cosas.
—¿Quién?
—Muy bien. Se llamaba Lorraine.
—La odio.
Se río entre dientes.
—Qué exagerada. No significó nada.
—¿Cuántos años tenías ?
—Quince.
—¡Vik! —Le di un golpecito en el brazo y él negó—. ¿La conociste en el instituto?
—No.
—¿Pues dónde la conociste? En serio, ¿te lo tengo que sacar todo?
—Fue en la iglesia.
—Oh, Dios santo. ¿Lo supo tu madre?
—Claro que no.
—Menos mal. Os habría obligado a casaros.
—Es probable —admitió, divertido.
—¿Estuvo bien? Quiero decir ¿te gustó?
—Sí. Fui un poco torpe. Pero, sí, me gustó mucho.
No lograba imaginarme de ningún modo a Vik siendo torpe en la cama. Supongo que la práctica hace al maestro.
—¿Qué ocurre? —me susurró cuando yo ya llevaba unos minutos callada—. Se te ha ensombrecido la expresión.
Forcé una sonrisa.
—Nada. Estaba pensando.
—¿En qué?
—Tonterías sin importancia. ¿No quieres que te diga cuándo y cómo perdí la virginidad?
—No.
—¿Por qué no?
Le asomó aquella curva misteriosa en las comisuras.
—Lo que hubo antes de mí es irrelevante.
Se refería a mis amantes, por supuesto, pero yo sentía que la frase abarcaba mucho más. Mi vida entera. ¿Lo que hubo antes de él era irrelevante? Bueno, supongo que en cierto modo lo era .
—¿Qué te parece si mañana hacemos paracaidismo?
—Ni hablar.
—Willa…
—Me rompí el tobillo caminando por una acera. ¿Lanzarme desde un precipicio? Jamás haría algo tan loco. Así que, si tienes ganas de aventuras, ve tú solito. Yo iré a la biblioteca. Le estoy cogiendo el gusto a esto de leer.
—¿En serio? ¿Y a qué más le estás cogiendo el gusto últimamente?
—Creo que eso ya lo sabes.
—Dímelo de todos modos.
*****
—¿Sabes cuánto tiempo llevamos aquí? —pregunté una noche cualquiera. Estábamos en la piscina, desnudos, observando las estrellas. La Vía Láctea era una mancha densa y lechosa que atravesaba el cielo.
—Es lo bueno de nuestra vida. No somos esclavos del tiempo.
—Llevamos cinco semanas. Se cumplen hoy.
—¿Marcas una equis en alguna parte? —me dijo, divertido.
—Lo sé por mis anticonceptivos, listillo. Me quedan para otras dos semanas. ¿Cuándo volveremos a Londres?
—¿Y si dejaras de tomarlos y vemos qué ocurre?
—No lo dirás en serio.
—¿Por qué no? Sé que eras muy joven y que no era el momento, pero ¿nunca te has preguntado… ?
—¡No! —lo frené, tapándole la boca antes de que lo dijera.
Me cogió con delicadeza por la muñeca y me permitió ver su sonrisa.
—Willa, sé cuándo mientes. Te lo preguntaste muchas veces. Averigüémoslo juntos, doc.
—¿Es que quieres que tengamos hijos tan pronto? ¿Por qué demonios no hemos aclarado todas estas cosas antes de casarnos?
—Porque tú y yo no necesitamos aclarar nada.
Nos dejamos llevar. Es lo que somos. Vivimos el momento.
Intentémoslo. Me haría muy feliz que dejaras de tomar la píldora durante un tiempo.
A lo mejor no ocurre nada, pero me gustaría probar.
Si hay una persona con la que me veo teniendo hijos, eres tú.
Eres la única persona con la que me veo haciendo cualquier cosa.
—De acuerdo —dije.
Quería complacerlo. Quería que fuera feliz.
Y en ese momento lo parecía.
—¿En serio?
Se acercó a mí hasta atraparme contra el borde de la piscina.
—Sí.
Me besó y yo le acaricié la mejilla.
—Respecto a lo que me preguntaste. Lo de volver a Londres. Es casi otoño. ¿Recuerdas lo que era la ciudad en otoño? ¿Por qué no nos quedamos aquí hasta primavera? Siempre quisiste desaparecer, ir a un sitio donde nadie supiera quién eres. ¿Y si este fuera el lugar que buscabas ?
—¿Y si vuelvo a agobiarme como cuando estaba lloviendo?
—Si te agobias, nos vamos a casa.
—¿Me lo prometes?
—No permitiré que te agobies. Te lo prometo.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí. Vale.
Su sonrisa creció un poco más.
—Entonces, hagamos un bebé hasta primavera. O no. Podemos, simplemente, ser felices.
—Me parece un buen trato.