Sígueme …donde hay serpientes #2
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…donde hay serpientes #2

No es que me sintiera poco aceptada. Sencillamente, tenía la impresión de que nadie veía con buenos ojos nuestro matrimonio. Ya no era solo Maya. También sus amigos. Había algo en sus miradas que me inquietaba. Una sensación que no fui capaz de catalogar.

Respiré aliviada cuando empezaron a hablar de otras cosas.

Aunque al rato decidieron interrogarme de nuevo .

—¿Y tú, Willa? ¿A qué te dedicas? —me preguntó la mujer de pecas cobrizas. ¿Kezia? Tenían unos nombres muy raros. Sus padres se habían devanado los sesos.

—Ahh… Mmm… Pues… Imparto seminarios sobre redes sociales y su impacto en la economía de una empresa. Y también sobre la inteligencia artificial. Hay cada vez más compañías que buscan implementarla en el día a día.

—Willa estudió Medicina —les explicó Vik.

John se volvió hacia mí con interés.

—¿De veras? ¿Y no ejerces?

—No. Lo dejé en el último año.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Pues… porque no era lo mío.

—Entiendo. Yo quise dejarlo muchas veces. Sobre todo, cuando estaba en el ejército. Todos mis pacientes acababan muertos.

Así que era otro soldado.

—¿Estuviste en el ejército? ¿Dónde te destinaron?

—En Afganistán. Prácticamente hice mi residencia en el campo de batalla.

Me estremecí.

—Dios. Debió de ser horrible.

—Sobreviví. ¿Más vino?

Se lo agradecí con una sonrisa.

—Solo un poco.

—Sí, no es buena idea que bebas más de la cuenta con el estómago vacío. No estás comiendo apenas. ¿No te gusta el pescado?

—Oh, sí. Está todo… muy bueno. Es que estoy un poco …

—¿Nerviosa? Es normal.

Era amable. Me alegré de que lo sentaran a mi lado.

No parecía una hiena. A lo mejor me embargaba ese sentimiento de calma en su presencia porque ambos éramos británicos.

Su forma de hablar me resultaba familiar.

Dos ingleses en tierra de nadie. Me sentí, en cierto modo, respaldada, arropada… No lo sé.

Intenté comer un poco más para no ofender a los anfitriones. A fin de cuentas, habían preparado aquel banquete en mi honor.

La comida era deliciosa. Por supuesto, muy sana. Se trataba de las grandes fortunas del mundo. Pues claro que querían vivir para siempre.

Cuando retiraron el segundo plato, estaba demasiado abrumada. Necesitaba un respiro.

—Perdón, ¿el baño?

Zila me lo indicó y tuve que obligarme a caminar despacio y no hacer caso al instinto que me decía que corriera.

Que sintiera sus miradas acompañándome tampoco es que ayudara.

Me encerré en uno de los baños, apoyé las manos en el lavabo y me observé a mí misma a través del espejo. No encajaba en absoluto. No solo por mi ropa negra. Es que no había nada familiar ahí. Excepto John el británico y Vik, que estaba demasiado lejos de mí.

Por primera vez en meses, el mundo de mi ahora marido me parecía demasiado.

Me obligué a respirar y a actuar como una adulta. No podía quedarme encerrada en el baño el resto de la velada. Aunque me hubiera encantado.

—Al menos es blanca —estaba diciendo Siloé cuando volví.

Todos se callaron al verme.

—Oh, Willa, me estaba diciendo Vik que te encantan las fresas.

Le sonreí a Lía.

—Sí.

—Pues estás de suerte porque las tenemos de postre.

Me senté con mi sonrisa tensa, aferré la copa de vino como si me fuera la vida en ello y cuando se pusieron a hablar de otra cosa, miré disimuladamente al grupo de Siloé. ¿Hablaban de mí? No podía ser. ¿Verdad?

Los observé a todos y me fijé en un detalle que antes había pasado por alto: todos eran blancos. Incluso las mujeres de nombre exótico. Eran caucásicas.

El postre y las copas posteriores se me hicieron todavía más duros. John se retiró temprano, perdí mi único apoyo, y las conversaciones adquirieron un matiz con el que no estaba nada cómoda.

Hablaron de la guerra. De recuperar el control desmantelando el estado administrativo, corrupto y obsoleto. Del gran reemplazo. De la cultura woke . Del America First y de que la destrucción era necesaria para crear un nuevo orden mundial.

Vik estaba muy equivocado. Ahí no había serpientes. Las serpientes no entran en los nidos de víbora.

**** *

—Estás muy callada —observó mi marido de camino a casa.

Estábamos en mitad de la selva, había un camino de tierra, y él conducía el carrito sin necesidad de faros. La luna llena alumbraba el sendero, pero yo no habría sabido volver. Vik, sí.

—Prometiste que estarías conmigo en todo momento y me abandonaste en cuanto pusimos un pie dentro.

—Willa. No te abandoné. Estaba ahí.

—Lejos.

—A veces hay que seguir las normas.

—No me han gustado las normas de la casa. Ni la casa en general. Ni esa gente.

—¿En serio? Se te veía cómoda con John.

Giré el cuello para fulminarlo con la mirada. Su rostro helado, bañado por la luz pálida de la luna, no se volvió hacia el mío.

—Hice lo que pude.

—Pues sigue haciéndolo.

Me mordí la lengua para no iniciar una pelea.

—Dime, Vik, ¿a quién votaste en las últimas elecciones?

No dijo nada en los siguientes veinte segundos. Ni un solo gesto, ni una contracción en su rostro. Entonces, sonrió para sí, casi incrédulo.

—¿Qué importa eso?

—Me importa a mí.

De hecho, me importaba muchísimo en aquel momento. ¿Por qué cojones lo había pasado por alto hasta entonces?

—Voté por mis intereses.

Me respondió sin hacerlo.