…donde hay serpientes
Dejó de llover y no permití que Vik se saliera con la suya y me soltara evasivas. Quería conocer a los otros millonetis de la isla. Punto.
—¿Por qué tanto interés?
—A veces las mujeres queremos ponernos algo bonito y estar con más gente. Me he hartado de llevar una camisa tuya con un bañador por debajo. Necesito ponerme guapa.
—No necesitas ponerte guapa. Lo eres.
—Vik…
—Vale. Esta noche. Iremos a cenar.
—Estupendo. Me muero de ganas. Quiero saber qué hay al otro lado del Paraíso.
—Típico. Le ofreces a una mujer el Edén y solo quiere salir de él.
—Exacto. Llevo el pecado en la sangre.
—Si mi madre te oyera ahora…
Se rio, y yo también.
*****
Lo primero que vi al bajar del carrito de golf fue a los soldados. Me quedé petrificada. Desentonaban de una forma muy violenta. ¿Qué pintaban los uniformes caquis y las metralletas entre las palmeras?
—Vik, ¿qué es eso, el ICE?
—Son agentes de seguridad privada.
Estaban en todas partes. Altos, intimidantes, con rostros de acero .
No parecían agentes de seguridad privada. Parecían un grupo paramilitar. Cualquiera de esos tíos podría matar a alguien en treinta segundos y sin necesidad de usar un rifle de asalto. Lo harían con sus propias manos.
—¿Por qué hay tantas armas en el Paraíso?
—Incluso aquí se cuela alguna serpiente.
Levanté la mirada.
En lo alto de la roca, había una mansión.
No la típica villa hecha con materiales de la zona.
No. Esta era la residencia del señor que había esclavizado a los aborígenes.
Tenía vistas panorámicas, probablemente sobre la isla entera.
Era como un faro, o una torre de defensa.
El mar se oía desde algún sitio, y no parecía amable.
Se estrellaba furioso contra los peñones.
—¿Quiénes son tus amigos? ¿Quién vive en esa mansión?
Vik caminaba con mi mano en la suya. En la otra llevaba una botella de Vega Sicilia. ¿Quién le traía estas cosas? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Lo hacían los soldados?
Pasamos por delante de dos de ellos y ninguno nos miró. Permanecieron impertérritos. Pero supe que nos veían. Sentía que había ojos en todas pares. Ojos ocultos.
—Es la casa de David Mirren.
Necesité un segundo para asimilarlo.
—Perdona, ¿te refieres al tecno-oligarca que se acaba de convertir en el hombre más rico del mundo?
—Sí.
—Guau. ¿Y vive aquí?
—La mayor parte del tiempo.
—Y es amigo tuyo .
—Digamos que es algo así como mi mentor.
Por muy alto que llegue una persona, siempre tiene a otra por encima. Pero ¿quién estaba por encima de David Mirren? ¿Dios?
—Vale, me acabo de poner nerviosa. Ahora mismo estoy deseando volver a casa y ponerme tu camisa.
Me sonrió. Estábamos subiendo por unas escaleras interminables, que se retorcían más y más. A ambos lados había arbustos de flores moradas, un color muy intenso.
—Les encantarás.
—Si tú lo dices…
Cuando llegamos arriba, tuve que sentarme un rato. Yo no estaba en tan buena forma como Vik y además el tobillo se me había hinchado. Esperaba que nadie nos estuviera viendo porque me había desplomado, literalmente, en un escalón.
—Podría haberte subido en brazos.
—Por favor. Hay doscientos cuarenta escalones.
—¿Los has contado?
—Necesitaba concentrarme en algo concreto para calmar los nervios.
—¿Ha funcionado?
—No.
Le asomó una arruga en las comisuras al contener la sonrisa.
—No te pongas nerviosa. Yo estaré contigo en todo momento.
No era tan fácil.
—¿Lista?
—No. Pero te seguiré .
En la puerta había un símbolo que no reconocí: el sol con una serpiente enroscada alrededor y un ojo enorme en el centro, rodeado de rayos que semejaban las agujas de un reloj. Conté doce agujas grandes.
—¿Es el logo de su empresa?
—Sí.
—Qué… místico. ¿Qué quiere decir?
—El Uróboros representa el tiempo cíclico.
La eternidad. La unidad de las cosas. El sol, la conciencia.
El ojo, la sabiduría. En conjunto, quiere decir más o menos que los finales solo son nuevos comienzos y que el conocimiento se alcanza a través de la comprensión de la naturaleza cíclica de la realidad.
—Me cago en la puta. Este tío es de la Masonería, ¿o algo así?
Me sonrió.
—No. Es que la manzana mordida no estaba disponible.
Le clavé el codo y él se rio. Luego dobló los dedos sobre los míos y llamó a la puerta.
Nos abrió una mujer con velo. No levantó la mirada del suelo. Tanta sumisión empezaba a resultarme espeluznante. ¿Qué tenía de malo mirar a los ojos de vez en cuando y decir hola ?
—¡Viktor! —exclamó una mujer rubia de labios rojos y voz cantarina, que asomó por el pasillo con un vestido blanco vaporoso. También ella parecía una aparición—. Por fin nos haces dignos de tu presencia. Te echábamos de menos.
—Lía, te presento a Willa, mi mujer .
Se me acercó más de lo que me hubiera gustado, cogió mis manos entre las suyas y durante unos diez segundos me miró a los ojos tan fijamente que me absorbió. El azul que rodeaba sus pupilas era más profundo que el mar que nos rodeaba y yo sentía que no llevaba el material de buceo adecuado.
—Willa. Bienvenida al Paraíso.
Esa tía daba escalofríos.
—¡Vik! —me sobresaltó una voz masculina.
—David.
—Sinvergüenza, ¿te casas sin invitarnos?
—Lo siento. Fue… algo improvisado.
Se dieron un abrazo y entonces David se giró hacia mí. Era más mayor que Vik, puede que él lo viera como a una figura paterna.
—Ahora entiendo que no hayas pasado a saludar. Te costaba salir de la cama. —Me cogió la mano y plantó un beso en mis nudillos, demorando los labios en mi piel unos segundos más de la cuenta.
Me miró de una forma extraña, pero, a diferencia de la mujer, no intentaba ahogarme con la fuerza de sus ojos. Intentaba follarme.
Retiré la mano en cuanto pude.
—Gracias. A los dos por recibirnos —me las apañé para farfullar. Di por hecho que eran los anfitriones.
—Estamos encantados —aseguró David. Le creí.
—Vayamos al jardín —propuso Lía con otra sonrisa helada—. Los demás ya están ahí.
—Llegas elegantemente tarde, Vik —apuntó David, divertido .
—Nos lo tomamos con calma.
—¿Demasiadas escaleras? —me susurró con un guiño cómplice.
De modo que me había visto desplomarme.
Compuse una especie de sonrisa de disculpa y los seguí hasta el jardín.
La mesa era larga. Alguien se había tomado muchas molestias para asegurarse de que todo fuera de color blanco, el mantel, las sillas, las flores, las mujeres con velo que formaban un semicírculo a ambos lados, los invitados.
Incluso Vik. Todos llevaban ropa blanca, caribeña.
Menos yo, que me había puesto un vestido negro de cóctel.
¿Por qué Vik no me había advertido de que había un código de vestimenta?
Desentonaba tan agresivamente como los soldados de fuera.
—Escuchadme. —Lía dio palmaditas y todos se callaron—. Esta es Willa, la mujer misteriosa que ha conquistado el corazón de nuestro soltero de oro. Willa, ellos son Bernie y Siloé, Salvatore y Kezia, Tom y Zila, Larry y Erika… Ah, y John, nuestro médico. También es británico como tú.
¿Había algo que no supieran de mí a esas alturas?
Forcé otra sonrisa.
—Hola a todos. Encantada de conoceros.
David apoyó la mano en mi espalda desnuda y sonrió al grupo. Me recorrió un escalofrío. No de los buenos. Sus dedos estaban mucho más abajo de lo que yo consideraba adecuado.
—Que alguien le sirva una copa a la novia .
Era irónico que la novia fuese la única persona en vestir de negro.
¿Por qué me había puesto aquel vestido? Intenté recordarlo y entonces comprendí que no tenía otro.
Solo me había traído el Valentino que había llevado en París, a la ópera y…
ahora aquí. El resto de ropa de mi maleta no servía para cenas elegantes.
Vik me sujetó la silla para que me sentara y después ocupó otra en el extremo opuesto de la mesa. Su yo estaré contigo en todo momento duró solo hasta que entramos. Debí de mirarlo como si me hubiera abandonado porque Zila, sentada a mi lado, me susurró:
—Las parejas no se sientan juntas.
Había reglas en el Paraíso. Reglas que no me gustaban.
John, el médico, se sentó a mi izquierda. Intercambiamos una sonrisa, tensa por mi parte.
—¿Y cómo os conocisteis Vik y tú? —quiso saber Lía.
Estaba sentada al lado de mi marido. Me pregunté si habían follado alguna vez. No sé por qué se me ocurrió. Tal vez por cómo lo miraba ella.
—Nos conocimos… en Instagram.
Al decirlo, me sonó bastante ridículo. Conocer a alguien por Instagram. Ellos parecían pensar que era de lo más estúpido.
—¿Y surgió el flechazo enseguida? —me preguntó otra mujer. ¿Siloé, tal vez?
—Sí. Más o menos.
—¿Lo has oído, John? —Lía apuntó al médico con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. En Instagram hay mujeres disponibles. Más vale que te espabiles.
Se rieron todos como hienas. John, no .
—Lo tendré en cuenta. Gracias por la sugerencia.
—Creo que es hora de cenar —decidió David, dando palmadas. Ni que estuviéramos en el antiguo Imperio Romano—. Al menos mi estómago me dice que lo es.
Las mujeres con velo se pusieron en marcha enseguida.
Una auténtica coreografía. Pensé en los desfiles militares, en todos aquellos soldados perfectamente sincronizados, ejecutando el mismo movimiento al mismo tiempo, y no encontré diferencia alguna.
La casa de David me recordaba al ejército, y no por los rifles de asalto de fuera.
John buscó mi mirada al servirme vino. Tenía ojos grises.
Rostro compacto. Dos arrugas verticales en las comisuras de la boca.
Era guapo, unos cuantos años mayor que Vik, y no me miró de forma despiadada ni carnal.
Solo me miró. No era curiosidad. Era otra cosa.
No pude adivinar de qué se trataba puesto que Bernie, o Salvatore, me preguntó qué me parecía la isla y tuve que mostrar entusiasmo.
Dije chorradas como lugar paradisiaco , muy tranquilo , y ellos asintieron con educación.
Seguro que pensaron qué chica tan poco original.
¿Qué le habrá visto nuestro querido Vik?