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…al otro lado del Paraíso

Con la lluvia, la isla mostraba una cara menos paradisiaca.

Y yo, sin televisión ni Netflix, también exponía una menos sonriente.

Echaba de menos la tecnología. Nunca había pasado tanto tiempo desconectada.

Tenía el síndrome del miembro fantasma. A cada tres segundos quería coger el móvil para escribirle a alguien.

Entonces, recordaba que solo tenía a Vik. Y, por supuesto, el Paraíso.

No me extrañaba que Eva mordiera la manzana. Acabó hasta las narices de tanta perfección.

Y la lluvia era interminable. Vik la llamó temporada de lluvias. Lo cual quería decir que iba a llover durante días, semanas, meses, años, abismos de tiempo.

Tocaba desayunar dentro, delante de las ventanas del salón.

La mujer que me atendía ahora era otra. No le veía el rostro —ella también llevaba velo—, pero su piel era oscura.

No había vuelto a ver a la del primer día.

Esta no parecía dispuesta a desobedecer las reglas.

No me miró cuando le agradecí el desayuno.

Entró y salió. Un crujir de telas vaporosas, un atisbo de morado, y luego nada. Silencio y lluvia.

Puta lluvia.

Vik había salido a correr por la playa y a nadar a pesar del mal tiempo, y mi humor empeoró según avanzaba la mañana.

¿Qué iba a hacer todo el día? Follaríamos en cuanto se duchara.

¿Y después qué? Nos miraríamos durante horas.

Tenía que haber algo más en el mundo. Algo con lo que poder entretenerse.

¿A él nunca le entraba la fiebre del encierro? ¿Conmigo tenía suficiente?

—Voy a volverme loca, Viktor —aseguré en cuanto cruzó la puerta, mojado y sonriente.

La ropa se le pegaba al cuerpo, delineando cada músculo. En otro momento me hubiera distraído. Ahora, no.

—¿Por qué? —preguntó después de rozar mis labios con un beso.

—El tiempo pasa muy despacio aquí.

—Es de lo que se trata. Vivimos muy deprisa. Nunca disfrutamos de nada.

—¿Disfrutar? He contado mil ochocientas cuarenta y dos gotas de lluvia deslizándose sobre el cristal. Como cuente una más, se escribirá un crimen en el Paraíso.

Se echó a reír.

—Vale. Lo entiendo. Estás irritable.

—Por favor, no digas que es hormonal. No me sueltes esa mierda de la menstruación.

—Claro que no, doc. Yo no entiendo de anatomía. Bueno, sí, pero desde otra perspectiva.

—Oh, no, ni se te ocurra distraerme con el sexo. No te va a funcionar esta vez. Te lo advierto.

*****

Funcionó .

Estaba en la cama, entre sus brazos, dibujando ochos por su pecho torneado. Fuera llovía a cántaros. Era una lluvia muy violenta. Encajaba bien con la pasión que Vik sentía por mí.

—Estabas aquí cuando desapareciste, ¿verdad?

—Sí.

—Dijiste que necesitabas poner cosas en orden para dedicarte a nosotros por completo.

—Mm-hm.

—¿Qué cosas pusiste en orden aquí?

—Cuando lleves el tiempo suficiente, lo comprenderás.

—¿Estuviste meditando o algo así?

—Algo así.

*****

Había una biblioteca. Era de cristal, con suelo y techo de madera, y una escalera para llegar a los estantes de arriba.

Vik me llevó al día siguiente.

—¿Qué otros tesoros ocultas en esta isla?

Me sonrió.

—¿Qué tal si los descubrimos poco a poco?

—Aquí hay muchísimos libros.

—Y tantos. Si nos pasáramos la vida entera dentro de esta habitación, no podríamos leerlos.

Sentí inquietud ante la idea de pasarme toda la vida ahí dentro. Pensé en su madre, que buscaba siempre el aislamiento. Como la casa de Vermont, con esas rosas carnosas. Vi a Evelyn sola y frágil delante del lago, intentando encontrar a Dios, y me estremecí .

Vik me ofreció un libro.

—¿ El Gran Gatsby ? —dije, divertida.

—¿Lo has leído?

—No. Nunca he sido una entusiasta de la lectura. He leído a Oscar Wilde y a unos cuantos clásicos ingleses, pero poco más. Me gustaba más la biología. Ya sabes, disecar.

—Disecar. —Sonrió y negó para sí—. Pues vamos a descubrir qué otras cosas podrían gustarte, doc.

Se sentó en una de las butacas y abrió su libro. La isla misteriosa , de Julio Verne. Claro que sí.

Lo imité, me instalé en la otra butaca a su lado, y me sumergí en el mundo perfecto que un hombre había construido para atrapar a una mujer. Era triste y un poco perturbador el libro. Gatsby quería a Daisy. A su manera. La quería encerrada en una jaula.

Miré a Vik. Estaba inmerso en su lectura. No sabía qué lo mantenía tan atrapado. ¿Aventuras, misterio, peligro? No había leído a Julio Verne. A él parecía gustarle. Estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que lo espiaba por encima de la cubierta.

Llevábamos mucho tiempo ahí dentro. Horas. No sabía cuántas.

Como siempre, el tiempo era un concepto ajeno a nosotros.

La mujer del velo nos había servido la comida en la biblioteca.

Ni idea de cómo supo localizarnos. Vik no se había movido de su butaca para avisarla.

¿Lo había hecho antes? ¿Cómo? No teníamos teléfono.

¿La mujer estaba siempre ahí, sin dejarse ver?

¿Tenía Vik alguna forma de contactar con el exterior, una en la que yo no había reparado hasta entonces? ¿Qué había en esa isla misteriosa suya?

—¿Qué tal tu lectura? —me preguntó cuando ya estaba anocheciendo.

Era la única forma que tenía de controlar el tiempo. Más o menos.

Sol naciente: otro día más en el Paraíso.

Sol poniente: otro día más en el Paraíso…

Aunque ahora no hacía sol. Ahora llovía a mares.

—Bueno…

—¿Eso es todo? —Le asomó una sonrisa.

—Me ha parecido realista.

—¿Realista?

—Demuestra que no puedes atrapar a alguien. Por muy bonita que sea la jaula.

—O puede que Gatsby escogiera a la mujer equivocada —señaló Vik.

—Todo es posible. ¿Qué tal tu lectura?

—Bien.

—¿Solo bien?

—No está a la altura de otras cosas que podría haber hecho hoy.

—¿Cómo cuáles?

—Te lo mostraré en cuanto lleguemos a casa.

Era una promesa. O una amenaza. No estaba segura de cuál de las dos encajaba más con su rostro compacto.

*****

Sus labios estaban sobre los míos. Abrí los ojos .

—Buenos días. ¿Qué tal has dormido?

—Estoy molida. Me duele todo el cuerpo. Anoche debí de caer en un coma profundo.

—¿Del que te ha despertado mi beso de amor verdadero? —propuso con una sonrisa de lado.

Tiré de él hacia abajo hasta que aterrizó encima de mí.

Me aferró por la cintura con las dos manos, me sonrió y me besó. El desayuno tendría que esperar.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —dije, después.

—Sigue lloviendo. ¿Te apetece que volvamos a la biblioteca?

Dije que sí. Tampoco es que hubiera más opciones. Podíamos nadar bajo la lluvia, infligirnos placer físico el uno al otro o leer. Un libro me permitiría salir de la isla durante un rato. Necesitaba saber que había un mundo más allá.

No llevaba mal estar a solas con Vik, sin nadie más. Ya lo habíamos hecho durante mi recuperación, y estuvo genial.

En Londres. Donde teníamos wifi.

Donde estaba aislada, pero al mismo tiempo conectada.

Aquí solo estaba.

—¿Dónde vive la mujer del velo? ¿Y cómo llega hasta aquí? ¿En barco, en avioneta, andando?

Me miró por encima de su libro. Leía a Jacques Prévert. Le debían de gustar los franceses.

—Cuántas preguntas. ¿Te aburre tu libro?

—Una chica sin nombre se casa con un inglés rico y acaba en una mansión con una criada espeluznante. Es demasiado opresivo. Prefiero hablar .

—La mujer del velo vive en otra parte de la isla.

—¿Y qué hay en esa otra parte de la isla? ¿Gente? ¿Qué se oculta detrás de esta selva? ¿Hay más casas de millonarios?

—Sí. Hay otras seis casas.

—¿Los conoces?

—Son amigos míos.

—Perdona, ¿qué? ¿Que tú tienes amigos en esta isla?

Sonrió.

—Sí.

—¿Y por qué yo no los conozco? ¿Son los que invitaste a la boda, tus amigos de Columbia? Porque me cayeron bien.

—No. Son otros.

—¿Y por qué no hemos ido a saludar?

—Esperaba a que terminara la luna de miel antes de incluir a más personas en esta relación.

—Pues me gustaría conocerlos, si es que están en la isla.

—Siempre están en la isla.

—¿Acaso viven aquí?

—Sí.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Bueno, esto es el Paraíso.

—En mi versión del Paraíso hay Netflix.

Se rio. No me dijo que estaba enganchada. No dijo nada.

—Bien, ¿y cuándo vas a llevarme al otro lado? —insistí, impaciente.

—En cuanto deje de llover.

Miré el enorme ventanal que teníamos delante y me pregunté si alguna vez dejaría de llover.