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…en el Paraíso

Londres quedaba tan lejos que dudaba de que aún existiera. El sol y el aire no eran los mismos aquí. Incluso el cielo lucía diferente, un azul irreal, sin rastro de la cúpula grisácea que asfixia las ciudades.

Vi pájaros exóticos de plumaje colorido. Palmeras. Una vegetación tan densa y verde que parecía sacada de otro mundo, uno prístino, puro, inalterado por la presencia humana.

Luego estaba el mar en calma, con el agua más cristalina que había visto jamás. La arena era blanca y fina. La temperatura, suave.

Pensé que era el lugar perfecto para desaparecer.

—¿Qué te parece?

Vik me había concedido unos minutos para que me dejara absorber por el paisaje.

—Hemos muerto en esa avioneta y esto es el Paraíso, ¿a que sí?

Esa sonrisa otra vez... Pequeña, misteriosa, puede que incluso inexistente.

—Esto es real, Willa. Es lo único real que hay en el mundo.

—Es precioso. ¿Qué es este sitio?

—Una isla privada.

—Guau. ¿Dónde exactamente?

—En mitad de ninguna parte.

—¿Es tuya?

—Nuestra, sí. Esta playa nos pertenece. Puedes bañarte desnuda si quieres. Nadie te verá. Solo yo. ¿Lista para conocer nuestra casa?

—Sí. Creo que ya estoy lista para conocer tu mundo. Aunque…

Se volvió con una sonrisa.

—¿Qué?

—¿Podemos quedarnos aquí unos segundos más?

—Pues claro. Tómate el tiempo que necesites. En este lugar los relojes se detienen.

Me quedé muy quieta, empapándome de todo.

Las nubles eran blancas y tan resplandecientes que dolía mirarlas. Pasaban veloces por encima de nosotros, como si tuvieran prisa, algún sitio mejor al que ir.

A mí no se me ocurría nada mejor que eso. Esa brisa marina, perfumada de flores en su pleno apogeo. La camisa blanca de Vik agitándose en el viento. Que el tiempo no significara una mierda.

*****

La villa se aferraba a la ladera como si hubiera crecido ahí.

Los materiales debían de ser autóctonos.

Tejado de paja, madera oscura, piedra volcánica.

.. Nada que desentonara. La construcción parecía perfectamente integrada en la selva.

No era ostentosa, era sencilla y perfecta para nuestra luna de miel.

Me pregunté si el jardín era un jardín o simple naturaleza. Imposible saberlo .

Había una piscina en la roca, a medio camino entre la casa y la playa. Desde el borde vi cómo el agua del mar cambiaba de tono tres veces antes de llegar al arrecife: una franja turquesa, una azul y la última de un cobalto profundo. En otras partes habría jurado que era verde como las esmeraldas.

Vik me cogió en brazos. Solté un chillido.

—¡Oye! ¿Qué haces? —Me reí—. Este tobillo todavía aguanta un rato.

—Lo sé. Pero ahora eres mi mujer y es la primera vez que entras en nuestra casa. Es la tradición.

— Tu mujer —coqueteé—. Me gusta como suena.

—A mí también —dijo tan serio que lo besé.

Después, cruzamos el umbral. Ahí me dejó en el suelo para que lo descubriera todo a mi ritmo.

Había un solo dormitorio, un salón, una cocina y un baño. La habitación era blanca y desnuda. No vi ninguna necesidad de estropearla con algún adorno vulgar. El océano y la selva entraban por todas las ventanas.

Teníamos una cama enorme, un armario y poco más. Nada que echara en falta.

Las cortinas blancas se movían con la brisa.

Crucé las puertas abiertas que daban a la terraza, apoyé las manos en la barandilla y respiré hondo. En medio del agua, en la lejanía, vi otra isla.

Y nada más. Mar y selva.

Ahí solo estábamos Vik y yo, náufragos en el Paraíso.

**** *

No estábamos solos.

Al día siguiente, una mujer con velo me sirvió el desayuno en la terraza. Vik no estaba. Yo había dormido hasta, probablemente, mediodía. ¿Quién sabe? En un sitio sin relojes, siempre es la hora que tú quieres que sea.

Y yo decidí que era por la mañana y que me tomaría el café y las tostadas integrales. Para desayunar había fruta tropical, tortilla de claras, ganchas de avena con arándanos y una jarra con agua y limón. Todo muy sano. Todo muy cuidado. No esperaba menos.

—Muchas gracias. Tiene una pinta fantástica.

La mujer me miró de una forma que nunca olvidaré. Como si no esperaba que le hablara. Como si el hecho en sí le resultara aterrador. No le veía el rostro. Lo ocultaba tras un velo. Pero los ojos… Los ojos eran oscuros, parecidos a los míos.

Se fue de inmediato. Sin responderme.

Fruncí el ceño.

Vik volvió al poco rato. Había estado nadando. Me dio un beso largo en los labios, intercambiamos una sonrisa y se sentó a mi lado. Tenía el pelo mojado y solo llevaba una camisa blanca y pantalones de un cobalto parecido al mar.

Las flores del jarrón eran moradas. Me recordaban al velo de la mujer.

Ahora ella ya no estaba. Fue todo tan breve que de no haber tenido el desayuno delante, habría creído que me lo había inventado por culpa del jet lag . Que ahí no había nadie aparte de Vik y de mí.

Pero el café de mi taza decía otra cosa.

—Creía que estábamos solos .

—Lo estamos.

—¿Y la mujer?

—¿Qué mujer?

—La que ha preparado todo esto.

—Ah. Ella está aquí para servir. Viene y se va. Estamos solos el resto del tiempo. Tú y yo.

—¿Quién es?

—Ni idea. No sé cómo se llama.

Sorbí de mi café. Estaba delicioso, supuse que ecológico, cultivado a mil quinientos metros sobre el nivel del mar.

—Nunca te había oído hablar así —comenté tras unos segundos de silencio.

Vik giró el rostro hacia el mío. Tenía el ceño fruncido. Desde ahí podía oír el roce seco y constante de las hojas de palma del jardín. Chocaban entre sí.

—¿A qué te refieres?

—Has sonado a multimillonario por primera vez. Ella está aquí para servir . No lo sé, lo has dicho como si fuera una especie de esclava.

—No pretendía que sonara de esa forma. Es que los aborígenes tienen una mentalidad distinta a la nuestra.

Para ellos, servir es un honor. No quieren ni que notemos su presencia.

Son como fantasmas. No hablan, no nos miran, no les gusta intervenir en nuestras vidas.

Solo buscan servir y que todo esté perfecto.

Tenía mucho sentido.

Con una excepción: ella me había mirado. Y aunque no le había visto el rostro, habría jurado que era occidental.

**** *

El mar estaba en calma, tan inofensivo que me pareció imposible que alguna vez fuera a tornarse peligroso. No era como el mar de Inglaterra, gris, frío, amenazador. Este era un mar amable, de aguas cálidas. Casi podía ver su sonrisa, como si de una persona se tratase. Sin duda, ese mar me sonreía.

Vik, sentado en una esquina del velero, los brazos cruzados sobre el pecho, me miraba embelesado. Creo que llevábamos por lo menos media hora así, absortos el uno en el otro.

—Estás para que te suban a Instagram —rompí por fin el silencio—. Lástima no tener un móvil a mano. Me encantaría presumir de marido.

Le asomó aquella curva medida en las comisuras.

—Willa. Estás muy enganchada. Necesitas desconectar. Vive un poco. Esto es la vida real. Este mar. Este velero. Yo.

—Claro que estoy enganchada —dije, riéndome—. Soy Gen Z. Los zetas, cuando perdemos el móvil, cogemos el de otra persona para decir públicamente que hemos perdido el móvil. Pero ¿qué vas a saber tú, millennial aburguesado?

Sonrió detrás de las gafas de sol. Estaba tan guapo, ahí en mitad del mar, con la camisa blanca al viento y el rostro bronceado, que me volvía loca. Me sentía la chica más afortunada del mundo. Lo tenía a él. Se había cumplido mi deseo de cumpleaños.

—¿Lista para ver qué hay debajo de nosotros?

—Espero que estés bromeando.

—No. Vamos a bucear .

—Vik, yo no hago estas cosas. No soy una aventurera como tú.

— Antes no hacías estas cosas. Ahora, sí. Vamos, Willa. Déjame que te enseñe mi mundo. ¿Confías en mí?

Joder.

*****

El mundo de Vik era profundo. Colorido. Extraño. Fascinante.

Había luz. Esperaba oscuridad, pero las columnas oblicuas que penetraban el agua desde arriba y se deshacían antes de tocar el fondo bañaban las profundidades con un brillo especial.

Especies de peces cuya existencia desconocía nadaban tan cerca de mí que podría haberlos rozado. Los corales parecían árboles. Me hallaba en una ciudad en la que vivían seres distintos a mí.

Vik me observaba mientras yo lo descubría todo. Mientras sonreía como una idiota. Mientras paseaba los dedos por el agua diáfana y rozaba los suyos.

Pensé que eso era lo que sentía él cada vez que me miraba absorto, la misma fascinación que experimentaba yo al mirar aquella versión del mundo, sumergida, disponible solo para quienes se aventuraban a encontrarla.

*****

Mi cabeza descansaba sobre su pecho desnudo. Mi dedo recorría el contorno de sus abdominales uno a uno .

—Dime, ¿soy Eva? ¿O has traído a otras mujeres a este paraíso?

Las cortinas se movían con la brisa. De noche el mar ya no era azul. Era negro. Otro.

—Lo eres todo —murmuró, antes de aprisionarme contra el colchón.

De haber querido moverme, me habría resultado imposible. Me dominaba por completo, desde los ojos clavados en los míos hasta las manos que me sujetaban por las muñecas.

De haber querido moverme.

Pero yo no quería.