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—Dime que estás de coña. ¿Me voy una semana y ya te me despendolas?

—Maya…

—Pero ¿qué es esta tontería de casarse? Lleváis juntos ¿cuánto? ¿Cinco meses?

—Medio año.

—Medio año —bufó—. ¿Ves el problema?

—¿Por qué te pones así? Creía que ahora Vik te caía bien.

—Y me cae fenomenal. Como novio. Como marido, le faltan unos años.

—Pues no quiero esperar tanto.

—Por Dios, Willa. Tienes veinticinco años. Nadie se casa tan joven.

—Sí, cuando lo tienes claro.

—¿Es que tú tienes claro algo ahora mismo? Porque, sinceramente, lo dudo.

—Guau.

—No, lo digo en serio. Desde que sales con Vik, estás como arrastrada por algo y tengo la sensación de que no controlas nada.

—Mira, paso de este rollo. Me caso y punto. Puedes venir o no.

*****

Vik me esperaba en casa con un Martini seco. Siempre se adelantaba a mis necesitadas.

—Tú sí que sabes cómo conquistar a una chica.

—¿Qué tal ha ido?

—Como temía. Se ha puesto hecha un basilisco. —Le di un sorbo a la copa—. ¿Qué tal con tus padres? Espero que hayas tenido más suerte.

—Mi madre está encantada de que hayamos decidido dejar de vivir en pecado. Aunque se empeña en que el pastor Davis oficie la ceremonia. Mi padre quiere vernos mañana para cenar.

—¿En California?

Me venía fatal. Ya había movido ese seminario para acompañarlo a Vermont. Si lo hacía por segunda vez, me dejarían una estrella en Google.

—En Londres.

—Ah.

*****

Cuando Elias Baumann entró en el bar, entendí a quién se parecía Vik. El mismo porte, el mismo magnetismo. Me pregunté si su hijo tendría esa cara dentro de treinta años y decidí que sí. Y que no iba a suponer ningún problema.

—Willa. Viktor.

Nos saludó a los dos con un firme apretón de manos. Intimidaba.

Lo seguimos hasta una mesa en el rincón. Las butacas eran de cuero suave. Nos sentamos y el camarero apareció de inmediato. Era un sitio muy elegante. Old fashion . Lo había escogido Elias.

—¿Qué van a tomar?

—Whisky —dijo sin mirar la carta—. Solo .

Vik pidió lo mismo. Yo me quedé con el vino.

Hubo un silencio breve mientras el camarero se alejaba.

—Así que os casáis.

Vik le sostuvo la mirada. No buscaba su aprobación.

Elias acabó sonriendo.

—Muy bien.

Abrió su maletín y sacó un sobre. Lo dejó sobre la mesa sin ceremonia, como quien pone un informe en una reunión de negocios. O los resultados de una autopsia.

Cogí mi copa.

Vik no tocó el sobre. Ni siquiera se dignó a mirarlo. Estaba mirando a su padre a los ojos.

—No.

Elias no perdió la calma.

Yo los miraba a los dos sin entender nada.

—Viktor.

—He dicho que no. No va a firmar un puto acuerdo prematrimonial.

Oh.

*****

—Deberíamos hablarlo —le dije a Vik en casa.

Estaba distraído, miraba algo en el móvil, pero lo dejó sobre la mesa. Tenía su atención.

—¿El qué?

—Lo del acuerdo.

—Willa .

—Mira, eres muy rico y entiendo que tu padre quiera protegerte. La gente firma estos acuerdos todo el rato. Lo firmaré.

—No.

—Vik.

—¿Willa?

—¿Lo estás considerando? —dije, divertida.

—Por supuesto. —Él también sonreía.

—¿Y?

—Los acuerdos prematrimoniales son para la gente que pretende divorciarse. No es nuestro caso.

—¿Cómo lo sabes? ¡¿Cómo puedes saberlo?! —le grité.

Vino hacia mí con calma y me cogió el mentón entre los dedos para obligarme a mirarlo.

—Lo sé.

*****

Maya me llamó unos días después. Quedamos en nuestra cafetería favorita. Ella llegó tarde y tenía prisa. Se pidió un triple expreso.

—De verdad que quiero comprenderte.

—No hay mucho que comprender. Le quiero.

—¿Y qué hay de lo demás?

—¿Lo demás?

—Dónde vais a vivir, cuántos hijos vais a tener, cómo vais a repartiros las tareas, los gastos… ¿Lo habéis hablado? ¿Habéis hablado de todo lo que implica estar casados? ¿Sabes a quién vota y qué enfermedades hay en su árbol genealógico ?

Mis conversaciones con Vik eran diferentes.

Mírame. No apartes los ojos.

No tienes que protegerte de mí, Willa. Ya es demasiado tarde para eso.

¿Confías en mí? Entonces, hazlo.

No te he dado permiso para moverte.

—No necesitamos hablar de todo eso. Nos enfrentaremos a las cosas según lleguen.

—Así que te lanzas.

—Sí —dije. Categórica. Sin que me temblara el pulso.

Maya sorbió de su café. Sus ojos me retuvieron.

—Y no hay nada que yo pueda hacer o decir para que cambies de opinión.

—No. Pero me gustaría que asistieras a la boda. Necesito a mi dama de honor.

—Alguien tendrá que serlo. Pero cuando todo esto te explote en la cara, que conste que fui la primera en advertírtelo.

—De acuerdo.

Volvió a sorber de su café. Ruidosamente.

*****

Estaba muy nerviosa. Mi mundo iba a chocar con el de Vik en aquella cena. Las consecuencias eran imprevisibles.

—Todo va a ir bien —me susurró él, divertido de verme tan inquieta.

—Mm-hm.

Me abrazó a su costado y plantó un beso en mi sien.

—Tranquila. Estoy aquí. Lo afrontaremos juntos .

Me sentí mejor. Tenía razón. Íbamos a afrontarlo juntos.

—Por ahí llega tu madre.

Intenté que no me flaqueara la sonrisa al decirlo. Él notó mi esfuerzo y me acarició la cadera.

—Willa. Ven aquí. —No quedó otra. Tuve que separarme del cuerpo protector de Vik para que Eve plantara dos besos en mis mejillas—. Cuánto me alegro de verte. Estás guapísima. No sabes lo feliz que me habéis hecho con esta noticia. Ya era hora de que os casarais.

Tenía que arreglármelas para que hablara a solas con Maya.

—Hola, Eve. Gracias por venir.

—Faltaría más. Es un día jubiloso.

—Mm-hm. ¿Qué tal el vuelo?

—Apenas lo he notado. Estuve leyendo todo el trayecto.

La Biblia, seguro.

—Hola, Viktor.

—Madre.

—Oh, qué guapo estás.

Reforcé mi sonrisa.

Nos esperaba una noche larga.

Por ahí llegaba Elias. Seguro que habían volado por separado, cada uno con su propio jet. A la mierda el cambio climático.

—Willa.

—Señor.

No me pidió que lo llamara por su nombre. Se limitó a estrecharme la mano con firmeza .

Eve compuso una sonrisa encantadora. No se dijeron ni hola. Dios, esperaba que nosotros no acabáramos así.

¿Y si acabábamos así?

Empecé a jugar con el lóbulo de mi oreja. Me di cuenta de que él me observaba y dejé de hacerlo de inmediato.

Respiré hondo para tranquilizarme y entonces llegó Maya. Menos mal. Ella rebajaba la presión. Era lo único familiar en aquella cena, aparte de Vik.

—Acabemos con esta parafernalia —dijo tras plantar un beso en mi mejilla.

—Sí. Ven. Te presentaré a los padres de Vik.

*****

Nos sentamos los cinco a cenar. En veinticuatro horas estaría casada. Sentí vértigo. Felicidad extrema, por supuesto, como cualquier novia la noche anterior a su boda.

Pero también vértigo.

Eve golpeó la copa con el cuchillo y se puso en pie.

—Me gustaría proponer un brindis.

Vik me cogió de la mano.

Mi suegro tensó el gesto.

Maya parecía de lo más entretenida.

—Quiero dar las gracias al Señor por habernos enviado a Willa. —Se giró para sonreírme—. Supe que eras especial en cuanto te vi.

Lo mismo me había dicho su hijo en una ocasión.

—Y sé que el Señor te ha escogido por un motivo —prosiguió con aquella sonrisa que daba escalofríos—.

Él tiene un propósito para cada uno de nosotros.

Oh, soy tan feliz. Por fin Viktor ha encontrado su camino, y todo gracias a ti, Willa.

Mañana os prometeréis el uno al otro delante de Dios y nada, excepto la muerte, podrá separaros.

Es tan hermoso… Pasaré toda la noche de rodillas rezando para que el Señor os bendiga con tantos hijos como a Gedeón.

—Hay que joderse —gruñó Maya a mi lado.

Yo me limité a sonreírle a Evelyn.

Vik, a pasear el pulgar por mis nudillos.

Su padre, a entornar los párpados como diciendo: qué puto coñazo . ¿Por qué no le pides a tu Señor que se nos lleve a todos?

*****

Sobreviví a la cena. Me había despedido ya de mis suegros —se marcharon por separado— y ahora me tocaba despedirme de Maya. Vik había alquilado un restaurante entero solo para cinco personas.

—Una familia curiosa —me dijo mi amiga mientras las dos esperábamos su taxi—. La madre me ha recitado la Biblia de cabo a rabo y el padre me ha mirado descaradamente el culo. Por cierto, también te lo miró a ti cuando fuiste al baño.

Negué, divertida.

—Gracias por venir. En serio.

—Ya. Seguro que sabes lo que haces, ¿verdad?

—Vik no es como sus padres.

—No parece como sus padres .

No conseguí adivinar si lo decía como algo bueno o si dudaba otra vez.

Llegó el coche.

—¿Una última juerga? —se le ocurrió de pronto. Se resistía a irse—. En fin, es tu despedida de soltera.

Lo era, pero ya tenía planes.

—Lo siento.

—Ya. Con más tiempo hubiésemos organizado algo.

Pasé por alto el reproche.

—Sabes que no me van esas cosas. No me veo paseando por la calle con un pene en la cabeza.

—Lo sé. Tampoco te van las bodas.

—Cierto.

—Pero aquí estamos.

—Esto no tiene que ver con el matrimonio.

—¿Y con qué tiene que ver entonces?

—Con él.

—Dios, sí que estás encoñada.

Me reí, la abracé y subió al taxi.

Vik, que se había quedado a pagar la cuenta, apareció a mi espalda y me envolvió en un abrazo.

—¿Ya eres mía? —me susurró al oído, rozándome la oreja con los labios.

Me recorrió una oleada de electricidad.

—Sí.

—Ven.

**** *

Soltó una contraseña para que nos dejaran entrar. Yo estaba fascinada, como siempre que lo seguía a alguna parte.

—Mírate, estás hecho todo un londinense. ¿De qué conoces este sitio?

Se encogió de hombros.

—Conozco muchos sitios. Este me pareció adecuado para tu despedida de soltera.

Dejé de andar.

—No fastidies.

—¿Creías que no ibas a tener una?

—Pues sí.

Me miró a los ojos con esa intensidad que me estremecía.

—Quiero que lo tengas todo, Willa. Absolutamente todo.

Lo besé, y nos quedamos ahí unos segundos, aferrados el uno al otro.

Después, me cogió de la mano y me llevó a un reservado. Me tapé los oídos y solté un grito cuando descorchó el champán.

—Por nosotros —dijo, con la copa en alto.

—Sí.

—Vas a ser mi mujer a partir de mañana.

—Voy a ser tu mujer.

—Pienso ser uno de esos tíos que dicen mi mujer esto, mi mujer lo otro.

—¿Serás idiota?