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…en la eternidad

Volver a Londres, a Belgravia, fue un alivio. Sin rosas obscenas, sin que nadie me recitara la Biblia…

Tras una semana en Vermont se me había pegado el sentimiento de culpa de Evelyn. Por fin estábamos en nuestro templo, rezándole a la diosa del pecado. Qué puñetero alivio. Odiaba sentirme culpable.

Llamé a Maya en cuanto aterrizamos y quedé con ella para comer al día siguiente. Fuimos a un italiano barato donde pedí una botella de Lambrusco solo porque podía.

—No tendría que haber permitido que Vik me poseyera en ese santuario de la pureza.

—Venga, por favor.

—Tú no estabas ahí. Era como si esas rosas dijeran puta, puta, puta. Debería llevar una letra escarlata en el pecho a partir de ahora.

Maya soltó una carcajada.

—Joder, tía. Mira que son extraños los ricos. ¿A qué iglesia va?

—¿Y yo qué sé? Una muy restrictiva. El caso es que me alegro de haber vuelto. ¿Qué tal las cosas por aquí?

Se encogió de hombros. Era su primer día de vacaciones. Tenía toda una semana por delante para respirar algo que no fuera asepsia y turnos interminables.

—Ya sabes. Verano en la ciudad. Menos mal que mañana me escapo a Cornualles.

—Qué suerte la mía haberte pillado a tiempo.

—¿Qué vais a hacer Vik y tú este verano? ¿Os marcháis a algún sitio ?

—No lo sé. No lo hemos hablado. Y, si te soy sincera, con ir a Vermont yo ya he tenido suficiente.

—No me extraña. ¿Todo el rato ha sido tan…?

—¿Opresivo? ¿Asfixiante? ¿Bíblico?

—Angustioso.

—No, porque pasé mucho tiempo con él a solas. Navegamos, hicimos senderismo, fuimos a la ciudad… Vamos, que vi a su madre lo estrictamente necesario. Un día lo acompañé a California. Tenía una reunión de trabajo.

—¿Y qué hiciste tú?

—Me enseñaron la empresa. Con lo grande que era aquello estuve entretenida toda la tarde. Joder, era como el campus de una universidad de la Ivy League. Y todo el mundo llamaba señor a Vik.

—¿Te molestó que no te llamaran señora ?

—Ja. Lo más gracioso es que cabe la posibilidad de que no haya ocurrido nada en absoluto en Vermont.

Eve pudo haber cortado las rosas porque les entró una plaga.

Yo qué sé. Todo ese rollo de conocer a los padres multimillonarios de tu novio te jode el cerebro.

Conviertes cualquier chorrada en peligro.

—¿Y el padre?

—No estaba ahí. Y, por lo que me han contado de él, se me han quitado las ganas de conocerlo. Por lo visto es todavía peor que Evelyn.

—Vaya familia.

—Y yo que pensaba que mi madre era extraña…

Maya se rio y yo la seguí. El Lambrusco me había puesto contenta.

—Tía, ¡te estás comiendo todo el pan de ajo! Déjamelo a mí, que no tengo novio.

—A Vik no le importa.

—Ya. Seguro. Trae.

Forcejeamos un rato. Luego decidimos pedir más. Iba a echarla de menos, aunque la vería dentro de una semana.

*****

—Tengo algo para ti —me dijo Vik el sábado.

Escondía algo a la espalda. Su expresión misteriosa me hizo reírme.

—¿Qué es?

—Algo que te he estado guardando.

Me lo dio y yo separé los labios con asombro.

—¡Madre mía! ¿Es el vestido de París? ¡Vik! —Le di un golpecito en el pecho.

—Quiero que te lo pongas esta noche.

—Es muy elegante. ¿Adónde vamos?

—A la Royal Opera House. ¿Has estado?

—¿Tengo pinta de haber estado?

—Bien, porque yo tampoco.

—¿Qué vamos a ver?

—La mayor historia de amor jamás contada: Romeo y Julieta . A ver si entendemos a Shakespeare de una vez por todas.

—No me haría muchas ilusiones. Pero me apunto. ¿Has guardado también los zapatos?

—Pues claro. Están en tu vestidor.

—Genial. Gracias .

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por ser tan atento siempre. Por estar pendiente de mí.

—Eres lo único que me importa, Willa.

Me miró con tanta intensidad que supe que lo decía muy en serio.

Él siempre hacía que me sintiera la chica más afortunada del mundo. Especial. La única. Me encantaba verme a través de sus ojos. Me gustaba la Willa que veía Vik.

Le planté un beso en los labios y me fui a organizar el material para un par de seminarios. Él se fue al gimnasio.

*****

La fachada iluminada y las columnas blancas se recortaban contra el cielo oscuro de Covent Garden.

Había gente en la entrada, parejas y grupos, respetando la cola con seriedad religiosa.

Un hombre en traje nos esperaba en la puerta. Nos saludó, a Vik por su nombre —señor Baumann—, y a mí con el típico señora y una inclinación de cabeza. Lo seguimos por una escalera distinta a la del resto del público. Ni siquiera tuvimos que enseñarle nuestras entradas.

En el palco había cuatro sillas tapizadas, rojas, una mesita redonda y una botella de champán en una cubitera de plata. Me asomé a la barandilla y miré hacia abajo. Todo tenía una escala distinta al mundo de fuera, como si al entrar ahí lo cotidiano hubiera desaparecido .

La araña del techo —dorada como las molduras, las barandillas y los arcos— estaba a nuestra altura. Nunca había mirado un auditorio desde arriba. Ver sin ser vista. Tenía algo de excitante.

Vik me acercó una copa de champán.

—¿Qué te parece? —susurró con los labios pegados a mi oreja.

Me puso una mano en la espalda. Sus dedos ardían en mi piel desnuda. Me estremecí sin tener frío.

—Me siento como un voyeur en un mundo que no me pertenece.

—No nos pertenece a ninguno de los dos —murmuró, sin dejar de acariciarme la parte baja de la columna con el pulgar.

—A ti sí, señor Baumann.

Sonrió, subió la mano hasta mi nuca y acercó mi boca a la suya sin pedir permiso.

El auditorio desapareció por completo.

*****

En el escenario, Julieta esperaba a Romeo. No podía apartar los ojos de ella, de su vestido blanco, de cómo su presencia y su voz llenaban el teatro entero.

Hasta que apareció Romeo —guapo, guapísimo— no me di cuenta de que hacía un buen rato que Vik ya no seguía la función.

Lo encontré mirándome. Tenía aquella expresión suya que todavía no era capaz de descifrar.

Arqueé las cejas .

Sonrió y negó. No quería nada. Solo mirarme.

Yo estaba absorta en la historia.

Vik estaba absorto en mí.

Tras el intermedio, la música se volvió tempestuosa, cada vez más urgente y apasionada. Se intuía lo inevitable.

La mano de Vik me instó a separar las rodillas. Obedecí, y subió por la parte interna de mi muslo, sin dejar de estudiar mis reacciones. No dije nada. No podía. Me limité a contener el aliento.

Abajo, dos mil personas estaban pendientes del escenario, de la tragedia que sabían que iba a ocurrir. En el palco nada de eso importaba. Mi cuerpo se retorcía de deseo por él. Clavé las uñas en el terciopelo del reposabrazos. Me mordí el labio. Intenté no hacer ningún sonido que me delatara.

La ópera cobró una fuerza arrolladora.

Mi cabeza daba vueltas.

Estaba embriagada. Febril.

Arañé con más fuerza el terciopelo de la butaca.

La música subió. Subí con ella.

Cuando todo estalló —en el escenario, en mí—, Julieta cayó al suelo y yo ahogué un grito.

Vik no retiró la mano de inmediato. Me dio unos cuantos golpecitos y sonrió para sí. Parecía satisfecho.

*****

Íbamos andando por la calle. Yo llevaba su chaqueta por encima de los hombros. Intentaba catalogar lo que había sentido en ese palco. Todavía tenía las emociones a flor de piel.

—Ha sido…

—¿Conmovedor? —me propuso al ver que callaba.

—Extraño. Pero sí, también conmovedor. ¿Qué te ha parecido a ti?

Vik caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos. Arremangado. Nunca tenía frío.

—Entiendo el final —dijo tras considerarlo—. Por fin le encuentro sentido.

—¿En serio?

—Sí. No pueden existir el uno sin el otro.

Guardé unos segundos de silencio.

—No. No pueden.

—Deberíamos ser como ellos —murmuró, enfrascado en sus pensamientos.

—¿Suicidas? —dije, divertida.

Se detuvo y se giró hacia mí. Había tanta intensidad en sus ojos que contuve el aliento.

—Juntos por toda la eternidad. Tú y yo tampoco podemos existir el uno sin el otro.

—¿Qué me estás diciendo exactamente?

—Te pido que te cases conmigo.

Se sacó un anillo del bolsillo y lo deslizó sobre mi dedo. Era de oro antiguo, con una piedra pequeña y oscura de color granate. No se trataba de algo que acababa de comprar. Noté décadas de historia en el metal gastado. Ese anillo había estado en otro dedo.

—Era de mi bisabuela. Victoria.

—Es precioso. Y encaja perfectamente en mi dedo .

—Te ha estado esperando durante años.

—¿A mí?

—Por supuesto que a ti. Solo a ti.

Aquella noche en el baño, mientras lo examinaba con más atención, me di cuenta de que había una inscripción dentro. Amor Vincit Omnia .

El amor lo vence todo.

Sacaba buenas notas en latín.

Volví a encajármelo en el dedo y entonces recordé que no había llegado a responderle. No le había dicho que sí. Supongo que no era necesario.