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…en la desobediencia

—Creía que íbamos a Santa Bárbara —me sorprendí cuando me enteré de que acabábamos de aterrizar en Vermont.

—No. Mi madre veranea aquí. Le gusta la soledad de este lugar.

—¿Viene sin tu padre?

—Ya lo creo.

Asentí mientras lo seguía fuera del avión.

Me detuve en la escalera para ponerme las gafas de sol.

Vermont era muy verde. Olía a bosque vivo, a helecho húmedo, a naturaleza salvaje.

Parecía el lugar perfecto para veranear.

Imaginé granjas blancas con tejados rojos, vacas pastando tranquilas, porches de madera —demasiados mosquitos—, luciérnagas, grillos, una manta suave…

Un verano sacado de un cuento, si te ponías una pulsera de citronela.

En la pista había un coche negro con chófer. Un chico joven se ocupó de recoger y guardar las maletas. Todo el mundo ejecutaba a la perfección su papel en aquella coreografía. Yo era la única que nunca sabía qué debía hacer o cómo actuar.

—Estoy un poco nerviosa —le confesé a Vik nada más ponerme el cinturón.

Me dirigió una mirada divertida por encima de las gafas de sol .

Llevaba pantalones blancos y una camisa verde de lino, siempre de manga larga —la manga corta era para gente que no sabía vestir, según Vik.

Estaba tremendamente atractivo. El vuelo de ocho horas no le había pasado factura. Se le veía en su elemento. Encajando en aquella postal que era Vermont en el mes de julio.

—¿Por qué estás nerviosa?

—A ver cómo te lo digo. Sois una de las dinastías más poderosas de Estados Unidos. No sé qué esperar. ¿Y si no encajo?

—Tú encajarás en cualquier lugar en el que esté yo.

Y punto.

Como siempre, todo era sencillo para Vik.

*****

El sanguinolento rojo de los rosales que trepaban por la fachada blanca de la casa fue lo primero que vi al llegar. Había una voluptuosidad casi cruel en la exuberancia de aquellas flores. Tuve dos pensamientos intrusivos. Uno, relacionado con el sexo. El otro, con la muerte. Intenté serenarme.

—Es un sitio precioso —le dije a Vik, que miraba absorto por la ventanilla.

—Mm-hm. Solía venir mucho cuando era pequeño.

—Imagino que te lo pasarías bien.

Cuando giró el rostro hacia el mío, su expresión era extraña, oscura.

—Lo intentaba, al menos .

—Es realmente espectacular.

Me cogió de la mano.

—No dejes que te abrume. Solo es una casa.

Era mucho más que una casa.

Se trataba de una propiedad enorme, colonial, con campo de golf y un bosque de coníferos irguiéndose detrás; la típica mansión en la que veranearía alguien acostumbrado a recorrer el mundo en jet privado.

El lago, gris e inmenso, absorbía el paisaje entero. Más allá estaban las montañas, azules.

Su madre nos esperaba en el porche. Era como esperaba. Alta, delgada, impecable, con el pelo rubio recogido en la nuca; una mujer muy guapa. Sonreía y, aun así, tuve la extraña sensación de que me estaba evaluando, juzgando en cierta manera.

El vestido azul zafiro se movía alrededor de ella como si el aire que la rodeaba tuviera otra densidad. Resultaba difícil mirarla y creer que era real. Al menos, fue la primera sensación que me causó.

—Viktor. —Al envolverlo en un abrazo, su sonrisa se volvió genuinamente feliz—. Mi hijo guapísimo. Cómo te he echado de menos.

Esperaba que no me odiara demasiado por habérselo quitado. Si él vivía tan lejos de ella era por mi culpa.

—Hola, madre. ¿Cómo estás?

Vik también estaba contento de verla. No me había hablado demasiado de su relación, pero supuse que si quería que la conociera era importante para él. Yo no tenía la menor intención de presentarle a la mía…

—Veo que Inglaterra te sienta bien .

—Ni te lo imaginas.

—Aunque estás un poco pálido —añadió en un falso tono de regañina que lo hizo reírse.

—Hago lo que puedo, pero Londres no es Santa Bárbara.

Se dijeron un par de cosas más, y entonces se separaron el uno del otro y ella se giró hacia mí, reforzando la sonrisa.

Deduje que en lo físico Vik se parecía más a su padre de lo que a él le hubiera gustado. Su madre tenía unos ojos verdes que te atravesaban. Dominaban por completo su fisionomía. No pude fijarme en nada más. Me paralizaron incluso el aliento.

—Willa. —Cogió mis manos entre las suyas. Las tenía frías y olían de maravilla, a alguna loción cara—. Qué alegría tan grande. He rezado mucho por esta visita y para que llegarais bien. Inglaterra está tan lejos...

—Lo siento, señora Baumann. —No sabía muy bien por qué me estaba disculpando. Me puse nerviosa. Nunca se me habían dado bien las madres—. Lamento… habérselo quitado.

Se me escapó esa gilipollez.

—Oh, no digas tonterías. —Soltó una risita encantadora—. Vik es feliz ahí. Nunca había estado tanto tiempo en un sitio, ni con una mujer. Eres importante para él, así que lo eres para mí. Y por favor, no me llames señora Baumann. Llámame Evelyn.

—Evelyn. Gracias por este recibimiento. Me alegro mucho de estar aquí y de conocerte.

—Lo mismo digo, Willa. Pero qué guapa eres. —Dejé que me abrazara—. Venid. Os mostraré vuestras habitaciones.

¿Habitaciones? ¿En plural?

**** *

La mesa estaba puesta cuando salimos a la terraza. Mantel blanco, rosas sanguinolentas, velas encendidas, a pesar del sol. Apenas eran las siete de la tarde.

Evelyn había estado leyendo la Biblia mientras Vik y yo nos adecentábamos para la cena, cada uno en su propio baño.

Él no había protestado por lo de alojarnos en habitaciones separadas. Supuse que en casa de su madre se acataban otras normas. Unas bastante restrictivas. Nos esperaba una semana larga.

—Oh, estupendo. Ya estáis aquí. —Cerró la Biblia y la dejó sobre la esquina de la mesa—. Qué guapos.

Le devolví la sonrisa mientras Vik me aguantaba la silla.

Me senté, y ella cubrió mi mano con la suya por encima del mantel.

—Me alegro tanto de que hayas venido…

—Y yo —mentí.

Había algo en aquel lugar que me inquietaba. Las rosas de un rojo obsceno en el centro de la mesa, el cuero negro de la Biblia, la sonrisa de Evelyn que no terminaba de ser cálida...

Respiré hondo. Estaba convirtiéndolo todo en una amenaza.

Abajo, el lago permanecía quieto. Me costaba imaginar tres meses ahí, en completa soledad. Era bello, sí, pero de una forma que daba vértigo.

—Oremos .

Volví la mirada de golpe hacia ella.

No había rezado en mi vida. Mi madre solo creía en la ciencia y en sí misma. No sabía qué se esperaba de mí. ¿Debía decir algo? ¿Callarme? Desconocía el protocolo religioso.

Ahí sentada, con Evelyn mirándome, me sentí como si hubiera atravesado un portal hacia un mundo extraño y fascinante. Todo era igual en apariencia y torcido por debajo.

Había reglas, normas invisibles que yo podía romper en cualquier momento.

Me pregunté cuántas había quebrantado ya.

Evelyn extendió las manos hacia nosotros. Vik le ofreció la suya sin dudar. Por la mirada que me lanzó, comprendí que debía imitarle.

Descansé mi palma en la de Evelyn y ella apretó. Fuerte. Lo cual era chocante en una mujer de apariencia tan frágil.

Tragué saliva, cerré los ojos y ella empezó a dar gracias por la comida, por el verano, por el viaje de Vik y por mi presencia en aquella mesa.

Aunque no se quedó satisfecha con la plegaria. Sintió la necesidad de decirle algo más a Dios.

Y entonces añadió:

—Y que Willa encuentre el camino que le tienes reservado, Señor.

Abrí un ojo.

Vik tenía los suyos cerrados, la mandíbula algo tensa, se concentraba en la oración como el más devoto de los devotos.

Su madre, en cambio, me miraba fijamente .

—Amén —concluyó, con la mirada en la mía y aquella sombra de sonrisa en las comisuras.

—Amén —dijo Vik.

—Amén —farfullé yo con un alivio que ella no pasó por alto.

Mi mano quedó libre y alguien del servicio trajo el estofado que la misma Evelyn había preparado en nuestro honor.

No había vino sobre la mesa, solo agua. Vik, que se tomaba una copa todas las noches con la cena, no protestó.

—El estofado está delicioso —dije después de probarlo. Afortunadamente, no tuve que mentir.

—Gracias, querida. La paciencia es el secreto.

Me abstuve de decir que yo no era demasiado paciente.

—¿Cómo va todo, madre?

—Divinamente. Estoy muy contenta. La iglesia ha crecido mucho este año. El pastor Davis dice que es obra del Espíritu.

—Hmm —gruñó su hijo sin dejar de comer.

—Llega tanta gente… Hambrienta, ¿sabes? Todos están hambrientos de algo real, y es tan hermoso ver cómo lo encuentran...

Se abstrajo unos segundos. Me pregunté si no estaría hablando con el mismísimo Espíritu en un plano distinto al nuestro.

—Mm-hm. —Vik no le hacía demasiado caso.

Yo estaba fascinada. ¿Qué opinaba él de la fe? ¿Era creyente? No tenía ni idea.

—Tenemos vecinos nuevos. Una familia joven sin hijos. Él es ingeniero espacial. Ella tiene una empresa en Silicon Valley. Se les ve siempre tan ocupados, infelices y perdidos… Todavía no han encontrado su camino. Todo el mundo necesita un camino, ¿no crees, Willa?

Me estremecí cuando me apuntó con aquellos ojos verdes.

—Por supuesto.

—¿Asistes a alguna iglesia en Londres?

—No.

—No es de extrañar. Las ciudades están condenadas. La gente que vive ahí no tiene ni la menor idea. Aquí, con este lago y este silencio, es imposible no sentir la presencia del Espíritu. En Londres supongo que es más difícil.

Bebí un sorbo de agua. ¿Por qué demonios no había vino? Jesús lo tomó en la última cena.

—Bastante, sí.

—¿Buscas esa presencia, Willa? ¿En algún lugar?

—No especialmente —admití, a riesgo de que la Reina de Corazones pidiera mi pobre cabeza.

Sonrió como si no me juzgara. Pero lo hacía. Lo vi en mirada. Creía que yo estaba condenada, sometida por el pecado y la lujuria.

De ahí lo de alojarnos en rincones opuestos de la casa.

—Viktor tampoco. Se alejó del camino hace mucho tiempo. Siempre con sus propias ideas, su propio criterio, rehuyendo la verdad absoluta… Los hijos son así. Dios nos los da para probar nuestra fe, creo yo.

—Madre, por favor. Hablemos de cosas más alegres. Cuéntanos alguna anécdota de tus grupos de oración.