…fuera de nuestra burbuja
—Disculpe —le dije al chófer—. ¿Podemos desviarnos un poco?
Me devolvió una pequeña sonrisa a través del espejo.
—Por supuesto. ¿Adónde quiere ir?
—Al Royal London.
Frunció el ceño.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente.
—Muy bien. Cogeré la siguiente salida.
Miré por la ventana durante todo el trayecto. No vi nada. Estaba ausente. Cabreada…
El coche se detuvo delante del hospital y entonces salí de mi abstracción.
El Royal London era uno de los más grandes y duros de Londres.
Las urgencias ahí eran brutales. Maya estaba en las trincheras.
Yo vivía en una mansión georgiana y mi novio hacía que el restaurante al que habíamos cenado la noche anterior me devolviera el importe exacto de la cena.
Dos mundos tan desiguales que no encontré nexo alguno.
—No hace falta que me espere. Cogeré un taxi.
Entré en el hospital, y por un segundo me pregunté cómo habría sido mi vida de no haber dejado Medicina. No fue más que un pensamiento fugaz. Luego me concentré en buscar a Maya. Di por hecho que estaría en el hospital. Siempre estaba ahí.
**** *
Estaba, pero tuve que esperar hora y media hasta que pudo tomarse un descanso.
Cuando por fin salió, era evidente que había tenido un día de mierda. Su rostro exploraba nuevas dimensiones de la palabra agotamiento .
Me miró sin decir nada. Unos quince segundos, tal vez veinte. Al final se rindió y me hizo un gesto para que la siguiera.
En la cafetería de la segunda planta, me dejó invitarla a un café y, con nuestros vasitos en la mano, fuimos a sentarnos.
—Quiero que lo conozcas.
—Lo conozco.
—Quiero que lo conozcas de verdad.
—¿Por qué?
Aguanté la fuerza de sus ojos grises inyectados en sangre.
Terminé esbozando una sonrisa pequeña, casi a modo de disculpa.
—Él me hace feliz, Maya. Cuando estoy con él, todo es mejor. La comida, la música, el vino…
—El sexo...
No la contrarié.
—Tú eres mi familia. Él es mi novio. Quiero que os llevéis bien. Los dos sois muy importantes para mí. Ven a cenar esta noche con nosotros. Por favor.
**** *
Cuando llegué a casa, Vik había subido mis maletas y todas mis cajas a la habitación.
—¿Dónde estabas? Tus cosas llegaron hace horas.
Le planté un sobre en el pecho con más fuerza de la necesaria. No se movió, solo contrajo la mandíbula.
—¿Qué es esto?
—Cuatrocientas libras. No vuelvas a hacerlo jamás. Ah, y Maya viene a cenar esta noche.
Se quedó ahí, en mitad del salón, con su camisa azul arremangada y una pequeña sonrisa en las comisuras, y yo subí a organizar mis cosas.
*****
Maya llegó dispuesta a odiarlo. No es que yo lo adivinara. Se había encargado de dejármelo claro en el hospital.
Fue Vik el que le abrió la puerta. Le tendió la mano y ella dudó un segundo antes de estrechársela. Después le ofreció la botella de vino que traía. Puedes odiar a alguien sin perder la clase.
—Hola —dije, acercándome a ellos.
Se la veía aliviada de no tener que estar más tiempo a solas con él. Creo que Vik la intimidaba un poco. Ella siempre tenía las cosas bajo control y con él no era así. Nos ocurría a todos.
—Vayamos al jardín —propuse, cogiéndola por el brazo—. ¿Necesitas ayuda con la cena ?
—Claro que no —me respondió Vik—. Ahora traigo el vino.
—¿Cocina él esta noche?
—Esta noche y siempre.
—Interesante.
—Le gusta. Lo disfruta. Y yo no puedo quejarme. Solo sé hacer tallarines…
Se rio. Estaba un poco menos tensa.
Fuera hacía una tarde estupenda. Vik salió enseguida con el vino que nos había traído Maya.
Lo probamos los tres. Brindamos. Él bebía vinos de seiscientas libras la botella.
Sin embargo, supo alabar el de diez. Dijo que tenía cuerpo y una buena acidez, y que maridaría bien con la cena.
Lo decía en serio. Para Vik, el precio era un detalle irrelevante.
Lo supe cuando lo vi con su chaqueta de segunda mano, tan orgulloso de lo bien que le sentaba.
Lo que le gustaba, le gustaba y punto. No era un esnob que necesitara saber el precio antes de decidir si algo valía la pena.
—Sentémonos —nos dijo. Aún seguíamos de pie junto a la rosaleda.
Fuimos hasta la mesa. Había cosas para picar, queso, prosciutto , higos partidos por la mitad, pan. Sencillo, como todo lo que preparaba. Sencillo y delicioso.
Maya me miró como diciendo: ¿de dónde has sacado a este tío? cuando él sirvió el plato principal, algo con rape y limón que olía que alimentaba.
—Impresionante, Vik. Me tienes alucinada, tío. ¿No tendrás algún hermano soltero ?
Era lo primero que no sonaba a interrogatorio. Y, además, ¿un cumplido y un chiste? Estábamos mejorando un montón.
Hasta entonces lo había acribillado a preguntas, de dónde era, a qué se dedicaba, qué hacían sus padres, qué había estudiado exactamente y dónde y por qué…
Había ido a Columbia como su padre. No es que me sorprendiera que asistiera a una Ivy League, es que no tenía ni puñetera idea. No necesitaba conocer todos los detalles de su vida para saber que estaba enamorada de él.
—Lo siento. Soy hijo único.
—Maldita sea. Hijo único, listo que te cagas, con jet privado y talento para la cocina.
Vik se rio.
—No llamaría a esto talento . Es una receta bastante sencilla. Solo lleva cuatro ingredientes.
Estaba siendo modesto.
—No sé qué lleva, pero está delicioso.
Le sonrió.
—Gracias. Me alegro de que te guste.
En la segunda mitad de la cena, las cosas mejoraron aún más. Vik se interesó por el Royal London, quería saber cómo era trabajar en urgencias, qué veía, qué le costaba más.
Y algo cambió en Maya. Bajó la guardia. Le habló de su trabajo con aquella mezcla de agotamiento y pasión que la caracterizaba, y él la escuchó de verdad. Como me escuchaba a mí .
Vik tenía el don de hacerte sentir más especial de lo que te habías sentido en toda tu vida. Estaba ahí al cien por cien. Se entregaba.
Y Maya dejó de resistirse. Lo vi en su sonrisa, en sus ojos. Se la estaba ganando. Había llegado dispuesta a odiarlo, pero nadie conseguía odiar a Vik. Era demasiado carismático. Al final caías.
Cuando ella se marchó, unas dos horas después, la acompañó hasta el taxi. Los vi desde la ventana, Vik con las manos en los bolsillos, Maya con restos de la cena en un táper.
Intercambiaron unas cuantas palabras en la acera. No oí qué se dijeron. Creo que fue algo amable. Ninguno parecía tenso.
Me aparté de la ventana, satisfecha por cómo había ido la velada, me acabé el vino y metí las copas en el lavavajillas. Era cristal del bueno.
El móvil vibró en la encimera. Maya me estaba escribiendo desde el taxi.
Maya : Maldito sea. Lo pillo. Hasta luego.
Me reí por lo bajo.
Y entonces Vik me empujó contra la pared y me aprisionó con su cuerpo. Ninguno de los dos quería estar en ningún otro lugar, excepto ahí, en aquella habitación. A solas.
Si era una burbuja en la que se nos agotaría el oxígeno, no me importaba.