Sígueme …en mi nueva vida
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…en mi nueva vida

En cuanto recuperé la movilidad, empezamos a hacer planes fuera de casa. Nada extraordinario, rutinas normales, lo cotidiano, el tipo de cosas que hacen las parejas corrientes y que, sin embargo, él conseguía que me parecieran extraordinarias.

Íbamos juntos al mercado. Escogíamos la fruta, el queso, la carne y el vino cada dos días. Yo lo encontraba íntimo porque nos besábamos y nos tocábamos todo el rato, en todas las esquinas. Un simple roce de nudillos bastaba para anular el mundo a nuestro alrededor.

Nos gustaba jugar al escondite por los pasillos. Él me perseguía, y al final me atapaba, y yo chillaba y lo hacía reír.

Si pasaba alguien por ahí nos poníamos serios de inmediato, hasta que uno de los dos ya no podía aguantar más la risa y entonces estallábamos en carcajadas. Nos comportábamos como críos. Como los críos que jamás habíamos sido. No mientras él se ocultaba en su casa del árbol y yo corría.

—Ese queso. No, el otro. Ese. Deme una cuña.

—¿Cómo sabes cuál es el bueno? —pregunté, colgándome de su cuello.

Me rodeó la espalda con el brazo y me mantuvo pegada a él incluso cuando intenté apartarme .

—Presto atención a las cosas.

Era la mejor forma de definir a Vik. Prestaba atención a todo. Me prestaba atención a mí de una forma que nadie había hecho antes de él.

—¿Qué haces en mi vida, Vik? —le pregunté un día mientras estábamos sentados en un banco de la calle, sin hacer absolutamente nada. Solo mirábamos a la gente que pasaba apresurada por delante de nosotros.

—¿Qué haces tú en la mía?

Nos encantaba ir al cine. Al teatro. Pasear por Belgravia con un café para llevar en la mano, hablando de todo, o de nada.

Éramos como las parejas de famosos que salen en la prensa amarilla con ropa de vagabundos.

Excepto porque él siempre iba impecable. Incluso cuando se ponía algo corriente.

Mi tobillo todavía protestaba, necesitaba parar y descansar a menudo, pero me apetecía tanto seguir descubriendo el mundo a través de sus ojos que casi siempre ignoraba los ramalazos de dolor, hasta que se me hinchaba y ya no podía seguir más.

Lo llevaba todo al límite en aquella época.

O puede que superara los límites, no lo sé.

Era feliz. Demasiado. Yo no había sido feliz ni de niña.

A Vik le gustaba que le enseñara cosas de mi mundo. Aprendía deprisa, tenía mucho interés.

Y yo disfrutaba haciendo lo de siempre, pero con él.

Aprendió que el té hay que prepararlo en una tetera de cerámica y acompañarlo siempre de galletas, sin excepción. La cultura del pub. El humor británico y que las colas hay que respetarlas con una seriedad casi religiosa .

Descubrió lo que son las charity shops , esas tiendas de segunda mano llenas de cosas.

La primera vez que lo llevé a una, su expresión se debatía entre la fascinación y la perplejidad.

—Joder. Cuántos trastos.

Me reí y lo tiré del brazo para que me siguiera.

—Ah, mira esto. Me encantan estas gafas. ¿Qué tal estoy?

Me las puse y él soltó una carcajada. Eran muy extravagantes, de lo más vintage .

—Estás súper mona. Trae. Te las regalo.

—Vik.

—Insisto.

La segunda vez que fuimos, se compró una chaqueta. Se la puso un día que hicimos un picnic en el parque. Podía ser un tío normal.

Joder, lo era. Cuando lo miraba, nunca veía a un multimillonario con jet privado.

Veía a una persona. Le hacían gracia las mismas chorradas que a mí, veía Netflix durante horas sin aburrirse, cocinaba, disfrutaba de la lluvia y siempre se reía cuando yo me quejaba del mal tiempo que hacía al otro lado del cristal.

Era como yo, solo que nunca se preocupaba por el día de mañana. Sabía que sería tan extraordinario como el de hoy.

En tan poco tiempo, se había convertido en mi persona favorita.

Hacíamos guerras de almohadas.

Nos tumbábamos en los colchones de las tiendas.

Me follaba contra la pared hasta casi incrustarme ahí.

Lo hacíamos todo juntos .

—¡Willa! —me llamó un día al volver del gimnasio.

Salí del baño descalza y bajé por las escaleras. Llevaba una camiseta suya. Aún no me había secado el pelo.

—¿Qué pasa?

— Ta-chán.

Me quedé boquiabierta.

—Dios mío. —Le di un golpecito indignado en el pecho—. ¿Has ido a una tienda de segunda mano sin mí?

—Sí.

—¿Cuánto te han soplado por ese gramófono?

—¿Qué más da?

—¿Funciona?

—Se supone que sí. Venga, probémoslo.

Era como un niño con un juguete nuevo.

Sacó de una bolsa el único disco que trajo y lo puso enseguida. Funcionaba. Jo Stafford. Ni idea de quién era.

—Esto suena a años treinta.

—Es de los cincuenta.

—Una época muy lejana.

Me ofreció su mano. Sonreía.

—No pretenderás que…

Chillé cuando me atrapó por la muñeca y acabé pegada a su pecho.

—Vik, yo no sé bailar esta música de abuelos.

—Tú solo sígueme.

Lo hice.

Un día lo llevé a mi museo favorito, al que solía ir de pequeña con mi padre cada vez que necesitábamos huir de mi madre .

Tuve que sentarme varias veces porque me estaba fastidiando el tobillo. Tardamos casi dos horas en hacer el recorrido de cuarenta minutos.

Vik se detuvo delante de cuadros que yo solo había mirado de pasada. Su ritmo era más lento, casi reverente, y de esta forma yo también aprendí cosas de él.

Aprendí a ir más despacio. A dejar de correr.

Me lo había sugerido en un par de ocasiones. A veces tienes que parar, Willa .

Pues estaba parando. Estaba muy quieta. Inmóvil la mayor parte del tiempo. Fascinada por aquel hombre. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había podido vivir tantos años sin él? Si echaba la vista atrás, solo veía una existencia vacía.

Un lunes cualquiera salimos de Londres. Vik alquiló un descapotable sin desvelarme sus planes.

—A un sitio especial —fue la única explicación que recibí.

—Qué misterioso.

La carretera serpenteaba entre los árboles. Hacía un tiempo estupendo. Yo, con mis gafas de segunda mano colgándome por la nariz, cambiaba de una emisora a otra sin encontrar nada que me convenciera.

Entonces, me detuve.

—Perfecto —le dije.

Sonaba Fix You de Coldplay.

Vik sonrió y cogió mi mano. Saqué la otra por la ventanilla y dibujé ochos en el aire.

**** *

—Quiero que conozcas a mi madre —me soltó tan tranquilo.

Llevábamos juntos unos seis meses. Podía ponerme tacones.

Después necesitaba una bolsa de hielo en el puñetero tobillo, pero al menos podía calzar algo que no fueran zapatillas. Ya me había acostumbrado al dolor. Uno se acostumbra a todo, supongo.

—¿En serio? ¿Quieres que vayamos a Estados Unidos?

—Si te parece bien…

—¿Cuándo?

Lo miré interrogante. Estaba de pie delante de mí. Alto. Apuesto. De otro mundo. Mi guapísimo novio.

—¿La semana que viene? —propuso—. Tengo que reunirme con la junta. Podrías acompañarme.

—Vale. Déjame que compruebe la agenda. Bien, sí, solo tengo que mover un par de seminarios.

Había retomado el trabajo. Él había insistido decenas de veces que no necesitaba hacerlo, pero me mantuve firme. Sí que lo necesitaba. Con urgencia, además. Me quedaban quinientas libras en el banco.

No se lo dije porque me habría transferido medio millón y dudaba de que mis quinientas libras pudieran cubrir el coste de la devolución que iba a hacerle.

Necesitaba mi independencia, mi trabajo.

Había asumido que jamás podría pagar mi parte de alquiler de ese casoplón, pero mis gastos personales, algunas compras, invitarlo a comer de vez en cuando... No era negociable .

—Deberíamos salir a cenar esta noche —se me ocurrió de pronto—. Después de mi seminario. Acabo a las siete. Podríamos celebrar que ya tengo trabajo.

—De acuerdo. Mándame la dirección. Te recogeré ahí. Ya busco yo un restaurante.

—Genial. ¿Qué vas a hacer esta tarde?

—Poca cosa. Tengo que revisar unos contratos y firmarlos.

—Me sorprende lo relajado que vives. Creía que la gente como tú era adicta al trabajo. Que dormían en la oficina y esas cosas.

Vik sonrió para sí.

—Yo solo soy adicto a una cosa.

—¿A cuál?

Me quitó el portátil de entre las manos, mis gafas de filtro azul, y me empujó hacia atrás en el sofá.

—Haré que lo comprendas.

*****

El restaurante era elegante. Me alegré de haberme vestido para la ocasión. Llevaba un vestido negro minimalista, tacones y el pelo recogido. Vik iba en traje. Me dolía el tobillo, pero había pasado de los calmantes. Quería beber y, además, no me apetecía convertirme en una drogadicta.

—¿Cómo te ha ido hoy? —me preguntó después de rellenar mi copa.

—Muy bien.

—¿De qué iba el seminario?

—La IA .

—Mmm.

—Tú sabrás mucho del tema, señor magnate.

—Yo sé mucho de muchos temas, señorita. Y algunos no son tan aburridos.

Vik siendo Vik.

Llevaba al extremo lo de tú y yo no necesitamos putas palabras. Pero a veces yo sí las necesitaba.

—Nunca me has hablado de tu trabajo.

—Es un tema soporífero. ¿Para qué aburrirte?

—Sé que estás en el mundo tecnológico, pero ¿qué haces exactamente?

Se recostó en la silla con esa curva medida en las comisuras.

—Encuentro empresas que tienen un problema que nadie ha sabido resolver y lo resuelvo.

—¿Cómo?

—Depende del problema.

—Vik.

—Willa. —Sonrió muy despacio, milímetro a milímetro.

—No me estás dando nada.

—Te lo juro. Es tedioso.

—Ha de ser importante si te has convertido en multimillonario.

—Ya era multimillonario antes de eso. Solo que no usaba mi herencia.

—¿Cómo es tenerlo todo?

—Igual que no tener nada.

—Eso lo dudo.

—¿Postre ?

Qué desperdicio intentar interrogarlo. Siempre me cambiaba de tema. Y yo siempre lo dejaba estar…

—Por supuesto. Estamos de celebración.

Volvió a sonreír.

—¿Algo con chocolate?

—Siempre. Por cierto. Mañana he quedado con Alex.

Endureció la expresión.

—¿Para qué?

—Tengo que recoger el resto de cosas.

—Si de verdad las necesitas, puedo mandar a alguien.

—No. Quiero verle.

—Willa…

—Me largué. Lo dejé en el hospital para irme con mi amante. Le debo una explicación.

—¿Tu amante? ¿Es lo que era yo para ti?

—¿Qué nombre le pondrías tú a lo nuestro?

—No me gustan las etiquetas.

—Pues éramos amantes. Yo tenía una relación y tú también. Lo cual me hace pensar que…

—Ni lo pienses.

—No sabes lo que iba a decir.

—Claro que sí. Ibas a decir que te preocupa que vuelva a hacer lo mismo con otra persona. Y ni lo pienses.

—¿Por qué no? Conmigo lo hiciste.

—Es diferente.

—¿Por qué?

—Tú eres diferente.

—Supongo que es lo que ocurre con los mentirosos. Siempre piensan que todo el mundo miente.

Le hizo gracia mi comentario .

—¿Me harías lo mismo que le hiciste a Alex?

—Claro que no.

—¿Por qué?

—Esto es diferente.

—¿Lo ves?

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

Me convenció. Siempre me convencía de cualquier cosa.

Ahora me tocaba a mí convencerlo de que me dejara pagar la cuenta.

*****

―Gracias por dejarme pagar ―le dije cuando ya estábamos en el coche, un Bentley negro que no llamaba mucho la atención.

―De nada. Ahora ¿qué? ¿Quieres que te folle? Puedo pedirle al chófer que suba el cristal.

La pregunta estalló en mis oídos con una crudeza que me estremeció.

―Yo…

―¿Quieres follarme tú?

―Pues…

Su boca se curvó en una sonrisa leve.

―Eres adorable cuando te ruborizas. ¿Lo sabías?

―¿Estás haciendo que me ruborice a propósito?

―Sí ―admitió, divertido.

―Eres lo peor.

Me besó, con una dulzura tan extraña en él que me derretí .

―Podríamos explorar nuevas dimensiones del placer esta noche. Dime qué te gusta.

Lo agarré por la mandíbula con los dedos y lo obligué a mirarme.

―Me gustas tú.

Me acarició la mejilla con el pulgar. Sus ojos me sopesaban con calma.

―¿Te estoy dando todo lo que necesitas?

―Sí. ¿Y qué hay de ti?

―Yo solo te necesito a ti, Willa.

*****

Encontré el piso diferente. Tenía la sensación de que hacía demasiado frío ahí dentro. Alex se había tomado el día libre para atenderme. Estábamos sentados en el sofá, a abismos de distancia el uno del otro.

Nada me resultaba familiar. Me sentía como alguien que va de visita a una casa desconocida.

Sin embargo, yo me había acurrucado en aquel sofá contra el cuerpo de ese hombre mientras veíamos la tele.

Incluso habíamos follado. Ahora ni siquiera recordaba cómo era el sexo con él.

No demasiado intenso. No del que te marca.

Con Alex era todo así, agradable y correcto.

No supe que necesitaba otra cosa hasta que Vik me lo mostró.

Él solía saber las cosas antes que yo. Veía un problema y lo solucionaba.

—Así que seguís juntos.

—Sí.

—Entiendo .

—Alex…

—No digas que lo sientes.

—¿Por qué no?

—Porque no sería verdad.

Tenía razón. No me arrepentía. Era demasiado feliz como para pensar en los demás. El amor es egoísta.

—¿Te trata bien? —susurró al cabo de unos segundos de incómodo silencio.

—Sí.

—A veces hablo con Maya. Se preocupa por ti. Dice que lleváis mucho tiempo sin hablar.

—Ya. Es que se ha estado comportando como una cabrona últimamente.

—No te alejes de tus amigos, Willa.

—No estoy segura de que Maya siga siendo amiga mía.

—A veces las personas necesitamos una red.

—¿Una red?

—De apoyo. Mantén cerca la tuya. Por si acaso.

Bufé una sonrisa incrédula. Me estaban hablando de redes de apoyo. Por el amor de Dios. ¿Qué película se estaban montando mis amigos? Me sulfuré.

—¿Por qué pensáis todos que es peligroso para mí, si no sabéis nada de él?

—Tú tampoco sabes nada de él. Lo conociste en Instagram.

—¿En serio? ¿Y cuál es la diferencia entre Instagram y el bar de la esquina?

—En el bar de la esquina no te manipula durante meses.

—Guau. ¿Vas en serio?

—Claro que voy en serio, joder .

—¡Vik no me está manipulando!

—Lo hace. Pero no lo estás viendo.

—¿Sabes qué? He tenido bastante.

Me puse a recoger mis cosas y luego me largué dando un portazo.

Fuera me esperaba un coche que yo no había pedido. Me rendí y dejé que el chófer cargara mis trastos. No era una manipulación. Era una ayuda que sin duda necesitaba. Vik estaba siendo considerado. Yo habría pedido un taxi, así que… Una cosa menos que hacer.

Y el tobillo me mataba.

—Puto gilipollas en patinete... —gruñí por lo bajo.

Subí a la parte de atrás del Bentley y revisé el móvil. Tenía una notificación del banco.

Abrí la aplicación y aluciné.

El restaurante en el que habíamos cenado la noche anterior me acababa de devolver trescientas ochenta y siete libras con cincuenta peniques. El importe íntegro de la cena.

¿Aún crees que no te está manipulando?, me dijo un Alex imaginario.

Solté un gruñido fuerte y me eché hacia atrás hasta apoyar la nuca en el respaldo del asiento.