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…en la convivencia

Me aprendí deprisa sus rutinas. Se levantaba temprano, incluso si no tenía nada que hacer. Corría. Sin excepción. No había aguacero que lo frenara. Tomaba el café más cargado que yo.

Y siempre desayunaba lo mismo: tortilla de claras y fruta fresca. Nada de tostadas. Las preparaba solo para mí.

Le gustaba ir al mercado. Lo disfrutaba, hablaba mucho de ello, y me resultaba gracioso porque nunca había conocido a ningún hombre —ni a una mujer— que disfrutara de algo tan corriente como hacer la compra.

Él sabía comprar. Se tomaba su tiempo para escoger siempre lo mejor, el queso más cremoso, las manzanas más dulces y jugosas.

Tenía buen gusto y debilidad por los vinos.

No era teatral, sino alguien que conocía al detalle sus preferencias.

Le gustaba el Vega Sicilia, un vino sedoso español, y le gustaba yo. Así de sencillo.

A mí me gustaba quedarme en la cama y oírlo. Sus pasos en la cocina, el sonido de la cafetera a las seis de la mañana, el agua corriendo en la ducha, entremezclándose con la lluvia…

Cualquier cosa, por pequeña que fuera, me provocaba una felicidad casi absurda.

Como siempre se quedaba dormido antes que yo, permanecía tumbada a su lado durante horas, quieta, escuchándolo respirar. Nunca había estado tan pendiente de otra persona.

Pasé seis semanas con la bota ortopédica y en esos cuarenta y dos días me resultó terriblemente fácil olvidar que el mundo aún existía fuera de aquellas paredes. No me sentía atrapada, encerrada o aislada. Me sentía completa. Estaba justo donde quería estar.

Vik cocinaba para mí. Cosas sencillas, deliciosas.

Me traía el desayuno a la cama. Me servía una copa de vino todas las tardes mientras yo buscaba algo que ver en Netflix.

Nunca protestaba. Se sentaba en el sofá a mi lado, con mis piernas sobre su regazo, la mano apoyada en mi tobillo sano, y miraba lo que fuera que yo eligiera.

Me preguntaba cómo podía ser tan flexible con el mando a distancia. O le daba igual o me dejaba ganar.

Un día me harté de salirme siempre con la mía.

—Pero dime qué quieres tú. Has de tener alguna preferencia.

Me miró como si la pregunta no tuviera ningún sentido.

—Prefiero esto —dijo, y señaló con el dedo el espacio entre nosotros.

Me rendí, puse Grace and Frankie , y él sonrió para sí.

Me entregué de formas que ni yo misma comprendía, física, mental, espiritualmente… Creamos un vínculo tan inquebrantable que ya no necesitaba a nadie, excepto a él.

Vik me lavaba el pelo. Me follaba todas las noches sin excepción.

Podía pasarse horas callado, mirándome. Le gustaba leer el Washington Post y el Wall Street Journal , y lo hacía todas las mañanas en su portátil mientras tomábamos café.

Los días soleados desayunábamos en el jardín.

El resto, en el salón, oyendo la lluvia.

A veces lo sorprendía espiándome por encima de la tapa del portátil.

—¿Qué? —le decía entonces, sin saber nunca a qué venía esa expresión en su rostro.

Él sonreía y negaba con la cabeza. Le gustaba verme ahí, relajada, con su ropa y alguna revista que me hubiera traído del quiosco.

*****

El sexo con Vik era como un huracán de categoría cinco, devastador, imprevisible, nunca sabías qué ocurriría a continuación y la adrenalina era máxima.

Después nos quedábamos muy quietos, sin hablar durante horas. Nunca decíamos cosas ridículas del tipo has estado fantástico, querido . No había palabras para expresar aquello. Solo intentábamos recuperarnos como podíamos.

—¿Por qué te hacías cortes? —murmuró una noche, mientras su dedo se paseaba por mi abdomen.

A diferencia de otros tíos con los que me había acostado, no preguntó a qué se debían las cicatrices. Él rascaba bajo la superficie.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Sí, lo sabía.

—Pues… Dentro de mí había como una especie de vacío que intentaba llenar. Necesitaba sentir algo, lo que fuera .

Guardó silencio durante unos segundos, sin liberar mi mirada.

—¿Has vuelto a sentirte así?

—¿En la vida adulta? —Asintió—. No.

—Willa —me regañó, indulgente.

—A veces.

—¿Conmigo?

—No. Contigo nunca.

—¿Me lo dirías si vuelve a ocurrirte?

—¿Quieres que te lo diga?

—Sí.

—Vale. Te lo diré.

Me abracé a él y Vik puso la mano en mi nuca y me sostuvo así durante horas.

—Vik… —empecé una noche de tantas.

Llovía, y nosotros estábamos tumbados en la cama, de lado, mirándonos a los ojos.

—Estoy aquí.

—¿Qué es lo que más te asusta en el mundo?

—Perderte. ¿Qué es lo que más te asusta a ti?

—Que algún día dejes de mirarme así.

Negó, me colocó un mechón tras la oreja y me rozó la comisura con el pulgar. Se puso triste, tanto que quise abrazarme a su pecho, aunque no me moví.

—Eso jamás ocurrirá.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

**** *

Su cuerpo era un mapa que yo deseaba aprenderme de memoria.

—¿Cómo te hiciste esta cicatriz? —pregunté, recorriendo su muslo con el dedo.

—Me caí de un árbol.

—¿Cuántos años tenías?

—Creo que nueve.

Rocé su mano, donde había una línea blanca y larga.

—¿Y esta?

—Me arañó un gato. Quise cogerlo y se puso furioso.

Me cubrí el labio inferior con los dientes y sonreí.

—¿Cómo te hiciste esta? —Mi dedo subió por su costado.

—A mi padre le gustaba usar el cinturón.

Besé la cicatriz, y Vik hundió la mano en mi pelo y arrastró mi boca hacia la suya.

*****

Compartíamos una cerveza en un pub en el que todo el mundo seguía el fútbol.

El City estaba haciendo un partidazo, según nos dijo el camarero.

Nosotros estábamos inmersos el uno en el otro.

Todo lo demás era un decorado. De vez en cuando alguien gritaba gol , pero era un eco lejano, ajeno a nuestro mundo.

—Oh, por favor. Solo había vampiros.

—¡Blasfema! Los noventa eran mucho más que vampiros. Veíamos Sensación de vivir , El príncipe de Bel Air , Los vigilantes de la playa …

—Ah, sí. Apuesto a que esa te gustaba un montón.

—Pues sí. El guion era excelente.

Le tiré uno de los cacahuetes rancios que nos habían servido y él se rio.

—¿Qué veías tú, a ver?

— Gossip Girl. Glee. Crónicas vampíricas...

Se cruzó de brazos.

—Conque todo eran vampiros en los noventa —dijo, divertido.

—Heredamos algunas cosas de los millennials .

—Listilla.

Bebí un trago de la jarra y él se rio.

—Tienes bigote.

Alargó la mano por encima de la mesa y me limpió, y yo le guiñé el ojo.

Dos horas después, el fútbol había acabado, todos se habían ido, y Vik y yo seguíamos en nuestro mundo.

—No, en serio, ese profesor me tenía manía. Te lo juro. Odiaba a las mujeres porque su mujer le había puesto los cuernos con el de geografía.

—Y que tú no asistieras a la clase de economía no tuvo nada que ver con la nota que te puso.

—¿Es que no lo entiendes? ¡No podía ir a la clase de un tipo que me odiaba!

—Chicos, lo siento, vamos a cerrar ya.

¿Tan tarde era?

—Madre mía. ¿Cuánto llevamos aquí?

Se encogió de hombros.

—No lo sé. Cuando estoy contigo nunca miro el reloj.

—Listillo .

Me guiñó el ojo.

*****

Cuando acabaron las seis semanas y me quitaron la bota para empezar la rehabilitación, Vik y yo éramos una pareja con todas las de la ley.

Ya no nos unía solo el sexo. Nos unía la intimidad que habíamos construido a base de silencios, de miradas concentradas, de sonrisas, de rutina.

A veces nos aburríamos, pero nunca el uno del otro.

Y yo aprendí a confiar. A dejarlo al mando. A permitirle que cuidara de mí. Creo que sanamos juntos.

Vi a Maya dos veces más en aquel lapso de tiempo. La primera vino a ver cómo me encontraba. La segunda, a traerme cosas del apartamento que había compartido con Alex. Mis cosas. Mi neceser. Mi cepillo de dientes. Bragas.

Vik siempre me compraba cosas, pero yo necesitaba las mías.

En cuanto pudiera andar, pensaba ir a recogerlo todo. Esperaba que a Alex no le importara tener los pedazos de mi vida anterior en su casa mientras tanto. No habíamos hablado desde que lo dejé en el hospital para irme con Vik. No sabía qué decirle.

Tampoco tenía claro si quería averiguarlo. Pensar en Alex implicaba permitir que otra persona entrara en nuestra relación, y no estaba lista aún para soltar a Vik. Me gustaba aferrarme a él con las dos manos.

—¿Y cómo estás? —me preguntó Maya desde la butaca.

—Bien. —Me encogí de hombros .

—Sí. Te veo bien. Y bien alimentada —añadió, divertida, señalando el plato que yo sujetaba en la mano: galletitas saladas integrales con semillas y aceite de oliva, unas porciones de queso brie, frutos secos crudos y una onza de chocolate negro.

Setenta y cinco por ciento de cacao, ya le había dicho a Vik que el de noventa y siete se lo comiera él.

Como iba diciendo, una pareja consolidada. Ya sabíamos lo que le gustaba al otro fuera de la cama. Todo un logro, teniendo en cuenta que no habíamos salido demasiado de ella.

—Sí, bueno, he decidido cuidarme un poco.

—¿Tú, que te tomabas la ginebra como si fuera agua y te encantan las patatas fritas de bolsa, estás comiendo galletitas integrales?

—Están bastante buenas. ¿Quieres una?

—No. Que te aproveche. ¿Y qué tal está el príncipe de Instagram?

—No lo llames así.

—¿Os va bien?

—Maya, por difícil que te parezca, estamos muy enamorados y nos va genial.

—Bien, me alegro por ti.

—¿Cómo está Alex? ¿Qué tal lo has visto?

Negó con la cabeza.

—Jodido, la verdad. Le cuesta asimilar que te hayas largado con un tío al que no conocías de nada.

—Lo conocía.

—¿Cómo se llama su madre?

—¿Y yo qué sé?

—¿Sigues creyendo que lo conoces ?

—Por favor, Maya. Si cada vez que nos vemos vas a amargarme la existencia, casi mejor que no nos veamos.

—Muy bien. Pues aquí te quedas, con tu príncipe.

*****

—Es que estoy harta de que se comporte así —me desahogué con Vik durante la cena—. Desde el principio ha tenido esta actitud súper borde contigo, y ya empiezo a cansarme. No sé a qué viene tanta desconfianza. Es como si odiara verme feliz.

Me escuchó, paciente. Me echó más Vega Sicilia y más espárragos hechos a la plancha con sal gorda.

—No odia verte feliz. Te quiere, es normal que se preocupe por ti.

Tendría que haberlo grabado, para enseñarle a Maya que no era un monstruo.

—Pues que deje de preocuparse. Estoy bien.

—¿Por qué os habéis peleado esta vez?

—Porque no me sé el nombre de tu madre.

Sonrió para sí.

—Evelyn. Se llama Evelyn.

—Qué bonito.

—¿Cómo se llama la tuya? Ahora tengo curiosidad.

—Anne.

—Hmm. Mañana empiezas la rehabilitación —cambió de tema.

—Sí. Qué ganas —declaré, irónica .

—Me han dicho que en unos tres meses podrás andar con bastante normalidad. En seis, llevarás tacones. En un año podrás correr.

—No me puedo creer que esté así por algo tan tonto como tropezar con un patinete.

—Los accidentes ocurren.

Pensé en los accidentes. En la inevitabilidad de las cosas. En los cambios irreversibles.

Pensé en que, si no hubiera llovido, si el idiota del patinete no se me hubiera cruzado por delante a toda velocidad, si yo no hubiera pisado el borde de una tapa metálica, no estaría ahí. No viviría con ese hombre. No tendría su mano sobre la mía con el Vega Sicilia a medias entre los dos.

Pensarlo me produjo vértigo. Esta versión de mí misma no existía seis semanas atrás. Había hecho falta romperme para encontrarla.

—¿En qué piensas? —susurró Vik.

—En mí.

—¿En ti? —Le hizo gracia.

—También pienso en nosotros. En lo que tenemos.

Siguió mirándome, aguardando con la paciencia de siempre.

Y al cabo de casi un minuto de silencio, intenté explicárselo.

—Lo nuestro ha nacido de algo forzoso, del dolor. Y, sin embargo, es lo más perfecto y real que he tenido nunca.

—Dolor es lo que somos, Willa. Nacemos del dolor de una mujer, y morimos entre dolores.

—La naturaleza es cruel .

—Creo que es equitativa.

—Yo creo que el vino se nos ha subido a la cabeza.

—También. ¿Un poco más? Venga, acabemos la botella.

—Si bebo más, vas a tener que arrastrarme hasta la cama.

—Me gusta arrastrarte hasta la cama.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué más te gusta? —coqueteé.

Contuvo una sonrisa. Cuando le asomaba aquella curva medida en las comisuras, se volvía el doble de apuesto y yo no podía quitarle los ojos de encima.

—¿Te lo cuento con todo lujo de detalles?

—Sí, por favor.

Me lo contó. Vik podía llegar a ser muy gráfico. Tenía un don.