…en la obsesión
Me desperté en mitad de la noche, desorientada, sin saber si lo había soñado todo o era real. Me incorporé en la cama y de repente los brazos de Vik estaban a mi alrededor, muy reales.
—Eh. ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?
—Sí. Necesito ir al baño.
—Te ayudo.
Era muy cuidadoso. Demasiado.
—Vik. Para. Puedo sola.
—Willa, no conoces la casa. Podrías hacerte daño.
—No soy una muñeca de porcelana.
—Para mí, sí. Eres mi muñeca de porcelana y pienso llevarte hasta el baño te guste o no.
Me rendí. ¿Para qué discutir con un hombre irracional?
Me llevó en brazos hasta ahí y me sentó en el váter. Lo fulminé con la mirada para que se largara.
—Muy bien. Espero en el pasillo.
—¡Y cierra la puerta!
—¿Y si te mareas y pierdes el equilibrio?
— Vik —gruñí, irritada.
—Vale. La cierro.
Teníamos que aprender a ser una pareja. A marcar límites. A conocer las manías del otro. A decidir cosas. A repartirnos tareas. ¿En qué consistía el trabajo de Vik? No tenía ni puñetera idea. Y ahí estábamos, compartiendo espacio .
Esperó a oír el sonido de la cisterna y entonces llamó con suavidad a la puerta. Se me escapó una sonrisa. Estaba dispuesto a aprender. Me tranquilizaba que lo estuviera.
—Pasa.
Empujó la puerta despacio. Él también sonreía.
—¿Te estoy agobiando?
—Un poco.
—Lo siento. Esto es nuevo para mí.
—Tranquilo. También lo es para mí. Por lo general suelo usar ambas piernas.
—Listilla. ¿Volvemos a la cama?
—Sí.
Me cogió en brazos y yo me aferré a su cuello, apoyé la cabeza en su hombro y dejé que cuidara de mí.
Con ciertos límites.
*****
Maya llamó al día siguiente. Quería verme. Le di la dirección. Alucinó al oírme decir Belgravia.
Y ahora la tenía sentada en el sofá, mirándome sin decir una palabra.
Yo iba en camiseta y pantalones cortos. Ella no se había quitado el abrigo.
En casa hacía calor. Teníamos un buen día para variar, y el sol se derramaba generoso por los ventanales, franjas largas que se interponían entre Maya y yo como obstáculos físicos, no solo visuales.
En ese momento no me resultaba familiar aquella mujer rubia de ojos grises y ceño fruncido. No era mi Maya. O a lo mejor era yo la que había cambiado tanto que ya no sabía cómo actuar en presencia de mi mejor amiga.
—¿Té? —propuse con una sonrisa que desde luego no me pertenecía, un gesto mundano y superficial. Yo no era eso—. Puedo pedirle a Vik que nos prepare un poco.
Él estaba… por ahí. Nos había concedido espacio.
Pero sabía que si lo llamaba aparecería enseguida.
—No quiero té. Quiero comprenderlo. Ayúdame a hacerlo.
—¿Comprender el qué? —Me encogí de hombros.
—Qué haces aquí —aclaró Maya—. Por qué él. ¿Es por el sexo?
—No. Es mucho más complejo.
—¿Es por todo esto?
—¿A qué te refieres?
—A su dinero.
—Por favor, Maya. Lo he escogido a pesar de su dinero, no por ello. Si me conocieras, lo sabrías. Sabrías que esto me… incomoda. Preferiría que fuera un tío normal, con un trabajo normal y sin toda esta parafernalia de por medio.
—Sí. Perdona. Lo sé. A pesar de todo, te conozco.
Caímos en la trampa de un silencio largo e incómodo.
—¿Qué tal si tomamos ese té? —propuse, animada.
Entornó los párpados.
—Vale. Que tu mayordomo prepare el puto té.
Ahogué una sonrisa.
Me miró y vi que sus comisuras también se habían arrugado. Y ahí estaba mi Maya, la de siempre.
**** *
Me puse unos pantalones de Vik, uno de sus jerséis de cachemir cuyo olor me estaba excitando —vivía en un perpetuo estado de excitación desde que lo conocía— y salimos al jardín.
Debía de estar guapa, con la cara limpia, el pelo sin lavar, recogido de cualquier modo, y la ropa de mi novio.
Me sentía agotada. Feliz, claro. Entusiasmada con mi nueva vida. Pero agotada.
Maya se instaló en una silla de hierro forjado, preciosa, de aspecto antiguo y con pinta de ser terriblemente incómoda, y yo me quedé en la mía, con el tobillo elevado y la cara absorbiendo los rayos del sol.
Vik trajo el té. Y galletas.
Maya me arqueó una ceja. La miré insistente, pidiéndole que cerrara el pico.
—Ten. Mis gafas de sol. Por si te molesta la luz.
—Gracias.
Le sonreí y nos dimos un beso corto en la boca delante de nuestra invitada.
—Un objeto de colección, tu novio —me dijo cuando él se marchó—. Lo admito.
—Sé amable.
—Lo intento. No le he tirado el té a la cara, ¿a qué no?
—Qué gran detalle por tu parte.
—Lo sé. ¿Cómo os va?
—Bien. Nos estamos adaptando.
Me puse las gafas. Sentí que estaría más cómoda con ellas puestas. Eran sexis y masculinas, como todo en Vik, y tenían cristales muy oscuros. Me servían.
—Me sorprende que quiera hacer esto .
—¿El qué?
—Cuidar de ti. Os esperan semanas duras.
Cogí una galleta, le di un mordisco y la dejé en mi platillo, al lado de la taza.
—Ya te lo dije. No es cómo crees.
—¿Y cómo es?
¿Cómo era? Tuve que pensarlo unos segundos. Me había embarcado en una gran aventura con un completo desconocido. Casi como la gente de antes, que se casaba tras un breve y epistolar romance.
—Real. Vik es real. Está aquí, y se esfuerza.
—Vi un documental en Netflix sobre un estafador. También vivía por todo lo alto, con jet privado y mansiones de lujo. Lo pagaba todo con el dinero de sus víctimas. Las captaba en Tinder.
—Por Dios, Maya. Vik no es un estafador.
—¿Cómo lo sabes?
—No me ha pedido dinero prestado. Mira a tu alrededor. Todo esto lo paga él. Evidentemente. Yo trabajo por cuenta propia. En este barrio no podría permitirme ni una plaza de aparcamiento. Paga hasta el puñetero té que nos estamos tomando ahora mismo.
—Bien. Pero si te pide dinero prestado, no se lo des.
—No podría dárselo ni aunque quisiera. Estoy arruinada.
—Si te sugiere que pidas un préstamo, me llamas de inmediato. Vendré aquí y le partiré ese careto de revista que tiene.
—Que sí, pesada.
Sorbió de su té .
Volvió a clavarme la mirada. Estaba deliberando.
—Entonces —emitió por fin su veredicto—, si no es un estafador, solo queda una opción.
Recé para que no dijera que era un psicópata.
—¿Cuál?
—Es bueno en la cama.
No dije nada. Solo negué para mí, con una sonrisa de fastidio en las comisuras.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que era por el sexo! Se lo dije a Dorothea. Dorothea, mi mejor amiga acaba de volar por los aires su puñetera vida por un par de buenos polvos. Se lo dije.
—No hables con las enfermeras de mi vida. Y llamar a eso buenos polvos es insuficiente.
—Lo sabía —repitió, satisfecha, señalándome.
Maya necesitaba un motivo de peso que justificara mis acciones. No podía aceptar que yo hiciera las cosas porque sí.
Había dejado Medicina para disgustar a mi madre.
Había roto con Alex porque experimentaba un repentino despertar sexual provocado por un desconocido.
Encontrar el porqué de las cosas le daba tranquilidad. Le ocurría lo mismo con los seguros. Tenía un Renault con más años que Matusalén —lo llamaba Leo , por DiCaprio— y pagaba un seguro a todo riesgo. La cuota anual valía más que el coche en sí. Pero ella ganaba en tranquilidad.
—Estás encoñada.
—¿Las mujeres podemos encoñarnos? ¿Eso no les ocurre solo a los tíos? Perdona si es una pregunta sexista. Es que lo desconozco .
—Las mujeres podemos obsesionarnos igual, y tú eres la prueba viviente. Una vez asistí a un seminario que trataba sobre el poder de la sexualidad humana. Era bastante inquietante. Quieres follarte a ese tío a todas horas, ¿a que sí?
Sorbí de mi té con parsimonia.
Maya le propinó un golpe a la mesa.
—¡Lo sabía, joder! —se jactó.
Ahora iba a quedarse tranquila. Lo de Vik era otra fase. Como los seminarios. Algo que la loca de Willa haría durante un tiempo y luego dejaría de hacer.
La gente que creía conocerme lo entendía así.
Yo, que no me conocía en absoluto, albergaba ciertas dudas.
*****
—¿Cómo ha ido? —me preguntó Vik cuando volví al interior de la casa. Maya se había marchado.
Me quité las gafas de sol y las dejé sobre la mesa. Él estaba en el sofá, con el móvil en la mano. De repente sentí una oleada de celos. Se me pasó por la cabeza la idea de que hablaba con otras mujeres, como había hecho conmigo durante su noviazgo con aquella actriz.
¿Y si le decía a otra que estaba enamorado de ella o de su alma?
No quería ser esa clase de persona, la que siempre desconfía de los demás, la que duda de las intenciones de todo el mundo. Pero no pude evitarlo. Lo firme se estaba tambaleando.
—Bien —me obligué a actuar con normalidad—. Estamos mejor.
—Me alegro.
—¿En serio?
Frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso?
Torcí los labios con desdén.
—Ella no es tu mayor fan.
—Es tu amiga. Es importante para ti. Y yo no necesito fans.
—Sí. Perdona. Estoy cansada. Creo que son los efectos secundarios de los calmantes. Me dejan irritable.
—Sé cómo mejorar tu humor.
—¿De qué sirve saberlo si no lo estás haciendo?
Se me quedó mirando unos segundos lentos. Estaba desconcertado. No entendía por qué me estaba poniendo furiosa con él.
—¿Nos estamos peleando, doc? —La idea pareció divertirlo—. ¿Es nuestra primera pelea como pareja oficial?
—Pues llega antes que nuestro primer polvo.
—Sí que estás irritable.
Se le veía cada vez más entretenido. Yo echaba chispas.
Dudaba de todo, de él, de mí misma, de que fuera capaz de seguir adelante sin nuestra mutua obsesión…
Vik y yo teníamos algo muy intenso, increíblemente profundo, pero desde que yo lo había dejado todo para estar con él, aquella parte de nosotros se había apagado. Ahora era mi enfermero. Come esto, no te agotes, duerme un rato, tienes que descansar .
Sin esa obsesión no éramos nada.
—Voy a lavarme el pelo —me rendí. Ya no me apetecía pelearme con él.
—Vamos. Te preparo la bañera.
Tan solícito como siempre. Le hubiera pegado un grito. Tuve que respirar muy hondo para contenerme.
*****
Me quedé en mi silla mientras él echaba sales y la bañera se terminaba de llenar.
—Voy a necesitar unas muletas.
Se volvió. Estaba arremangado. Acababa de comprobar la temperatura del agua.
—¿No crees que es pronto?
—No.
—Willa.
—Tengo que recuperar autonomía. Dependo demasiado de ti.
Respiró fuerte.
—Muy bien. Te conseguiré unas muletas.
Él tampoco quería pelear.
—Gracias.
—De nada. Ya está el agua.
Empecé a desvestirme. Me quité su jersey y lo doblé sobre el lavabo.
Veía a Vik a través del espejo, apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos concentrándose en mí.
Por supuesto que miraba .
Me quité la camiseta de tirantes. No aparté los ojos del espejo. Él tampoco.
El aire entre nosotros era denso. La rabia se estaba convirtiendo en otra cosa, aún no sabía muy bien en qué.
Me las arreglé para levantarme de la silla y desabrocharme los pantalones.
Permaneció tranquilo, sin descruzar los brazos. Era una de las cualidades que más admiraba de Vik, que fuera capaz de conservar el aplomo en todo momento. Esperaba paciente a que yo me viera obligada a darle la razón.
—Maldita sea —gruñí al darme cuenta de cuáles eran mis limitaciones—. Puto patinete de los huevos. La que me ha liado, joder.
Bajé los brazos, derrotada. No podía quitarme los pantalones y la ropa interior.
Vik se separó del marco, echó a andar hacia mí y se agachó para ayudarme.
No habló. Yo tampoco, me limité a hacer lo que me pedía sin palabras: apoyé las manos en sus hombros para mantener el equilibrio y él me quitó los pantalones y después las bragas. Lo hizo con cuidado, despacio, eficiente.
Cuando estuve desnuda, se quedó agachado unos segundos, con las manos en mis caderas. Sentía su respiración en mi vientre. Sus palmas quemaban mi piel.
No dijo nada, solo permaneció ahí, sosteniéndome. Al final levantó los ojos hacia los míos.
No hubo palabras. No había necesidad.
Le acaricié la firme línea de la mandíbula y él me dejó .
Luego yo dejé que me cubriera la bota ortopédica con una bolsa impermeable, me cogiera en brazos y me depositara con cuidado dentro del agua caliente.
Sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse.
Apoyé la nuca en el borde de la bañera y me quedé quieta, con los ojos cerrados, escuchando cómo se movía detrás de mí.
Oí el sonido de la cremallera. Algo —¿su ropa?— cayó al suelo.
Cuando levanté los párpados, estaba de pie delante de mí, las piernas separadas, expresión impenetrable.
No necesité preguntar qué quería. Lo estaba viendo con mis propios ojos.
Me cogió por el pelo y me guio hacia él. No fue brusco. Tampoco se deshizo en amabilidades.
El vapor lo envolvía todo. Yo quería complacerlo.
Lo complací, y después empezó a llover. El día soleado se había estropeado por completo.
El cristal que teníamos delante fue arrebatándonos el jardín poco a poco, hasta que no quedó nada al otro lado, excepto un mundo disuelto en gris.
La mano de Vik seguía en mi pelo, pero ahora estaba suelta.
Ya no dirigía, solo acariciaba mientras se le iba sosegando la respiración.
Sus ojos oscuros no tenían ninguna intención de dejarme ir. Como el resto de él.
Se sentó en el borde de la bañera, me separó las rodillas con delicadeza y coló la mano bajo el agua perfumada.
Eché la nuca hacia atrás. Cerré los ojos. Lo disfruté. Con Vik siempre lo disfrutaba .
El agua empezaba a templarse. No me importó. Solo existían sus dedos, acercándome a un punto sin retorno.
Llegar fue lo mismo que romperse. Como un dique que cede dentro de ti después de haber aguantado la presión del río durante demasiado tiempo. El placer me inundó de una forma devastadora, y yo me rendí a él.
Me quedé tan agotada que me desplomé contra el borde de la bañera. Mi respiración sonaba pesada. El cuerpo todavía experimentaba pequeñas descargas eléctricas.
Al cabo de unos segundos, me apartó el pelo de la cara con suavidad.
Levanté los párpados para mirarlo. Sus dedos seguían entre mis piernas.
—¿Bien? —dijo con voz grave.
—Bien.
Asintió. Volvía a ser Vik. Volvíamos a ser nosotros.