Sígueme …aunque nadie lo comprenda
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…aunque nadie lo comprenda

La habitación superior del London Clinic parecía una suite con equipamiento médico.

Había un arreglo de flores frescas, artículos de tocador de Temple Spa en una caja de regalo, ropa de cama de lino y una colcha esponjosa.

Mi bata no tenía nada que envidiarle a la del cinco estrellas al que había ido con Vik.

Me sentía muy mimada. Me acababan de preguntar por mis preferencias de menú. No era un hospital. Era un resort & spa de lujo. Todo era perfecto.

Hasta que se abrió la puerta de par en par y Maya, despeinada, ojerosa, con el uniforme azul asomándole bajo el abrigo —algo que en teoría no estaba permitido, pero que todo el mundo hacía— empezó a gritarme.

Aún me estaba recuperando de la operación. Tenía la cabeza pesada. Yo estaba ahí tan tranquila con mi bata, mirando el cielo blanco desde la cama… ¿Por qué tantos gritos?

—Dime que no has plantado a tu novio en el hospital para irte con el tío ese de Instagram.

El tío ese de Instagram no estaba en la habitación. Había ido a hablar con el médico.

—Maya…

—Necesito comprender qué coño te pasa, en serio. ¿Es una puta crisis? ¿Un brote? Porque, si tienes un brote, hay fármacos y puedo recetártelos.

No era culpa suya. Se lo achaqué a la cafeína y a la falta de sueño. Yo estaba tan relajada…

—¿Has terminado?

Me miró. Le sostuve la mirada.

—No he hecho más que empezar. ¿Qué pasa con Alex?

—Alex y yo hemos…

—No me digas que lo has dejado.

Callé.

—¡¿Por qué no dices nada?! —se impacientó unos segundos después.

—Me has pedido que no te lo diga —señalé con un leve encogimiento de hombros.

Capté un aire de repugnancia de sus ojos, como si ya no me reconociera.

—Dios mío. Lo has hecho. Has volado por los aires toda tu puta existencia.

—No te pongas dramática.

—¡¿Has dejado a Alex?! ¿Por un tipo del que no sabes nada real?

—Lo conozco mejor que nadie.

—Solo sabes lo que él ha decidido contarte, ¿o es que no te das cuenta?

—Estamos enamorados.

—Es lo que más me preocupa. Que pienses que lo estás.

Se abrió la puerta.

—Maya, ¿verdad? —dijo Vik con una sonrisa.

—¿Y tú quién coño eres?

—Soy Vik.

—¿El capullo de Instagram? —me preguntó a mí. Él no era digno de que lo miraran o se dirigieran a él .

—Maya, por favor —le supliqué.

—Se te ha ido la puta pinza. Cuando dejaste Medicina, no te dije nada.

Dejé que te volvieras loca y que tomaras decisiones estúpidas en momentos pésimos.

Pero ahora te lo voy a decir. Esto es un puto error.

Y en el fondo lo sabes. Eres lista, Willa, solo que a veces te dejas cegar por tus emociones.

Tienes que reconsiderar lo que has hecho.

Aún estás a tiempo de recuperar el control de tu vida.

Por cómo la miré, ella comprendió que yo no tenía la menor intención de reconsiderar nada.

Y entonces bufó una sonrisa de pura incredulidad.

—Tú misma, joder.

—Maya. ¿Puedo hablar contigo un momento?

Se giró hacia Vik.

—Te escucho.

—En privado.

Se echaron un pulso visual.

Al final ella se rindió y decidió seguirlo. Como todos.

Salieron al pasillo y cerraron la puerta, pero todavía podía oírlos.

—Está cansada —le dijo Vik con su aplomo de siempre—. Acaba de salir de una operación. Necesita descanso.

—Soy médico y su mejor amiga. Sé muy bien lo que necesita.

—Pues no lo parece. La estás alterando, y no es un buen momento. Voy a tener que pedirte que te marches.

—A mí no me engañas, tío. Puede que ella esté afectada por los polvos que le has echado, pero yo no. Y te estaré vigilando. Que te quede muy clarito.

Iban a llevarse de maravilla.

**** *

La casa se parecía a todas las de la calle —y a ninguna que yo hubiese pisado antes—. Era blanca, alta, con fachada de estuco inmaculado, escalones de piedra y una maceta a cada lado de la puerta. Conté cuatro niveles. Guau.

Me bajaron de la ambulancia en silla de ruedas y, mientras Vik se despedía de los sanitarios, yo observé mi nueva residencia desde la acera.

Tenía el tobillo inmovilizado y elevado para controlar la inflamación, y una bolsa de Burberry en el regazo, que contenía la ropa que llevaba puesta el día del accidente y la caja regalo que me habían dado en el hospital.

Un par de horas antes Vik me había traído en aquella bolsa una falda a cuadros, un jersey blanco de cachemir de cuello vuelto y ropa interior, curiosamente práctica, de algodón. A eso se reducía mi armario. Todas mis cosas estaban en el piso donde ahora vivía mi ex.

Me sentí un poco rara al pensar que a partir de ese momento viviría en aquella mansión blanca, en un barrio más silencioso de lo que tiene derecho a estar ningún sitio en Londres, y mucho menos uno situado a pocos pasos de Buckingham.

Vik se giró hacia mí con una sonrisa.

—¿Lista?

Asentí. No sabía cuándo habían cambiado tanto las cosas. Lo que sí sabía era que no me arrepentía de haberme arriesgado .

Puede que la obsesión que Vik y yo teníamos el uno por el otro no durara para siempre. Nada dura para siempre.

Pero, mientras durara, era suficiente.

*****

La casa olía de vicio. Vik preparaba la cena con la puerta de la cocina abierta. Me encontró delante de la ventana del salón cuando vino a buscarme.

—¿Estás admirando las vistas?

—Sí. Todo esto es increíble.

El salón daba al jardín trasero. Tener jardín en pleno Londres era un lujo que solo algunos privilegiados podían disfrutar. Lástima que lloviera. Me habría encantado comer fuera.

—Sí que lo es —murmuró para sí. Sonaba distraído, como alguien que está a mil años luz de distancia—. ¿Y qué te parece la casa? —volvió a preguntarme al cabo de un rato—. La parte que has podido ver, al menos.

—Muy distinguida. Es como estar en un capítulo de Los Bridgerton . Solo que mejor. Tenemos wifi.

Se rio, y yo me giré con la silla y le sonreí.

Se había empeñado en que tuviera una silla de ruedas para poder moverme por la casa.

—¿Sabes qué es Los Bridgerton ?

La pregunta le hizo gracia.

—Claro que lo sé. Es una serie.

—Fascinante.

Frunció el ceño, aunque se le veía divertido.

—¿El qué ?

—No logro imaginarte de ningún modo haciendo cosas mundanas. Como ver Netflix.

—Pues The Gentlemen me encantó. Como todo lo que hace Guy Ritchie.

—Claro. Va de millonarios.

—Millonarios arruinados —me corrigió.

—Millonarios con mansiones.

Sonrió. Sabía que yo tenía razón.

—La cena está lista.

—Genial. Tengo mucha hambre de repente. Huele muy bien.

Me alejé de la ventana, crucé el salón y detuve la silla delante de él. Desde mi postura, me pareció todavía más alto e imponente. Llevaba pantalones oscuros, un jersey gris de punto grueso con las mangas subidas hasta los codos, y se había quitado tanto el reloj como los zapatos.

Ahí, con las manos en los bolsillos y los pies descalzos sobre el suelo de madera, no solo era atractivo hasta la indecencia.

También era real.

Parecía un hombre en su casa un martes por la tarde, y me desconcertó esa faceta suya tan doméstica porque, por algún motivo, no imaginaba que él pudiera hacer nunca nada corriente. Como la cena.

Quizá porque siempre había alguien dispuesto a hacer cosas por él.

O porque solo habíamos estado juntos en hoteles caros.

O porque no tenía ni puta idea de quién era ese tío y, sin embargo, lo había dejado todo para seguirlo .

No, había hecho más que dejar mi vida. La había dinamitado.

Por él.

Había volado todos los puentes.

Y ahora, que ya no estaba bajo los efectos de la morfina, solo del tramadol, empezaba a asimilarlo.

Y me entró angustia.

—¿Todo bien? ¿Cómo se comporta el tobillo?

Forcé una sonrisa.

—De maravilla. Estoy bastante drogada, así que…

Se rio.

—Bien. Cenemos. Los analgésicos y el estómago vacío no son buena combinación. Pero seguro que ya lo sabías, doc.

Hice una mueca y luego lo seguí hasta la cocina.

La mesa estaba puesta. Había vino —para él— y agua para mí. Nada de refrescos. Nada de porquerías. Todo sano. El pan era integral.

Se sentó. Yo, como ya estaba sentada, solo me acerqué a la mesa.

—¿Prefieres que te instale en una silla?

—Estoy bien. Gracias por esto. Por todo, en realidad.

Sonrió de aquella forma suya, solo una leve curva en la comisura, y cubrió mi mano por encima de la mesa.

Para cenar había tortilla a las finas hierbas y un tomate aderezado con sal y aceite de oliva.

Simple, sin pretensiones, perfecto. No tenía nada que ver con Belgravia ni con los jets privados ni con nada de lo que rodeaba a Vik.

Era una cena de andar por casa, y me encantó porque él no parecía un multimillonario en aquel momento, sino un novio normal.

Como si cocinar para alguien fuera algo que hacía a diario.

Había dejado de ser la fantasía de las bañeras ovales y los restaurantes sin precios en la carta. Ahora era mi realidad.

El momento me pareció muy íntimo, mucho más que lo que habíamos compartido hasta entonces. Más que el sexo.

—Estaba delicioso —le dije tras dejar el plato vacío—. ¿Qué otros secretos escondes?

Sonrió misteriosamente.

—Ya los irás descubriendo poco a poco. Hora de ir a la cama.

Di marcha atrás con la silla y él me levantó en brazos, sin esfuerzo. Una mano bajo mis rodillas, la otra en mi espalda y ya estaba pegada a él, aferrándome a su cuello por instinto.

De pronto, tomé consciencia de su fuerza física y de lo frágil que parecía yo en comparación.

—¿No voy a dormir en el salón? —pregunté al darme cuenta de que se dirigía a las escaleras.

Me había recorrido la parte de abajo y sabía que ahí no había ningún dormitorio, solo un salón grande, un despacho, la cocina, la despensa y dos baños. Di por hecho que dormiría en el sofá hasta que pudiera subir a las plantas superiores.

—Dormirás en nuestra cama.

Nuestra cama . Estaba tan seguro de todo y yo… Yo empezaba a estar abrumada. Me acordé de Maya y de cómo se había puesto. A lo mejor esa era la reacción normal .

—Vik… —susurré mientras subíamos por las escaleras georgianas.

—¿Hmm?

—¿No crees que nos estamos precipitando, quizá?

Se detuvo en medio del pasillo a oscuras.

Arriba, el olor a madera antigua era más penetrante.

También podía olerlo a él, lo cual me hizo enterrar la nariz en su cuello y aspirar fuerte.

Me encantaba su olor, y creo que a él le gustaba que lo olisqueara.

Apretó un poco más el brazo con el que me sostenía, como una muestra de cariño.

—¿En qué sentido nos estamos precipitando?

—Llevamos dos días saliendo y ya vivimos juntos. ¿No crees que vamos muy deprisa?

—Hace más de un año que nos conocemos.

—En el mundo virtual. Y la mitad del tiempo no hemos estado en contacto.

—Willa.

—Vik —dije, en el mismo tono, suave y juguetón.

—Llevas meses siendo lo único que me importa. Mira, sé que este pequeño accidente a lo mejor ha precipitado un poco las cosas, pero no me agobia. Me gusta tenerte solo para mí. No me entusiasmaba la idea de compartirte con tu ex, ¿sabes?

—Es que… no puedo andar, y no quiero ser una carga para ti.

Se mantuvo callado un momento. Luego frunció las cejas con gesto pensativo. Intentaba reprimir la sonrisa, lo noté.

—¿Lo estás considerando? —dije, divertida .

—Por supuesto. Yo siempre considero todas las cosas que me dices.

—¿Y?

—Tus argumentos no me convencen. ¿Tienes más?

—Vik.

—Porque, si no tienes más, la respuesta es no. No creo que vayamos demasiado deprisa ni que nos estemos precipitando. No sé tú, Willa, pero yo estoy exactamente dónde quiero estar.

No se me ocurrieron nuevos argumentos y él siguió andando.

El dormitorio era enorme, con una cama que parecía hecha para que no quisieras salir de ella nunca más. Vik me dejó sobre la colcha con un cuidado que era nuevo en él. Supongo que ahora, con el tobillo destrozado, le parecía frágil.

Me quitó el jersey, no de forma clínica, como cabría de esperar dado el contexto, sino con metódica deliberación.

Bueno, al menos eso no había cambiado.

—Puedo sola.

Me miró un par de segundos a los ojos.

—Lo sé —dijo, y me quitó el sujetador.

Me sentí expuesta. Deseada. Abrumada. Todo a la vez.

Estábamos casi a oscuras. Las cortinas dejaban entrar la luz de la calle en franjas. Vik se agachó y me quitó la falda. La arrastró despacio por mis muslos, acariciándome la piel con sus palmas cálidas.

Luego me quitó el único calcetín que llevaba, uno grueso que él me había puesto antes de salir del hospital .

Como me había instado a apoyar el pie en su regazo, noté que la tenía dura y me retorcí de deseo por él.

Intercambiamos otra mirada lenta. Me estaba analizando.

Sus dedos ardían en mi tobillo sano. Subieron despacio por la pantorrilla, casi preguntando hasta dónde quería que llegara.

Excepto porque Vik no preguntaba cuando sabía la respuesta.

Volví a arquearme y separé las rodillas a modo de invitación. Me sentía dolorosamente vacía. Quería sus manos en mi cuerpo. Que subiera más. Lo había echado de menos.

Su mano llegó hasta la parte interna de mi muslo, y la adrenalina inundó de golpe mi torrente sanguíneo. Empecé a respirar más deprisa.

Entonces, bajó igual de despacio. Regresó al tobillo.

Uno estaba roto, inmovilizado, inútil.

El otro ardía en su mano. Le pertenecía, era completamente suyo. Como yo.

—Lo estás deseando, ¿a que sí? —murmuró, buscando mis ojos a través de la oscuridad.

—Igual que tú.

Sonrió, una sonrisa pequeña, privada, solo para sí mismo.

—No es buena idea, doc. Podría hacerte daño.

Me soltó, se puso de pie y se quedó ahí quieto, estudiándome con una arruga entre las cejas.

No junté las rodillas, y su mirada me recorrió despacio, sin disculparse por ello.

Su expresión no era fácil de interpretar.

Cualquier palabra que se me ocurría para definirla la rebajaba.

No era hambre. El hambre termina cuando te alimentas.

Lo que vi en sus ojos era algo que no había visto en los ojos de nadie. Me quería entera. No le sobraba ninguna parte de mí. Nunca iba a saciarse.

Pero no se estaba moviendo.

—Vik.

—¿Willa?

Nos sonreímos al uno al otro.

—Voy hasta las cejas de Tramadol. Puedes follarme, en serio. Pídeme sexo a cambio de tu hospitalidad. Estaré encantada de cooperar.

—Ya. Hoy no.

Me desplomé en la cama, gruñendo frustrada, y él se desnudó, riendo por lo bajo, y se tumbó a mi lado.

Giré el cuello para poder mirarnos a los ojos, como habíamos hecho en París.

—Te he echado de menos —murmuró mientras me acariciaba la comisura de la boca con el pulgar.

Encontré una intensidad estremecedora en la sencillez del momento.

—Me había hecho a la idea de que no te vería más. Y ahora estás aquí.

—No pienso hacerme nunca a esa idea. Jamás. Es una idea horrible.

No sé lo que vi en su mirada. Fuera lo que fuera, comprendí que hablaba muy en serio.