…una y otra vez
Lo bueno que tenía mi vida era que podía reengancharme a ella cuando quisiera. Tenía un novio paciente y comprensivo que me quería, una amiga tan ocupada que ni siquiera había notado mi ausencia emocional y un trabajo que podía pausar o retomar a mi antojo.
Así que volví. Ya lo había superado todo.
O eso me decía.
Pero necesitaba hablarlo con alguien. Si lo ocultaba, nunca sería real. Y lo fue. Ocurrió. Quería dejar constancia de ello como quienes hacían garabatos en las cuevas para decir existimos . Fuimos reales. Hubo un nosotros.
Se lo conté a Maya un día mientras buscábamos trapitos en rebajas.
—No me puedo creer que hicieras algo tan inconsciente.
—Ya lo sé. Ponerle los cuernos a Alex no ha sido…
—No me refiero a eso.
Dejé de mover perchas y la miré confundida.
Estaba plantada en mitad de la tienda, con una expresión que nunca le había visto, algo que oscilaba entre la rabia y la incredulidad.
La tienda era ecológica, todo olía a incienso y a paz mental, y la cara de Maya desentonaba por completo con el decorado.
—¿A qué te refieres entonces?
—¿Que a qué me refiero?
—Chisss .
¿Por qué hablaba tan alto? Yo sentía la necesidad de susurrar.
—¡¿Te fuiste a París con un puto desconocido y no se lo contaste a nadie?! ¿Pero a ti qué coño te ocurre?
La dependienta nos clavó una mirada áspera. Le estábamos alterando los chakras .
—Habla más bajo. No entiendo por qué te pones así.
—¿Que no lo entiendes? ¿Es que te has convertido en la clase de persona con la que empiezan los programas de true crime ?
Puse los ojos en blanco.
—Dios. Eres una dramática. Vale, hice una cosa alocada...
—Hiciste una cosa inconsciente —me cortó en seco—. Tú no sabes quién es ese tío. Podrías haber aparecido muerta en el puto Sena. ¿Ni siquiera cogiste un vuelo comercial?
—Esta conversación es absurda. Sé quién es. Sale en Forbes.
—Eso me preocupa más. Estás hablando de gente que cree que todo les pertenece, que para ellos no hay límites.
Mira a tu alrededor, Willa. Mira lo que hacen los multimillonarios.
Aparecen en las listas de Epstein, participan en safaris humanos, safaris humanos , en Sarajevo, tienen su dinero en paraísos offshore…
¿De verdad quieres rodearte de esa clase de personas?
—¿Qué tiene Vik que ver con Epstein o Sarajevo? En los noventa era un crío, así que discúlpame si no lo veo disparando con una ametralladora a gente en Bosnia.
—Solo digo que forma parte de esos círculos .
—También hay multimillonarios filántropos que intentan curar el cáncer con sus donativos.
—¿Intenta curar el cáncer tu noviete?
—No lo sé —le solté entre dientes, con voz vibrante. Su ironía me estaba irritando.
—Exacto. No lo sabes. Porque no sabes una mierda sobre él.
—Sé que nunca me haría daño.
—Sabes que nunca te haría daño —se burló—. Gracias, Señor, por estas sabias palabras de mi amiga.
—Eres cruel.
—Soy realista. ¿Tienes idea de cuántas veces al mes atiendo a mujeres como tú en urgencias? Todas creían que él era diferente y que no les haría daño.
La conversación me sobrepasaba. No es que esperara que Maya lo comprendiera —a fin de cuentas, ella no sabía de qué forma me miraba Vik—, pero desde luego no esperaba que me dijera que iba a acabar muerta flotando en el Sena solo porque el tío tenía la mala suerte de salir en la puñetera lista Forbes .
—Ya no importa. Se ha ido.
—Bien. Es una noticia fantástica.
*****
Llegaba horriblemente tarde a un seminario y estaba corriendo por la acera cuando un idiota en patinete se me cruzó a toda velocidad.
Me aparté de un salto antes de que se me llevara por delante.
Mi pie aterrizó en el borde de una tapa metálica y el tobillo se fue hacia un lado con un chasquido seco.
No hubo nada a lo que aferrarse, y de repente estaba en el suelo, en medio de un charco helado.
Siempre había un charco en algún sitio. Londres en invierno. ¿Qué esperar?
—¡Eh! ¡Mira por dónde vas, capullo!
Me hizo una peineta en la lejanía.
Intenté incorporarme y solté un grito.
Un tipo de mediana edad se me acercó preocupado.
—¿Se encuentra usted bien?
—No mucho. No puedo apoyar el pie.
*****
Tras la radiografía llegó el diagnóstico que no quería recibir: fractura de tobillo.
Ya podía olvidarme de llegar a mi seminario.
O de ir a cualquier parte. Iban a ingresarme.
Había que operar. No era una fractura limpia.
Había esquirlas y me había jodido el ligamento tibiofibular anteroinferior. Un sueño hecho realidad.
Ahí sentada en la camilla, maldije mi puñetera mala suerte.
A lo mejor era un castigo divino. Lo cierto era que no había sido una persona demasiado buena últimamente.
*****
Alex revoloteaba a mi alrededor.
Iban a operarme a última hora de la tarde. Estaba programada por la mañana, pero había huelga de médicos, para sorpresa de nadie. El NHS siendo el NHS, incluso cuando tienes el tobillo hecho pedazos.
—¿Te duele mucho?
Estaba más bien atontada. Me costaba concentrarme. No dejaban de suministrarme sedantes por la vía, tenía el tobillo inmovilizado con una férula provisional y no me apetecía lidiar encima con un novio histérico.
—Estoy hasta arriba de morfina. ¿Tú qué crees?
—Eso está genial. Que no falten drogas. ¿Estás cómoda con la almohada así, o quieres que…?
—Alex —gruñí, exasperada—. ¿Por qué no sales a tomarte un café, cariño?
—No me apetece.
—Pues sal a comprarme una revista.
—Vale —cedió, desganado—. Ahora vuelvo. ¿Seguro que…?
— Alex.
—De acuerdo. Necesitas unos minutos a solas.
—Sí, por favor.
—Lo pillo. Iré a hacer tiempo.
Respiré aliviada cuando se marchó. Necesitaba descansar un rato. Tenía la cabeza envuelta en algo cálido, como si estuviera en medio de un sueño placentero. La morfina estaba surtiendo efecto. Me sentía casi feliz. No era real. Era una reacción química. Pero me gustaba. Qué paz.
—Hola, doc. ¿Cómo te encuentras?
Abrí los ojos de golpe .
Vik, en carne y hueso, estaba justo ahí, absurdamente guapo, con una arruga de preocupación entre las cejas. La imagen era un poco difusa, pero era él sin duda.
Vik…
Todo volvió de golpe. El pulso disparado, la adrenalina en las venas. Había estado corriendo en círculos durante meses. Verlo me devolvió al punto de partida.
—¿Cómo crees que estoy?
—¿Coja? —propuso con una media sonrisa.
Se me escapó una sonrisa. La de alguien que está bajo el efecto de fuertes sedantes.
—¿Qué haces aquí?
Se encogió de hombros.
—Lo típico. Cuando personas que te importan están en el hospital, por lo general vas a visitarlas.
No había nada típico en aquello.
—No si las has ignorado durante meses.
—No te estaba ignorando. Jamás te ignoraría.
—La primera noticia que tengo al respecto. Desapareciste. Apagaste el móvil. Si no me estabas ignorando, se le parecía bastante.
—Estaba en un sitio sin cobertura.
—¿Estabas en Saturno?
Mi ironía le hizo gracia.
—No. En otra parte de la Tierra. Algún día te llevaré.
—Sí, claro. ¿Cómo te has enterado de que estaba aquí?
—Colgaste una foto en Instagram anoche.
—Y te subiste a tu jet privado en un tris.
—Sí.
—Así de fácil .
—Eso es.
—Fascinante.
Dejó correr unos segundos. Sus ojos no liberaron los míos.
—He pedido el traslado.
—¿Perdona?
—Los del London Clinic ya tienen listo el quirófano. Te operarán en cuanto llegues.
—Esto es un puto chiste.
—Yo no bromeo con tu salud.
—Vik, desapareciste durante meses. Me dejaste a oscuras.
—Quería liberar la rabia que en algún momento me había consumido por dentro, pero estaba tan puesta de morfina que mi voz sonó apacible, casi indiferente—.
Y ahora te presentas aquí diciendo que vas a ingresarme en la clínica privada más exclusiva de Londres.
Como si nada hubiera pasado. Como si nos hubiéramos despedido ayer mismo en el aeropuerto.
—¿Qué tal si no nos peleamos esta vez y priorizamos tu recuperación?
—No.
Cogió aire, se presionó el puente de la nariz con dos dedos y exhaló despacio. Luego se agachó junto a mi cama, tan cerca que alcanzaba a ver las motas verdes de sus ojos.
No dijo nada. Me miró largo y tendido, y yo dejé que me acariciara el pelo.
—Willa —habló por fin. Su voz era suave y paciente.
La mirada, persuasiva. Y yo no sabía cómo iba a resistir el efecto narcótico que él producía en mi cerebro.
Era más electrizante que lo que me estaban suministrando por vía intravenosa—.
Tenía que poner orden en mi vida para poder dedicarme a nosotros por completo.
Lo hice, y ahora estoy aquí, y no voy a irme a ninguna parte. Nunca más.
—¿Qué me estás diciendo? —susurré.
Me sentía como si hubiera abierto una puerta que no debía. Cruzarla era peligroso.
Pero si no llegaba a saber qué me esperaba al otro lado, me moriría.
Debió de captar la ansiedad en mi expresión. Su sonrisa se tornó tan tierna como lo era su mano en mi pelo.
—Te digo que me mudo a Londres. Que quiero estar contigo. Que estoy enamorado de ti. Ven conmigo. Yo apuesto por nosotros. Apuesta tú también. Arriésgate por una vez.
Me reí.
La nota histérica que desprendía mi risa me delataba. Me estaba rompiendo.
—Creo que estás loco. Vik, tengo una vida. Tengo un novio. No puedes presentarte aquí y pedirme que lo deje todo para seguirte.
Siguió acariciándome el pelo.
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste feliz? ¿Feliz de verdad?
Mantuve la mirada encajada en la suya. No respondí. ¿Para qué? La palabra flotaba entre nosotros.
París.
—A veces está bien dejar que la gente se te acerque, Willa.
Yo he dejado de ocultarme en mi casa del árbol.
Deja tú de correr. ¿Sabes cuándo fue la última vez que fui feliz?
En esa cama. Cuando tú me mirabas. Me contaste tu historia y yo te conté la mía, y no hizo falta que habláramos.
Porque tú y yo no necesitamos putas palabras.
No necesitamos nada, solo el uno al otro.
Y tú lo sabes, Willa. Porque también lo sentiste.
Así que no malgastemos energías negando algo que es innegable a estas alturas.
—¿Por qué yo? —musité con las pocas fuerzas que me quedaban.
Estaba débil, mareada. Me habían dado opioides y, además, estaba en ayunas, a la espera de la cirugía.
—¿Quién, sino? —murmuró Vik con aquella sonrisa suya triste que hacía que la cabeza me diera todavía más vueltas.
Seguí mirándolo a los ojos como en París, un tiempo incalculable.
Tenía razón. Él y yo no necesitábamos putas palabras.
—Tengo tu revista. Ah, hola.
Vik se levantó sobre los talones y se giró hacia Alex. Observé la escena como a través de un sueño.
—Hola. Tú debes de ser Alexander.
—Alex. Llámame Alex. ¿Y tú eres…?
—Vik. —Le ofreció la mano. Muy tranquilo. Dueño de la situación. Alex me miró unos segundos, titubeante, antes de estrechársela—. Me la llevo, Alex.
—¿Que te la llevas?
—Sí. Este hospital es un desastre. Tendrían que haberla operado anoche y sigue aquí. No tienen médicos ni recursos, y el tiempo es crucial ahora. Ella merece los mejores cuidados, ¿no crees?
—Perdona. Perdona. Intento comprenderlo. ¿Que tú, seas quien seas, te llevas a mi novia a alguna parte ?
—Bueno, no estoy seguro de que ella aún sea tu novia. ¿Willa?
Los miré. A los dos.
Pito, pito, gorgorito, ¿dónde vas tú tan bonito?
La morfina decidió por mí.
O es lo que me digo ahora.