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…cuando te pida lo contrario

Alex estaba haciendo la cena cuando llegué.

—Hola —me dijo, feliz de verme. A continuación, frunció el ceño—. ¿Y tu maleta?

—¿Qué?

Lo miré, aturullada.

—¿Has estado por ahí tres días sin maleta? ¿Tú?

Mierda. No iba a colar. Yo necesitaba un millón de cosas y él lo sabía bien porque cargaba todos mis trastos cada vez que íbamos a cualquier sitio.

—No. Es que… me la han robado.

—¿Que te la han robado?

—Mm-hm. En el tren.

—¿Has presentado una denuncia?

—Solo llevaba un par de vaqueros y poco más. Ya sabes, el neceser y eso.

—Aun así. La policía tendrá que saber que hay alguien robando maletas en el tren.

Que fuera siempre tan legal y dispuesto a hacer lo correcto empezó a irritarme.

—Alex, estoy cansada. No me apetece hacer buenas obras. Solo quiero irme a la cama.

—Oye, ¿qué pasa? Estás rara.

Rara ni se aproximaba siquiera. Era una persona totalmente diferente.

—Estoy bien. Cansada. ¿Te importa que me vaya a la cama?

—¿No quieres comer nada ?

—No. Tengo el estómago revuelto del tren.

—De acuerdo. Iré en un rato a ver qué tal te encuentras.

Quise decirle que no se molestara, pero no me pareció apropiado. Solo intentaba ser amable.

Amable con una persona que tenía mucho por lo que avergonzarse.

Me despedí de él con un beso en la mejilla y me fui a la habitación.

Ahí me tumbé en la cama, en completa oscuridad. No me quité la ropa. No me lavé la cara. No me duché. Iba maquillada con productos del hotel de París. Mi piel olía a loción cara y a Vik.

Olía a Vik…

Y no estaba lista para desprenderme de él tan pronto.

Cerré los ojos con suplicio. Aún notaba sus manos en mi cuerpo. Todavía lo sentía dentro. Lo habíamos hecho en el avión, con las turbulencias sacudiendo el mundo fuera y dentro, con su boca en mi cuello, y había sido la cosa más urgente, apasionada y espontánea que me había ocurrido en la vida.

La azafata nos miró después como si lo hubiera oído todo, cada gemido mío, cada gruñido de Vik. Esperaba que no nos hubiera visto. ¿Me importaba? No, no mucho.

En el fondo, no me arrepentía de nada.

*****

No intentó contactar conmigo después. Ni siquiera colgó nada en Instagram. Era como si de repente se lo hubiera tragado la tierra. Había oído hablar del ghosting , pero nunca me lo habían hecho, y desde luego que no esperaba que él me lo hiciera.

En París nos habíamos pasado más de dos horas tumbados en la cama King size , mirándonos a los ojos en completo silencio. Yo estaba en sus venas y él en las mías.

Pero me estaba haciendo ghosting y me sentía cada vez más apagada.

Me había prometido a mí misma que no lo vería más.

Así que, en teoría, que el asunto se resolviera por sí solo era algo positivo.

En teoría.

En la práctica, su ausencia solo sirvió para disparar mi obsesión. Estaba todo el rato recargando Instagram, por si me había escrito, por si había subido algo, una historia, una foto, cualquier cosa.

No había nada, y yo no dormía, no comía, descuidaba el trabajo cada vez más. Me estaba convirtiendo en una psicótica. Me hacía un millón de preguntas. Vivía en un plano distinto al resto de los mortales.

Estaba tan ida que unas cuantas semanas después Alex me propuso hacer una escapadita para cambiar de aires. Recé para que no dijera París. Me habría derrumbado.

Dijo Northumberland. Alguien del trabajo le había recomendado un hotel castillo. Me pareció bien. Me hacía falta salir de Londres. Olvidarme de todo. A la mierda.

*****

Tardamos casi seis horas en coche. Fingí estar dormida. No me apetecía hablar .

Alex, a mi lado, conducía tenso. Sabía que algo me estaba ocurriendo. Llevábamos cinco semanas sin follar. Cada vez que intentaba acercarse a mí, se topaba con un muro de piedra. Yo era consciente de que la situación se estaba volviendo insostenible, pero no tenía ni idea de cómo manejarla.

Estaba perdiendo el control sobre todos y cada uno de los aspectos de mi vida. Solo había una idea fija e intrusiva dominando mi mente: ¿ dónde estaba Vik?

No me quedaba otra que llamarlo. Necesitaba saber si seguía vivo o no. Con eso me bastaba. En cuanto dijera hola , iba a colgarle en las narices.

—Ya hemos llegado, cariño.

La mano de Alex me rozó la mejilla. Abrí los ojos.

El hotel era precioso, con muros de más de dos metros de grosor y vistas al valle de Northumbria. De camino a recepción, maletas en mano, Alex me contó que lo habían construido durante el reinado de Eduardo III, en pleno siglo XIV.

Mientras él hacía el check in , me acerqué a la ventana. Me pregunté cuántas mujeres se habían quedado justo ahí en el pasado, esperando a que su amado volviera de la guerra. Las mujeres siempre estamos esperando alguna cosa.

Alex me rodeó en un abrazo.

—¿Qué te parece?

—Romántico.

Había velas encendidas en elegantes candelabros. Era todo lo que una podría esperar de un castillo. Incluso había una princesa con el corazón roto mirando lánguidamente por la ventana.

—Vamos. Tengo ganas de que veamos nuestra habitación.

No compartía su entusiasmo, pero lo seguí.

Abrió la puerta con una llave gruesa más propia de una mazmorra y se volvió hacia mí. Tenía una sonrisa exultante en la cara. Yo, el rigor mortis de siempre.

—¿Qué te parece? Tenemos cama con dosel.

—Bien. Podrás atarme a ella. Con alguna corbata. Te habrás traído alguna, ¿no?

Le cambió el gesto.

—¿Qué te ocurre?

—Nada. Estamos aquí para reavivar nuestra relación. Pues reavivémosla follando.

Se sentó en la cama, suspiró y me sopesó en silencio, con aquellos ojos marrones cargados de preocupación.

Menos mal que a diferencia de Vik no podía verme por dentro. Él hubiera sabido enseguida lo que me ocurría.

—¿Hablamos de por qué se ha apagado?

—No quiero hablar —lo corté mientras me desvestía.

—Willa.

Me senté en su regazo y lo rodeé con las piernas. Ya me había quitado el jersey y los vaqueros.

—Agárrame el culo. Fuerte.

—Willa —me regañó con suave indulgencia.

Le planté los pechos en la cara y él levantó la mirada hacia la mía con displicencia. Tanta que me arrancó una pequeña sonrisa de satisfacción.

—Te estás poniendo duro .

—¿Y qué quieres que haga? Llevo mucho tiempo sin tocarte. Pero creo que deberíamos hablar. No estás bien.

—Estoy de maravilla.

Intenté besarlo. Se apartó. Mantenía esa expresión masculina, impenetrable, pero yo sentía lo mucho que lo estaba deseando. Su cuerpo latía bajo el mío.

Le sonreí y volví a intentarlo, con más suavidad. Esta vez se dejó hacer. Empecé a frotarme contra él, y entonces me agarró el culo con las dos manos, fuerte, y tomó el control.

No es que después me sintiera mejor. El vacío se mantuvo intacto.

*****

Metí los pies en el agua helada del mar y salpiqué a Alex.

—¡Willa! Te vas a enterar.

Solté un grito y eché a correr.

—¡Te pillaré! —gritó mientras me perseguía por la playa.

—¡Ni lo sueñes!

Corrí en círculos para despistarlo.

El viento era cruel. El día, gris, encapotado. Pero no nos importó. Jugamos con las olas. Nos reímos como críos. Él me besó.

Luego la oscuridad me atrapó de nuevo. No tenía forma de mantenerla alejada.

—Willa, pareces un pato. Sal del agua ya. Vas a ponerte mala.

No podía salir. Necesitaba que el mar se lo llevara todo.

Al día siguiente contratamos una excursión, fuimos a conocer una ciudad empedrada. El jefe de Alex era de ahí. Le había recomendado que la visitáramos.

—Es un sitio precioso —le dije, sobrecogida por la belleza del enclave, con los adoquines, el río, el puente medieval y el humo de las chimeneas.

—Ya lo creo.

Toqué la fachada de un edificio, intentando sentir la historia a través de mis palmas. El guía nos contó hazañas de siglos pasados, en los que Vik no existía.

Y solo pensé en él en cada instante.

Cada vez que tocaba una piedra.

Cada vez que admiraba un edificio.

Vik, Vik, Vik.

¿Dónde cojones estaba?

Lo primero que hice al volver a Londres fue buscar su tarjeta dentro de la caja de zapatos en la que la había escondido. Me temblaban tanto las manos que tuve que obligarme a respirar hondo para calmarme. A mí nunca me temblaba la mano. Iba a ser cirujana.

Marqué su número con el pulso en los oídos. Me preocupaba no escucharlo cuando me contestara.

El asunto se solucionó enseguida. El móvil no daba tono.