…en París
No era mi primera vez en París. Había ido dos veces antes. La primera, con mis padres, el típico viaje familiar coñazo. La segunda, con un novio que tuve en la facultad.
Con Vik era diferente. Todo vibraba más. Yo también.
Las conversaciones eran divertidas y profundas a ratos. A veces incluso inexistentes. El vino tenía mejor aroma.
Y yo caía, con plena consciencia de ello, como alguien que se tira al agua sabiendo que no va tocar fondo y, a pesar de ello, se lanza.
Estaba deslumbrada. No solo por el mundo que nos rodeaba, tan distinto al mío. Me impresionó cada detalle de nuestro viaje, pero nada podía compararse con él. Me tenía absorta. Su pulgar en mi espalda desnuda. Su forma de mirarme. Cómo me cogía la mano...
Sentí un vértigo terrible solo de pensar que en algún momento me vería obligada a regresar de golpe a la realidad.
A veces parecía no sentir nada. Ahora lo sentía todo. Por él. No era amor. Era algo mucho más oscuro y perturbador.
—¿Estás bien? —susurró.
—Sí. Genial.
Forcé una sonrisa que no me devolvió. Se limitó a leerme el rostro desde el otro lado de la mesa. Giré el cuello para impedírselo .
El restaurante al que me había traído era la clase de sitio en el que la gente habla bajo y la carta no tiene precios.
Al menos, la mía no los tenía. ¿Eran capaces de darle a él otra distinta?
No lo sabía. Estaba tan lejos de mi ambiente que ningún GPS hubiera sabido indicarme cómo volver a la normalidad.
Las mesas estaban bastante separadas entre sí. Había más bien pocas. El comedor era grande. La luz embriagaba. Todo embriagaba en aquel sitio.
—¿No te alegras de haber venido? —me preguntó después de concederme unos diez minutos.
Mis ojos regresaron a él.
—No. Odio los caracoles.
—Pues no te los pidas —resolvió, arqueándome una ceja con sorna.
Sujetaba mi mano por encima de la mesa, como si fuésemos pareja.
Desvié la mirada hacia el reloj que brillaba en su muñeca.
Calculé que Alex ya estaría en casa o a punto de llegar.
Me había inventado una tía lejana —pero muy querida— con una enfermedad repentina.
Me sentí fatal cuando él se ofreció a tomarse el día libre para acompañarme.
Le dije que no era necesario, tampoco es que se fuera a morir mi tía, solo quería pasar unos días con ella para retomar el contacto. Fue muy comprensivo.
Y ahí estaba yo, en París, mirando los platos de la carta en francés. Sin entender una mierda.
—¿Cuáles son los caracoles? —gruñí, exasperada.
Capté una pequeña sonrisa en sus comisuras.
—Los escargots .
—Bien. Pues magret de pato —anuncié, cerrando mi carta de golpe.
—Excelente elección —se burló.
Le di una patadita por debajo de la mesa. Su sonrisa creció un milímetro más.
—Estás guapa con ese vestido.
Volvió la intensidad en su mirada, y era como si el sol estuviera tocándome la piel. Como si el restaurante se hubiera vaciado de golpe. El mundo era una espiral que conducía a él y yo giraba y giraba, inevitablemente.
—Lo escogiste tú.
Cuando bajamos de su jet privado, había un vestido esperándome. Uno negro, minimalista, muy de mi estilo. Vik conocía mi talla. Conocía mis secretos. Conocía mi cuerpo.
Y también el momento exacto en el que me rendía y lo dejaba ganar.
*****
Después de la cena fuimos a dar un paseo. Era muy tarde, un día entre semana, hacía frío y estábamos los dos solos en la calle. Era un barrio elegante, no el típico lugar del centro atestado de turistas.
Me contó que su bisabuelo, suizo, huyó a América por un problema que tuvo con un comandante nazi. Que su bisabuela era americana. Que él se le declaró tras solo tres semanas de noviazgo.
—¿Tres semanas? ¿Veintiún días? ¿Estás de coña? ¿Sin conocerla de nada ?
—Sí. ¿Por qué te sorprende?
—No lo sé. Tres semanas me parece muy poco tiempo para comprometerse con alguien de por vida.
—Hay cosas que están claras y punto.
Evalué su rostro en la oscuridad. Yo sonreía. Él, no. Estaba muy serio. De verdad se lo creía. Vik tenía la firme convicción de que una persona puede prometerle a otra que la querrá para siempre tras solo tres semanas.
Fascinante.
—¿Y acabó bien la historia? ¿Duró para siempre?
—Pues claro. El amor lo vence todo.
Un romántico. La primera vez que me topaba con uno. Creía que eran como los unicornios.
—¿Y para el resto de tu familia?
Torció el gesto.
—Mi abuelo era un degenerado. No se divorció de mi abuela, ni ella de él, pero se le conocía en ciertos círculos por sus prácticas poco… ortodoxas.
Quise preguntar a qué se refería. Me frené a tiempo.
—¿Y tus padres?
—Siguen casados. Por desgracia para todos.
—Hmm. ¿Hermanos?
—No. ¿Y tú?
—Tampoco.
Se levantó un viento seco que revolvió algunas hojas doradas, pero yo estaba aferrada a su brazo y su cuerpo calmaba el frío que sentía con mi vestido de tirantes y solo un abrigo fino por encima. Notaba los pies helados dentro de mis sofisticados zapatos de tacón.
También conocía el número que calzaba .
—Mi padre tenía una aventura —le solté de pronto—. Iba a dejar a mi madre. Se lo dijo esa noche en la cena.
Vik se detuvo.
Era lo que más me atraía de él. No que me deseara con esa intensidad obsesiva que ningún tío había demostrado hasta la fecha, sino que me viera, que me escuchara. Que me mirara de verdad.
Él me miraba como nadie. Me asustaba que pudiera verme el alma. No todo era bonito ahí dentro. Algunos días me sentía como Dorian Grey sin el maldito retrato.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó mi padre. Habíamos quedado para comer aquel día, pero llegué media hora antes y lo sorprendí besándose con alguien en su consulta. Me quedé en shock .
Asintió.
—No debió de ser fácil para ti.
—A ver, no es que mis padres fueran un anuncio de felicidad conyugal, pero no me lo esperaba. Mi padre no parecía la clase de hombre que tiene aventuras, ¿sabes? Era un señor de lo más aburrido. Le gustaba el críquet, Agatha Christie y su té a las cinco en punto, ni un minuto más tarde.
—A veces las personas tenemos un doble fondo.
—¿Lo tienes tú?
Algo cruzó sus ojos muy deprisa. Demasiado como para averiguar qué era.
—Una vez hice algo de lo que no estoy orgulloso. Todavía me persigue.
—¿Te arrepientes?
—Me arrepiento de tener algo de lo que arrepentirme .
No dije nada. ¿Qué iba a decir? Dejé que mirara mi alma, y él la miró.
Estábamos plantados el uno delante del otro en mitad de una acera en París, solo nosotros, el viento y la oscuridad. Vik alzó la mano y me acarició la mejilla.
—¿Por eso crees que lo que ocurrió después no fue un accidente? —me susurró.
No había comentado mis sospechas con nadie.
—Sí.
—¿Crees que le dijo que la dejaba y ella provocó el choque deliberadamente?
—Mi padre y el otro conductor fallecieron en el acto. Solo nos queda la versión de mi madre. No había cámaras en el cruce. Y… la veo capaz.
—¿Se lo preguntaste?
—¿El qué? ¿Si lo mató? —Asintió, se estaba tomando la conversación muy en serio—. No.
—Ya veo.
*****
Se supone que no puedes vivir toda una vida en tres días. Pues lo hice.
Con Vik nada era forzado. No había huecos ni silencios incómodos que me viera obligada a llenar.
Podíamos estar callados durante horas y solo tocarnos y mirarnos a los ojos, o podíamos hablar sin parar toda la noche.
Él me seguía. Me precedía, incluso. Convertía en palabras algo que, hasta entonces, solo había existido dentro de mi cabeza.
Yo no creía en las almas gemelas. Ni siquiera creía en el amor.
Así que no tenía manera de explicar lo que estaba ocurriendo entre nosotros. No había nada científico que lo corroborara. Me parecía descabellado perder la cabeza por otra persona.
Pero la perdí.
Cuando aterrizamos en alguna parte del aeropuerto de Londres, no sentí tristeza exactamente. Dentro de mí empezaba a abrirse un vacío que me resultaba familiar.
Vik me acompañó hasta la pista, donde me esperaba un coche negro con el motor en marcha. Yo no llevaba ninguna maleta, solo mi ropa puesta y una bolsa con el vestido y los zapatos que él me había conseguido para la cena.
Mi ropa olía diferente. Me la habían lavado y secado en el hotel. Dos veces.
—¿Seguro que no puedes fugarte conmigo a California?
Me eché a reír. No por diversión. Capté una nota histérica en aquella risa.
—No.
—¿Por qué no?
—Tengo una vida.
—Mmm.
—¿Lo estás considerando? —dije, divertida.
—Sí.
Él también intentaba contener la sonrisa.
—No hay nada que considerar.
—Ya sabes que siempre hay algo que considerar, Willa.
—Toma. Esto es tuyo .
Le frunció el ceño a la bolsa.
—¿Qué? No. Quédatelos.
—No puedo. A medianoche Cenicienta tiene que devolver la ropa.
—Tú no eres Cenicienta.
Estaba delante de mí, tranquilo, con las manos en los bolsillos y los ojos recorriéndome el rostro, acariciándolo milímetro a milímetro.
Parecía justo lo que era: un hombre muy poderoso que nunca tiene prisa. El mundo se adaptaba a su ritmo y a sus necesidades. El piloto esperaría lo que hiciese falta. Todos estaban a su servicio. Pero yo no lo estaba.
—No voy a quedarme con esto.
—¿Por qué no? Creía que te gustaban.
—Y me encantan. Pero no me pertenecen. Solo los cogí prestados.
—Los compré para ti.
—Y ahora te los devuelvo.
—Piensas luchar por cada cosa, ¿a que sí?
—A mi alma gemela no le gustaría que me rindiera.
—¿Manipulación? —propuso con una media sonrisa.
—Primero de Psicología.
Lo encajó con un gesto divertido.
Se le veía satisfecho. No por haberme referido a él como mi alma gemela, concepto que obviamente se me atragantaba.
Si sonreía tan pagado de sí era porque le gustaba que lo vencieran en su propio juego.
Al final cogió la bolsa. Gané.
—Te lo guardaré hasta que recapacites .
No pensaba recapacitar. No podía explicarle a Alex por qué tenía un Valentino y unos zapatos de Hermès en el armario. Nuestro armario de Ikea que él había montado un sábado por la tarde mientras yo le pasaba las piezas y los tornillos y, a veces, mi copa de vino para que bebiera de ella.
De repente, ahí en la pista, con la fría llovizna londinense humedeciéndome el cabello y el rostro, me di cuenta de que Vik no ensamblaría un mueble de Ikea en su vida, y sentí una inesperada oleada de cariño hacia Alex.
Me lo imaginé en nuestro apartamento, con su camiseta gris, sus pantalones de chándal y esa sonrisa lánguida que se le pintaba en la cara cada vez que me veía, y tuve unas ganas horribles de correr a sus brazos, confesarlo todo y pedirle perdón.
Vik dio un paso hacia mí.
—¿Qué te ocurre? Te ha cambiado la expresión.
—Tengo que irme.
Jamás había sentido una urgencia mayor.
Debía poner fin a esa locura de inmediato. A esa fantasía. La fascinación me había empujado a seguirlo, a cruzar la frontera de un mundo extraño cuyas reglas desconocía por completo, pero la aventura debía terminar.
Yo tenía una vida en Londres. Vik vivía en Santa Bárbara. Yo impartía seminarios para ganarme la vida. Él salía en la lista de grandes fortunas de Estados Unidos. No compartíamos amistades ni hobbies . No teníamos nada en común.
Él acostumbraba a viajar sin maleta. Adonde quiera que se dirigiera había alguien esperándolo con todo lo necesario. Yo metía cosas en la maleta de mi novio porque nunca me bastaba la mía y por encima de mi cadáver iba a permitir que los cabrones de Ryanair me cobraran el suplemento.
Vik me volvía completa, irracional y absolutamente loca. Tanto que quería subirme a su jet privado y largarme con él a California.
Me obligué a serenarme, y seguí mirándolo a los ojos a través de la oscuridad brumosa. Nunca me había despedido de alguien en la pista del aeropuerto. Lo encontré romántico.
—Bueno.
—Bueno —me imitó con una sonrisa leve.
—Es hora de que volvamos a nuestras vidas.
Se me acercó, me cogió el rostro entre las manos y me besó. Luego cerró los ojos y aspiró fuerte, antes de retroceder.
—Dame tu número.
—Tienes mi Instagram.
—He estado dentro de tu cuerpo. Necesito más que el Instagram.
—Es todo lo que puedo ofrecerte.
Esbozó una sonrisa de lado en la que divisé una pizca de incredulidad.
—Pensaba que habíamos aclarado algunas cosas durante estos días.
—Sí. Ha quedado muy claro que vivimos en partes opuestas del mundo.
Negó muy despacio.
—Vas a ponérmelo muy difícil, ¿verdad ?
No le respondí. ¿Qué iban a decirle mis labios que mis ojos no le hubieran desvelado ya?
Se sacó una tarjeta del bolsillo. Me cogió la mano. Me la puso en la palma. Todo muy despacio, para que lo recordara.
—Llámame.
Los dos sabíamos que no pensaba hacerlo.
—Adiós, Vik.
—Hasta pronto, Willa.
Me quedé ahí hasta que lo vi subir la escalera del avión. Se giró una última vez y me hizo un gesto de despedida con la mano. Intenté grabarme la imagen en el cerebro. Me había prometido a mí misma que no lo vería más.