…en una suite
Me quedé parada en el umbral. No era mi mundo. Supongo que lo supe en recepción, cuando me ofrecieron una toalla caliente para las manos, un té de jengibre y unos macarons , que me comí mientras alguien avisaba al señor Baumann de mi llegada.
Esperaron a que me terminara el té, y entonces un joven uniformado me condujo hasta la suite. La puñetera suite del hotel más caro de Londres.
La había visto por la tele una vez. A veces a la gente normal se nos enseña el mundo al que nunca podremos acceder. Así estamos entretenidos.
Verlo en pantalla me impresionó, aunque no tanto como en la vida real.
No entendía cómo podíamos seguir en Londres si no llegaba ningún sonido del exterior. Nueve millones de personas ahí fuera. ¿Nada? ¿En serio? ¿Ni un maldito claxon?
La suite era enorme. Las paredes estaban forradas de seda de color marfil. Una araña de cristal con forma de bellotas doradas colgaba del techo alto, altísimo.
La observé desde la puerta. Intenté contar las bellotas. Vik me estudiaba a mí.
—Pasa —dijo, a saber cuánto tiempo después.
Entré .
Lo primero que hice fue acercarme a la ventana. Hyde Park, verde, inmenso, estaba al otro lado. Podía ver los jardines.
Impresionante.
Avancé despacio por la habitación. Me sentía como si estuviera en un museo. En cierto modo, lo estaba. Había arte en las paredes, arte de verdad, no los típicos floreros o los cuencos llenos de fruta que veía en los hoteles en los que solía alojarme.
El techo era un fresco. Sendas de carruajes, caballos, el puñetero siglo XIX mirándote desde arriba. La escena cobró vida por un segundo mientras la miraba. Juro que oí el trote de esos animales.
Me alejé de ahí antes de que me aplastaran.
Nadie dijo una palabra.
Paseé los dedos por la parte superior del escritorio. Estaba forrada en cuero. Ya no se usaban muebles así. Tal vez los reyes aún lo hicieran. No lo sé.
Entré en el baño. Era de mármol exquisito, con una bañera oval independiente en medio. Me senté en el borde. Abrí el grifo con un dedo. El agua salió caliente. Alucina. En mi piso necesitaba diez minutos para calentarse, los diez minutos que me tomaba yo para retocarme las cejas.
Vik estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos, alto, moreno, completa e innecesariamente guapo.
No me había quitado los ojos de encima desde que había entrado por la puerta y me había puesto a toquetearlo todo. Me miraba con fascinación.
—Estoy abrumada —admití .
Guardó silencio.
Al final, abismos de tiempo después, susurró:
—Yo también.
Me levanté, fui hasta él y le cogí el rostro entre las manos. Era lo único que aún no había tocado.
Su piel era cálida. La mandíbula raspaba un poco. Me gustaba sentirlo áspero bajo mis dedos.
—Fóllame —le pedí mientras escrutaba la oscuridad que ardía en sus pupilas.
Nada cambió en su rostro. No vi alivio ni regocijo. Supongo que no le pedía nada que no esperaba que le pidiera.
Me empujó despacio contra la pared. No me resistí. Me besó. Lo empujé hacia atrás. Luego lo atraje de nuevo hacia mí, y volvió a besarme. Me sujetó el mentón con una mano para obligarme a mirarlo a los ojos mientras me tocaba como si lo supiera todo sobre mí.
De repente sentí la necesidad de huir. De romper aquella conexión tan intensa y extraña.
—Podemos…
—¿Qué ocurre?
—Yo no…
—¿No follas con luz? —me preguntó, con una pequeña sonrisa de lado.
Me lo quedé mirando unos segundos, casi desafiante. Mis ojos marrones encajados en los suyos. Mi pecho subiendo y bajando violentamente contra el suyo. Aún me sujetaba por la barbilla.
—No.
—¿Nunca ?
—No.
—¿Alex no quiere mirarte?
—Ya llevamos un tiempo juntos. Nos hemos acomodado.
—Jamás dejaría que nos pasara algo así.
Solté una risa vacía. Su otra mano estaba entre mis piernas. Dentro. Sus dedos no dejaban de acariciarme.
—Vik. No hay un nos .
Retiró la mano. Sonrió para sí. Puede que me lo imaginara. Apenas movió los labios.
Cogió mi rostro entre las manos, aunque con tanta suavidad que no estaba segura de que me estuviera tocando realmente. A lo mejor solo sentía su piel cerca de la mía, igual que sentía su respiración en mi boca. Igual que imaginaba su sonrisa.
—Willa —murmuró un buen rato después, mientras sus dedos se cerraban alrededor de mi garganta. No apretó, solo echó mi cabeza hacia atrás hasta que nuestros labios estuvieron a punto de encontrarse—. Estoy aquí. Claro que hay un nosotros.
—¿Con aquí te refieres a esta habitación?
Su pulgar encontró el punto de mi garganta donde la piel es más fina, donde late la vida y los deseos, y se quedó ahí, sintiendo la rapidez con la que bullía mi sangre. Él sabía por qué latía tan enfebrecido mi pulso. Lo vi en la curva medida que le asomó en las comisuras.
—Me refiero a Londres, doc.
Doc. Qué capullo. Yo nunca iba a ser una doc.
—Dijiste que estabas en la ciudad por un trato que tenías que cerrar .
—Este es el trato, Willa, y lo estoy cerrando.
Me folló. Ahí mismo. No fue violento. Tampoco gentil. Fue más de lo que esperaba. Lo fue todo porque durante un cuarto de hora, la parte de mí que siempre se mantenía al margen, la que observaba desde fuera, desmembrando la escena con frialdad clínica, sin conseguir implicarse en ella, desapareció.
Más tarde solo recordaría retazos. La textura de su camisa bajo mis dedos cuando se la arranqué. Su mano en mi pelo o en mi garganta. Su boca poseyendo la mía. La firmeza de la pared contra la que me incrustó.
Que nunca cerré los ojos.
Que él nunca dejó de mirarme.
Después me quedé quieta, con la mejilla apoyada contra su pecho, escuchando los rápidos latidos de su corazón.
Sus brazos me mantuvieron pegada a él. Su respiración todavía sonaba áspera.
No pensé en Alex ni por un segundo. Mi vida antes de Vik ya no existía.
Ni yo misma existía ya fuera de aquella suite.
*****
—Vayamos a cenar a París —me soltó al día siguiente. Como si dijera ¿pedimos comida china para llevar?
—No puedo hacer algo tan loco —le respondí con una risita.
Tenía bastante flexibilidad laboral, pero aun así había tenido que cancelar un seminario para estar con él. Si por el día me veía obligada a hacer ajustes, por la noche de ningún modo podía irme. ¿Qué iba a decirle a Alex ?
—¿Por qué no?
—Porque no.
—¿Es por tu novio? —murmuró mientras me llenaba los pechos de espuma.
Estábamos en la bañera oval de su suite. Él, sentado a mis espaldas, con la boca en mi hombro. Yo, encajada entre sus piernas. La música llegaba desde el salón. Le gustaba Bowie. ¿Y a quién no?
—Claro que es por mi novio.
—Hmm.
Siguió cubriéndome de espuma. Su lengua no tenía ninguna prisa en el lóbulo de mi oreja.
—¿Cómo está tu novia? Hacéis muy buena pareja. Estabais muy guapos los dos en el Festival de Cine de Venecia.
No sé por qué se la mencioné. Celos, supongo.
O rabia. Ella podía tenerlo y yo no. No era tan inconsciente como para pensar que nuestra aventurilla fuera a acabar bien.
Solo tenía que mirar a mi alrededor. Aquel era su mundo, no el mío.
Nosotros éramos una fantasía. Las fantasías no duran.
Una vez cumplidas, dejan de brillar. La realidad es mate.
Vik me giro hacia él sin decir nada. Las manos firmes en mis caderas y el agua moviéndose entre los dos, saliendo por el borde de la bañera cuando me deslizó hacia abajo hasta convertirnos en uno de golpe. Separé los labios para respirar, y él acercó la boca a la mía.
—¿De qué novia me estás hablando?
—De la que tienes .
—Solo te tengo a ti. No necesito a nadie más, Willa. Solo tú y yo. ¿No sería genial? Piénsalo. Creo que somos almas gemelas.
—No creo en las almas gemelas.
Me besó despacio, con la calma de alguien que sabe que va a ganar esta batalla.
*****
—He reservado mesa para cenar en uno de mis restaurantes favoritos—me informó media hora más tarde mientras se anudaba la corbata—. Si queremos llegar a tiempo, hay que ponerse en marcha.
Lo miré desde la cama. Mi cuerpo se debatía entre el dolor y el placer que aún me atravesaba en oleadas. Mi mente no dejaba de devolverme imágenes del sexo arrasador que acabábamos de tener en la bañera.
—¿Y qué le digo a Alex?
—Que necesitas unos días para ti.
—Me esfumo. Así, de la noche a la mañana.
—¿Qué le debes a ese tío?
—¿Qué te debo a ti?
Frunció el ceño. En el fondo se le veía divertido. Había un brillo guasón en su mirada. Le gustaba que me resistiera.
—Yo soy tu alma gemela.
—Deja de decir tonterías. No puedo ir a París contigo. No puedo dejar toda mi vida en pausa solo porque tú hayas aparecido en Londres con tu ropa de sastre y tu jet privado.
—Willa .
—Vik.
Le sostuve la mirada, divertida. Y él a mí, paciente.
—Una palabra. París.
—Dos palabras. Ni hablar .
—Qué negociación tan dura.
Se recreaba en nuestro enfrentamiento. Lo vi en sus comisuras.
—¿Te divierte no conseguir lo que quieres?
—Es tu empeño lo que me divierte. Resulta realmente entretenido ver cómo intentas convencerte a ti misma de que no deberías querer lo que quieres.
—Eso es manipulación.
—Es primero de Psicología.
Me acerqué a él hasta que nuestras narices se rozaron. De cerca, sus ojos tenían un matiz verdoso.
—A ver si lo entiendes ahora. No.
—Mmm.
Me aguantó la mirada con esa expresión que oscilaba entre el humor y la certeza absoluta de que ya había ganado la pelea. Me resultaba irritante aquella expresión. Y devastadora, teniendo en cuenta lo sexy que lo hacía parecer.
—¿Qué significa mmm ? —le solté, irritada.
—Que te he oído y que lo estoy considerando.
—No hay nada que considerar.
—Siempre hay algo que considerar.
Terminé sonriendo, y él también.
—Creo que estamos en punto muerto —señalé.
Hizo un gesto de desdén.
—Nadie dijo que fuera a ser fácil .
—Debería irme a casa.
—Muy bien. —Retrocedió unos pasos y me analizó desde ahí con calma—. Solo por curiosidad. ¿Por qué me estás diciendo que no?
Me lo pensé unos segundos.
—Porque no sé adónde nos llevaría un sí.
—¿Y no te gustaría averiguarlo, doc?