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…en mi cumpleaños

Cumplía veinticinco años. Alex y Maya me habían montado una fiesta sorpresa de la que acababa de escaparme. El pub estaba en el centro de Londres. Se podía subir a la azotea. No había nadie ahí arriba porque hacía un frío de narices. Por fin un sitio en el que no había nadie.

Apoyé las manos en la balaustrada y contemplé la ciudad, las luces amarillas que se extendían hasta donde alcanzaba mi vista.

Nueve millones de personas ahí abajo, cada una con sus propios problemas y sus desastres.

¿Alguien era feliz?

Me envolví en el abrigo de Alex, lo primero que había pillado antes de salir corriendo, y respiré hondo. La ciudad siempre olía a lluvia, aunque no lloviese.

El ruido sordo del tráfico era reconfortante. Intenté concentrarme en él para evitar pensar en chorradas.

—Feliz cumpleaños, Willa.

Me quedé paralizada. Esa voz se le parecía demasiado a la que yo había estado imaginando.

Pero era absurdo. No, no podía ser.

Me giré, con el corazón desbocado.

Sí podía ser, porque él estaba justo ahí. Mirándome. Tan tranquilo.

Oscar Wilde decía que a veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y que, de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante. Un momento en el que la vida da un giro total y lo que había antes ya no existe.

Lo reconocí mientras ocurría. Mientras yo lo miraba a los ojos y él me aguantaba la mirada con ese sosiego que parecía caracterizarlo, y los ruidos de la ciudad a mis espaldas se difuminaban hasta convertirse en un eco lejano e irrelevante, supe que Vik iba a dinamitarme la vida.

Y le sonreí.

—Hola.

—Hola —me dijo con voz suave.

Había construido una versión de él en mi cabeza, una adaptación detallada y conveniente.

La realidad no se le parecía demasiado. Era más alta, más brutalmente atractiva, con una mirada aún más intensa que me recorrió entera, como si mi cuerpo fuera un código encriptado que solo él sabía interpretar.

Me tocó por todas partes sin moverse del sitio.

Yo quería que se moviera, quería abrazarme a su pecho.

Pero se mantuvo inmóvil, con las manos en los bolsillos. Estaba arremangado, pese al frío que hacía. La tela de su camisa blanca se movía con el viento. Mi pelo, también.

—Tomemos algo —propuso tras un tiempo incalculable.

Y yo lo seguí.

¿Hacia dónde? No tenía ni idea. Me cogió por la muñeca y yo me marché con el abrigo de mi novio.

Anduvimos por la calle en silencio. Lo miraba todo el rato. Me sentía mareada. Como cuando el suelo se mueve tan deprisa que tardas un segundo de más en comprender que te encuentras en medio de un terremoto. Ese segundo es vital para ponerse a salvo. Yo no me moví .

Sí, lo hice. Para cruzar la puerta que él acababa de abrir para mí. ¿Adónde conducía? Creo que ni siquiera me lo planteé. Lo habría seguido a cualquier parte.

El bar era moderno. Diferente a los sitios que solía frecuentar. Yo acostumbraba a escoger pubs que olían a rancio. Aquí las luces eran bajas. La gente vestía bien. Sonaba la clase de música que hace que quieras perder la cabeza.

Vik pidió una botella de champán. Del de verdad. También pidió un postre.

—Con chocolate —le especificó al camarero.

Estaba fascinada. Lo miraba como mirarías algo hermoso que no pertenece a este mundo.

Se sacó una vela morada del bolsillo, la clavó en el trozo de pastel y la encendió con un mechero. Venía preparado.

—Pide un deseo.

Me lo quedé mirando. Sus ojos oscuros, las luces y las sombras del local jugando sobre su rostro apuesto, lo serio que estaba. Se lo tomaba como si fuera algo muy importante.

—No sé qué pedir.

—Algo que desees de verdad.

Me lo pedí a él.

Luego apagué la vela.

Vik esbozó una sonrisa de lado, pequeña, apenas perceptible.

—Así que veinticinco. ¿Te sientes sabia?

—No mucho. ¿Y tú?

—No recuerdo lo que sentí al cumplir tu edad. Fue hace tiempo .

—Dime qué sientes ahora.

—¿Ahora? Ganas de besarte.

Sus palabras me atravesaron. Yo sentía lo mismo. Necesitaba desesperadamente besarlo.

Nadie se movió. Mis ojos no se apartaron de los suyos.

—¿Qué haces en Londres?

—Tenía que cerrar un trato.

—¿Cómo supiste dónde estaba?

—Por tu Instagram.

—¿Y cómo supiste que estaría en la azotea?

—Intuición. ¿Dónde iba a estar una chica que siempre huye?

—Yo no huyo.

—No. Tú corres. Suena menos peligroso.

Dejé pasar unos segundos. Supongo que lo estaba asimilando.

—¿De qué crees que huyo?

—De lo que sientes. De lo que más deseas.

Era directo. Demasiado, a veces.

Me presioné la boca con los nudillos. Un gesto de cuando era niña. Detrás, sonreía.

—¿Qué crees que deseo?

—¿Sinceramente? Ganas de devolverme el beso.

Le mostré mi sonrisa.

Después, me tomé la copa de champán y me comí la tarta. Yo sola. Él apenas la probó.

—Gracias por esto. Necesitaba…

—¿Algo más íntimo?

—Supongo que sí.

—Había mucha gente en tu fiesta .

—Demasiada —admití, colocándome un mechón de pelo tras la oreja. Sonrió para sí al fijarse en mi gesto—. ¿Qué?

Negó. Algo en su mirada se había calentado.

—Me gusta mirarte. Me fascina.

—No estoy haciendo nada fascinante.

—Cada cosa que haces es fascinante.

Callé unos segundos.

Lo miré.

Volví a ocultar la sonrisa tras los nudillos.

—Se me hace raro esto —dije al final.

Frunció el ceño.

—¿El qué?

—Estar aquí contigo. Descubrir que eres real.

—¿Hasta ahora pensabas que no lo era? —me replicó, divertido.

—Cuando era pequeña, muy pequeña, realmente pequeña, me preguntaba cuánto dinero habían pagado mis padres para que esa gente viviera en el interior de nuestra televisión. Debía de ser mucho para que les compensara abandonar a sus familias.

Vik se mordió el labio. Intentaba no reírse.

—Mm-hm.

—Tú eras la gente del interior de mi móvil. Y ahora estás aquí. Podría tocarte.

—Pero no lo estás haciendo.

—¿Te gustaría?

Contuvo la sonrisa. Sus ojos estaban en los míos. No me respondió. No hacía falta .

—¿No te ha ocurrido lo mismo conmigo? —le pregunté al cabo de unos segundos. Necesitaba volver a un terreno más seguro.

—No. Para mí siempre has sido real, Willa.

Me pidió que lo acompañara a su hotel. Que pasara ahí la noche de mi vigesimoquinto cumpleaños. Me aterraba lo mucho que quería decirle que sí.

—No puedo hacerlo. Estoy con Alex, ya lo sabes.

—Mañana.

—Vik…

—¿Willa?

*****

Aquella noche soñé que la pared de nuestro salón se llenaba de bichos. Era repulsivo. Y enseguida llegaron unas moscas grandes, horribles, que arraigaron ahí en nidos como de avispa, atraídas por una plaga de la que se alimentaban.

Nada consume sin ser consumido. Todo ser vivo tiene su depredador, algo que llega después, observa paciente sus movimientos y, cuando los tiene estudiados, ataca y aniquila. En la naturaleza no existe el mal. Es cuestión de equilibrio.

Las moscas resultaron ser peores. Devoraban no solo a los bichos, también se comían la pared.

Y ahí estaba yo mientras ellas descubrían las feas entrañas del apartamento, los hierros enredados como venas, las vísceras, el putrefacto esqueleto de la casa.

No hice nada. Solo miré el agujero .

Me desperté sudando.

Tardé unos segundos en comprender que lo que sentía a mi alrededor eran los brazos de Alex, protectores, alejándome de mi pesadilla.

—Chiss. Tranquila, cariño —murmuró con los labios pegados a mi sien—. Solo es un mal sueño.

Al día siguiente había quedado con Vik en su hotel.