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…en mis fantasías

Alex y yo nos fuimos de vacaciones. Por fin sol y playa. Nunca había estado en Málaga. Parecía un sueño de los buenos.

Las calles del centro eran estrechas y antiguas. Las noches andaluzas olían a jazmín. Comíamos a las tres de la tarde en terrazas que daban al mar. Quería quedarme a vivir ahí para siempre, sin preocupaciones, sin horarios, sin pensar.

Todo el mundo hablaba alto y reía a carcajada limpia, y nadie sabía quién era yo. La luz del sol me llegaba de otra manera. Estaba obligada a sentirlo sobre mi piel. En cierto modo, me penetraba. Había algo voluptuoso en todo aquello.

Recostada en la tumbona, contemplando la piscina del hotel, el agua turquesa que reflejaba el cielo, me sentía como si me hubiese pasado la vida entera en la oscuridad.

Alex hacía largos.

Me hizo un gesto para que lo acompañara. Negué con la cabeza. Dio por hecho que estaba cansada y siguió nadando solo, tan feliz.

Puede que estuviera cansada.

Salíamos a cenar todas las noches y volvíamos en plena madrugada.

Al día siguiente tocaba volver a patearse las calles a pesar del calor y la resaca.

Me encantaban los patios interiores, con sus macetas apiñadas, los azulejos antiguos y los colores alegres. Me encantaba esa idea de que la mejor parte de la ciudad estaba escondida, a solo dos metros de la calle, disponible solo para aquellos que sabían cómo encontrarla. Era otro mundo.

Y el sol…

El sol se posaba sobre mi piel como una mano. Era casi obsceno.

Llevaba todo un mes sin hablar con Vik.

Me sentía como si estuviera en una clínica de desintoxicación. Como aquella vez que decidí revisar qué productos del baño me acabarían provocando un tumor y los acabé tirando todos. Menudo alivio. Ya nunca iba a tener un bulto.

Al menos, no hasta que volví a comprar otras cremas.

*****

Alex me llevó a escuchar flamenco. Estaba un poco achispado. No dejaba de mirarme con una sonrisa a medio esbozar que solo él sabía a qué se debía.

—¿Qué? —dije al final.

—Te quiero.

No lo dices en serio.

Fue lo primero que se me pasó por la cabeza.

—Yo también.

Solté lo segundo que se me ocurrió. Sonaba mejor.

Su sonrisa aumentó un poco. Alargó la mano y me rozó la mejilla por encima de la mesa .

Esa era la vida real. Alex era real. Vik era una fantasía. Vik no estaba ahí. No podía tocarlo. Más valía que lo recordara.

Puse la palma encima de su mano y le devolví la sonrisa.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué dejaste a tu novia?

—¿A qué viene esa pregunta ahora?

—Nunca hemos hablado de ello.

Se me quedó mirando.

Durante unos segundos, solo tuvimos la sensualidad oscura, casi dolorosa, del flamenco.

—Me enamoré de otra.

—Alex…

—No pude evitarlo. No soy de esos, ¿sabes?

—¿Y si vuelve a ocurrirte?

—Lo dudo.

—¿Cómo es que estás tan seguro?

—Hay cosas que solo ocurren una vez en la vida.

Pues qué deprimente , pensé.

Pero, ¿qué iba a saber yo, que nunca me había enamorado? O puede que sí. De una fantasía.

*****

Aquella noche Alex me hizo el amor. Fue atento y cuidadoso y dijo mi nombre con una ternura que me resultó casi insoportable.

Yo estaba ahí sin estarlo de verdad. Había otra persona en mi mente.

Estoy enamorado de ti, Willa.

Veía sus labios cerca de los míos.

Sentía sus manos en mi piel, en mi pelo. Sus dedos me recorrían el rostro.

Estoy enamorado de ti, Willa.

Me aferré a él con los ojos cerrados mientras Alex me follaba por los dos. Era la cosa más cruel que había hecho nunca.

Y no paré.

No podía. Necesitaba más que unas migajas. Lo quería todo.

Lo tumbé en la cama, y tomé el control. Movía las caderas por puro instinto.

No había límites. Mi cuerpo por fin ardía.

Solo que no era Alex quien lo había encendido, sino Vik.

Sin estar presente, sin tocarme, sin besarme ni una sola vez, había despertado algo dentro de mí, no sabía si llamarlo deseo u obsesión.

Ambas cosas me parecían igual de peligrosas.

Tuve un orgasmo brutal, y luego dormí durante ocho horas seguidas. Como si todo encajara por fin.

Puede que lo hiciera.

*****

—Estoy teniendo un despertar sexual.

Maya me arqueó las cejas por encima de la taza de café. Estaba más relajada que nunca, la pillé de vacaciones. Fuera hacía sol. Estábamos en su terraza. Había heredado el piso de su abuela, y tenía el balcón lleno de flores. También heredadas. Sospechosamente vivas .

Yo era horrible con las plantas. Mi madre siempre me decía: Willa, no tengas hijos ni plantas .

Y yo pensaba: lo mismo digo , puta psicópata.

—Así que tu novio el buenorro ha sabido encontrar la tecla.

—No, no es cosa suya.

Mi amiga se enderezó en su silla de Ikea.

Sabía que era de Ikea porque habíamos comprado aquel juego de mesa y sillas juntas, y yo la había ayudado a pintarlo de turquesa.

Maya decía que el turquesa le recordaba a los veranos de su infancia.

En Ikea no había nada parecido que costara menos de doscientas libras, así que pillamos lo más barato, un bote de pintura y ella consiguió lo que quería.

Fue idea mía. A veces me daba por la practicidad.

—¿Qué quieres decir con que no es cosa suya?

Se lo conté todo desde el principio.

Me escuchó. El sol se acabó poniendo entre los edificios. Olía a verano. Me sentía sexy con mi vestido naranja de viscosa, mi piel bronceada y mi cuerpo renovado.

El deseo era constante desde que había vuelto de España. Alex estaba agotado. Decía tener una edad.

—Eres mayorcita. No voy a decirte que tengas cuidado. Pero ten cuidado.

—¿Por qué?

—Es un desconocido.

—No es un desconocido. Lo conocen, literalmente, millones de personas.

—Seguir a alguien en las redes no es lo mismo que conocer, Willa. La gente sigue a asesinos en serie sin saberlo, y a estafadores, y a toda clase de personajes. Las versiones maquilladas que ves en pantalla pueden no ser reales fuera de ella.

Por eso era la más sensata de las dos. Por eso y porque había acabado Medicina.

*****

Mi despertar sexual acabó en otoño. Londres se volvió brumoso y Alex empezó a trabajar hasta tarde, como antes.

Estaba agotado los fines de semana, y yo volví a mi vida gris, en mi apartamento gris, con mi trabajo gris, y todo dejó de importarme.

Otra vez. Casi se me había quitado el bronceado.

Ya no recordaba lo que era que el sol tocara mi piel.

Una noche estaba en la cama con el portátil sobre las rodillas, contestando e-mails de trabajo. Alguien de recursos humanos quería contratar un seminario. Alex llegaba tarde de nuevo. Llevaba semanas hasta arriba de trabajo.

Cuando se encendió la pantalla del móvil, lo cogí pensando que era él.

Pero era Vik.

Vik: ¿Eres feliz?

Yo: ¿A qué viene eso?

Vik: Es una pregunta sencilla. Y siento curiosidad. ¿Lo eres?

Yo: Estoy bien.

Vik: No te he preguntado si estás bien .

Salí de Instagram, dejé el móvil en la mesilla y le di un sorbo a mi copa de vino. No pensaba contestarle.

Lo hice en plena madrugada. Alex dormía a mi lado.

Yo: No. No mucho.

Vik: Lo sé.

Yo: ¿Y para qué me lo preguntas entonces?

Vik: Quería que tú también lo supieras.

Cabrón.