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…en la vida real

Maya era mi única familia. Tenía una madre con la que no hablaba desde hacía año y medio.

No me había perdonado que dejara Medicina.

Para dedicarme a… ¿qué exactamente? Cursillos para adultos.

Lo soltaba con el mayor de los desprecios.

Lo de los seminarios corporativos no le parecía un trabajo de verdad. Era una fase en el mejor de los casos.

Cuando se es neurocirujana, cualquier cosa te parece insuficiente.

Mi madre era una eminencia en su campo.

Mi padre también lo era —en cardiología— antes de que ella se lo cargara.

Conducía el coche. Él murió. Yo dejé Medicina.

Una copa de vino lo desencadenó todo. Si hubiese estado sobria, habría encontrado la forma de perdonárselo.

Quizás.

No es que intentara disculparse, de todos modos. Fue un accidente. Lo provocó el otro coche al saltarse el stop. No era culpa de nadie. Las cosas ocurren sin más.

Yo solo sabía que ella había bebido. Que estaba cansada después de una operación de siete horas. Que era una psicópata. Que me había quitado a la única persona que me quería y apoyaba.

Llegó Maya, corriendo y ruborizada, y dejé de pensar en ello.

—Joder, lo siento. ¿Llevas mucho tiempo esperando ?

—Tranquila. Acabo de llegar —mentí. A veces es bueno mentir—. ¿Vamos dónde siempre?

—Sí. Necesito una copa lo antes posible.

—¿Un día duro?

La miré mientras nos abríamos paso entre la gente. Llevaba el pelo rubio recogido de cualquier manera, y tenía unas ojeras horribles, violáceas.

—Las putas guardias me tienen frita. No duermo, no como, no cago… Ya ni menciono el follar. Me parece que he vuelto a ser virgen.

Se me escapó una risita.

Maya llevaba dos años de residente en urgencias. El NHS no era un trabajo. Era una condena.

Yo podría haber tenido la misma vida que ella.

—Y tú, ¿qué? ¿Cómo te va con los seminarios?

—Va.

No insistió. Puede que, al igual que mi madre, pensara que se trataba de una fase.

Ella siempre había sido la sensata. No porque llevara en el mundo quince meses más que yo, sino porque se le daba mejor seguir el camino recto.

A mi madre le hubiera encantado tenerla de hija. Alguien tan tenaz y ambiciosa como ella. Qué maravilloso. No le quedaba otra que conformarse conmigo. Me regodeé al pensarlo.

Puede que lo de los seminarios fuese una fase, después de todo. Puede que buscara castigarla.

Abrí la puerta del pub y dejé que ella pasara primero. Me lo agradeció con una sonrisa exangüe.

Nos sentamos en la primera mesa libre que pillamos, pedimos nachos con queso y unos Aperol .

La tele colgaba suspendida en un rincón —la BBC, titulares que nadie leía—, y por los altavoces Wham! hacía lo que podía por animarnos.

Maya y yo nos miramos sin saber muy bien qué decirnos. Creo que las dos habíamos tenido un día absurdo.

—Dos Aperol para dos chicas guapas —me sobresaltó el camarero.

Mi amiga se bebió el suyo con la rapidez de alguien que realmente lo necesitaba.

Le hice un gesto al hombre y enseguida le trajeron otra copa.

—Y, por lo demás, ¿cómo te va? —preguntó por fin.

Me encogí de hombros.

—Poco que contar. Necesito vacaciones.

—¿Y quién no? ¿Aún te ves con Alex?

—De vez en cuando.

Sorbió de su copa. Parecía dispuesta a saborearla esta vez.

—¿Te gusta?

Pensé en ello. ¿Me gustaba, o era otra fase?

—No lo sé. Sí, me gusta.

—¿Te ves saliendo con él en el futuro? Quiero decir… ¿fuera de tu apartamento?

—Solo si deja a su novia.

Se echó a reír.

—No deberías joder con gente que tiene novia.

—Sinceramente, no debería joder con gente en general .

Me clavó una mirada penetrante en las retinas.

—Sigues sin pillarle el truco al sexo, ¿eh?

Me recogí el pelo castaño, me lo retorcí y lo sujeté en la nuca con la goma que llevaba en la muñeca.

—No es que no lo disfrute. Solo que no entiendo a la gente que hace un mundo de ello. No es para tanto.

—Si recordara cómo es, podría opinar.

Me reí, y ella también.

—Oye, ¿qué fue de ese paramédico cachas con el que te enrollabas antes?

Hizo una mueca.

—Descubrí que está casado.

—Típico de los tíos. Todos los que valen la pena están casados.

— See. Por eso alguien los ha retirado del mercado. Te están escribiendo.

Cogí el móvil, y de repente el bar se convirtió en un decorado. Maya era un decorado. Mi vida entera era un puñetero decorado.

Lo único que parecía real era su nombre en mi pantalla.

Vik .

Hacía semanas que lo seguía, y por algún motivo ahora me estaba escribiendo.

Vik: Así que dejaste medicina.

Yo: Así que miras perfiles de desconocidas.

Vik: Solo los interesantes.

Yo: ¿El mío lo es?

Vik: No lo sé. Intento averiguarlo.

Yo: Qué honesto .

Vik: Suelo serlo. ¿Por qué lo dejaste?

Yo: Eres un poco directo, ¿no crees?

Vik: También podemos hablar del tiempo.

Yo: Me aburrirías. En Santa Bárbara siempre hace sol.

Vik: Ja ja ja. ¿Quién mira perfiles de desconocidos ahora?

Yo: Me has pillado. Puede que haya fisgoneado un poco en el tuyo.

Vik: ¿Por qué?

Yo: No lo sé.

Vik: Yo creo que sí lo sabes.

Yo: Ah, ¿sí? ¿Y qué crees que sé?

Visto a las 22.51.

Esperé.

Recargué.

Volví a esperar.

Al final puse la pantalla bocabajo para dejar de comprobarla todo el rato. Estaba decepcionada. Había entrado fuerte y luego se había esfumado.

A lo mejor había decidido que yo no era interesante.

Él era el tipo de hombre para el que se había inventado Instagram.

Yo, alguien que dejó Medicina y ahora impartía seminarios por las empresas de Londres.

No teníamos mucho en común. De hecho, no teníamos nada.

Él pilotaba avionetas. Lo más arriesgado que había hecho yo en toda mi vida había sido irme a la campiña en plena época de garrapatas.

Y porque mis padres me habían arrastrado.

Maya también estaba con el móvil cuando la miré. Las redes te absorben .

—¿Pedimos otra?

Intenté sonar animada.

—Claro. Perdona. Estaba hablando con Maud.

—¿La profe de pilates?

—Mm-hm.

—¿Cómo le va?

—Pues verás qué drama.

Fuimos las últimas en salir del bar.

*****

Estaba acostada cuando me llegó su contestación. Eran las cinco de la mañana.

Vik: Creo que te gusto.

Me cubrí el labio inferior con los dientes y sonreí. No pensaba contestarle. Era mejor que probara de su propia medicina.

Apagué la pantalla, pero enseguida volvió a encenderse. Otro mensaje de él. Tardé medio segundo en abrirlo.

Vik: Que duermas bien, Willa. Y, si sueñas conmigo, espero que sea un sueño satisfactorio.

Me reí por lo bajo, envuelta en mi edredón.

Era gracioso. Y muy arrogante. No pensaba soñar con él. ¿Para qué? Nunca lo conocería. Nuestro coqueteo solo podía acabar en sexo telefónico. Tarde o temprano me enviaría una foto de su polla .

Vivíamos en continentes distintos. Mejor lo dejábamos ahí.

Pero no había estado mal. Era la primera vez que reía sin que algo me apretara el pecho.

Lo dejé en visto y no pensé más en él. Yo estaba en el mundo real. Él no existía fuera de mi pantalla. No era una persona de carne y hueso. Solo una idea, una fantasía. Un sueño del que me acabaría despertando.

Al día siguiente me di cuenta de que él también me seguía. No hablamos más.