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…en las redes

En Londres llevábamos quince días sin ver el sol. Me pregunté si se había marchado a algún lugar mejor. Soleado, quizá.

No podía quitarme de la cabeza una foto que había visto en el Instagram de alguien. Arena blanca, agua turquesa, cero presencia humana...

Lástima que no estuviera ahí.

La sala en la que me encontraba estaba llena. Treinta personas esperaban que dijera algo interesante. Qué desperdicio para todos.

Eran las seis de la tarde.

A mi espalda, la lluvia torrencial convertía las calles en ríos. Lo sabía sin necesidad de mirar. Notaba el frío que emanaba del cristal.

La playa quedaba tan lejos que, al igual que el sol, no sabía si existía de verdad.

Ocho segundos. Es el tiempo de atención medio de un ser humano hoy en día. Menos que el de un pez de colores, según dicen.

Así que tenía exactamente ocho segundos para convencerlos de que valía la pena escucharme.

—Nos llamaron la Generación Zeta —empecé desde mi atril—.

Nacimos después de la caída del Muro y aún llevábamos pañales cuando derrumbaron las Torres Gemelas y el mundo se vio obligado a declararle la guerra al terrorismo.

Aterrizamos en plena era digital. Nuestras madres chateaban en el MSN mientras esperaban el aumento de las contracciones.

No os riais. No es broma. Todo el mundo lo usaba a finales de los noventa.

Se produjo una pequeña pausa. Me quedé en blanco. Bajé la mirada hacia la chuleta y busqué deprisa el párrafo en cuestión. No me costó localizarlo. Memoria visual.

—Hay quienes dicen que somos la mejor y más preparada de las generaciones —proseguí, levantando la mirada hacia mis oyentes con una sonrisa leve—.

Que, a diferencia de nuestros antepasados, los estigmatizados, individualistas y aburguesados millennials , hemos avanzado en materia de igualdad, derechos humanos, tecnología y tolerancia.

Decimos no al machismo, sí a la diversidad y, por supuesto, protestamos por cualquier cosa. ¿Habéis visto las redes últimamente?

Sus risitas me hicieron detenerme.

Aproveché para cuadrar los hombros. Buscaba proyectar una pose relajada, parecer cercana. Es lo que hacen los buenos oradores.

Todo estaba ensayado. Incluso las pausas. Sabía cuándo debía mirar hacia la derecha. Cuándo enfocar un rostro a mi izquierda. Cuándo sonreír. Yo era como ellos. Una de ellos.

Y me estaban escuchando.

—Nos tildan de irreverentes porque nos lo cuestionamos absolutamente todo.

No nos satisfacen respuestas del tipo porque así lo hemos hecho siempre.

Disculpad si pretendemos mejorar el sistema.

No es rebeldía ni anarquismo. Es que nosotros tenemos algo que las demás generaciones no tenían: información.

Algoritmos complejos, gigabytes , cada vez más y más velocidad de red.

Los datos están en todas partes, a un solo clic de distancia.

Lo que quieras, cuando lo quieras. Pregúntaselo a ChatGPT y te lo dirá.

Sé que lo hacéis. Lo veo en vuestros ojos.

Preguntáis gilipolleces como… ¿ cuál es la criptomoneda que más va a subir este año? ¿A que sí?

La sala entera se echó a reír. Incluido el CEO, que era el tipo más seco que había visto en toda mi vida.

—La información, al menos la que se os puede dar, está siempre ahí, a vuestro alcance, pero tenéis que aprender cómo exprimirla.

El primer bloque de este seminario se centra en redes sociales.

El segundo, en cómo trabajar con la IA. Ya sé lo que estáis pensando, zetas.

Que el primer bloque está chupado. Subís fotos a Instagram todos los días y eso os convierte en expertos.

Igual que conducir a diario en hora punta por la A40 me convierte a mí en piloto de Fórmula 1, ¿verdad?

De eso nada. Me llamo Willa Cassidy y vuestros jefes me han contratado para convenceros de que no, no lo sabéis todo. Ese es, literalmente, mi trabajo.

*****

Acabé el seminario unos cuarenta minutos después.

Los nuevos empleados salieron en estampida.

Ni que el edificio estuviera ardiendo. Sonreí a los jefes a través de las gafas de montura negra —que solo me ponía cuando estaba delante de una pantalla o si pretendía parecer más interesante de lo que era—.

El CEO me dijo que había sido una charla productiva. Farfullé una especie de agradecimiento.

Al quedarme sola en la sala, amontoné mis cosas en el bolso, me guardé las gafas en el estuche y, con el móvil en la mano —típico de los zetas—, apagué las luces y eché a andar hacia el ascensor.

El edificio parecía estar vacío.

Y, sin embargo, tenía la molesta sensación de que alguien me vigilaba, de que me había convertido en el objetivo de unos ojos.

Miré atrás, por si había algún rezagado. No vi a nadie, solo un pasillo en penumbra.

La cámara de la esquina me apuntaba de lleno. Me la quedé mirando, desafiante. No tenía forma de saber si alguien me estaba viendo al otro lado. La luz roja parpadeaba, rítmica e invariable.

Me sobresalté cuando se abrió el ascensor, lo cual era ridículo. Tenía veinticuatro años. Un poco mayor para tenerle miedo a la oscuridad, ¿no? Entré, presioné el botón de la planta -2 y me volví. La cámara seguía enfocándome. Le lancé un beso, y entonces se movió. Lo justo como para responderme.

Te estoy vigilando.

Se cerraron las puertas y el ascensor bajó deprisa. Acabé esbozando una sonrisa.

*****

Llamaron al timbre .

Dejé la copa de vino sobre la mesa y me dirigí a la puerta. Estaba descalza, solo llevaba puesta una camiseta que me llegaba hasta la mitad del muslo, y notaba el suelo frío del apartamento bajo mis pies.

Abrí. No recordaba haber quedado. Aun así, le sonreí al hombre alto y moreno que tenía un brazo apoyado contra mi marco.

—Hola —dijo mientras repasaba mi indumentaria con mirada juguetona.

Creo que nunca me había visto tan hogareña. Yo no era la realidad de nadie, era la fantasía, la que se ponía lencería sexy.

—Hola. No te esperaba esta noche.

—Ya lo veo. No llevas maquillaje.

—No tenía a nadie a quien impresionar.

Se le arrugaron las comisuras.

—Estás guapa.

—Y tú.

Se llamaba Alex.

No éramos novios. Solo nos lo montábamos cuando conseguíamos cuadrar agendas, algo que ocurrió justo después de nuestro breve intercambio de palabras.

Me besó nada más echar yo el cerrojo, lo besé de vuelta y mi camiseta acabó en el suelo, al lado de su pretenciosa camisa.

Alex era abogado. Me sacaba unos diez años. Puede que doce. Lo había conocido ocho meses atrás en el trabajo. Fui a su bufete a enseñarles cómo sacarle partido a la IA y conectamos enseguida. Me pareció guapo. Seguía pareciéndomelo. Diferente a los tíos con los que me había enrollado antes.

Me había pedido salir en un par de ocasiones —fuera de mi apartamento, quiero decir—, pero no me interesaban las relaciones. No es que buscara sexo. Solo la paz que llegaba después.

Y ser como los demás.

Acostarse con Alex era como cenar en un restaurante conocido en el que ya no te molestas en mirar la carta.

Siempre pides el mismo plato de comida. Nunca ocurría nada nuevo o interesante.

Solo dos cuerpos intentando liberarse lo antes posible.

Conocíamos la técnica y la ejecutábamos de forma eficiente.

Al rato se marchó, y yo volví a sentarme en el sofá, con el vino y el móvil.

A veces miraba alguna serie. Ahora no me apetecía ver nada.

Vivía sola. Estaba orgullosa de poder pagar el alquiler. Disfrutaba de mi independencia, de mi espacio, aunque se tratara de solo treinta metros cuadrados en un barrio tan lejano que a veces me preguntaba si aún vivía en Londres.

El timbre me interrumpió de nuevo.

Después del sexo, llegaba la cena. Todo lo sirven a domicilio hoy en día.

*****

Estaba navegando por Instagram cuando me topé con su perfil. Algo hizo que mi dedo dejara de deslizarse impaciente por la pantalla. Creo que tardé menos de tres segundos en pulsar sobre su foto en miniatura.

Enseguida se agrandó.

Un par de ojos oscuros me devolvieron una mirada tan fija y penetrante que sentí un tirón inexplicable en el estómago. Era guapo. Demasiado, quizá. La clase de tío que nunca conocerías en el mundo real.

Tenía el aspecto de alguien que no puede pedirle nada más a la divinidad. Mandíbula limpia, pómulos marcados, labios llenos que no sonrían y, a pesar de ello, insinuaban una leve diversión, casi irónica.

Al observar con más atención la curva medida que le asomaba en las comisuras, tuve la sensación de que se estaba riendo de todos nosotros hacia sus adentros.

No tardé en comprobar las demás fotos, en recabar información.

No tenía sentido que la aplicación me lo sugiriera. No había seguidores en común. Él vivía en Santa Bárbara. Un completo extraño. El algoritmo debía de saber algo que yo ignoraba.

Ni siquiera era influencer .

Se llamaba Viktor. Prefería Vik.

Averigüé un montón de cosas sobre él. La información está ahí. Y yo sabía cómo exprimirla.

Le encantaba navegar. Hacía senderismo. Pilotaba una avioneta. Jugaba al baloncesto con sus colegas. Decía estar soltero. No me lo creí ni por un segundo. Ese se llevaba a una tía nueva a la cama cada noche.

Le gustaban las artes marciales .

Me recreé en una foto que alguien le había sacado en el gimnasio. El pelo, oscuro y rebelde, le caía sobre la frente. Su gesto era de absoluta concentración. Estaba ahí al cien por cien, implicado en lo que hacía.

Y era evidente que sabía pelear. Se notaba en cómo sostenía el cuerpo. Vi control, fuerza, disciplina. No miraba a la cámara. Nada de exhibición. No era esa clase de perfil.

Estaba enganchada. ¿Quién era ese tío? ¿A qué se dedicaba? ¿Le gustaba su vida?

Tenía millones de seguidores en Instagram y un velero.

Pues claro que le gustaba su puta vida.

Lo seguí. No es que lo decidiera. Decidir implica una acción deliberada. En mi caso fue un gesto involuntario.

Es así de simple. Presionas un botón sin pensar y, en una décima de segundo, en algún lugar del mundo, a través de ondas y algoritmos que no entiendes ni te importan, se crea una conexión instantánea entre un desconocido y tú.

Ahora él ya sabe que existes.

Este monstruo lo hemos creado nosotros.