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…por la madriguera del conejo
Corro. Piedras, ramas secas, hojas de palmera que desgarran mi piel como cuchillas.
Nada consigue detenerme. No tengo elección. Me están dando caza como a un animal.
Sé que están ahí, ocultos en la noche. Siempre lo están. Tienen drones, cámaras, cada piedra en mi camino esconde un micrófono. El control es absoluto. El aislamiento, total.
Nadie escapa. No hay lugar seguro. Aire, tierra y mar. Todo les pertenece.
Tengo un uno por ciento de probabilidades de salir —viva o muerta— de esta isla.
Uno es mejor que cero. Pienso aferrarme a ello.
Desgarro con los brazos la vegetación salvaje que rodea el complejo y sigo corriendo.
El aire me abrasa los pulmones. El tobillo me está enviando una última advertencia.
No estoy segura de cuánto tiempo más voy a resistir.
Los músculos se me resienten. Me duele el pecho.
Estoy jadeando. Algo terroso me inunda la boca. Barro, sangre, ambas…
El bosque se cierra a mi alrededor, cada vez más denso. No sé qué hay al otro lado .
Me adentro en un territorio inexplorado, aunque dudo de que lo que haya aquí pueda ser peor que las bestias de las que huyo.
Huyo.
Es lo que estoy haciendo en realidad.
Huir. Fugarse. Desertar.
He mentido. Correr suena a elección, a alguien que sabe adónde se dirige. Huir es otra cosa. Implica miedo, y que algo te persigue.
Un dron pasa justo por encima de mí, iluminando el perímetro. Me tiro al suelo y contengo la respiración.
No existo. Soy oscuridad. Hojas muertas. Tierra.
Y durante unos minutos, mi vida entera se concentra en un zumbido.
Cuando lo oigo alejarse, el alivio es tan brutal que no consigo levantarme. Las piernas han dejado de responder. El pánico y los jadeos me vencen.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Los monstruos más crueles son los que llevan corbata.
Debo.Seguir.Moviéndome.
YA.
Me pongo en pie y vuelvo a la carrera. Resistiendo. Respirando. Jadeando. Viva, joder.
El bosque desemboca en un precipicio.
Freno en seco en el último momento y contemplo desde arriba el final de esta historia.
El que no he querido admitir.
Unas cuantas piedras se desprenden bajo mis pies. El estrépito con el que caen al vacío deja muy claro que he agotado mis opciones .
Aquí termina el mundo.
Al menos, el mío. Puedo rendirme y dejar que todo lo que me define muera en este lugar que ni siquiera sabría situar en un mapa, o puedo escoger la nada.
Me aterra incluso pensar que esa podría ser una opción.
¿Lo es?
Abajo todo es negro. El mar embiste las rocas en su eterno vaivén. Lo sé porque lo oigo. No veo nada. El abismo parece no tener fondo. ¿Será clemente conmigo? ¿Más que ellos?
El viento es brutal. Me corta la piel, me obliga a entrecerrar los párpados, intenta alejarme del precipicio a empujones. Está furioso. Todos lo estamos esta noche.
Ojalá hubiera alguien dispuesto a ayudarme.
Pero incluso Dios me ha abandonado a mi suerte.
Supongo que nunca fui su enviada. Solo tengo la naturaleza, y no se me ocurre un entorno más cruel.
Obliga a los cazadores a perseguir y a las presas a luchar por su vida.
Para que el ecosistema perdure, algo ha de morir.
Ese algo no voy a ser yo. Aún tengo opciones. Puedo saltar.
Ignoro qué me espera abajo. ¿Un mar suave que amortigüe mi caída o unas rocas afiladas que me hagan pedazos como a una muñeca de porcelana?
Solo hay una forma de averiguarlo.
¿Lo haría? ¿Tan desesperada estoy?
O puedo volver.
La tentación de rendirse es grande. ¿Por qué no dejar que me convenzan? Él cuidaría de mí. Podría quedarme en el Paraíso para siempre. Aún siento algo por él. No creo que sea amor. O puede que sí. El amor es un sentimiento repulsivo. Puedes controlarlo tanto como controlas el viento o las mareas.
Tendría que darle lo que me pide. Acatar sus normas. Dejar de resistirme.
Cuando pisé la isla por primera vez, creí que era el lugar más hermoso que había visto jamás.
Luz, vegetación, paz... El mar no se decidía entre el turquesa y el esmeralda.
La arena blanca y fina calentaba las plantas de mis pies.
Olía a salitre. El tiempo no significaba nada. Tenía lo que quería: a él.
Debería haber sabido que algo tan perfecto no me saldría gratis.
La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso. Se exige un sacrificio. Otras lo hicieron.
Él dice que yo no soy como las demás.
Tiene razón. Me niego a aceptar ese final. Supongo que soy una rebelde, después de todo.
O una puta mártir. Está por ver.
Retrocedo sin perder de vista el precipicio. Aguardo unos segundos, con el pulso en los oídos y la adrenalina disparada.
Saltar. Morir. Vivir. Rendirse. Obedecer. Luchar.
Cuesta decidirse. Te lo juegas todo a una sola carta.
Y el tiempo vuela.
— Tempus semper fugit —le susurro al viento.
Estallo en carcajadas. Estridentes. Desesperadas...
Porque me ha encontrado.
Por supuesto que sí .
Soy la presa que trazó su propio cerco. Correr siempre me devolverá al punto de partida. Esto es un círculo. Un reloj. Doce agujas en constante movimiento. Tic tac, tic tac, tic tac.
Basta de mentiras. No tengo dos opciones.
No tengo ninguna.
—Willa. ¿Qué haces? Apártate del precipicio.
Hay rabia en su voz, pero yo me deleito en lo que esconde debajo, en su pánico.
Me quiere viva. Suya por toda la eternidad.
Y una mierda, cabrón.
Le saco el dedo, echo a correr por última vez y salto. Decido yo.
Por fin.
—¡ Willa!
N o llega a atraparme.
Me fundo con la oscuridad y con el viento inmisericorde.
Soy Alicia cayendo por la madriguera del conejo. Soy tú. Soy todas ellas.
Esta no es una historia de amor.
Aunque al principio lo parecía.