Siete días para salvar la Navidad Capítulo 26 — Thomas
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Capítulo 26 — Thomas

A las cinco, Thomas dejó de contar a la gente. Ya no era capaz.

Llevaban subiendo por la calle principal desde media tarde, abrigados hasta las orejas, con niños a hombros.

Familias del valle, gente de Chambéry, de Grenoble, de Annecy, y vecinos a los que no había visto en la plaza desde hacía diez años.

La Place des Tilleuls estaba llena. No abarrotada.

Llena, como un vaso servido exactamente hasta el borde.

Estaba junto a la caja eléctrica del ayuntamiento con Hugo, con las manos en los bolsillos, comprobando los pilotos por cuarta vez, cuando se dio cuenta de que ya no necesitaba comprobarlos.

Cerró la caja.

Hugo lo miró con una expresión de profunda preocupación médica.

—¿Estás bien?

—Está todo bien.

—¿No lo compruebas una quinta vez?

—No.

—¿Quién es usted y qué ha hecho con mi amigo?

Élise pasó por delante de ellos a paso de carga, con la libreta contra el pecho. Se detuvo en seco delante de Thomas.

—¿Las cerillas?

—Cinco cajas. Bajo el tejadillo del ayuntamiento.

—¿Por qué cinco?

—Porque tú habías previsto cuatro.

Ella lo miró un segundo de más.

—Probablemente es lo más romántico que me has dicho nunca.

—Espero que no.

Se fue antes de que él pudiera ver si sonreía. Lo vio de todos modos.

A unos metros, junto a la fuente, Marc Valette estaba solo, con una libretita en la mano, apuntando algo a intervalos regulares. Thomas se acercó.

—¿Está contando?

—Por algo hay que empezar —dijo Valette sin levantar la vista—. El 2 de enero, alguien va a intentar convencerme de que esta noche significa algo para el mes de marzo.

Pasó una página.

—Y me gustaría saber si tiene razón antes de que me lo diga.

Siguió con la mirada a Élise, que se había agachado delante de Zoé y de un montón de papeletas.

—Es muy buena —dijo—. ¿Lo sabía?

Thomas pensó en el aparcamiento, en la mujer con el abrigo abierto que bajaba de un coche de alquiler para dejar resuelta una venta antes de volver a irse.

—No del todo.

—Debería mirar más a la gente, señor Delmas, antes de decidir lo que va a hacer.

Cerró la libreta y se alejó hacia la caseta del quesero.

*

A las cinco y cuarto, Zoé se subió al primer escalón de la fuente con una hoja doblada en cuatro y el micrófono de Madeleine agarrado con las dos manos.

—Buenas tardes —dijo.

Nadie la oyó. La plaza seguía hablando, riendo, soplando sobre los vasos. Madeleine se inclinó hacia ella.

—Más cerca.

Zoé se pegó el micrófono a la boca.

—¡BUENAS TARDES!

El sonido estalló en los dos altavoces. Un bebé se puso a llorar en algún sitio cerca de la panadería. Robert se echó medio vaso por la manga. Hugo soltó una carcajada. Zoé se puso roja hasta las orejas.

Madeleine volvió a coger el micrófono, con mucha calma.

—Ahora que tenemos la atención de toda la comarca…

Toda la plaza se rio. Luego se calló. Madeleine le devolvió el micrófono a Zoé.

Esta vez la niña habló bajito. Explicó que las Luces existían desde hacía mucho tiempo, que las había empezado una señora del hotel porque le parecía que diciembre era demasiado oscuro, que después la gente había traído sus propios farolillos.

Que habían encontrado cuarenta y dos en el desván y que ahora había cincuenta y nueve.

—Thomas y Hugo arreglaron los que estaban rotos —añadió—. Bueno, sobre todo Thomas.

—¿Perdona? —dijo Hugo, con los brazos en alto, entre las risas.

También explicó la tradición del abeto grande, que Madeleine le había enseñado en el ensayo: cada uno colgaba un papel con una cosa del año que quería guardar. No un deseo. Una cosa que no olvidar.

Bajó la hoja.

—Y hay que volver a encender los farolillos, porque si no, no sirve de nada haberlos arreglado.

Madeleine cerró los ojos y luego volvió a coger el micrófono.

—Esto ha sido mucho mejor que mi texto.

Thomas vio a Élise, junto a la caseta de Sophie, taparse la boca con la mano.

Los niños salieron con las cerillas.

Thomas miró cómo avanzaba la luz, despacio. Robert se arrodilló delante del farolillo de Monique y protegió la llama con las dos manos hasta que aguantó. Sophie encendió el suyo con Zoé. La anciana encendió el verde manzana. Claire dejó un viejo farolillo del hotel al pie del abeto grande.

Élise no contó. Él lo veía desde allí. Miraba.

Cuando se encendió el último, levantó la cabeza hacia el cielo. Quedaba una franja de azul detrás de las crestas. Esperó. Hugo esperaba, con la mano en la palanca. Thomas esperaba. La plaza entera esperaba sin saber qué.

Luego el azul desapareció. Ella levantó el pulgar.

Las guirnaldas se encendieron.

Se oyó ese sonido que hace una multitud cuando contiene la respiración y la suelta a la vez, y luego los aplausos, que subieron entre las fachadas. Al final de la calle, el hotel tenía todas las ventanas encendidas, por primera vez en años.

Y él miró a Élise, en medio, que ya no se movía. Claire iba hacia ella, Zoé corría, Madeleine aplaudía por encima de la cabeza. Élise no hacía nada. Por una vez, recibía.

Él no fue a su lado. Ese momento no era suyo. Era de ella. Y, cosa nueva, no necesitaba estar dentro para alegrarse de que ella lo tuviera.

*

A las seis menos veinte empezó el coro.

Madeleine había colocado a sus dieciocho niños bajo el tejadillo del ayuntamiento, con el teclado al lado, en su mesa, exactamente a la distancia correcta de la pared.

Primera canción: algo desafinada, muy fuerte.

Segunda: algo menos desafinada. En la tercera, Noche de paz , la plaza se había quedado en silencio.

Fue en ese momento cuando Élise, que quería llegar hasta Claire al otro lado del tejadillo sin pasar por delante de los niños, rodeó la mesa del teclado por detrás, mirando al coro, y se enganchó el pie en el alargador.

Thomas lo vio todo. El pie, el cable que se tensa, el enchufe que salta de la regleta, Élise que se agarra al respaldo de una silla con una elegancia muy relativa. Y el teclado que se para en seco en mitad de Noche de paz . Exactamente como años atrás. Exactamente en el mismo punto de la canción.

Madeleine se dio la vuelta. Su mirada habría envejecido a una montaña.

Élise se quedó petrificada, con el enchufe en una mano y la otra en la silla, con la expresión de una mujer que acaba de comprender que nunca podrá volver a ese pueblo.

Thomas ya estaba cruzando bajo el tejadillo.

Pero los niños no habían dejado de cantar.

Habían dudado medio compás, mirándose unos a otros, y luego la vocecita de uno de los hermanos Pelletier había seguido sola, y los demás la habían seguido.

Sin el teclado. Más despacio. Y al segundo verso, alguien en la plaza, una mujer junto a la fuente, se había puesto a cantar con ellos.

Luego Robert. Luego Sophie detrás de su mostrador.

Luego un hombre al que Thomas no conocía, con un bebé contra el pecho.

Cuando Thomas llegó junto al teclado, toda la plaza cantaba Noche de paz en voz baja, sin acompañamiento, bajo las guirnaldas.

Le cogió el enchufe de la mano a Élise. No lo volvió a enchufar.

Ella lo miró, conmovida, muerta de vergüenza.

—Lo siento muchísimo —murmuró.

—Chis.

Escucharon. La canción terminó sola, en una nota que no aguantaba del todo, y hubo un silencio, y luego unos aplausos que no se acababan nunca.

Madeleine se acercó a Élise. Thomas se preparó para lo peor. Madeleine miró el alargador, luego la plaza, luego a Élise.

—La próxima vez —dijo—, avisadme antes. Elegiré una canción de la que se sepan toda la letra.

Y volvió con sus niños.

*

El resto de la noche pasó como se baja una cuesta en trineo: demasiado deprisa, con frío, riendo.

A las seis y media, la hija del señor Vial llegó de Bourg con el brasero de su padre, la misma gorra de pana y dos sacos de castañas.

Se instaló entre la caseta de la cerámica y la del quesero.

Era el asterisco, Thomas lo entendió al ver la cara de Élise cuando la recibió.

Élise la había llamado el 20, y no se lo había dicho a nadie, por si no venía.

Las castañas se asaron. El olor invadió la plaza. La hija de Vial tendía los cucuruchos diciendo «cuidado, que quema», como su padre, a gente que lo sabía perfectamente, y Thomas vio a dos o tres viejos del pueblo detenerse en seco al oírla.

Élise pasó junto a él con una pila de vasos.

—¿Cinco minutos detrás del brasero? —dijo, muy bajo.

—Sin apuestas.

—Ni siquiera he escondido los guantes.

—Eso es justo lo que me preocupa.

Se rio y desapareció entre la gente.

A las siete, Robert levantó la tapa de su último dispensador isotérmico, miró dentro y se quedó un momento inmóvil.

—Se lo han bebido todo —le dijo a Thomas, que pasaba.

—Esa era la idea.

—Monique habría protestado.

—¿Por qué?

—Porque no queda para mañana.

Dejó el cucharón. No lloró. Limpió con cuidado la pizarra con la manga, sin borrar el nombre, y volvió a poner la tapa en el dispensador vacío.

—El año que viene, cuarenta litros —dijo.

Thomas oyó esas palabras. El año que viene. Miró a Robert. Robert también pareció oír lo que acababa de decir. Ninguno de los dos lo comentó.

A las siete y diez, un hombre paró a Thomas en medio de la plaza. Su mujer, a dos metros, le hacía gestos para animarlo. Buscaban un sitio para casarse en junio, cuarenta personas, quizá cuarenta y cinco; habían visto el comedor por la ventana. ¿El hotel hacía ese tipo de cosas?

Thomas fue a buscar a Élise delante de la caseta de Sophie.

—Hay un hombre que quiere casarse.

—¿Ahora?

—En junio.

Ella miró a la pareja, y luego a él.

—¿Es oficialmente cosa mía?

Él pensó en el saloncito, en el café frío, en lo que le había dicho por la mañana.

—No. Oficialmente es una pregunta.

Algo le pasó por los ojos. Fue hacia ellos. Al volver a coger su caja, él la oyó decir: «¿Cuarenta y dos? El comedor puede acoger cómodamente a cuarenta y cinco personas…»

A las ocho, el jurado de la presidenta Zoé Lambert dio su veredicto.

El abeto del señor Borel, con su cazo y el lazo rojo que alguien le había añadido la víspera, ganó el concurso al abeto más feo.

Madeleine pidió un recuento. Zoé se negó: «El pueblo ha hablado».

Madeleine declaró por el micrófono que la Historia juzgaría aquella decisión.

El premio era un brioche. A Sophie no le quedaba ninguno.

Así que el señor Borel recibió un vale por un brioche, hecho a mano por Zoé, y lo levantó por encima de la cabeza como si fuera una copa.

—Jurídicamente es endeble —murmuró Élise al lado de Thomas.

*

A las nueve, el comedor del hotel estaba lleno.

Claire había servido sesenta cubiertos en dos turnos. Las mesas estaban arrimadas a las paredes, como la noche del 22, y gente que bailaba mal se lo pasaba en grande. La tabla junto a la tercera ventana crujía cada diez segundos, y nadie la oía.

Thomas estaba junto a la puerta, donde siempre había estado. No había vasos que recoger. Claire había puesto cubetas.

Élise cruzó el comedor. Se detuvo delante de él. No dijo nada. Le tendió la mano.

Había habido tres veces, de adolescente, en que ella le había tendido la mano en el baile del 24. Tres veces en que él había dicho que no y había encontrado un vaso que recoger.

Le cogió la mano.

Bailaron en medio de los demás. Mal. Nadie los miraba, salvo Hugo, junto al bufé, con una satisfacción casi indecente, y Claire, que hacía como que ordenaba vasos limpios.

A las diez en punto, el hombre de la habitación 10 cruzó la pista en pantalón de montaña, se detuvo delante de ellos y le preguntó educadamente a Thomas a qué hora se serviría el desayuno el 25.

—A las siete y media, caballero.

—Muy bien. Gracias. Feliz Navidad.

Élise tuvo que apoyar la frente en el hombro de Thomas para no echarse a reír en medio del comedor.

Un poco más tarde, en una pausa de la música, Zoé lo encontró junto al bufé. Llevaba su libreta y el aire serio de quien lleva cinco días con una investigación.

—¿La quieres? —preguntó.

Thomas la miró.

—No.

—Vale.

Apuntó algo.

—¿Ya está? —dijo él.

—Has contestado demasiado rápido.

Cerró la libreta y volvió con su madre, y Thomas se quedó un rato inmóvil en medio del ruido, con un vaso vacío en la mano, preguntándose a partir de qué edad se aprendía a mentir un poco mejor que eso.

*

A las once y media, el hotel dormía, o casi. Thomas bajó otra vez a la plaza para revisar la caja eléctrica por última vez. Sabía que era una excusa. Fue de todos modos.

La plaza estaba vacía. Las casetas estaban cerradas, las guirnaldas apagadas. Todavía ardían algunos farolillos, olvidados, o dejados a propósito. Nevaba un poco, copos muy finos que caían rectos.

Se detuvo delante del abeto grande.

Los papeles estaban colgados de las ramas bajas con trozos de lana, clips, pinzas de la ropa.

Había decenas. Leyó algunos a la luz de un farolillo.

Una letra de niño: Los miércoles en casa de la abuela.

Una letra que reconoció, la de Claire: El hotel lleno de voces.

Una letra temblorosa, en una hoja de libreta de espiral: Monique, una Navidad más.

Y un poco más arriba, en una rama pequeña, un papel doblado por la mitad. La letra inclinada, rápida, que se iba hacia todas partes. La de las hojas pegadas en el mostrador el 19. La de la libreta que ella le había confiado el 21.

El valor de cambiar de opinión.

Lo releyó tres veces.

No le quitó la nieve que le caía encima. No lo desdobló más. No buscó qué significaba para el 26, ni para el 2, ni para lo demás.

Sacó del bolsillo el lápiz de carpintero que siempre llevaba encima. Arrancó la última página de su libreta de pedidos y se quedó un buen rato delante, bajo la nieve, buscando qué quería guardar del año.

Luego escribió. Colgó el papel en la rama de al lado del de ella, con un trozo de alambre de latón que llevaba en el bolsillo de la camisa.

No saber el final.

Las campanas de la iglesia empezaron a dar las doce. Thomas se quedó bajo el abeto hasta la última campanada, con las manos en los bolsillos, sin comprobar nada en absoluto.