Capítulo 19 — Élise
A las cinco y diez empezó a caer la noche sobre Mont-Roselin, despacio, como quien cierra una tapa.
Élise estaba en medio de la Place des Tilleuls, con la libreta contra el pecho, mirando todo lo que ya no podría cambiar.
Las cinco casetas alrededor de la fuente.
Las guirnaldas tendidas bajo los tejadillos y de una farola a otra.
Los abetos del concurso, alineados como una fila de invitados que se hubieran vestido a oscuras, con un cartel de cartón clavado en la nieve delante, escrito con rotulador por una mano de diez años: PROHIBIDO MEJORAR LOS ABETOS DE LOS DEMÁS.
Y en los alféizares, las mesas, los bancos, los escalones del ayuntamiento, los farolillos.
Cincuenta y nueve, con una vela nueva cada uno.
Mañana sería demasiado tarde para darse cuenta de que algo no funcionaba. Así que había decidido encenderlo todo esa noche. Una vez. Para ver.
No había avisado a nadie. Solo le había pedido a Hugo que estuviera en las cajas eléctricas a las cinco y cuarto, y a Thomas que la ayudara con los farolillos.
Pero como el pueblo era el pueblo, cuando levantó la cabeza ya había una treintena de personas en la plaza.
Sophie delante de su caseta, con las manos en los bolsillos del delantal.
Zoé repartiendo cerillas a los niños con la seriedad de un jefe de obra.
Madeleine, abrigada hasta las orejas, sentada en el banco delante del ayuntamiento como en primera fila de un espectáculo.
Robert Girod junto a su mesa, con un termo en la mano, dándoles a probar a los que pasaban un vino caliente «de prueba» con la convicción de un hombre que tenía todo el derecho.
Claire, un poco apartada, con la rebeca apretada contra el cuerpo.
Y, junto a la rue de l’Église, Marc Valette, con su abrigo oscuro, mirando sin decir nada.
Élise notó que se le hacía un nudo en el estómago.
—Bueno —le dijo a Thomas, que acababa de llegar con un mechero largo en cada mano—. Si las guirnaldas no se encienden, me exilio. Ya lo he elegido. Groenlandia. No tienen mercadillo de Navidad, o si lo tienen está bajo el hielo y nadie lo comprueba.
Thomas le tendió un mechero.
—Y si saltan los plomos —siguió ella—, diré que era una actividad.
«Vuelta a los orígenes». Todo a la luz de las velas.
A la gente le encanta lo auténtico. Puedo vender un apagón como una experiencia inmersiva, en París he hecho cosas peores, vendí una sala sin calefacción como un «concepto nórdico»…
—Élise.
—¿Qué?
—Bromeas porque tienes miedo.
Ella abrió la boca. Él la miraba, con el mechero en la mano, con esa calma que a ella le parecía tan relajante y tan insoportable, y no sonreía. Esperaba.
A su alrededor, la gente hablaba en voz baja, y en algún sitio un niño preguntaba por tercera vez cuándo empezaba aquello.
—Sí —dijo ella—. Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que sea menos bonito que en mi recuerdo.
Él asintió. No le dijo que iba a ser bonito. Se limitó a sacar el móvil y a escribirle dos palabras a Hugo.
*
Primero encendieron los farolillos.
Élise había previsto hacerlo con Thomas, solos, de caseta en caseta.
Pero al tercer farolillo llegó Zoé con sus cerillas y seis niños detrás, y al décimo Robert Girod cogió uno, luego Sophie, luego gente que Élise no conocía.
Robert encendió él mismo el de su mujer, junto a la pizarra, con gestos muy lentos, y se quedó un rato delante mirándolo arder.
Una anciana encendió el verde manzana diciendo que era el suyo, que lo había traído el 21 y que quería asegurarse de que no lo habían puesto al revés.
Las llamitas iban apareciendo una a una por la plaza, en los alféizares, las mesas, los escalones, detrás del cristal esmerilado. Élise no las contó. Por una vez, no contó nada.
Cuando se encendió el último, se volvió hacia la caja eléctrica del ayuntamiento. Hugo esperaba, con la mano en la palanca, mirándola.
No levantó el pulgar enseguida. Por encima de las cumbres quedaba todavía una franja de cielo azul pálido que se negaba a irse.
En uno de los libros de cuentas de su abuela, en el margen de un mes de diciembre, había una línea a lápiz que ella había releído tres veces el 19: Esperar a que sea noche cerrada. Si no, los farolillos parecen pequeños.
Así que esperó. Un minuto. Dos. Unos niños daban saltitos de impaciencia, alguien preguntó a qué se estaba esperando, y Hugo se encogió de hombros al otro lado de la plaza. Thomas, a su lado, no preguntó nada.
Cuando el último resplandor azul hubo desaparecido detrás de las crestas, levantó el pulgar.
Se oyó un chasquido seco. Y las guirnaldas se encendieron todas a la vez.
Primero las casetas, bajo sus tejadillos, en líneas amarillas y cálidas.
Luego los cables tendidos de una farola a otra, que dibujaron sobre la plaza un techo de lucecitas.
Luego los abetos del concurso, cada uno con lo que le habían dado: guirnaldas, bombillas de colores, un frontal, una luz de bicicleta que parpadeaba.
Y en medio de la plaza, el abeto grande, que Hugo y Thomas habían vestido la víspera de arriba abajo, se encendió de golpe, y la fuente helada, a sus pies, devolvió su luz como un espejo roto.
Hubo un silencio.
Luego un «oh» de niño. Uno solo. Que hizo reír a todo el mundo, bajito, como se ríe en una iglesia.
Élise no se movió.
Tenía diez años. Estaba en el mismo sitio, junto a la fuente, de la mano de su abuela, y su abuela decía «mira», y ella miraba.
Tenía dieciséis años, y corría entre las casetas con una lista.
Tenía diecisiete años, y se reía con una bufanda roja.
Tenía treinta y dos años, y tenía una libreta contra el pecho, y ya no conseguía tragar.
No era igual. Había menos casetas. Las guirnaldas no eran todas del mismo color. El abeto del señor Borel llevaba un cazo.
Era mejor.
No sabía por qué. Solo sabía que era mejor.
A su lado, Thomas no decía nada. Ella notaba su presencia a diez centímetros del hombro, cálida, inmóvil.
No lo miró. Miró a Claire, al otro lado de la plaza, que se había quitado las gafas y estaba muy erguida, con una mano sobre la boca.
A Madeleine, en su banco, que por una vez no decía nada.
A Zoé, que tomaba notas a toda velocidad.
Y, junto a la rue de l’Église, a Marc Valette, que había sacado el móvil y estaba haciendo una foto.
Al cabo de un rato, sin que nadie hubiera dado la señal, un grupo de niños junto al ayuntamiento empezó a cantar. Mal, desafinando, con mucha convicción. Madeleine se levantó del banco, se sacudió el abrigo y fue a reunirse con ellos, y a la segunda estrofa ya cantaban casi afinados.
Élise notó que una mano se le posaba en el brazo. Se volvió. Claire.
—Le habría gustado el cazo —dijo su tía.
Élise asintió. No podía hablar. Claire lo vio, le apretó el brazo y volvió hacia el hotel sin añadir nada.
*
Hacia las seis, la gente empezó a volver a casa. Se llevaron a los niños, se apagaron los farolillos uno a uno para ahorrar velas. Pero Hugo dejó las guirnaldas. Élise le había pedido una hora más.
—¿Para qué? —había preguntado él.
—Para verlo desde arriba.
Él había mirado a Thomas. Luego había asentido sin hacer más preguntas, lo cual, viniendo de Hugo, era una forma de delicadeza extrema.
El sendero del mirador salía de detrás de la iglesia.
Lo habían abierto las raquetas de los excursionistas, estrecho, azul en la noche, entre dos paredes de nieve.
Thomas iba delante con su frontal. Élise lo seguía pisando en sus huellas, poniendo los pies exactamente donde él había puesto los suyos, y pensó que no había hecho ese camino desde hacía quince años y que sus pies, en cambio, se acordaban.
No hablaron. Ella oía su respiración, el crujido de la nieve, un perro que ladraba abajo, muy lejos. Al cabo de un cuarto de hora, los alerces se apartaron.
El banco estaba allí.
Estaba cubierto de nieve, parecía más pequeño que en su recuerdo, y estaba exactamente en el mismo sitio, al final del todo, allí donde la pendiente se abría de golpe. Thomas quitó la nieve con el dorso del guante. No se sentaron. Se quedaron de pie delante, uno junto al otro.
Abajo, Mont-Roselin cabía en una mano. Los tejados negros, el campanario, la calle principal y, en el centro, la Place des Tilleuls como una cajita de luz posada en la noche.
Las guirnaldas, el abeto grande, las casetas.
Desde allí no se veía el cazo. Solo se veía que algo brillaba, en medio de la montaña, allí donde cuatro días antes no había nada.
Y un poco más arriba, al final de la calle, el hotel, con algunas ventanas encendidas.
—La abuela subía aquí todos los 23 —dijo Élise—. Después de la prueba. Decía que había que ver las Luces desde arriba una vez, para acordarse de que eran pequeñas. Y de que aun así bastaban.
—Lo sé. Yo le daba el brazo en el último tramo, los últimos años.
Élise se volvió hacia él. No lo sabía. Había tantas cosas que no sabía.
Él miraba la plaza.
—Lo que has hecho está bien —dijo.
—Lo que hemos hecho.
—Lo que has hecho tú. Yo he cargado cajas.
—Corregiste la fuente. Encontraste los farolillos.
Le dijiste que no a Hugo. Arreglaste el alargador de Madeleine y la estrella y el horno de Sophie y seguramente medio pueblo sin que nadie te lo pidiera.
Eres el mejor compañero de trabajo que he tenido, y he trabajado con gente muy buena, entre ella uno que…
—No soy tu compañero de trabajo.
Ella se detuvo.
Lo había dicho con suavidad. Sin reproche. Como una información.
El frío le picaba en las mejillas. Notaba el corazón golpeándole bajo el abrigo, y notó también que llegaba, perfectamente puntual, la broma siguiente.
Algo sobre el banco, sobre las vistas, sobre el canon que habría que cobrar a la gente que vuelve a los lugares de sus recuerdos. Ya la tenía en la boca.
Miró a Thomas. No sonreía. Esperaba.
Se guardó la broma.
—No —dijo—. No eres mi compañero de trabajo.
Thomas la miró.
—Acabas de guardarte una.
—Dos.
—Impresionante.
—Voy progresando.
—Despacio.
—No lo estropees.
El frontal estaba apagado, colgado del cuello de él, y ya no quedaba más que la luz que subía del pueblo, muy débil, y el azul de la nieve. Ella le veía los ojos, el vaho de la respiración, un copo perdido en el gorro.
—Todavía tengo miedo —dijo.
—Lo sé.
—Esta vez no es por las guirnaldas.
—Lo sé.
Pensó en Zoé, detrás del mostrador de la panadería, con sus gafas redondas. ¿Y no te da miedo? —Todo el rato. —Pero lo haces igual.
Dio un paso.
No fue como a los dieciocho años. A los dieciocho no sabía lo que hacía, no sabía lo que costaba, y creía que todo volvería a empezar el verano siguiente.
Esta vez sabía exactamente lo que costaba.
Sabía lo del 26, París, el 2 de enero, los quince años.
Lo sabía, y aun así puso la mano enguantada en el cuello de su chaqueta, y lo besó.
Él no se movió durante un segundo. Uno solo. El suficiente para que a ella le diera tiempo a tener miedo de haberse equivocado.
Luego la mano de él vino a posarse en su mejilla, fría al principio, a través del guante, que se quitó sin soltarla, luego caliente, y él la besó a su vez, despacio, como lo hacía todo, como alguien que ha aprendido a no estropear nada.
Sus labios sabían a frío y al vino caliente de Monique.
Ella notaba la punta de la bufanda roja atrapada entre los dos, el olor a lana y a fuego de leña, la mano de él en su pelo bajo el gorro, y el mundo, abajo, que seguía sin ellos, las guirnaldas, el campanario, el hotel con las ventanas encendidas.
Cuando se separaron, ella tenía los ojos cerrados. Volvió a abrirlos. Él seguía allí, muy cerca, con la frente casi contra la suya.
Ninguno de los dos dijo nada.
Abajo, a las siete en punto, Hugo cortó la luz de la plaza, y las Luces se apagaron de golpe, como quien sopla una vela.
Ninguno de los dos se dio cuenta.