Capítulo 15 — Élise
El despacho de Claire nunca había estado pensado para tres personas y un expediente de venta.
Marc Valette ocupaba la silla de los proveedores, la que cojeaba un poco, y había tenido la delicadeza de no mencionarlo.
Claire estaba detrás de la mesa, con las manos apoyadas sobre una pila de archivadores como para impedir que salieran volando.
Élise se había quedado con el taburete del rincón, junto al radiador, con la libreta sobre las rodillas.
Sabía leer una sala en diez segundos: quién habla, quién decide, quién tiene miedo. En esta, era sencillo. Marc hablaba. Claire tenía miedo. Y nadie sabía todavía quién iba a decidir.
—No he venido a presionarlas —empezó él—. Solo quería hacer balance con ustedes, con calma, para que tengan todos los elementos.
Abrió una carpeta de cartón. Nada de portátil, solo papeles, y Élise tomó nota de que era una elección. Los papeles daban menos miedo que las pantallas.
Resumió la situación en cuatro minutos, con voz uniforme.
La tasa de ocupación. La facturación en descenso desde hacía seis años.
El descubierto al límite desde la primavera.
Los dos proveedores pagados con retraso.
Los tres presupuestos, algo más de cuarenta mil euros.
La negativa del banco. Élise lo seguía en la libreta, marcando mentalmente cada línea.
—Y el préstamo en curso, para los baños de la segunda planta.
Ella levantó la vista.
—¿Qué préstamo?
Marc se interrumpió. Miró a Claire, que se miraba las manos.
—Hace cuatro años —dijo Claire—. Para reformar los seis baños de la segunda planta. Hicimos tres. Después, las cifras empezaron a bajar, y paré las obras. El préstamo no se paró.
—¿Cuánto queda?
—Veintiocho mil.
Élise escribió la cifra. Tenía la mano muy firme, y se dio cuenta con una especie de asombro. En el trabajo siempre era así: el pánico se quedaba en el pecho y nunca bajaba hasta los dedos.
Se había pasado una mañana entera con aquellos archivadores, el 19. Había salido del despacho pensando que lo había entendido. Y un hombre al que conocía desde hacía una hora acababa de hacerle saber, con mucho tacto, que no lo había visto todo.
—Perdone —dijo—. Continúe.
—Nuestra oferta lo cubre todo. El descubierto, los proveedores, el préstamo. La señora Martin se va sin deudas. Muchos propietarios de hoteles familiares no tienen esa suerte.
—Sé que su oferta es correcta —dijo Élise—. Pero quiero enseñarle algo.
Sacó de la libreta la curva de los diciembres, trazada a mano el 19, y la puso delante de él.
La presentó despacio, sin una palabra de más: el mes que antes suponía una quinta parte del año, la lista de espera a lápiz en el margen, y luego la caída, exactamente al ritmo en que se habían ido apagando las Luces.
Marc escuchó hasta el final, cogió la hoja y volvió a dejarla.
—Es un buen trabajo.
—Pero.
Él esbozó una sonrisa.
—Pero que dos curvas bajen juntas no demuestra que una arrastre a la otra. En esos mismos años, las estaciones del valle crecieron, la gente empezó a reservar por internet y los vuelos a sitios con sol se abarataron. Quizá las Luces se apagaron porque la clientela se iba, y no al revés.
Era verdad. Élise lo había pensado ella misma, la noche del 19, y había decidido no detenerse en ello.
—No —dijo—. No demuestra nada. Pero basta para saber dónde hacer la prueba.
Marc la miró y, por primera vez desde el principio de la reunión, pareció preguntarse con quién estaba tratando.
—Entonces hagamos la prueba —dijo—. Imaginemos que el 24 es un éxito rotundo. El hotel completo.
—Dieciocho habitaciones.
—La tercera planta está cerrada.
—Doce, entonces.
—Once —corrigió Claire—. Tú duermes en la 12.
—Puedo dormir en el saloncito.
—Once —repitió Claire.
Marc cogió una hoja en blanco.
—¿Precio medio en diciembre?
—Ciento dieciocho euros —dijo Claire.
Él lo escribió. Luego añadió el restaurante, según una estimación de Claire.
El bar, a petición de Élise. Los desayunos.
Las líneas se alargaban bajo su bolígrafo, y el total crecía, y Élise lo miraba crecer sabiendo ya que no crecería lo suficiente.
Subrayó el resultado con una raya y giró la hoja hacia ella.
Unos pocos miles de euros. Una noche perfecta, el hotel lleno, las copas, los cruasanes del día siguiente. Unos pocos miles de euros frente a cuarenta mil, sin contar el resto.
—Vale —dijo Élise.
Nadie contestó.
—¿Ha hecho algún curso especial para que las cifras resulten deprimentes?
—Contabilidad —dijo Marc.
—Eso explica muchas cosas.
Claire soltó una risita, breve, y Élise casi sintió alivio.
Marc dejó el bolígrafo.
—He visitado decenas de hoteles como este. Siempre hay una abuela, una tradición, una foto en blanco y negro detrás de la recepción. Suelen ser historias muy bonitas.
Hizo una pausa.
—Pero los recuerdos, por desgracia, no pagan las facturas.
Claire cerró los ojos un segundo. Élise no se movió.
Se había preparado para odiar al hombre que dijera esa frase.
Se había imaginado a alguien que hablara de rentabilidad delante de las fotos de su abuela, alguien a quien se pudiera odiar lo bastante como para que todo se volviera sencillo.
Marc la decía sin el menor placer, y eso era mucho peor.
—Entonces dígame qué las paga.
Él enarcó las cejas.
—Usted conoce el oficio —insistió ella—. Si quisiera hacer cambiar de opinión a un banco, o a usted, antes del 2 de enero, ¿qué habría que poner encima de esta mesa? No una noche bonita. Datos.
Él se lo pensó, y ella vio que se tomaba la pregunta en serio.
—Reservas en firme para el año que viene. Fechas y nombres, no promesas. Señales, aunque sean pequeñas. Peticiones de grupos, seminarios, bodas, con presupuestos firmados o casi. Todo lo que demuestre que hay una clientela que vuelve por sí sola, y no solo un gentío que pasa una noche.
Contaba con los dedos sin darse cuenta. Élise lo apuntó todo.
—Las Luces pueden salir perfectamente —añadió él— y aun así no ser suficiente. Prefiero que quede dicho.
—Queda dicho.
—Mi grupo no esperará más allá del 2 de enero. Pero hasta entonces, si me presentan algo serio, lo estudiaré. Tienen mi palabra.
Llamaron a la puerta. Thomas asomó la cabeza, echó un vistazo rápido a la sala, a Marc, a la hoja en blanco cubierta de cifras, y se detuvo en Élise.
—Perdón. El quesero de Villaroger. Puede subir sus productos esta noche con su hermano. Quiere saber cuánto trae.
Élise abrió la boca. Dos días antes habría contestado en tres segundos: afluencia probable, más un quince por ciento de margen, redondeando a la caja siguiente. Se detuvo.
—Sophie lo sabrá mejor que yo. Pregúntale a ella, y trae lo que te diga.
Thomas no se movió enseguida. Ella vio que se había dado cuenta. Luego asintió y cerró la puerta.
Marc recogió sus papeles, dio las gracias a Claire, colocó en su sitio la silla que cojeaba y salió cerrando la puerta con cuidado.
*
El despacho se quedó en silencio. En el vestíbulo, el reloj se tomaba su tiempo.
—Veintiocho mil —dijo Élise.
—Lo sé.
—No me lo enseñaste.
Claire se quitó las gafas de la cabeza y las plegó, con muchísimo cuidado, como el 19.
—Era el único expediente que me daba vergüenza. El tejado, las facturas, son desgracias, pasan. El préstamo lo firmé yo. Fui yo quien creyó que con tres baños nuevos volverían los clientes.
Élise notó que se le cerraba la garganta, e hizo lo que hacía siempre.
—O sea, que en esta familia escondemos el genepí en botellas de vinagre y los préstamos en archivadores azules. Es una tradición. Debería montar una actividad con eso para el 24.
Claire no sonrió.
—¿Quieres saber por qué te dejé seguir adelante con tus Luces?
—Porque te enseñé una curva.
—Porque durante siete días no tendría que decidir.
Élise se quedó inmóvil.
—Siete días en los que otra persona buscaba una solución.
Estoy cansada, Élise. No cansada de la semana.
Cuando la caldera hace un ruido distinto, me despierto.
Cuando llueve, pienso en la tercera planta.
Cuando Thomas me dice que ha arreglado algo, siento alivio, y al segundo siguiente me pregunto qué va a romperse después.
Dejó las gafas sobre la mesa, y la mano sobre la de Élise, como la primera noche.
—Y te voy a decir otra cosa, y vas a poner mala cara. No necesitas salvar este hotel para demostrar que tenías derecho a volver.
Élise no se lo había dicho a nadie. Apenas se lo había dicho a Thomas, la noche anterior, delante del fuego, y no con esas palabras. Pero su tía la había visto llegar al aparcamiento con su maleta y el abrigo abierto, y lo había entendido sola.
—No es por eso.
—No solo por eso.
Élise buscó una broma. La encontró, y la dejó donde estaba.
—No solo —admitió.
Miró la hoja de Marc, que se había quedado sobre la mesa, con su total subrayado. Respiró.
—Entonces vende —dijo—. Si es lo que de verdad quieres, vende. No voy a pedirte que conserves este sitio solo porque acabo de acordarme de que lo quiero.
Claire la miró un buen rato. Cuando contestó, fue casi en voz baja.
—¿Y si quisiera conservarlo sin tener que cargar con él?
Élise abrió la boca. No tenía respuesta. Había preparado argumentos para todas las preguntas menos para esa.
*
Salió del despacho hacia las cinco, con la libreta contra el pecho.
Ya casi era de noche. El abeto brillaba en su rincón y, por los ventanales del vestíbulo, vio abajo la Place des Tilleuls.
Había gente subiendo por la calle principal arrastrando abetos.
No abetos bonitos: pequeños, torcidos, ramas de pino atadas con cuerda, un árbol de cartón pintado, una escalera de mano cubierta de guirnaldas que a alguien debía de parecerle muy lograda.
Los dejaban alrededor de la fuente y se iban volviéndose para mirarlos.
En medio, una figurita con gorro, que debía de ser Zoé, tomaba notas.
Marc estaba delante del ventanal, con un vaso de agua en la mano. No lo había oído llegar.
—¿Es su concurso?
—Era el de mi abuela.
—¿Y gana el más feo?
—Siempre.
—Es una estrategia comercial malísima.
—Lo sé.
Abajo, un anciano colocaba con mil precauciones un abeto ladeado cuarenta y cinco grados. Retrocedió, lo observó y lo ladeó un poco más.
—Le he pedido a su tía que me guarde la habitación hasta el 24 —dijo Marc—. Si la carretera lo permite. Me gustaría ver sus Luces.
—¿Para comprobar si los recuerdos tienen valor comercial?
—Entre otras cosas.
Bebió un sorbo de agua.
—Le dije que los recuerdos no pagan las facturas. No le dije que no sirvieran para nada.
Le hizo un leve gesto con la cabeza y volvió a subir hacia la habitación 4.
Élise se quedó delante del ventanal. Abajo, la plaza se iba llenando despacio de abetos ridículos. Pensó en el total subrayado en la hoja de Marc, en la lista que había contado con los dedos y, sobre todo, en la pregunta de Claire, que seguía sin respuesta. Conservarlo sin tener que cargar con él.
Por primera vez desde que había llegado, no se preguntó cómo salvar la Navidad.
Se preguntó quién cargaría con enero.