Capítulo 9 — Élise
El Petit Sommet no había cambiado, y a Élise le pareció a la vez tranquilizador y ligeramente ofensivo.
La misma barra de zinc, los mismos taburetes de madera, la misma cabeza de rebeco disecada encima de la puerta del baño, con la misma guirnalda alrededor de los cuernos.
La misma estufa de hierro fundido al fondo del local, que rugía tan fuerte que había que levantar la voz a menos de dos metros.
Y en la mesa de al lado, la más cercana al calor, la misma mujer, con un periódico doblado, un vaso de vino caliente y las gafas en la punta de la nariz.
Madeleine Roux tenía setenta y dos años, el pelo blanco muy corto y una rebeca azul marino abrochada hasta arriba. Levantó la vista cuando Élise y Zoé entraron, cubiertas de nieve hasta las rodillas, y las vio acercarse sin el menor signo de interés.
—Has adelgazado —dijo.
—Buenas tardes, Madeleine.
—Buenas tardes. Has adelgazado.
—Veo que quince años no han cambiado nada.
—Sí. Tengo más tiempo para decir lo que pienso.
Zoé, que acababa de quitarse el gorro, se encaramó al banco de enfrente sin que nadie la invitara.
—Mamá dice que usted ya tenía mucho tiempo antes.
—Tu madre habla demasiado.
—Ella dice lo mismo de usted.
Madeleine miró a Zoé por encima de las gafas durante dos largos segundos. Zoé le sostuvo la mirada sin pestañear. Élise decidió en el acto que no intervendría jamás en esa relación, bajo ningún pretexto.
Se sentó.
—Sophie me ha dicho que usted ensayaba con los niños, antes. Para las Luces.
—No.
—Todavía no le he pedido nada.
—Ibas a pedirme que hiciera cantar a los niños el 24. La respuesta es no. Tengo setenta y dos años, está nevando, y la última vez que dirigí un coro de niños al aire libre, el pequeño de los Lacombe vomitó en el sombrero del alcalde.
Élise esperó. Sophie ya se lo había advertido: Te va a decir que no, y luego te va a decir que sí. Se obligó a no añadir nada. Bebió un sorbo del chocolate caliente que acababan de ponerle delante sin que lo hubiera pedido, porque por lo visto así funcionaba el Petit Sommet.
El silencio se prolongó. Madeleine dobló el periódico.
—¿Cuántos niños? —preguntó.
—Todavía no lo sé.
—Respuesta equivocada.
—¿Cuántos puede conseguir usted?
Esta vez Madeleine la miró con más atención.
—Doce seguros. Quince si los hermanos Pelletier no se van a casa de su padre. Dieciocho si consigo convencer a los del instituto de que no se van a morir de vergüenza.
Élise sacó la libreta.
—¿Ensayos?
—Mañana, a las diez, en el salón parroquial. Y el 23. No más, se aburren.
—¿Repertorio?
—Tres canciones. Los niños no son la Ópera de París y el público va a pasar frío.
—¿Necesidades?
—Un sitio cubierto si el 24 sigue nevando. Y alguien que compruebe la conexión del teclado. La última vez se fundió en mitad de Noche de paz .
—Thomas —dijo Élise mientras lo anotaba, sin pensarlo.
Madeleine levantó levemente las cejas.
—Cómo no.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que cuando en este pueblo algo tiene que funcionar, se llama a Thomas.
Bebió un sorbo de vino caliente y dejó el vaso con precisión.
—Y cuando algo tiene que volver a existir, por lo visto, se te llama a ti.
Élise se quedó con el bolígrafo suspendido sobre la libreta. No se le ocurrió nada que contestar, cosa que no le pasaba desde hacía por lo menos tres horas.
Zoé escribió algo en su propia libreta.
—¿Qué apuntas? —preguntó Élise.
—Nada.
—A ver.
—Secreto profesional.
—Me arrepiento profundamente de haberte enseñado esa expresión.
Madeleine seguía mirando a Élise. Tenía esa mirada que Élise recordaba muy bien, la que posaba sobre los exámenes, que veía la falta de ortografía desde el otro extremo de la clase y la mentira detrás de la excusa de la mochila olvidada.
—¿Era amarillo? —preguntó.
—¿El qué?
—El pósit.
Élise notó que la sangre le subía a la cara hasta la raíz del pelo.
—¿Cómo lo…? ¿Quién le ha…?
—Hugo no lo sabía. Tuvo que preguntar.
—Era amarillo —dijo Zoé, sin levantar la vista de la libreta.
Élise apoyó la frente en la mesa de formica, con suavidad, junto al chocolate caliente.
—Me vuelvo a París. Esta noche. Andando si hace falta.
—Van a cortar la carretera esta noche —dijo Madeleine.
—Pues viviré en el sótano del hotel hasta el deshielo.
Madeleine soltó un sonido breve, que en cualquier otra persona habría podido ser una risa.
Élise levantó la cabeza. Y porque hacía calor, porque la estufa rugía, porque aquella mujer le había enseñado a escribir y a quien te ha enseñado a escribir no se le miente de verdad, dijo algo que no tenía previsto decir.
—No estoy segura de saber lo que hago. Con las Luces. Con el hotel. Parece que lo sé, sé muy bien parecer que lo sé, es mi oficio. Pero en realidad improviso la mitad del tiempo.
Madeleine no contestó enseguida. Se quitó las gafas, las limpió con la punta de la rebeca y volvió a ponérselas.
—A tu edad —dijo— yo creía que un adulto sabía lo que hacía. Ahora sé que un adulto es simplemente alguien que lo hace igual.
Zoé levantó la cabeza de la libreta, con el ceño fruncido.
—¿Eso quiere decir que mamá improvisa?
—Mucho —dijo Madeleine.
—Lo sabía.
Zoé escribió algo, muy deprisa, apretando fuerte. Élise no preguntó qué.
*
Volvió al hotel poco antes de las cinco con un coro de entre doce y dieciocho niños, una cita para el ensayo, las mejillas quemadas por el frío y diecisiete farolillos sobre el mostrador en lugar de nueve.
Claire había seguido alineándolos mientras ella no estaba, y alguien había pegado encima un papelito: de parte de la familia Pelletier, perdón por el sombrero del alcalde .
Apenas le dio tiempo a quitarse el abrigo.
El móvil vibró a las cinco y un minuto. Clémence. Luego a las cinco y dos. Luego, a las cinco y tres, una llamada.
Contestó mientras iba hacia la recepción.
—Dime que no es el Pavillon.
—Es el Pavillon.
A Clémence le temblaba la voz, cosa que en ella solo pasaba en caso de fin del mundo o de cliente japonés descontento.
—Una inundación. Anoche reventó una tubería encima del salón principal. Se ha caído el techo. Lo cancelan todo hasta finales de enero. Y el seminario Varennes es el 8, Élise. Cuatrocientas personas. El 8.
Élise se detuvo delante del mostrador. Apoyó la mano sobre la madera, y la madera estaba fresca y sólida, y respiró.
El seminario Varennes. El contrato más grande del año para la agencia. El que ella misma había montado, durante ocho meses, y que le había confiado a Clémence al irse con una lista de tres páginas y una confianza que le había parecido razonable.
—Vale —dijo—. No te asustes.
—Estoy asustadísima.
—Lo sé. Asústate treinta segundos, y luego nos ponemos a trabajar.
Dejó el portátil sobre el mostrador, lo abrió y se sujetó el móvil contra el hombro. Oyó a Clémence respirar ruidosamente al otro lado de la línea, y esperó, porque le había prometido treinta segundos.
Fue en ese momento cuando su segundo móvil, el personal, se puso a vibrar sobre el mostrador. Echó un vistazo a la pantalla.
Céramiques Bonnaz: Lo siento, Élise, con la alerta naranja no podremos subir mañana. Cancelamos.
Luego otro, diez segundos después.
Miel du Grand-Mont: carretera cortada aquí, no puedo garantizar lo del 24, prefiero cancelar, lo siento.
Cerró los ojos un segundo.
—¿Élise? ¿Estás ahí?
—Estoy aquí. Se acabaron los treinta segundos. Mándame la lista de las salas que descartamos en mayo. La de las cuatro opciones. Y el contacto del gestor de cuenta de Varennes, no el del director, el del gestor, el que estaba encantado con el catering libanés.
Mientras hablaba, apareció un tercer mensaje. Bougies de l’Arpette: no podremos…
Se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que notó el sabor a hierro. Se colocó un mechón detrás de la oreja. Tenía dos móviles, un portátil, cuatrocientas personas en París, tres expositores que se iban borrando uno a uno de la Place des Tilleuls, y una sola cabeza.
La puerta del hotel se abrió a su espalda, con una ráfaga de frío y de nieve.
No se dio la vuelta. Sabía quién era por el ruido de las botas en el felpudo, dos golpes, y luego un tercero.
Thomas dejó una caja de farolillos al final del mostrador. No dijo nada. Miró el portátil, el móvil pegado a la oreja de ella, el otro móvil que seguía vibrando sobre la madera, y la cara de ella, y Élise supo que lo había entendido todo en tres segundos, porque eso era exactamente lo que él hacía.
—Clémence, espera un segundo.
Tapó el micrófono con la mano.
Thomas esperaba. No proponía nada. Simplemente estaba ahí, al otro lado del mostrador, con la nieve derritiéndosele en los hombros y las manos apoyadas en la madera, como las de ella.
Pensó en Pues enséñamelo . En No lo has preguntado . En el punto 5 de la hoja, que no preguntaba nada.
—Tres expositores del valle acaban de cancelar —dijo—. Por la carretera. Cerámica, miel, velas. Quizá alguno más. Y en París se acaba de hundir el techo de una sala encima de un seminario de cuatrocientas personas.
Tomó aire.
—No puedo con las dos cosas a la vez. ¿Puedes ocuparte tú de los expositores?
Oyó su propia voz decirlo. Sin más, sin bromas, sin justificarse, sin un si no te importa . Era la primera vez desde que había llegado. Quizá era la primera vez desde hacía mucho más tiempo.
Thomas no dijo que sí. Tendió la mano.
Ella lo entendió al cabo de un segundo. Cogió la libreta, la de todas sus listas, los expositores, los números, las flechas, las páginas del alcalde y de Sophie, el pósit amarillo metido entre dos hojas. Dudó, con los dedos sobre la tapa.
Luego se la dio.
Él la cogió sin hojearla delante de ella, fue a sentarse a la mesa de junto a la chimenea, sacó su propio móvil y marcó un número.
—Clémence —dijo Élise, apartando la mano del micrófono—. Soy toda tuya.
*
Tardó cuarenta y un minutos.
Llamó a la segunda sala de la lista de mayo, que estaba ocupada; luego a la tercera, que tenía hueco pero no aparcamiento; luego a la cuarta, una antigua nave industrial del distrito 11 que había visitado una vez y que le había parecido demasiado fría para un seminario en enero.
Volvió a llamar a la tercera para preguntar si tenían algún acuerdo con un aparcamiento cercano.
No lo tenían. Encontró ella misma un aparcamiento a trescientos metros, negoció por teléfono una tarifa de grupo con un responsable que se iba de vacaciones esa misma noche, volvió a llamar a la tercera sala para dejar una opción, llamó al gestor de cuenta de Varennes, le presentó la situación como una mejora más que como un siniestro, le habló del catering libanés, que al final podría trabajar en una cocina de verdad, y oyó al otro lado de la línea cómo un hombre que se había preparado para pasar una noche malísima descubría que solo iba a pasar una regular.
Durante todo ese tiempo, oía, en el límite de su conciencia, la voz de Thomas junto a la chimenea. Grave. Tranquila. Breve.
Sí, es el Hôtel des Mélèzes. No, lo entiendo.
¿Y si Hugo pasa a recoger su género mañana por la mañana, cuando abran la carretera?
… Tiene un 4x4 y cadenas. Sí… No, no hace falta que suba.
Lo montamos nosotros, y usted viene el 24 si se puede pasar.
Si no, Sophie atiende el puesto… Sí. Lo hará muy bien.
—Y mañana —dijo ella antes de colgar— eres tú quien vuelve a llamar a Varennes para confirmar. No yo.
—Pero es tu cliente.
—Es nuestro cliente. Alguien tiene que poder tomar el relevo sin que todo se hunda en cuanto yo no estoy. Esa es la idea de un equipo.
Oyó su propia frase en el mismo momento en que la pronunciaba. Levantó la vista hacia la chimenea, hacia Thomas inclinado sobre la libreta de ella, y habría preferido no darse cuenta de la ironía.
A las cinco y cuarenta y cuatro, Élise colgó con París.
Se quedó un rato inmóvil, con las dos manos sobre el mostrador y la cabeza gacha. Tenía los hombros agarrotados y un principio de dolor de cabeza detrás del ojo izquierdo. El seminario Varennes tenía sala. Clémence había dejado de temblar. El cliente dormiría.
El móvil vibró una última vez.
Clémence: Me has salvado la vida. Te debo una cena y probablemente un riñón. Por cierto, Mercier quería hablar contigo, me ha preguntado cuándo vuelves. Parecía de buen humor. Creo que hay novedades para ti, ¿no?
Élise releyó el mensaje. Mercier nunca preguntaba cuándo volvía la gente. Mercier nunca parecía de buen humor.
Dejó el móvil bocabajo sobre el mostrador, sin contestar.
Ahora no.
Cruzó el vestíbulo. El abeto brillaba en su rincón, y la estrella se ladeaba. Thomas seguía sentado junto a la chimenea, con el móvil sobre la mesa y la libreta abierta delante. Levantó la vista cuando ella llegó.
—Cerámica y velas —dijo—. Hugo les sube el género mañana a las nueve con el 4x4, y ellos vendrán el 24 si la carretera está despejada.
El de la miel no quiere arriesgarse. Sophie propone vender sus tarros en su caseta, en depósito.
Le parece bien. Y el de las velas me ha dicho que tiene un primo que hace queso de cabra en Villaroger y que buscaba un mercado para Navidad. Te he apuntado su número.
Hizo una pausa.
—Y ha sonado el fijo del hotel. Un tipo de Chambéry. Una habitación para dos, la noche del 24. Quería saber si desde las habitaciones se veía la plaza.
Élise lo miró.
—¿Y?
—Le he dicho que sí. Le he confirmado la 9.
Detrás de ellos, la puerta del despacho estaba entreabierta. Claire estaba en el umbral, con las gafas en la mano. Lo había oído. Nadie dijo nada. Claire volvió simplemente a su despacho, y Élise la oyó sentarse, y luego nada más, durante un buen rato.
Thomas giró la libreta hacia ella.
Élise miró la página. Debajo de sus propias notas, debajo de sus flechas inclinadas y sus abreviaturas, ahora había unas cuantas líneas con otra letra. Apretada, recta, regular. La misma que en el plano de la plaza, en las etiquetas de las guirnaldas, en el pósit.
Cerámica — OK, género vía Hugo 9 h. Velas — OK, ídem. Miel — depósito en casa de Sophie. + Queso de cabra (primo velas): 06…
Sus dos letras en la misma página. La de ella, que se iba hacia todas partes; la de él, que se sostenía recta.
No dijo nada durante un momento.
—Gracias —dijo por fin.
—¿Y tu techo?
—Arreglado. Bueno, el techo no. El seminario.
Él asintió. No le preguntó quién era Mercier, ni qué novedades había en París. No tenía forma de saberlo. Pero miró un segundo el móvil que ella seguía teniendo en la mano, bocabajo, con la pantalla contra la palma.
Ella se lo guardó en el bolsillo.
Recuperó la libreta, y no miró si el pósit amarillo seguía entre las páginas. Lo notaba de todos modos, bajo los dedos, a través de la tapa.
Destapó el bolígrafo. Debajo de las líneas rectas de Thomas, con su propia letra inclinada, añadió:
Pedir ayuda.
Miró la frase un momento. Luego escribió debajo:
Objetivo ambicioso.
Y, al cabo de un segundo:
Pero, por lo visto, factible.
Fuera, la nieve seguía cayendo, y en algún lugar hacia el valle, cortaban una carretera.