Capítulo 7 — Élise
La nieve había empezado durante la noche y, por la mañana, seguía sin decidirse a parar.
Élise se dio cuenta antes incluso de abrir los ojos, por el silencio.
No el silencio habitual de Mont-Roselin, que ya era considerable para alguien que solía dormir encima de una línea de autobús.
Un silencio más espeso, acolchado, como si alguien hubiera echado una manta sobre el mundo mientras ella dormía.
Fue hasta la ventana. El pueblo había desaparecido bajo el blanco. Los tejados, las calles, los coches del aparcamiento ya no eran más que formas redondeadas, y los copos caían despacio, gruesos, regulares, sin viento, con una paciencia infinita.
Abajo, una silueta con chaqueta oscura quitaba la nieve de los escalones de la entrada con una pala. Élise se quedó mirándola un momento, un gesto, luego otro, y después se apartó antes de poder preguntarse cuánto tiempo llevaba mirando.
Se vistió, cogió la bufanda roja del respaldo de la silla sin pensarlo mucho y bajó.
*
A las ocho, el plano de distribución había salido hacia el ayuntamiento con el número exacto de farolillos.
A las ocho y diez, Élise había publicado un mensaje en el grupo de Facebook del pueblo, Mont-Roselin Entraide , que tenía mil doscientos miembros y cuya última publicación trataba de un gato pelirrojo perdido. Había escrito simplemente:
Las Luces de Navidad vuelven el 24 a la Place des Tilleuls. Nos faltan farolillos. Si tenéis uno en casa, aunque esté estropeado, podéis dejarlo en la recepción del Hôtel des Mélèzes. Gracias.
No esperaba nada antes de mediodía. Quizá nada en absoluto, con la nieve.
A las nueve y veinte, la puerta del hotel se abrió y entró un anciano con gorro de lana, cubierto de nieve hasta los hombros, que sostenía un farolillo con las dos manos como quien sostiene una fuente caliente.
Lo dejó sobre el mostrador sin decir palabra, golpeó las botas contra el felpudo y luego la miró.
—Es el de mi mujer —dijo—. Lo colgaba todos los años delante de la panadería. No querría que se quedara en un armario.
Élise no supo qué contestar. Le dio las gracias, dos veces, y anotó su nombre —Robert Girod— en la libreta, con una letra un poco más esmerada que de costumbre. Él volvió a salir a la nieve antes de que ella pudiera ofrecerle un café.
A las once había nueve sobre el mostrador.
Llegaban uno a uno, traídos por gente que Élise no conocía o que reconocía vagamente, una cara con quince años más, una voz.
Una mujer con dos niños. El farmacéutico, que ya no era el mismo farmacéutico.
Un adolescente enviado por su abuela, que dejó el suyo murmurando «de parte de mi abuela» antes de salir huyendo.
Algunos estaban oxidados, uno había perdido el asa, otro estaba pintado de verde manzana por razones que nadie supo explicar.
Élise los alineó todos al final del mostrador.
Claire salió del despacho, se detuvo y se quedó mirando la fila de farolillos un buen rato.
—Nueve —dijo Élise.
—Ya veo.
Su tía no dijo nada más. Solo posó la mano sobre el verde manzana, un segundo, y luego volvió a su despacho, y Élise la oyó sonarse la nariz detrás de la puerta.
*
El abeto del vestíbulo había llegado el día 15.
Élise no se había fijado mucho en él hasta entonces, lo cual decía algo de su capacidad de observación, o quizá del abeto: estaba en el rincón, entre la chimenea y la escalera, plantado en un cubo de arena, sus buenos dos metros cincuenta de ramas verdes que olían a resina. Sin un solo adorno.
—No lo has decorado —dijo cuando Claire volvió.
—No.
—¿Por qué?
Claire se encogió de hombros. Miraba el abeto, no a Élise.
—Lo encargué como todos los años. Por costumbre. Y luego, cuando llegó, pensé que sería el último, y no tuve valor.
Élise miró el árbol desnudo. Luego las dos cajas de Probadas — OK , todavía alineadas contra el mostrador, y los farolillos, y la nieve detrás de los cristales.
—Lo hacemos ahora —dijo.
—Élise, tienes mil cosas que…
—Tengo cuarenta y siete cosas que hacer. Las he contado. Esta va primero.
Empezaron por las guirnaldas. Claire las desenrollaba y Élise las colgaba, dando vueltas alrededor del árbol con un método que no habría sido capaz de explicar pero que funcionaba.
Luego las bolas de cristal envueltas en papel de periódico, una a una.
Las estrellas de paja. Un angelito de madera con un ala pegada.
—¿Te acuerdas de la cabaña? —preguntó Claire en un momento dado, pasándole una bola dorada.
—¿Qué cabaña?
—La que querías construir en el abeto grande, fuera. Tenías diez años.
—Habría sido magnífica.
—Tenías una cuerda de tender y dos cojines.
—Era una fase de diseño.
Claire se rio. Era la primera vez que Élise la oía reírse de verdad desde que había llegado, una risa un poco oxidada, como una puerta que no se abre desde hace tiempo. Hizo durar el momento colgando la bola dorada muy despacio.
Luego sacó la estrella del bolsillo de la rebeca, para comprobar que había sobrevivido a la mañana.
Claire se detuvo en seco.
—Oh.
Tendió la mano, y Élise le dio la estrella. Su tía la hizo girar entre los dedos, con cuidado, como quien sostiene un objeto que creía perdido.
—Me pregunté durante años dónde habría ido a parar. ¿Dónde la has encontrado?
—En el desván. En una caja con mi nombre.
Claire se quedó callada un segundo. Luego esbozó una sonrisita que Élise no supo interpretar.
—A mamá le encantaba —dijo, devolviéndole la estrella—. Decía que un abeto perfectamente decorado resultaba sospechoso.
—Muy suyo.
—En este hotel, todo era muy suyo. Ese es el problema.
Entonces alguien llamó a Claire desde la cocina, algo de una entrega que no iba a llegar por culpa de la nieve, y su tía desapareció secándose las manos en el pantalón.
Solo quedaba lo alto del árbol.
*
La escalera de tijera del hotel tenía seis peldaños, una pintura gris desconchada y, en el último, una pegatina que decía NO SUBIR A ESTE PELDAÑO. Élise la abrió al pie del abeto y subió hasta el penúltimo, con una guirnalda enrollada en el brazo y la estrella en el bolsillo de la rebeca.
La copa del abeto seguía estando demasiado lejos. Se puso de puntillas. Seguía demasiado lejos.
Miró la pegatina.
—Te respeto —le dijo—. Pero no conoces mi situación.
No subió al último peldaño. Hizo algo peor: se inclinó. Solo un poco, con la mano tendida hacia la copa y los dedos a pocos centímetros de la última rama.
La escalera, que estaba apoyada sobre el viejo parqué encerado del vestíbulo, eligió ese momento para resbalar dos centímetros.
No era casi nada, dos centímetros. Pero la parte de arriba de su cuerpo ya se había ido en una dirección y los pies en otra, y durante una fracción de segundo muy clara, Élise vio exactamente lo que iba a pasar: la guirnalda, el abeto, ella en medio, y el viejo parqué tres metros más abajo.
Algo la sujetó por la cintura.
Dos manos, firmes, que la retuvieron en el momento en que la escalera se volcaba, y que la atrajeron hacia atrás, contra algo sólido y caliente. La escalera cayó de lado con un ruido de chatarra. Élise se deslizó a lo largo de lo que la sujetaba hasta que sus pies tocaron el suelo.
No se movió.
Thomas tampoco.
Estaba detrás de ella, muy cerca. Seguía con las manos en su cintura, por encima de la rebeca, y ella notaba cómo el pecho de él se levantaba contra su espalda, algo más deprisa de lo normal.
Olía al frío de fuera, a nieve derretida, a la lana húmeda de su chaqueta, y a algo más cálido por debajo que no era más que él.
La guirnalda colgaba del brazo de ella al brazo de él, como si alguien con mucha prisa los hubiera envuelto juntos.
El vestíbulo estaba en completo silencio. Hasta el reloj parecía haber dejado su segundo en suspenso.
Élise sabía que tenía que decir algo. Era su papel, en ese tipo de situaciones. Tenía una broma para cada ocasión; había hecho una en un aparcamiento helado tres días antes, con nieve dentro del cuello.
Abrió la boca y no le salió nada.
Notaba los dedos de Thomas a través de la lana, exactamente en el sitio donde estaban, y no pensaba en nada más. Era absurdo. Era una cintura. La gente se cogía por la cintura continuamente, para bailar, para cruzar calles, para hacerse fotos de boda que ella misma organizaba.
Fue él quien se movió primero. Retiró las manos, despacio, y dio un paso atrás. De pronto, el aire del vestíbulo le pareció mucho más frío en la espalda.
Se dio la vuelta.
Él llevaba las mangas remangadas hasta los codos y un destornillador metido en el bolsillo de la camisa.
Todavía sostenía en la mano izquierda una guirnalda enrollada que debía de haber soltado a medias al sujetarla.
La miraba, y por una vez ella no conseguía adivinar en absoluto lo que estaba pensando.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí.
Tenía la voz rara. Carraspeó.
—Sí. Muy bien. He… La escalera ha resbalado.
—Ya lo he visto.
—Había una pegatina. No he subido al último peldaño. Quiero que conste.
—Te has inclinado.
—La pegatina no lo prohíbe.
Él no contestó. Recogió la escalera, la enderezó y comprobó las bisagras con dos dedos.
—Podrías haberme esperado —dijo sin mirarla.
—Nunca se me ha dado muy bien.
La frase salió antes de que pudiera retenerla, y la oyó llegar al vestíbulo con todo su peso, con todo lo que quería decir y todo lo que no quería decir. Thomas se quedó quieto, con la mano en la escalera.
Élise cerró los ojos un segundo. Bravo.
—Esperar a la gente —precisó muy deprisa—. En general. En las colas. Me cuelo. Es un auténtico problema social.
Él la miró. No sonrió, pero tampoco dijo nada, y ella se lo agradeció más de lo que podía expresar.
Apoyó la escalera contra el abeto, bien recta, y la calzó con el pie. Luego tendió la mano.
—Dame.
Ella le dio la estrella sin entender. Él la giró hacia la luz de la ventana.
La cinta dorada se había desenrollado en una de las puntas torcidas, y el extremo colgaba un poco, debilitado por quince años de caja.
Sacó del bolsillo de la camisa un carrete pequeño de alambre de latón, cortó un trozo con el filo de los alicates y lo enrolló alrededor de la punta, tres vueltas, apretadas, precisas, antes de volver a pasar la cinta por encima.
Tardó treinta segundos. Élise se quedó mirando sus manos, y durante esos treinta segundos se olvidó de que había estado a punto de caerse.
La punta estaba más firme. Seguía torcida.
—Podrías haberla enderezado —dijo ella.
—La he reforzado.
—¿Y es distinto?
—Sí.
Le devolvió la estrella. Élise pasó el pulgar por la cinta, allí donde él había apretado el alambre.
—¿Por qué no la has enderezado?
Él se encogió de un hombro.
—Ya no habría sido la misma.
Élise notó que algo le subía por la garganta y, por una vez, no buscó ninguna broma para hacerlo bajar. No dijo nada.
—Sube —dijo él.
Ella lo miró.
—¿No vas a hacerlo tú?
—Es tu estrella.
Dudó, luego se metió la estrella en el bolsillo y subió. Thomas sujetaba la escalera con las dos manos, los brazos estirados y el pie contra el larguero. Ella no miró hacia abajo. No se inclinó. Al llegar al penúltimo peldaño, hizo lo que debería haber hecho la primera vez y preguntó:
—¿Me pasas la vara?
Él le tendió el gancho de las cortinas sin decir palabra. Ella colgó la estrella de su lazo de cinta, la subió hasta la copa y la deslizó sobre la última rama.
La estrella se posó. Luego se ladeó suavemente hacia la izquierda, hacia el lado de sus dos puntas torcidas.
Élise la enderezó con la punta del gancho. Esperó. La estrella volvió a ladearse, despacio, exactamente hacia el mismo lado, con una obstinación tranquila.
—Se ladea —dijo Élise.
—Siempre se ha ladeado.
Ella bajó la vista hacia él. Él miraba la estrella, con la cabeza levantada, y a la luz gris que entraba por las ventanas, con la nieve cayendo a su espalda, tenía una expresión que ella no le había visto desde que había llegado. No era una sonrisa. Era algo más tranquilo que eso.
Dejó que la estrella se ladeara.
*
Cuando enchufó las guirnaldas, el abeto se encendió de golpe, en el rincón del vestíbulo, entre la chimenea y la escalera.
Cientos de lucecitas amarillas, las bolas de cristal que devolvían el fuego, el ángel del ala pegada, y arriba del todo, la estrella de alambre, torcida, que atrapaba la luz en su cinta dorada.
En el rellano de la segunda planta, dos adolescentes belgas habían salido de su habitación y miraban por encima de la barandilla. Por una vez, los móviles les colgaban de la mano, olvidados.
Claire volvió de la cocina, se detuvo en medio del vestíbulo y no dijo nada.
Thomas plegó la escalera y se la llevó hacia el almacén. Al pasar junto a Élise, apenas aminoró el paso.
—Va a nevar todo el día —dijo—. Probablemente cierren las carreteras esta noche. Tus expositores del valle no subirán hasta mañana.
—Lo sé. Tengo un plan B.
—Lo sé.
Se alejó. Élise se quedó al pie del abeto, con una guirnalda de más al hombro y el sitio de la cintura donde todavía notaba, con total precisión, la forma de dos manos.
Levantó la vista hacia la estrella.
Se ladeaba. Aguantaba de todos modos.