Capítulo 5 — Élise
El plano de la Place des Tilleuls estaba en el centro del mostrador, exactamente donde Élise lo había dejado la víspera. Salvo que la fuente se había movido.
Se dio cuenta a las siete y media, con un cruasán en una mano y el café en la otra.
Alguien había borrado su fuente y la había vuelto a dibujar a lápiz, tres centímetros más a la izquierda, con trazos limpios y rectos que no se parecían en nada a los suyos.
El banco de delante de la farmacia estaba tachado.
Y tres crucecitas, que ella no había dibujado, marcaban tres puntos de la plaza, con una anotación en el margen, con la misma letra apretada:
No había ninguna nota. Ninguna firma. Nada.
Élise miró el plano, y luego la puerta del fondo, la que daba al patio y al cobertizo. Dejó el cruasán.
—Muy bien —le dijo a nadie—. Aquí no se comenta nada. Eres una profesional.
Guardó el plano en su carpeta, entre el certificado del seguro y la lista de expositores, y no comentó nada. Durante al menos diez minutos.
*
El alcalde de Mont-Roselin se llamaba Gilles Aubert, tenía sesenta y cuatro años, un bigote gris muy cuidado y la expresión de un hombre que había visto pasar muchos proyectos formidables.
La escuchó durante cuatro minutos sin interrumpirla, con las manos cruzadas sobre la mesa. La señora Charvet, la secretaria del ayuntamiento, tomaba notas en un rincón con cara de estar viendo un partido.
Élise había preparado su presentación en el orden que usaba siempre: la situación, las cifras, la propuesta, el calendario. Empezó por la tasa de ocupación del hotel, la curva de los diciembres, la oferta del grupo inmobiliario.
Y al cabo de cuatro minutos, vio que al alcalde se le cerraba la cara.
No de golpe. Solo un poco. Como una puerta que se empuja con el pie al pasar. Conocía esa cara. Era la de los clientes que se habían dado cuenta de que les estaban vendiendo algo.
Te acuerdas de las Luces como de algo que existía.
Se detuvo en mitad de una frase. Cerró la carpeta.
—Perdone —dijo—. Se lo estoy contando al revés.
El alcalde enarcó una ceja. La señora Charvet levantó la nariz de la libreta.
—Las Luces no eran la fiesta del hotel. Eran la suya.
La del pueblo. Mi abuela coordinaba, pero quienes cocinaban eran Sophie y sus padres, quienes montaban las casetas eran los artesanos, quienes cantaban eran los niños del colegio.
No vengo a pedirle que ayude al hotel. Vengo a preguntarle si al pueblo le apetece volver a encender su plaza este año.
Y si es así, el hotel se encarga de todo lo pesado.
Los papeles, los seguros, la coordinación, las llamadas.
Usted solo tiene que decir que sí o que no.
Hubo un silencio.
El alcalde descruzó las manos. La miró un buen rato, y Élise se obligó a no llenar el silencio, lo cual le exigió un esfuerzo físico considerable.
—Usted es la niña de los Martin que prendió fuego al puesto de castañas —dijo por fin.
—No fui yo.
—Lo sé. Fue el chico de los Delmas. Quería ver si lo encubría.
Élise abrió la boca. La señora Charvet tosió sobre su libreta de una manera que se parecía mucho a una risa.
—Enséñeme el plano.
Élise volvió a abrir la carpeta y se lo tendió.
Él lo miró, asintió, y ella vio que se le levantaban las cejas muy ligeramente.
—Por lo menos es correcto. La última persona que me trajo un plano de la plaza se había olvidado de la fuente.
—Cuidamos mucho las fuentes —dijo Élise—. Es política de la casa.
Él cogió un bolígrafo, sin pedirle opinión, y trazó una flecha desde la parte baja de la plaza.
—Si pone los farolillos por aquí, hacemos que la gente llegue por la rue de l’Église. Es mejor para la circulación. Y para los comercios.
Élise no dijo que ya lo había pensado. Asintió, tomó nota y le preguntó dónde pondría las vallas.
Él dibujó dos. Luego una tercera. Ella conocía ese movimiento, lo había visto en salas de reuniones mucho más grandes, alrededor de mesas mucho más caras: la gente rara vez decía que sí a una idea.
Decía que sí cuando empezaba a hacerla suya.
Lo dejó dibujar una cuarta valla, que no necesitaba nadie.
—Autorización de ocupación de la plaza para el 24 —dijo por fin, dejando el bolígrafo—.
Con condiciones. Certificados del seguro de todos los expositores antes de mañana por la noche.
Revisión de las cajas eléctricas como muy tarde el 23.
Tres casetas, no cinco: las otras dos tienen el suelo podrido.
Salió del ayuntamiento a las diez menos veinte con una autorización con condiciones, una cita para la revisión eléctrica y unas ganas muy claras de ir a llamar a la puerta del cobertizo para decir algo.
No sabía qué. Gracias, quizá. O podrías habérmelo dicho.
O las dos cosas, lo cual podía acabar mal.
Fue a la panadería.
*
La panadería Aux Délices du Roselin olía exactamente igual que en su recuerdo: a mantequilla, a azúcar caliente, a canela y a algo más profundo, más oscuro, que debía de ser el pan de especias que se hacía en el obrador.
El escaparate estaba empañado hasta la mitad.
Detrás del mostrador, Sophie envolvía un brioche para una señora mayor con una rapidez digna de un prestidigitador.
Levantó la vista, vio a Élise, y una gran sonrisa se le fue dibujando despacio en la cara.
—Vaya, vaya —dijo—. Han hecho falta quince años para volver a verte caer a los pies de Thomas Delmas.
La señora mayor se volvió para mirar a Élise con un interés considerable.
—Lo viste —dijo Élise.
—Lo vi todo. Estaba en el escaparate. Hasta vi la maleta. Se portó muy bien, tu maleta.
—Ella sí.
Sophie le dio el cambio a la señora, que salió tomándose su tiempo, seguramente para oír algo más, y luego rodeó el mostrador y abrazó a Élise, harina incluida.
Habían ido juntas al colegio. No habían sido amigas de verdad, pero tampoco nada: la clase de relación que se tiene con alguien con quien se han compartido cinco años de autobús escolar por las curvas.
Sophie se había quedado con la panadería de sus padres a los veinticinco años; tenía una hija, unos antebrazos de panadera y una mirada a la que se le escapaban pocas cosas.
—Thomas me ha dicho que quieres volver a montar las Luces.
Élise se quedó quieta.
—¿Thomas te ha dicho eso?
—Vino a las seis a arreglarme la puerta del horno. Lleva dos semanas atascándose. Le pregunté si era verdad que habías vuelto.
—¿Y qué te dijo?
—Me dijo «sí».
—¿Y ya está?
—Es Thomas. Un «sí» ya es una conversación. Así que le pregunté «¿y qué?», y me dijo que querías volver a hacer las Luces. Y que eras capaz.
Élise notó que algo se le desplazaba en el pecho, ligeramente, como un mueble que se empuja unos centímetros en una habitación que creías conocer.
—¿Lo dijo así? ¿«Es capaz»?
Sophie se lo pensó, con el trapo al hombro.
—Dijo: «A los diecisiete años ya organizaba la mitad de las Luces. La abuela Martin hacía como que no se daba cuenta».
Élise no supo qué contestar. Abrió la libreta para tener algo que hacer con las manos.
—Bueno —dijo Sophie—. ¿Qué quieres?
Élise se lo explicó. Le habló de la caseta de la panadería a la entrada de la plaza, de los brioches, del pan de especias, del chocolate caliente. Esta vez no habló del hotel en primer lugar.
Sophie la escuchó hasta el final.
—Vale —dijo—. Pero no lo hago por el hotel. Lo hago porque mi madre hizo los brioches de las Luces durante veinte años, y el último año lloró mientras guardaba los moldes.
—Lo entiendo.
—Y tengo una condición.
Una cabecita morena asomó por detrás de la cortina de la trastienda. Una niña de unos diez años, en pijama debajo de una rebeca, con gafas redondas y el aire serio de quien preside una comisión de investigación.
—La condición soy yo —dijo.
—Zoé —dijo Sophie—. Mi hija. Primer día de vacaciones. Se ha pasado la mañana oyendo hablar de ti y quiere hacer el taller de los niños.
Zoé se acercó y miró a Élise de arriba abajo, con mucha seriedad.
—¿Eres tú la que organiza fiestas gigantes en París?
—Sí.
—¿Para cuánta gente?
—La más grande, ochocientas personas.
Zoé asintió despacio, impresionada pero muy decidida a no demostrarlo.
—¿Y no te da miedo?
La pregunta era tan directa que Élise se quedó un segundo sin respuesta.
—Todo el rato.
Zoé frunció el ceño.
—Pero lo haces igual.
—Sí.
—Entonces no cuenta.
Élise miró a Sophie, que se encogió de hombros como diciendo lo hace todos los días .
—Y te caíste en el aparcamiento —siguió Zoé.
—Las dos informaciones son ciertas.
—¿Te hiciste daño?
—Solo en la dignidad.
Zoé se lo pensó.
—¿Y eso dónde está?
Sophie soltó una carcajada detrás del mostrador. Zoé no se rio. Le tendió la mano, muy formal.
—Puedo ayudarte. Soy muy organizada. Mamá dice que soy pesada, pero es lo mismo.
Élise le estrechó la mano.
—Contratada. Primera reunión esta tarde en el hotel. Tengo un problema de guirnaldas.
—Para la coral —añadió Sophie, volviendo detrás del mostrador—, ve a ver a Madeleine Roux. En el Petit Sommet, la mesa del fondo, junto a la estufa. Antes ensayaba con los niños. Te va a decir que no, y luego te va a decir que sí. No te quedes en el primero.
*
El problema de guirnaldas estaba en el sótano del hotel, en forma de seis cajas de cartón marcadas con NAVIDAD en rotulador, que nadie había abierto desde hacía años.
Élise las subió una a una al vestíbulo. La sexta era la que más pesaba y, cuando la abrió, entendió por qué: no contenía guirnaldas, sino una sola guirnalda, o quizá veinte, fundidas en una masa compacta de cables verdes, bombillas y ganchos, que debía de haberse formado lentamente en la oscuridad, como un organismo.
Zoé llegó a las dos, ya sin pijama, con una libreta de espiral y un lápiz.
—¿Qué es eso? —preguntó, mirando la caja.
—Un desafío.
Empezaron por las cajas fáciles, que vaciaron sobre la alfombra del vestíbulo: guirnaldas más o menos desenredadas, bolas de cristal envueltas en papel de periódico, estrellas de paja. Zoé lo apuntaba todo en su libreta con una aplicación aterradora. Guirnalda verde 1. Guirnalda verde 2 (fea).
Luego Élise atacó la sexta caja.
Encontró una punta y tiró con suavidad. La punta salió.
Tiró otra vez. Algo más salió con ella, luego una bombilla se le enganchó en la manga, luego un segundo lazo se le enrolló en la muñeca, y cuando retrocedió para soltarse, la masa entera la siguió, como un animal fiel.
Dio un paso atrás, pisó un cable, perdió el equilibrio y cayó sentada en uno de los sillones de la chimenea, con los dos brazos atrapados en las guirnaldas hasta los codos.
Zoé la miró sin reírse. Casi era peor.
—Muy bien —dijo Élise—. Acabo de perder oficialmente un duelo contra una caja de Navidad.
—Hay que empezar por la punta —dijo Zoé.
—He empezado por la punta.
—No. Has empezado por una punta. Hay que encontrar la punta de verdad, la del enchufe. Mamá dice que con todo pasa igual.
Élise miró a la niña, sus gafas redondas, su libreta, su aire de autoridad absoluta.
—Tu madre tiene razón.
—Ya lo sé. No te muevas.
Zoé se arrodilló delante del sillón y empezó a seguir el cable con los dedos, con paciencia, lazo a lazo. Al cabo de un rato, sin levantar la vista, preguntó:
—Si organizas fiestas gigantes, ¿por qué no eres capaz de hacer esto?
Élise se tomó la pregunta en serio. Se lo merecía.
—Porque para las fiestas gigantes hay un método. Listas, gente, horarios. Cuando algo va mal, sabes a quién llamar. Pero esto —añadió, levantando una muñeca enguirnaldada— no lo ha puesto nadie en ninguna lista.
Zoé encontró el enchufe. Lo levantó en alto.
—Aquí está la punta de verdad.
A las cinco habían liberado un brazo de Élise y tres guirnaldas de lo que al final resultaron ser siete, y Zoé había llenado cuatro páginas de su libreta. Sophie vino a buscarla. Élise le dio las gracias con una solemnidad a la que Zoé respondió con un apretón de manos.
La masa restante esperaba sobre la alfombra, hecha una bola, en silencio, como una amenaza.
Élise la miró, luego fue a cenar con Claire, y no pensó en Thomas durante toda la cena. Bueno, no mucho. No estaba. No preguntó dónde estaba.
*
Cuando volvió a pasar por el vestíbulo hacia las diez de la noche, la alfombra estaba despejada.
Las guirnaldas liberadas estaban guardadas en dos cajas, alineadas contra el mostrador. En la primera, una etiqueta de papel kraft, con la misma letra apretada que en el plano: Probadas — OK . En la segunda: No funcionan — no enchufar .
Y en medio del vestíbulo, junto a las dos cajas, la masa de guirnaldas enredadas seguía allí, intacta, exactamente donde ella la había dejado.
Tenía pegado un pósit amarillo.
Esta te la dejo a ti.
Y debajo, más pequeño:
No tenemos presupuesto para comprar otras.
Élise se quedó un momento inmóvil en medio del vestíbulo, con el reloj titubeando a su espalda.
Luego se echó a reír, sola, demasiado alto, y se tapó la boca con la mano pensando en los clientes que dormían arriba.
Releyó la segunda línea. Tenemos. Se preguntó si lo había escrito a propósito, y casi enseguida comprendió que Thomas nunca escribía nada que no fuera a propósito.
Despegó el pósit con cuidado y lo guardó en la libreta, entre la página del alcalde y la de Sophie. No sabía muy bien por qué.
Decidió no pensarlo.