Capítulo 3 — Élise
Élise se despertó a las siete con la nariz helada y la absurda certeza de tener dieciséis años y un examen de física.
Tardó unos segundos en reconocer el techo, el papel pintado de flores amarillas, el radiador que tintineaba bajo la ventana como si se estuviera planteando la idea de calentar.
Luego la memoria volvió en orden: la autopista, la placa de hielo, Thomas.
El chico al que he evitado con mucho cuidado durante quince años. Hundió la cara en la almohada.
—No —le dijo a la almohada—. No vamos a hacer esto. Nos vamos a levantar y vamos a ser una persona funcional.
Se levantó. El parqué estaba helado. Encontró un calcetín, renunció al segundo y fue hasta la ventana.
Abajo, el aparcamiento estaba cubierto por una fina capa de sal, reciente, regular, hasta el último metro. Unas huellas iban de los escalones hacia la parte trasera del hotel. Élise se quedó mirándolas un momento y luego miró el móvil, porque era más fácil.
Once correos. Tres de Clémence, su compañera de trabajo, uno de ellos con el asunto URGENTE (no del todo, pero un poco). Contestó dos, marcó el tercero como no leído para hacerse la ilusión de que volvería a él más tarde, y bajó.
*
A las nueve se había tomado tres cafés y había descubierto que su tía tenía un concepto muy personal del orden.
Los archivadores cubrían el escritorio, la silla y buena parte del suelo. Élise se había sentado en el suelo, en medio de todo, como en un fuerte.
—¿Por qué están las facturas del fontanero con los menús de Nochebuena?
—Porque el archivador azul estaba lleno.
—Aquí mismo hay un archivador rojo vacío.
—No me gusta el rojo.
Élise dejó la factura despacio.
—Vale.
—Me estás juzgando.
—Para nada.
—Tienes la misma cara que ponías a los quince años cuando yo guardaba los vasos de agua con las tazas.
Élise decidió no tocar el sistema de archivo. Habría necesitado una semana solo para entender el orden existente, y no tenía una semana. Abrió el archivador Banco , luego Obras , luego Proveedores , y dejó de pensar.
Era la parte de su cerebro que mejor conocía, la que se encendía en París cuando un catering cancelaba la víspera de una gala. Las emociones se retiraban educadamente a un rincón. Las columnas, en cambio, se ponían en fila.
Tasa de ocupación anual: un treinta y uno por ciento.
Una facturación en descenso desde hacía seis años, primero poco a poco, luego no tan poco a poco.
El descubierto bancario al límite desde la primavera.
Dos proveedores pagados con retraso. Y tres presupuestos grapados juntos: el tejado de la tercera planta, la sustitución de varios equipos de cocina y la caldera.
Hizo la suma de cabeza, y luego en el móvil para asegurarse.
—Cuarenta mil.
—Para lo que ya no puede esperar, sí.
—¿Y el banco?
Claire le tendió la última carta. Una negativa, redactada con mucho pesar y muy poco margen de interpretación.
—No le prestan dinero a un hotel que lleva seis años perdiéndolo para arreglar un tejado. Yo en su lugar tampoco me lo prestaría.
—¿Tienes por lo menos una conexión a internet decente para mandarles documentación?
Claire esbozó una sonrisita.
—¿Te acuerdas del módem que parpadeaba en aquel rincón?
Élise se quedó helada.
—No.
—Sí.
—Claire, yo tenía diecisiete años.
—Sigue funcionando. Bueno, sigue parpadeando.
Élise abrió el sitio web del hotel en el móvil. Tardó doce segundos en hacer una mueca.
—¿Quién ha hecho esto?
—El hijo del antiguo farmacéutico.
—¿Y sigue vivo?
—Élise.
—El sitio web, Claire. Hablo del sitio web.
Anotó wifi en el margen de su libreta, luego, debajo, urgentemente , y lo subrayó dos veces.
Claire sacó un sobre de una carpeta y lo dejó delante de ella. La oferta del grupo. Élise la leyó: el importe, las condiciones, una firma muy legible al pie de la página. Y una fecha.
—El 2 de enero.
—Después, buscarán en otra parte. Su representante viene el 22 para «preparar los próximos pasos». Quería que durmieras una noche aquí antes de saber que era una de las últimas.
La oferta era limpia. Élise lo vio enseguida, con la parte honesta de su cerebro: Claire podría devolver lo que debía y marcharse sin arrastrar deudas. Era una solución. Probablemente la solución razonable. Lo odiaba.
—¿Y qué harías después?
—Dormir.
Élise esperó.
—Mucho —añadió Claire—. Y luego un piso más abajo, en el valle. Un sitio donde, cuando un radiador haga un ruido raro, pueda llamar a alguien.
—Entonces quieres vender.
Claire se quitó las gafas y las plegó con muchísimo cuidado, como si fuera una operación delicada.
—Quiero dejar de tener miedo al próximo problema.
No era la misma respuesta. Élise lo entendió, y no dijo nada, porque no sabía qué hacer con esa diferencia.
—¿Tienes las cuentas de los años anteriores? —preguntó por fin—. Quiero ver cuándo empezó todo.
Claire señaló el armario del fondo del despacho.
—El archivo. Suerte. Tu abuela no tiraba nada.
*
Su abuela no tiraba nada, efectivamente. Debajo de los libros de registro encuadernados en tela y de una caja de postales de clientes llegados de todo el mundo, Élise encontró los libros de cuentas, uno por año, alineados como soldados.
Al principio se limitó a seguir la pendiente, como quien sigue un camino cuyo final ya conoce. Luego algo la hizo detenerse. Volvió atrás, comparó, cogió otro libro para comprobarlo.
Diciembre.
Durante años, diciembre había sido el mejor mes del hotel.
No un buen mes: el mejor, con diferencia.
Completo del 15 al 2 de enero, con una lista de espera anotada a lápiz en el margen, y el restaurante abierto por las noches para la gente del pueblo.
Diciembre, por sí solo, suponía casi una quinta parte de la facturación del año.
Luego, de un libro a otro, diciembre había empezado a parecerse a noviembre.
Fue en ese momento cuando un papel doblado se deslizó de entre dos libros y le cayó en las rodillas. Un pequeño cartel, doblado en cuatro, con los pliegues blanqueados por el tiempo.
LES LUMIÈRES DE NOËL
Mont-Roselin — Place des Tilleuls
Mercado de artesanos · Coral · Farolillos · Gran velada del 24 de diciembre
Debajo, con rotulador, de puño y letra de su abuela: ¡Reservad pronto, el hotel siempre se llena!
Élise se quedó inmóvil un buen rato.
Lo recordaba todo a la vez: el olor del vino caliente y de las castañas asadas, la plaza llena de gente abrigada hasta las orejas, la coral que desafinaba con mucha convicción, su abuela corriendo de una caseta a otra con una lista en la mano y un lápiz detrás de la oreja, asegurando que ella nunca daba órdenes.
Recordaba haber pensado, a los diez años, que aquel era el oficio más maravilloso del mundo.
Nunca se había preguntado de dónde le venía el suyo.
Dentro del pliegue había una foto. La plaza una noche de Luces, las casetas, el gran abeto iluminado, el hotel al fondo con todas las ventanas encendidas.
Y a la izquierda del todo, algo borrosa porque se estaba moviendo, una adolescente con una bufanda roja, con la cara vuelta hacia alguien que no se veía, riéndose.
No le hacía falta saber quién estaba fuera del encuadre. Se acordaba de la bufanda, y de lo que la había hecho reír: una historia de castañas quemadas y de una apuesta perdida, que el chico en cuestión nunca había querido admitir que perdió a propósito.
Guardó la foto dentro del cartel, muy deprisa, como quien cierra una puerta para cortar una corriente de aire.
Luego volvió a los libros de cuentas. Los años de las Luces, diciembre estaba lleno. Cuando las Luces empezaron a languidecer, con algo menos de expositores, luego sin coral, luego sin nada, diciembre había seguido exactamente la misma pendiente.
No era una coincidencia. Era una curva.
*
Encontró a Claire en la cocina con Thomas, que estaba agachado debajo del fregadero, con las mangas remangadas y una llave inglesa en la mano. Claire le tendía una junta. Los dos levantaron la vista cuando Élise entró, con el cartel en una mano y tres libros de cuentas bajo el brazo.
—¿Por qué dejaron de hacerse las Luces?
Algo cruzó muy deprisa por la cara de Claire.
—No dejaron de hacerse. Se fueron apagando. Cuando mamá ya no pudo ocuparse, el ayuntamiento lo retomó un año o dos, pero nadie tenía tiempo de verdad. Menos expositores, luego sin coral, y un invierno nos dimos cuenta de que nadie había organizado nada.
—Y diciembre se hundió.
—Diciembre se hundió en todas partes, cariño. Son los tiempos, la gente se va a buscar el sol…
—No.
Élise abrió los libros de cuentas uno al lado del otro sobre la mesa, por la página de diciembre.
—Mira. No cae con la montaña, cae con las Luces. Mismo año, misma pendiente. La gente no venía a Mont-Roselin a esquiar, hay estaciones más grandes a veinte minutos. Venía por esto.
Debajo del fregadero, Thomas había dejado de apretar.
—Aunque sea verdad —dijo Claire—, una fiesta no va a pagar cuarenta mil euros de obras.
—Lo sé. Ese no es el problema.
—Te has pasado la mañana diciéndome que ese era exactamente el problema.
—No. Los cuarenta mil euros son la consecuencia.
Élise se puso a caminar, tres pasos hasta la ventana, media vuelta, tres pasos hasta la mesa. Siempre pensaba mejor caminando.
—El problema es que el hotel ya no da ningún motivo para venir aquí y no a otro sitio. Tienes dieciocho habitaciones, un comedor con vistas, un pueblo que parece una postal en cuanto nieva, ¿y qué vendes? Noches. Las montañas son gratis, Claire, y están en todas partes. Las noches también.
—Es lo que se suele vender en un hotel.
—Precisamente.
Élise dejó el cartel en medio de los libros de cuentas.
—No quiero ganar cuarenta mil euros el 24 de diciembre. Sería absurdo. Quiero demostrar que este sitio todavía puede atraer a gente. Reservas para el año que viene. Señales, si se puede. Contactos. Cifras que se puedan poner delante de un banco y que digan: miren, aquí todavía pasa algo.
Tomó aire.
—Dame siete días.
Claire la miró un buen rato, con esa mezcla de cariño y de profundo cansancio que en otros tiempos reservaba para sus notas del colegio.
Fue Thomas quien habló primero. Se había levantado y se secaba las manos con un paño de cocina, sin prisa.
—Las Luces eran sesenta expositores. Una coral. Seis meses de preparación.
—Lo sé.
—Tienes seis días.
—Siete.
—Seis. El 25 ya nadie va a un mercadillo de Navidad.
Élise abrió la boca. Volvió a cerrarla. No le faltaba razón, y eso la sacaba de quicio.
—Siete —repitió—. Me guardo uno para entrar en pánico.
La comisura de la boca de Thomas se movió. Habría jurado que se movía. Pero él se volvió hacia el fregadero antes de que pudiera estar segura.
Claire suspiró, con un largo suspiro que parecía venir de muy lejos, quizá de 1958.
—Muy bien. Hasta el 24. Pero no aplazo el 2 de enero. No gastas el dinero que no tenemos. Y no quiero que te agotes por un edificio, Élise.
—Prometido.
—No escuchas, pero oyes. Algo es algo.
Cogió el cartel entre las manos y pasó el pulgar por el borde amarillento. Luego, sin levantar la vista:
—¿Y tú? Haces todo esto, ¿y luego?
—Me vuelvo.
Élise lo había dicho deprisa. Demasiado deprisa, lo oyó ella misma. Pero era la verdad: el piso, el trabajo, París, una vida que había tardado años en construir pieza a pieza y que la esperaba tranquilamente a seis horas de autopista.
Claire asintió y no dijo nada más.
Debajo del fregadero, la llave inglesa volvió a girar.
*
Élise subió casi corriendo a la habitación 12 y volvió a abrir el portátil sobre el escritorio donde había preparado los exámenes de bachillerato. El documento seguía allí. Arriba, en negrita, la primera línea de su lista.
Ayudar a Claire a vender el hotel.
Puso los dedos sobre el teclado, dudó un segundo y añadió tres palabras justo debajo.
A menos que.