Capítulo 8 — La canción jamás entregada #3
Aunque borrosa, reconozco mi jersey claro y el pelo recogido. Tengo la mano derecha levantada frente a mí, como si acabara de soltar algo.
O a alguien.
En el borde de la imagen, una manga oscura desaparece tras la esquina del pasillo.
— Para — digo.
Oliver rebobina. La pantalla pixela la silueta hasta volverla casi abstracta.
Un hombro. Un brazo. El reflejo de una cremallera metálica.
Ninguna cara.
— No se ve nada — dice Jamie.
— Nathan tiene el original — responde Oliver—. Este se ha comprimido tres veces. Me ha dicho que todavía debe de tener sus copias de seguridad en casa de sus padres.
— ¿Puede enviárnoslo?
— Está de viaje hasta mañana. He insistido.
Como para darle la razón, me vibra el teléfono.
Llega un mensaje al grupo MIÉRCOLES. Leah acaba de añadir a Nathan Cole.
Un archivo de audio acompaña a una fotografía negra en la que solo se distingue el techo de un coche.
Pulso reproducir.
La voz de Nathan llena la sala de música.
Bennett, antes de que Collins mande un equipo de asalto a casa de mis padres: yo no escribí tu carta. Oliver tampoco, aunque habría vendido a su madre por una rima decente. Pero he visto el vídeo. Y creo que sé quién te cogía la mano.
El mensaje se detiene.
— ¿Crees? — repito.
El teléfono vuelve a vibrar.
Vuelvo mañana por la mañana. A las diez, en casa de mis padres. Os enseñaré el original. No me preguntéis el nombre antes. Quiero estar seguro.
Leah contesta en menos de tres segundos: ALLÍ ESTAREMOS A LAS NUEVE Y CINCUENTA.
Sophia añade: Con las diez basta.
Emily manda un corazón, una lupa y, por alguna razón, un castor.
Levanto la cabeza.
Oliver cierra la carpeta negra. Jamie sigue mirando la imagen congelada en el teléfono viejo.
— ¿Reconoces la cazadora? — le pregunto.
— No.
Contesta demasiado rápido para tranquilizarme, con la calma suficiente para que le crea.
Oliver guarda su canción en el fondo del armario.
— Puedes quedártela — digo.
— Esperaba que exigieras una interpretación en público.
— Prefiero preservar nuestra amistad recién recuperada.
Le tiende la mano a Jamie.
El gesto es torpe, casi solemne.
Jamie la mira un segundo, y luego la estrecha.
— Siento lo del amplificador — dice.
— No estaba roto.
— Tocaba tus canciones. La cuestión sigue abierta.
Oliver se ríe.
Cuando salimos del instituto, ya ha caído la noche.
Las farolas del patio dejan círculos pálidos sobre el asfalto. Hojas mojadas se me pegan a los zapatos. Jamie camina un paso por delante de mí, con las llaves de la furgoneta en la mano.
— Espera.
Se detiene.
— ¿Sabías que el faro hablaba de ti? — pregunto.
Su rostro se cierra lo justo.
— No.
— Oliver lo sabía.
— Oliver siempre ha confundido sus intuiciones con hechos.
— Y tú confundes tus sentimientos con información clasificada.
El viento levanta el borde de su abrigo.
— Mary, anoche te quitaste el anillo.
— Conozco la cronología.
— Thomas vuelve el domingo.
— También conozco su horario.
— Entonces entiendes por qué no voy a terminar esa frase ahora.
— No. Oigo el porqué. No es lo mismo.
Baja los ojos hacia mi mano desnuda.
Esta vez la mira de verdad.
— Si te digo algo hoy — dice—, pasarás el resto de la semana preguntándote si eso cambió tu decisión. Y si vuelves con Thomas, te preguntarás si me hiciste daño. Si no vuelves con él, te preguntarás si es por mi culpa.
— Quizá me corresponda a mí decidir qué cambian tus palabras.
— Sí.
Da un paso hacia mí.
— Pero me corresponde a mí elegir no dártelas como una deuda justo cuando intentas respirar.
La canción de Oliver vuelve a mí.
Una confidencia convertida en prueba. Unas palabras ofrecidas con la esperanza secreta de forzar una respuesta.
Jamie se niega a convertir su amor en una pieza del expediente.
Esa certeza me conmueve más profundamente que la confesión que retiene.
— ¿Siempre haces eso? — pregunto.
— ¿El qué?
— Decides lo que necesito antes que yo.
Hace una mueca.
— Estoy intentando precisamente no hacerlo.
— Es exasperante.
— Lo sé.
— Y muy noble.
— No se lo digas nunca a Oliver. Escribiría una canción.
Nos quedamos cara a cara en medio del aparcamiento vacío.
Podría dar un paso adelante.
La distancia entre nosotros es lo bastante corta como para convertirse en una elección.
Jamie no retrocede.
Tampoco la acorta.
Me vuelve a vibrar el teléfono en el bolsillo.
Esta vez no es ni Leah ni Nathan.
Thomas ha enviado la fotografía de una caja colocada en nuestra entrada, en Londres. En un lateral, con rotulador negro, ha escrito SINGAPUR.
La tenía preparada desde antes de irme. No quiero que vuelvas a descubrir mis decisiones después de que estén hechas.
Miro el mensaje, y luego a Jamie bajo la luz blanca del aparcamiento.
Dos hombres eligen por fin no ocultarme nada.
Uno abre una caja demasiado tarde.
El otro guarda una frase cerrada para no encerrarme dentro de ella.
Todavía no sé cuál de esos dos gestos habla mejor del amor.
Pero, por primera vez desde el lunes, la pregunta ya no es quién me quería hace diez años.
Es entender por qué, en todos mis recuerdos, busco a Jamie en cuanto vuelve la luz.
Mañana, Nathan me enseñará la mano que sostuve en la oscuridad.
Esta noche, es la que Jamie no me tiende la que no me deja respirar.