Siete días para amarte Capítulo 6 — El cuaderno rojo
20%

Capítulo 6 — El cuaderno rojo

MARTES

La trampilla resiste exactamente tres segundos.

Jamie empuja con el hombro, la madera gime y una lluvia de polvo le cae sobre el pelo.

Leah retrocede con un grito indignado.

— Como muera de una enfermedad medieval en el desván de tu madre — dice—, le explicarás a mi agencia que fue por una investigación prioritaria.

— Les diré que te venció una bola de polvo — responde Sophia.

— Nadie se creerá un final tan poco teatral.

Jamie asoma la cabeza por la abertura, ilumina rápidamente las vigas y sube los últimos peldaños.

— El suelo aguanta — anuncia—. Solo evitad la zona cerca de la chimenea y cualquier cosa que parezca un portal a otra dimensión.

— ¿Cómo se distinguen? — pregunta Emily.

— Los portales suelen estar mejor aislados.

Subo detrás de él.

El aire del desván huele a madera seca, a lana vieja y a veranos encerrados. La linterna frontal recorta faldones de tejado, maletas apiladas, una máquina de coser bajo una sábana y decenas de cajas, algunas todavía con la letra de mi padre.

NAVIDAD. LIbrOS. HERRAMIENTAS QUE AÚN PUEDEN SERVIR.

George Bennett consideraba que todo objeto tenía futuro si se le daba suficiente espacio.

Jamie me espera junto a la escalera. Su mano se posa bajo mi codo cuando salvo el último peldaño, sin duda porque el suelo es irregular.

Sin duda.

Me suelto un poco demasiado deprisa y estoy a punto de tropezar con un ventilador roto.

— Demostración convincente — murmura.

— Estaba probando tu atención.

— Está excelente desde que casi te empalas con un aparato de los años ochenta.

Leah, Emily y Sophia se unen a nosotros. Mi madre se queda abajo, oficialmente para cortar la tarta, oficiosamente porque sabe que acabaremos bajándole todo lo que merezca contarse.

Sophia reparte las zonas de búsqueda con autoridad de fiscal.

— Buscamos un cuaderno rojo envuelto en papel marrón, fotografías del 19 de mayo de 2016, programas del espectáculo y cualquier muestra de letra de Oliver, Nathan o Alexander.

— Y cartas de amor secundarias — añade Emily.

— Esas no son prioritarias.

— Toda carta de amor es prioritaria para alguien.

Leah levanta una caja.

— Yo me encargo de las pruebas comprometedoras.

— Acabas de definir la adolescencia entera — digo.

Avanzamos de rodillas entre las pilas. Cada caja es una versión incompleta de nuestra familia: adornos hechos en el colegio, las camisas que mi padre se negaba a tirar, las novelas policíacas de mi madre, una vajilla de té a la que le falta exactamente la única taza que rompí a los doce años.

Jamie abre una caja de juegos de mesa y saca una baraja sujeta con una goma reseca.

— La escena del crimen — dice.

— Siempre gané limpiamente.

— Escondías cartas bajo el mantel.

— Optimizaba mis recursos.

— Tenías nueve años.

— El instinto arquitectónico ya estaba ahí.

Se ríe suavemente. El sonido se mezcla con el ruido de la lluvia que vuelve a caer sobre las tejas.

Durante un segundo, nada ha cambiado. Somos dos niños sentados en el suelo de esta casa, ocupados en acusarnos de hacer trampas mientras mi padre prepara galletas demasiado hechas.

Entonces mi anillo capta la luz de la linterna.

El presente recupera su lugar.

Me doy la vuelta y arrastro hacia mí una caja marcada MARY - INSTITUTO.

Debajo se ha añadido una segunda línea, en letra más pequeña: NO TIRAR, AUNQUE ELLA DIGA QUE SÍ.

Se me cierra la garganta.

— Tu padre — dice Jamie.

No es una pregunta.

Paso el dedo por las letras negras. La tinta se ha desteñido, pero no la energía del trazo.

— De verdad lo guardaba todo.

— No todo.

Levanto los ojos.

Jamie mira la caja, y luego a mí.

— Te dejaba marchar — dice—. Solo guardaba lo suficiente para recordarte que podías volver.

La frase encuentra en mí un lugar sin defensas.

Bajo la cabeza antes de que pueda verlo.

Dentro, unas carpetas alabeadas conviven con un par de zapatillas de deporte, un compás torcido y el programa del espectáculo de fin de curso. El título, LA TEMPESTAD, se despliega en la portada sobre un rayo pintado en plata.

— Qué sutil — comenta Leah por encima de mi hombro.

— Teníamos dieciocho años y un presupuesto de cuarenta libras.

— Critico la premonición, no la dirección artística.

Abro el programa. El reparto ocupa una página; el equipo técnico, la siguiente.

Decorados: Mary Bennett, Alexander Moore, Oliver Grant, Nathan Cole, Jamie West.

El nombre de Jamie está tachado a lápiz. Al lado, alguien ha escrito: reclamado para salvar la ventana del gimnasio.

Le enseño la nota.

— Así que estabas bien lejos del auditorio.

— Hasta que la ventana dejó de intentar matar alumnos.

— ¿Quién ha escrito eso? — pregunta Sophia.

Jamie examina el trazo.

— Probablemente la señora Carter. Convertía todas sus letras en armas blancas.

Sophia mete el programa en una funda transparente que ha traído de casa. Leah la observa.

— ¿Ya tenías esas fundas?

— Soy organizada.

— Llevas toda la vida esperando este día.

Un grito de Emily nos hace volvernos.

Sostiene una fotografía sobre la cabeza.

— Tengo a Nathan sin camiseta.

— Eso no es una pista — dice Sophia.

— Sin duda era su objetivo principal en aquella época.

La fotografía es de una excursión al río.

Nathan sonríe al objetivo, bronceado, convencido de que el mundo es un público.

Detrás de él, Oliver sostiene una guitarra y Alexander lee a la sombra de un árbol.

Jamie aparece justo en el borde de la imagen, con dos bolsas al hombro y mis zapatos en una mano.

Yo no salgo en la foto.

Sin embargo, recuerdo el momento. Había caminado descalza por el agua, resbalado en una piedra y me había negado a admitir que me dolía el tobillo. Jamie había cargado con mis cosas durante tres kilómetros sin hacer ningún comentario sobre mi cojera.

— ¿Por qué tenías sus zapatos? — pregunta Leah.

— Los había abandonado.

— Pensaba recuperarlos.

— ¿Tres kilómetros después?

— Tenía un plan.

Jamie sonríe sin apartar los ojos de la fotografía.

— Siempre tienes un plan después de que alguien ha resuelto el problema.

Emily coloca la foto junto al programa.

— Esto prueba que ya cargaba con sus cosas.

— Prueba sobre todo que Mary ya perdía los zapatos — responde Sophia.

Vuelvo a hundirme en la caja para evitar sus miradas.

Bajo una pila de revistas, mi mano encuentra una correa de tela. Saco mi antigua mochila del colegio, azul noche, cubierta de pequeñas manchas de pintura. La cremallera principal está atascada a medio camino.

El corazón se me acelera antes incluso de saber por qué.

Jamie lo nota.

— Trae.

— Sé abrir una mochila.

— Tu experiencia con los cierres mecánicos es discutible desde hace tres minutos.

Se sienta frente a mí y coloca la mochila entre las rodillas. Sus dedos liberan con suavidad un hilo atascado en los dientes metálicos. El gesto es preciso, paciente. Nunca tira cuando algo resiste; primero busca qué lo retiene.

La cremallera cede.

Me devuelve la mochila sin mirar dentro.

Meto la mano en el bolsillo principal.

Mis dedos tocan un papel áspero.

El cuaderno aparece envuelto en una hoja marrón, exactamente como en mi recuerdo. Una esquina roja asoma junto al lomo.

Nadie bromea.

Ni siquiera Leah dice nada.

Deshago el cordel. El nudo es doble, apretado hacia la izquierda.

Recuerdo haberlo atado siempre en el centro.

— Alguien lo abrió — digo.

— Hace diez años — matiza Sophia—. El papel pudo haberse deslizado.

— No.

Le doy la vuelta al cuaderno. En el borde inferior, un pequeño desgarro atraviesa el papel marrón y la tapa roja. Yo lo había hecho al engancharlo bajo un taburete. Para disimularlo, siempre colocaba el nudo encima.

El nudo está en el lado opuesto.

Alguien lo deshizo y volvió a atarlo sin conocer esa costumbre.

Emily se sienta a mi lado.

— No tienes por qué leerlo delante de nosotras.

Miro las cuatro caras vueltas hacia mí.

Mis amigas sienten curiosidad, pero no crueldad. Jamie ya ha bajado los ojos hacia sus manos. Es capaz de abrir una puerta cerrada con llave y aun así negarse a entrar en una habitación que no le pertenece.

— Dadme cinco minutos — digo.

Leah se levanta la primera.

— Vamos a interrogar a la tarta.

— ¿Sin mí? — protesta Emily.

— Hay que proteger las pruebas.

Bajan entre ruido de escalera y susurros. Jamie se queda junto a la abertura hasta que Sophia pisa el último peldaño.

— Cinco minutos — repite.

— Puedes quedarte.

Deja de moverse.

— ¿Estás segura?

No lo estoy. Y sin embargo, me da menos miedo leer estas páginas con él que leerlas sola.

— Solo siéntate lo bastante lejos para que pueda fingir que no ves nada.

Se instala contra un baúl, a dos metros de mí, y gira ostensiblemente la cabeza hacia una colección de adornos navideños.

— Fascinante reno de fieltro — dice.

— Lo hizo mamá.

— Obra maestra conmovedora.

Abro el cuaderno.

Las primeras páginas contienen sobre todo planos.

Habitaciones sin puertas. Casas asentadas sobre acantilados.

Pasillos curvos que siempre llevan al mismo sitio.

Entre los dibujos, mi letra se inclina en todas direcciones, apresurada por dejar constancia de pensamientos que no le habría contado a nadie.

Encuentro el faro en la última página, tal como decía la carta. Tres ventanas iluminadas. Un mar negro. Al pie de la torre, una silueta demasiado pequeña para identificarla.

Retrocedo unas páginas.

Aparece una fecha en el margen: jueves 12 de mayo de 2016.

He vuelto a perder el cuaderno. Lo he encontrado esta mañana en mi taquilla, cuando estaba segura de haberlo dejado en plástica. El papel no estaba atado como de costumbre. Puede que alguien lo haya abierto. Si esa persona ha visto la casa con la escalera hacia el vacío, cambio de país.

Leo la entrada en voz alta.

Jamie abandona su reno.

— Pensaste que alguien lo había leído.

— Por lo visto. Y luego se me olvidó preocuparme por ello.

— Se te olvidaban muchas cosas cuando te obligaban a hacer una pregunta directa.

— Creía que tú no leías.

— Comento la época, no la página.