Capítulo 2 — Diez años bajo tierra
LUNES
— Aquí no — digo enseguida.
Douglas, que ya sostiene una palanca, se queda inmóvil con la cara decepcionada de un niño al que acaban de prohibirle abrir su regalo.
— La caja está medio devorada por el óxido — añado—. Si la tapa se deforma, podemos estropear lo que hay dentro. Y antes de moverla quiero fotografiar la cavidad, medir la profundidad y comprobar que no arrancamos nada más con ella.
Jamie se incorpora despacio. La tierra oscura le cubre los guantes hasta las muñecas.
— Traducción — le dice a Douglas—: quiere hacer treinta y siete fotos antes de que tengamos permiso para divertirnos.
— Cuarenta — corrijo—. Me gustan los números redondos.
Fotografío la caja desde todos los ángulos mientras Douglas avisa a su equipo.
En menos de diez minutos, toda la obra sabe que hemos desenterrado la cápsula de la promoción de 2016.
En menos de quince, me llama mi madre. La red de información de Bellweather sigue siendo más eficaz que cualquier cosa que Londres haya podido inventar.
Dejo que su llamada suene y me agacho junto a Jamie. Se ha cambiado los guantes gruesos por unos más finos y despeja la tierra alrededor del metal con una espátula de carpintero.
— ¿De verdad llevas eso encima? — pregunto.
— Trabajo con gente que aplica la masilla como si fuera mantequilla de cacahuete. Hay que estar siempre preparado.
La cápsula por fin se suelta del suelo con un ruido húmedo. La levantamos juntos y la posamos sobre una tabla. Pesa más de lo que recordaba. O quizá éramos treinta para cargarla cuando la enterramos, hinchados de importancia, delante de las cámaras de los padres.
Una cinta de plástico azul todavía rodea la tapa. El color se ha desteñido, pero reconozco el nudo torpe del lateral.
— Eso lo hiciste tú — dice Jamie.
— Imposible.
— Insististe porque la cinta blanca parecía de entierro.
El recuerdo vuelve con una nitidez incómoda: mis dedos manchados de tinta, el calor de junio, Jamie sosteniendo la caja mientras yo rehacía el nudo por cuarta vez.
— Tenía dieciocho años.
— Ya eras mandona.
— Tenía sentido del detalle.
— Eso es lo que dice la gente mandona.
Levanto los ojos hacia él. Sonríe, pero su mirada sigue fija en la cinta, como si viera algo distinto de lo que tenemos delante.
Durante un segundo, volvemos a tener dieciocho años. Luego me vibra el teléfono en el bolsillo y el presente recupera su lugar.
El mensaje es de Leah Collins.
NO TOQUÉIS NADA. VOY PARA ALLÁ.
Aparece una segunda burbuja.
Y HABLO EN SERIO, MARY.
Le muestro la pantalla a Jamie.
— ¿Te ha llamado tu madre? — pregunta.
— O Douglas ha hablado con su hermano, que ha hablado con la panadera, que ha hablado con Leah.
— Así que sí, tu madre le ha llamado.
Tiene razón. Siempre acaba estando en el origen de todo.
A la una de la tarde, la cápsula descansa sobre una mesa de la antigua sala de música, ya sin barro pero todavía cerrada.
El estudio me ha concedido la tarde libre después de que pronunciara las palabras mágicas: hallazgo patrimonial, capaces de dar respetabilidad a cualquier interrupción de obra.
Douglas ha hecho instalar vallas delante de la puerta.
Eso no impide que alguien asome la cabeza cada cinco minutos.
Leah llega la primera, con un abrigo rojo y unas botas demasiado finas para los charcos. Cruza la sala, me besa, abraza a Jamie y deja sobre la mesa una bolsa llena de vasos, servilletas y dos botellas de espumoso.
— No podemos abrir diez años de juventud con café de máquina — anuncia.
— Es la una y veinte — digo.
— Precisamente. Ya hemos perdido bastante tiempo.
Leah no ha cambiado de forma visible. Sigue con esa melenita negra impecable, esos ojos que evalúan una habitación buscando qué reorganizar, y esa convicción de que la vida obedece mejor cuando se le habla lo bastante alto. Hoy dirige una agencia de eventos en Brighton. A nadie le sorprendió.
Me coge la mano izquierda antes incluso de quitarse el abrigo.
— ¡Por fin! — exclama—. ¡Lo ha hecho!
— El sábado por la noche.
— ¿Y pensabas avisarnos cuándo? ¿Después de la boda?
— La fiesta es el próximo lunes. Se suponía que iba a ser el anuncio.
Leah examina el anillo, y luego mi cara. Su entusiasmo vacila apenas, pero la conozco demasiado bien para no notarlo.
— Es muy tú — dice.
Es exactamente lo que había pensado yo. No sé por qué esa confirmación me oprime el pecho.
Emily Foster entra detrás de ella, cargada con una tarta cubierta de un glaseado azul en el que ha hecho escribir A NUESTRAS MALAS DECISIONES. Tiene los rizos rubios empapados y lleva colgada del cuello una cámara instantánea.
— Le pedí al pastelero algo nostálgico — explica—. Me preguntó si quería flores. Le dije que habíamos estudiado aquí, no que hubiéramos sido felices aquí.
— Habla por ti — responde una voz desde el pasillo.
Sophia Brooks se une a nosotras con una carpeta bajo el brazo. Ahora trabaja como abogada, lo cual parece menos una profesión que una consecuencia natural de su personalidad. A los dieciséis años ya corregía a los profesores cuando formulaban mal una pregunta.
— He encontrado el reglamento de la cápsula — dice, dejando la carpeta—. Había una copia en el expediente de la asociación de antiguos alumnos. Se necesitan dos testigos, un inventario y, a ser posible, la presencia de un representante del colegio.
Leah la observa.
— ¿Has traído un reglamento para abrir una caja que enterraron unos adolescentes?
— He traído un método.
— Y yo, burbujas. Cada una aporta según su talento.
Emily suelta un gritito al ver mi anillo. Empieza una nueva inspección. Jamie aprovecha para retroceder hasta la ventana. Cruza los brazos y me mira sufrir las preguntas con una compasión más que insuficiente.
— ¿Fecha? — pregunta Emily.
— Acabamos de prometernos.
— Hablo de la boda.
— Todavía no la tenemos.
— ¿Lugar?
— Emily.
— ¿Vestido?
— Puedo volver a ponerme la lona de la obra y fingir que nadie me ha encontrado.
Jamie tose para disimular una risa. Leah se vuelve hacia él.
— ¿Tú lo sabías?
— Desde esta mañana.
— ¿Y sigues vivo?
— Mary no tenía una palanca a mano.
Su tono es ligero. Y sin embargo, cuando Leah le pregunta si vendrá a la fiesta del lunes, tarda un segundo de más en responder.
— Claro.
Me doy la vuelta antes de poder averiguar qué significa esa vacilación.
Van llegando más antiguos alumnos en pequeños grupos.
Nathan Cole, antaño capitán del equipo de rugby, ahora cámara de retransmisiones deportivas, de paso por Bellweather entre un rodaje y otro.
Oliver Grant, que había jurado que sería músico y hoy enseña ciencias sin parecer considerarlo una derrota.
Dos chicas a las que no veo desde la entrega de diplomas me besan con una calidez que nunca compartimos en el instituto.
Cada cara provoca un extraño desajuste. Reconozco primero al adolescente, luego al adulto que se ha construido encima.
Falta, sin embargo, un nombre.
— ¿Alexander no venía? — pregunto, mientras Leah recuenta los vasos.
Ella consulta el teléfono.
— Está atrapado en Toronto. Vuelo cancelado, conexión perdida y, por lo visto, una maleta que se ha ido sola a Calgary. Dice que llegará el domingo.
— ¿Cruza el Atlántico por una cápsula? — pregunta Sophia.
— Por el reencuentro — responde Emily—. Y quizá para recuperar la declaración apasionada que seguramente me tenía reservada.
Nathan suelta una carcajada.
— ¿Moore? Si necesitaba permiso por escrito hasta para pedir la sal.
Sonrío con los demás. En mi memoria, Alexander es un chico callado en la última fila, siempre con una libreta en la mano. Éramos amigos sin ser cercanos, unidos por las mismas clases y por Jamie, que parecía conocer a todo el mundo sin pertenecer a ningún grupo.
— Ha mandado un vídeo — añade Leah—. Podemos ponerlo en el momento de abrir la caja.
A las dos, Douglas cierra la puerta. La directora provisional del centro cultural firma el registro de Sophia, cada uno recibe una copa, y Leah apoya el teléfono contra una pila de libros de texto viejos.
En la pantalla aparece Alexander, ligeramente borroso, delante de un ventanal cruzado por la nieve.
— Si estáis viendo esto — empieza—, es que la aviación canadiense me ha vencido. Os prohíbo abrir mi carta a mi yo futuro. A los dieciocho años era todavía más dramático que ahora.
Su voz es más grave de lo que recordaba, su cara más angulosa. Conserva los ojos oscuros y esa manera de sonreír solo de un lado.
— Guardadme un trozo de tarta. Y West, no rompas la cerradura. Por una vez, usa la herramienta adecuada.
Jamie levanta el destornillador hacia la pantalla.
— Diez años en Canadá y sigue sin ningún respeto por el oficio.
El vídeo se detiene en la risa de Alexander.
Siento entonces una pequeña sacudida de nostalgia, intensa pero breve. Habíamos estado juntos todos los días durante años. Después habíamos aceptado que los océanos, los trabajos y los silencios nos convirtieran en nombres dentro de una conversación de grupo.
Jamie desliza una lámina fina bajo el pestillo. El metal resiste, gime y luego cede de golpe. Nadie habla cuando sus dedos se posan sobre la tapa.
— ¿Listos? — pregunta.
— No — responde Sophia.
— Sí — dice Emily en el mismo instante.
— Abre — ordena Leah.
Levanta la tapa.
Un olor a papel húmedo y metal encerrado se extiende por la sala.
Dentro, unas bolsas transparentes protegen decenas de objetos apilados sin orden: un balón deshinchado cubierto de firmas, periódicos de junio de 2016, una chapa de campaña electoral, un teléfono de tapa, una fotografía de toda la promoción y un bote de crema de untar que Sophia exige poner en cuarentena de inmediato.
Estallan las risas, primero titubeantes, luego demasiado fuertes.
Todos quieren tocar, reconocer, reclamar.
Leah lee las predicciones en voz alta. Nathan iba a jugar en la selección nacional.
Emily iba a casarse con un príncipe. Sophia había escrito que tendría un piso propio antes de los treinta años, y precisa que una hipoteca constituye técnicamente una forma de propiedad discutible.
Jamie encuentra una sillita de madera, alta como su palma. Una pata es más corta que las demás.
— Tu primera obra maestra — digo.
— Prototipo revolucionario. El mueble obliga a su dueño a mantenerse alerta.
La deja sobre la mesa y me fijo en mis iniciales grabadas bajo el asiento.
— ¿Por qué pone MB?
— Confiscaste la primera versión.
— Yo nunca he tenido esa silla.
— La olvidaste en mi taquilla.
Nuestras miradas se cruzan. El ruido a nuestro alrededor se aleja un instante.
Vuelvo a ver una tarde de estudio, a Jamie inclinado sobre un trozo de madera robado del taller, sus dedos guiando los míos para sujetar el papel de lija.
Yo había afirmado que aquello parecía una silla dibujada por alguien que nunca había visto una.
Él había grabado mis iniciales alegando que así bajaría su valor.
No recordaba haberla dejado en su taquilla.
Me vuelve a vibrar el teléfono. Thomas ha mandado tres fotos de composiciones florales junto con la pregunta: ¿BLANCAS O CREMA?
Elijo las blancas sin mirar de verdad y guardo el móvil.
Sophia continúa el inventario. Los objetos pasan de mano en mano. Bajo un anuario descubro un sobre de papel kraft en el que escribí PARA MARY BENNETT, ARQUITECTA FAMOSA Y PROBABLEMENTE INSOPORTABLE.
Todos me piden que lo abra.
La Mary de dieciocho años metió dentro un plano torpe de una casa junto al mar, una lista de ciudades por visitar y una carta de tres páginas. Recorro las primeras líneas.
Espero que te hayas ido. Espero, sobre todo, que irte no te haya obligado a convertirte en otra persona.
Se me cierra la garganta. Doblo la hoja antes de que Leah pueda leer por encima de mi hombro.
— ¿Y bien? — pregunta Emily.
— Era una pedante.
— Lo sigues siendo — dice Jamie.
Le hago un gesto ofensivo que la directora provisional decide no ver.
La sala se va vaciando a lo largo de la tarde. Algunos se llevan su carta, otros la dejan cerrada. Fotografiamos cada objeto antes de guardarlo en cajas limpias. A las cinco, ya solo quedamos Leah, Emily, Sophia, Jamie y yo alrededor de la mesa cubierta de nuestro pasado.
— Falta un sobre en el inventario original — dice Sophia.
Sigue con el dedo una lista amarillenta.
— Se declararon treinta y dos cartas individuales. Yo solo cuento treinta y una.
— Quizá se quedó en el fondo — responde Jamie.
Inclina la cápsula. Algo se desliza bajo la solapa interior con un leve crujido.
Alargo la mano y saco un sobre de color crema, más pequeño que los demás. No está dentro de ninguna bolsa. El papel ha cogido el olor de la tierra y una sombra parda marca una de sus esquinas.
En el frente, escrita con tinta azul, hay una sola palabra.
MARY.
Ni apellido. Ni la indicación de abrir en 2026. Ni firma.
Solo mi nombre, trazado por alguien que, diez años antes, sabía que yo acabaría por encontrarlo.