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El desayuno se fusionó con la comida, pues ya era bastante tarde. Después de comer se quedaron viendo la tele un rato y después salieron a dar un paseo por la playa.
A Ignacio no le hizo especial ilusión pues temía que aquellos dos hombres volvieran a aparecer y se llevaran de nuevo a Eli. O que aparecieran otros con las mismas intenciones.
Siguieron paseando un rato en silencio, con el sonido de las olas y los gritos de diversión como banda sonora.
—Me apetece un helado —dijo Eli de pronto y el miedo de Ignacio a que se repitiera la historia hizo que se parara en seco —. Mira ahí está la heladería del otro día.
—Sí —dijo Ignacio y miró alrededor en busca de villanos que pudieran arrebatarle la compañía de la marquesa —. ¿Entramos los dos?
Eli se lo pensó unos segundos y al final se encogió de hombros.
—¿Por qué no? Así veo si tienen algún sabor interesante.
Ignacio entró acompañado de Eli a la heladería de la otra vez, aunque en esta ocasión las mesas de fuera estaban llenas y las de dentro estaban vacías. Tenía sentido, aun estando en pleno verano aquel día era más fresco que los anteriores. Era un día totalmente primaveral.
En ese momento, la chica de la otra vez estaba atendiendo a un hombre de unos 50 años. El hombre pagó y se llevó un cono con 3 bolas. Una rosa, una amarilla y otra marrón.
El hombre se disponía a marcharse, pero se paró al ver a Eli.
—Qué belleza —dijo el cincuentón.
Eli se limitó a sonreír con cortesía.
—Vamos a aprovechar que no hay nadie ya en el mostrador —apremió Ignacio temiendo que aquel maduro secuestrara a Eli.
—¿Qué hace una jovencita cómo tú sola con su hermano pequeño? —Dijo el hombre.
—Te has pasado de frenada intentando halagarme con mi aspecto juvenil —dijo Eli. No lo dijo molesta, sino como si fuera un examen. Iba a evaluar qué respondía el hombre.
El hombre dudó un momento.
—¿No tenéis 30 y 20 años? ¿Primos entonces? —Dijo el maduro intentando salvar su halago y no desdecirse.
Eli sonrió.
—Buen intento —dijo Eli —. Pero has fallado. Tengo unos cuantos años más. Si sumas esas dos edades, aún te faltaría para llegar a la mía.
—Esto... —Titubeo el hombre que no sabía si seguir diciéndole a Eli que aparentaba muchos menos o cambiar la estrategia —. ¿Y qué hacéis por aquí? ¿De vacaciones?
—Venimos a por un helado —interrumpió Ignacio —. A Eli le apetecía un helado.
—Eli, que nombre más bonito —dijo el hombre —. Deja que te invite a un helado.
—Que caballeroso —dijo Eli —. Te dejo que me invites si adivinas el sabor que quiero.
El hombre lanzó una mirada a la nevera con los helados y miró a Eli.
—De fresa... No. De chocolate —dijo el hombre.
Eli no respondió inmediatamente.
—Hoy ya he comido mucho chocolate —dijo Eli —. El de fresa está bien, pero me apetece otra cosa.
—Lo que quieras, yo invito —dijo el hombre.
Eli se giró hacía la vitrina donde estaban expuestas los recipientes rectangulares de helado. Miró uno a uno los sabores disponibles.
—Té matcha —murmuró Eli.
—Señorita, ponle un cono de té matcha —dijo el hombre.
—Suspendido —dijo Eli —. Quiero una tarrina de helado. Una mediana.
—Una tarrina mediana de helado para la dama —corrigió enseguida el hombre tratando de salvar la situación.
La chica de la heladería preparó la tarrina de té matcha y le clavó una cucharita de plástico azul.
El hombre pagó encantado.
—¿Eso es todo? —Preguntó Eli.
—¿Quieres algo más? —Preguntó el hombre.
—¿No dices que este joven es mi hermano pequeño? —Preguntó Eli con malicia —. ¿Qué clase de hermana mayor sería si dejo a mi hermano pequeño sin su helado?
—Oh, claro. Está invitado también. ¿Qué quieres, chaval? —Preguntó el hombre.
Ignacio estuvo tentado de pedir lo más caro. Pedir una tarrina de tamaño XXL.
Miró a Eli intentando preguntárselo mentalmente. No tenía poderes telepáticos, pero vio un brillo particular en los ojos de la GILF.
—Me apetece bastante helado —dijo Ignacio tras interpretar ese brillo en los ojos de Eli como una señal de aprobación—. Hoy estoy glotón, me apetece la tarrina más grande de todas —Ignacio dudó un segundo y volvió a mirar a Eli —. Si mi hermana mayor me da permiso.
Eli sonrió divertida.
—Te malcrío demasiado. Pero ya sabes que a veces no me resisto a darte tus caprichos. Pídete la más grande si te apetece. Aunque claro, deberías preguntarle a este señor —dijo Eli.
—Claro, lo que tu hermano quiera —dijo el hombre con un notable tono de irritación.
—Pues... —Comenzó Ignacio y se puso a mirar los sabores —. Una tarrina bien grande de leche merengada. No, de turrón. No. Mejor de dulce de leche. Sí, de dulce de leche.
—Sí, necesitas tomar mucha leche que estás... Creciendo —dijo Eli con un tono algo enigmático.
—La tarrina más grande que tenemos es de un litro —dijo la chica y dudó un momento. Había estado siguiendo la conversación y vio una oportunidad de subir las ventas de ese día —. Pero tenemos los cubos de 5L y 10L. No los vendemos, pero podría preguntar. Aunque supongo que es demasiado.
La idea de hacer pagar a aquel hombre por 10L de helado de heladería era tentador. Pero no se veía con un cubo de 5L y menos aún con 10L. Comprar 1L ya era algo considerable. Esperaba que Eli le ayudara a terminarse el helado.
—El de un litro será suficiente —respondió Ignacio.
La chica preparó el helado y se lo entregó a Ignacio. Le clavó una cucharita de plástico de color verde, pero luego pensó que sería mejor darle dos o tres cucharitas más de plástico por si acaso.
—Se te está derritiendo tu helado —dijo Eli, tratando de sonar neutral.
El hombre se percató que sus bolas de helado habían menguado y que varios hilos de helado recorrían el cono de barquillo y bajaban por su mano.
El hombre lamió las chorreras de helado. Intentó hacerlo con dignidad, pero no daba buena imagen.
—Bueno, pago y salimos —dijo el hombre molesto.
—Gracias, volved cuando queráis —se despidió la chica.
—Eli te llamabas, ¿no? —Preguntó el hombre en cuanto salieron de la heladería.
—Elizabeth. Eli solo me llaman los que tienen confianza —respondió Eli.
—Elizabeth. Un nombre muy bonito —dijo el hombre —. Y yo tengo la confianza de poder llamarte Eli.
—Tú tienes la confianza de llamarme así, pero yo no confío en ti para que puedas llamarme Eli —dijo Eli enseguida.
—Ya hemos estado hablando un rato, te he invitado a un helado, conozco ya a alguien de tu familia... —Comenzó a decir el hombre —. Un poco de confianza ya tendrás en mí.
—La confianza no se compra con un helado. ¿Y a quien conoces de mi familia? —Preguntó Eli y dio una cucharada a su helado de té matcha.
—A tú hermano —dijo el hombre.
—Que sea mi hermano ha sido idea tuya. De hecho, ya has empezado mintiendo porque dudo de verdad que pienses que es mi hermano pequeño —dijo Eli, poniéndolo a prueba.
El hombre dudó. Aquello estaba siendo difícil, todo un reto. Aunque no lo despachaba, por lo que parecía tener una oportunidad.
—Sí, supongo que no he sido sincero con lo que pienso. Si que eres más mayor de lo que intentaba decir... —Dijo el hombre.
—Ah, así que ahora me llamas vieja —interrumpió Eli. Se hizo la indignada, pero por dentro se estaba divirtiendo con aquello.
—No, no, no. Perdón. No quería decir eso... Me pareces muy hermosa, aunque claro no tienes 30. Tendrás 40 años o así —dijo el hombre.
Eli lo miró con dureza.
—¿De verdad crees que tengo 40 años? ¿Me estás mintiendo otra vez? —Acusó Eli.
—Perdón. Quizá 45 o 50... —Titubeó el hombre que no sabía cómo salir de esa encrucijada.
—Mira da igual. Dejemos lo de la edad de un lado —dijo Eli y el hombre respiró aliviado —. Dices que conoces a alguien de mi familia. No es mi hermano, porque este guapetón no es mi hermano pequeño. Pero... Sí dices conocerlo, sabrás como se llama, ¿no?
El hombre miró a Ignacio de arriba a abajo.
—¿Roberto? ¿Mario? ¿Saúl? —Comenzó a decir el hombre intentando acertar al azar.
Eli suspiró.
—Ves. No tienes ni idea de nada. Además, ni siquiera te has presentado. No sé ni cómo te llamas —dijo Eli.
—Perdón. Con tu cautivadora belleza se me han olvidado mis modales, me llamo... —Comenzó a decir el hombre.
Eli alzó la mano.
—No sigas, por favor. Mi marido es teniente coronel del ejército de aire.
Si sé tu nombre igual cuando vea a mi marido la semana que viene cuando regrese de la misión le digo tu nombre.
O, aunque tema por tu vida y me calle...
Nuestro hijo —Eli agarró del hombro a Ignacio —.
Quizá le cuente a su padre lo del hombre que le invitó a helado y trató de seducir a su madre.
El hombre, a pesar de estar bronceado se quedó notablemente pálido.
—¿Estás casada? —Preguntó el hombre tragando saliva.
—¿Quieres que te presente a mi marido cuando vuelva? —Preguntó Eli con seriedad. Casi no podía aguantarse la risa, pero se mantuvo firme.
—No será necesario... —Dijo el hombre.
—Creía que querías conocerme más a fondo —dijo Eli.
—Yo respeto mucho los matrimonios —dijo el hombre.
—¿A los matrimonios o a los rudos militares con un batallón bajo su mando? —Preguntó Eli.
—A ambos, a ambos —dijo el hombre y miró hacía los lados en busca de una excusa.
—A ver, si eres discreto... Igual mi hijo puede también mantener el secreto —dijo Eli —. Al fin y al cabo, mi marido siempre está fuera y no tienen un gran vinculo padre e hijo. Y yo... Paso mucho tiempo sola. Quizá podamos entendernos. Ya sabes...
El hombre negó energéticamente con la cabeza, tanto que el movimiento se transmitió a la mano y las bolas de helado (o lo que quedaba de ellas) se cayeron al suelo.
—Uy, te agradezco mucho el ofrecimiento. Pero... Tenía que ir a ... A... Bueno. Me tengo que ir. Adiós, adiós —dijo el hombre y echó a andar.
—Dame tu número de teléfono y quedamos otro día —pidió Eli, pero el hombre en lugar de responder se echó a andar más aprisa.
En cuanto aquel hombre se alejó lo suficiente, Eli dejó escapar una pequeña risotada.
Ignacio no pudo evitar contagiarse de la risa.
—Qué mala eres —dijo Ignacio.
Eli lo miró con seriedad.
—Más respeto a tu marquesa plebeyo —dijo Eli y sostuvo la mirada. Luego sonrió —. Ay, si es que soy muy buena actriz. Nos hemos reído y nos hemos llevado helados gratis.
—Al principio temía que te fueras con él —admitió Ignacio.
—Así que te pones celoso cuando me voy con otros hombres. Cuando me fui con los señores del barco estarías muy celoso —dijo Eli complacida —. Pero ese hombre me daba mala espina y no me gustaba nada de nada. Y conforme hemos ido hablando me ha ido pareciendo peor persona.
—Me alegro de que no te gustara —admitió Ignacio.
Eli sonrió.
—Me quieres toda para ti —dijo Eli complacida —. Sentémonos en el banco a terminarnos los helados. Aunque tu no podrás solo con el tuyo.
—Puedo compartirlo contigo —ofreció Ignacio.
—Esperaba que lo hicieras —dijo Eli.
Se sentaron en el banco de piedra y pasaron un buen rato allí, aún después de terminarse los helados.