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La noche cayó y Eli seguía sin aparecer. Ignacio esperaba poder cenar con ella, pero las horas pasaban y ya temía que no fuese a dormir con él esa noche.
Ignacio se resignó y cenó solo. No cenó en el restaurante, sino que pidió que le trajeran la cena al dormitorio. No pidió demasiada comida porque no tenía mucha hambre.
Lamentó no haber llamado a Clotilda para divertirse con ella o haber salido a ligar por la tarde. Pero ya estaba hecho, o más bien no hecho lo de disfrutar del día.
Llegó la media noche y sonó el chasquido de la puerta de entrada a la suite.
Ignacio se levantó a toda prisa y fue a ver a Eli.
—Oh, hola, Ignacio. Creía que te habrías ido a dormir o habrías salido de fiesta —dijo Eli, serena y con su vestido con alguna que otra mancha. El pelo lo llevaba recogido para que no se viera alborotado.
—No, creía que cenaríamos juntos —dijo Ignacio, sin saber si mantenerse distante como un elegante criado que guardaba las distancias o echarse a los brazos de Eli.
—¿No me digas que aún no has cenado? —Preguntó Eli y echó a andar hacía él.
—Sí, al final he pedido que me trajesen algo de cenar a la habitación —respondió Ignacio.
—Bien entonces —dijo Eli y le dio un beso en la mejilla a Ignacio —. Yo me lo he pasado muy bien con esos dos caballeros. Son unos hombres muy amables y divertidos. Iba a cenar contigo, pero insistieron en que me quedara a cenar con ellos.
—Ya pensaba que te habían secuestrado —bromeó Ignacio, aunque lo cierto es que lo había llegado a pensar de verdad.
—Ay, pobrecito —dijo Eli —. Estoy algo cansada, han sido una experiencia intensa en todos los sentidos y ya tengo una edad. Pero si tus huevos necesitan un vaciado, podría tomarme un postre. Mira por dónde, hoy viene bien que seas rápido soltando la leche —dijo Eli con un cierto tono burlón.
—No, tranquila. Si estás cansada podemos divertirnos nosotros mañana —dijo Ignacio.
—Así tendré más leche para desayunar —dijo Eli y le acarició el brazo y fue directa a su cama.
Ignacio la siguió.
—¿Te ayudo a desvestirte? —Preguntó Ignacio.
—No hace falta, solo necesito descansar un momento los ojos —dijo Eli con una voz que iba apagándose.
Unos segundos después, Eli se quedó dormida encima de la cama sin quitarse siquiera los tacones.
Ignacio le quitó los tacones con cuidado de no despertarla. No quería que Eli se despertara sin recordar que llevaba los tacones puestos y tropezara al pisar mal.
Ignacio observó a Eli durmiendo.
Él también tenía sueño. Apagó la luz y fue a ponerse el pijama.