SIERVO DE UNA GILF -16-
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Ignacio se despertó a la hora de comer y buscó a Eli por toda la suite. No estaba. Volvió a la primera habitación y miró por todos lados. Salió a la terraza y nada. Ni rastro de Eli.

Miró la hora y temió que le hubiera pasado algo. Que la hubieran secuestrado esos hombres o que se hubiera caído por la borda.

—Igual ha bajado al restaurante a comer —murmuró Ignacio para sí mismo tratando de tranquilizarse.

Ignacio bajó al restaurante y miró si había alguien solo en alguna mesa. No localizó a Eli. Luego comenzó a escudriñar todas las mesas por si había invitado a los dos hombres al hotel.

Le costaba respirar.

—Perdona, ¿has visto a Eli? Una mujer madura y rubia muy atractiva —preguntó desesperado a un hombre regordete que lo miró.

El hombre le dijo algo en un idioma que Ignacio no reconoció.

El joven salió.

—Su móvil —musitó Ignacio y se llevó la mano al bolsillo. No había cogido su teléfono, se lo había dejado en la habitación del hotel.

Subió de nuevo y se dio cuenta de otro problema. Con las prisas se había dejado la tarjeta de acceso a la suite dentro de la propia habitación. No tenía ni su móvil, ni dinero, ni su documentación. Nada de nada.

¿Le darían en la recepción la tarjeta de acceso?

Igual llamaban a seguridad y lo echaban del hotel como si fuera un mendigo.

Pero no tenía más opciones. Con Eli desaparecida y sus cosas dentro de la habitación solo podía probar suerte en la recepción. Ir a la policía era algo demasiado alarmista sin intentar localizar a Eli por teléfono. Eso sí, si no respondía iba a ir a la primera comisaría de policía que encontrara.

Bajó a recepción y esperó nervioso su turno. Justo en ese momento había dos familias haciendo cola y solo una persona atendiendo.

Al fin llegó su turno.

—Se me han quedado las cosas dentro —dijo Ignacio alterado —. El teléfono, la documentación, todo...

—A ver, calma —dijo la chica morena de unos treinta años que le atendía —.

¿Cuál es tu nombre? —Ignacio respondió —.

¿Apellidos? —Ignacio respondió de nuevo —.

¿En qué habitación estas alojado? —Ignacio se equivocó de número, pero dijo que era la suite y la describió por dentro.

La mujer de recepción ladeó la cabeza —.

Espera un segundo... —La mujer fue a un armario y sacó varias carpetas y se puso a rebuscar.

Sacó una hoja y fue mirando alternativamente al chico y a la foto —.

Sí, pareces el de la foto. Dime tu DNI —Ignacio lo recitó de memoria —.

Vale, todo parece en orden. Espera un segundo...

La chica cogió una tarjeta en blanco y la puso en una máquina, tecleó algo en el ordenador y se la entregó a Ignacio.

—Muchas gracias —dijo Ignacio aliviado.

—De nada —dijo la chica con una sonrisa —. Pero espera, me tienes que firmar un papel como que te he dado una copia adicional de la tarjeta.

Ignacio rellenó el papel y firmó a toda prisa. No podía esperar más. Dio de nuevo las gracias a la chica tras entregarle el papel y salió hacía el ascensor, dando grandes zancadas.

Llegó a la entrada de la suite y la tarjeta dio error. Probó otra vez y volvió a dar error. Ya temía tener que bajar a dar más explicaciones y que la mujer de recepción sospechara de él, pero lo intentó una tercera vez y la puerta se abrió.

Entró a toda prisa y fue a por su móvil.

Buscó en su agenda a Eli y la llamó.

—Vamos, coge el teléfono —murmuró Ignacio nervioso.

El número daba señal, pero los tonos de llamada se iban sucediendo sin que nadie descolgara.

Se terminó el tiempo sin que nadie respondiera a la llamada.

Ignacio volvió a llamar.

Nada.

Llamó otra vez.

Nada.

—Eli, ¿qué te ha pasado? —Dijo Ignacio con lágrimas en los ojos.

Volvió a llamar.

Nada.

Tenía que ir a la policía.

Ignacio se vistió a toda prisa de forma adecuada. Aunque seguía oliendo a alcohol y sexo. Así no le tomarían en serio.

Se desnudo a toda prisa y se metió en la ducha. Una ducha rápida de 2 minutos para quitarse olores y se vistió corriendo.

Llamó de nuevo a Eli, deseando que esta vez sí que respondiera. Pero seguía sin responder nadie.

Ignacio se aseguró de coger todo lo necesario y salió de la habitación. Bajó por un ascensor que parecía querer detenerse en la mitad de los pisos en el peor de los momentos. Llegó al hall y lo cruzó a toda prisa.

Salió a la calle y puso en el móvil la ruta más rápida a la comisaría más cercana a pie.

10 minutos andando.

De pronto su móvil comenzó a vibrar y a sonar.

Miró quien era.

Era Eli.

Casi no atina a descolgar de los nervios.

—¿Eli? —Preguntó Ignacio con voz temblorosa.

—¿Pasa algo? Acabo de ver un montón de llamadas perdidas tuyas de hace unos minutos —dijo Eli por el teléfono con voz seca.

—Estaba preocupado. Cómo es tan tarde y no sabía nada de ti... —Dijo Ignacio aliviado de poder escuchar la voz de Eli.

Eli soltó una risita complacida.

—¿Así que estabas preocupado por mí? Qué bonito.

Pero tranquilo, estoy aquí con los hombres de ayer.

Me lo estoy pasando muy bien. Estamos en una cala secreta.

Esta tarde volveremos así que llegaré casi por la noche o ya de noche.

Bueno, me voy que están preparado una parrillada con lo que hemos pescado.

Besos, guapo —dijo Eli y colgó el teléfono.

Ignacio respiró aliviado, Eli estaba a salvo.