SIERVO DE UNA GILF -15- #2
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—¿Follar? —Preguntó Clotilda intentando sonar erótica, aunque sin mucho éxito.

Eso sí, para el pene de Ignacio fue más que suficiente para empezar a endurecerse —.

Mira lo caliente que tengo el coño —Clotilda agarró una de las manos de Ignacio y se la metió bajo la falda del vestido.

Ignacio notó la piel del coño de la madura.

No llevaba bragas, así que sus dedos se metieron instintivamente en el coño de la mujer. Un coño caliente. Muy caliente.

La puerta del baño se abrió y entraron dos jóvenes besándose.

Ignacio sacó los dedos del coño de la madura y miró avergonzado a los que acababan de entrar para dar una excusa.

Por suerte para él, no los habían visto.

Los jóvenes estaban demasiado centrados en ellos mismos y en besarse como para fijarse en lo que les rodeaba.

La pareja fue tanteando a ciegas las puertas de los cubículos del baño hasta dar con una abierta y se metieron dentro.

—Deberíamos meternos en uno de los cubículos —dijo Ignacio.

La madura sonrió con malicia y cogió a Ignacio de la mano para arrastrarlo al cubículo contiguo al que se había metido la parejita.

La madura se sentó sobre la taza del inodoro mientras Ignacio se aseguraba de cerrar la puerta.

Clotilda no perdió el tiempo y comenzó a bajarle los pantalones.

—Tienes un buen rabo —dijo Clotilda excitada al ver el pene erecto y venoso del joven.

Clotilda comenzó a masturbar a Ignacio. Primero usó una mano y luego ambas. Las meneaba con delicadeza, como si midiera el tamaño del pene con las manos para que su vagina se preparara.

No tardó en soltar una de las manos e inclinarse hacia delante, el pene de Ignacio fue adentrándose poco a poco en la boca de Clotilda. La madura comenzó a mover con habilidad la lengua. Como solo medio pene estaba dentro de la boca, Clotilda se puso a masturbar la base del pene del joven.

Ignacio comenzó a escuchar unos gemidos.

—Los de al lado ya lo están dando todo —dijo Ignacio y cerró los ojos intentando recordar el aspecto de la chica, pero no se había fijado bien en ella. En su lugar, pensó en Eli.

Entre los gemidos, la imagen de Eli y la habilidad de Clotilda, la eyaculación llegó rápido. Rápido como en sus inicios de entrenamiento para contenerse.

La madura abrió la boca para enseñarle el semen a Ignacio y luego se lo tragó.

—Sí que tenías ganas, sí —dijo Clotilda.

—Es que usas muy bien la lengua —se excusó Ignacio.

—Gracias, corazón —dijo Clotilda complacida —. Pero espero que usando bien mi coño no te salga tan rápido la leche.

—Bueno, antes te he metido los dedos, pero no te he enseñado cómo de bien los uso —dijo Ignacio.

—Pues enséñamelo —dijo Clotilda y se subió la falda del vestido.

Ignacio comenzó con dos dedos y no tardó en meter el tercero. El coño de esa madura lo engullía todo, por lo que los seis dedos no tardaron en bailar dentro de la vagina de la mujer.

—¿Te gusta? —Preguntó Ignacio.

—Me encanta, corazón. Lo haces muy bien.

Mejor que muchos usando el rabo. Ufff. Qué deditos tienes, cariño —jadeaba Clotilda —.

Me voy a venir solo con tus dedos. Qué habilidad.

Uffff. Sí. Sigue, amor. No pares. Ufff, como se mueven dentro de mi coño.

Ufff. Sí, cariño, sí. Ufff. Oh. Ya me vengo. Ufff. Cariño. Uffff. Oh, sí. Sí, sí.

Clotilda comenzó a gemir más alto y la chica del cubículo de al lado parecía competitiva, pues comenzó a gemir más alto también.

Clotilda no resistió más y dejó la mano de Ignacio empapada. Había soltado un gran chillido al llegar al orgasmo.

Ignacio se dio cuenta que la chica de al lado no gemía ya tampoco, no sabía si ambas mujeres habían llego al mismo tiempo al orgasmo o la chica de al lado había llegado antes. Pero el silencio no duró mucho, la muchacha de al lado comenzó a gemir de nuevo.

—Qué dedos tienes —dijo Clotilda complacida y se sentó de nuevo sobra la taza del inodoro, agarró los dedos de Ignacio y comenzó a lamerlos —. Nunca me habían follado de ese modo.

—También puedo follarte con esto... —Dijo Ignacio y meneó las caderas para que el pene se zarandeara en el aire.

La madura soltó una risita.

—Pues mi coño está deseando ver que sabes hacer con ese dedo tan gordo —dijo Clotilda y se mordió el labio.

Ignacio lamentó haber puesto unas expectativas tan altas al follársela con sus hábiles dedos, pero daría lo mejor de sí mismo.

—¿Te follo contra la pared o quieres cabalgarme tú? —Preguntó Ignacio.

—Lo que tú quieras, corazón —respondió Clotilda.

—Cabálgame, quiero ver cómo se mueven tus tetas y comérmelas —dijo Ignacio.

—Mmmm, ¿quieres comerte mis tetas? —Dijo Clotilda y meneo sus pechos, ocultos bajo la tela del vestido —. Tendré que desnudarme.

Clotilda se quitó el vestido. Tenía un vientre flácido y caído con una cicatriz de cesárea.

Sus pechos tenían piel flácida, pero solo una zona, el resto parecía turgente e hinchada.

No era uno de esos pechos de silicona modernos que parecían moverse como tetas naturales, sino dos bolas como si le hubieran hinchado balones dentro.

Ignacio estrujó aquellos pechos de piel áspera y los notó duros.

—Están duros —comentó Ignacio sin dejar de apretar aquellos pechos. Nunca había tocado unos iguales.

—Duros como tu rabo, cielo —dijo Clotilda y agarró el pene de Ignacio y lo meneó.

Ignacio se sentó sobre el inodoro y Clotilda se colocó sobre él y comenzó a moverse lentamente.

Era agradable sentir el coño húmedo y caliente de esa vieja. Follaba despacio, pero quizá así duraría más rato antes de eyacular.

Clotilda gemía suavemente y de fondo se escuchaba los fuertes gemidos de la pareja de al lado. Ignacio lamió aquellos balones que tenía la madura por tetas.

—Usa tus dedos —gimió Clotilda.

—Pero si ya tengo mi pene dentro —dijo Ignacio, dejando de lamer por un momento los pezones de la setentona.

—Métemelos en el culo —pidió Clotilda —. Quiero sentir tus dedos dentro de mí, corazón.

Ignacio soltó uno de los pechos y comenzó a penetrar el ano de Clotilda con un dedo.

El ano de la madura era tan tragón como su coño, de modo que Ignacio no tardó en tener los seis dedos moviéndose en el ano de la madura.

Se percató que según los moviera podía notar su pene a través de las paredes anales y vaginales de la mujer.

Casi podía masturbarse teniendo el pene dentro de la vagina.

—Uffff. Cariño. Estoy en el cielo. Esto es el paraíso. Oh. Sí. Sí. ¡Sí! —Gimió Clotilda y de pronto comenzó a convulsionar. Los espasmos vaginales provocaron la eyaculación de Ignacio, que llenó la vagina de la sesentona con una buena cantidad de semen.

Clotilda, con los ojos en blanco comenzó a caerse hacía atrás. Ignacio, rápidamente sacó sus dedos del ano de la mujer y detuvo su caída, sosteniéndola por la espalda.

—¿Estás bien? —Preguntó Ignacio, temiendo haber matado de placer a la mujer.

—Ufff, cielo. No recuerdo la última vez que me dieron un orgasmo así —dijo Clotilda que seguía en el paraíso —. Soy toda tuya.

Ignacio ayudó a Clotilda a ponerse en pie. Al levantarse, el pene de Ignacio salió de su vagina y tras el pene comenzó a gotear el semen.

Ignacio la ayudó a limpiarse un poco con papel higiénico y a vestirse.

—Muchas gracias, corazón —agradeció Clotilda —. Si quieres podemos vernos más días.

—No vivo aquí —dijo Ignacio —. Lo lamento, pero solo estoy de vacaciones y me quedo pocos días más y he venido acompañado.

—¿Tienes novia? —Preguntó Clotilda.

—Sí. No. No es mi novia. Follamos y eso. Pero hoy ella ha quedado con unos y yo he salido a ver si tenía suerte... Y bueno, yo he tenido suerte —dijo Ignacio tratando de halagar a Clotilda.

—Oh, qué mal. Bueno, de todas formas, te puedo dar mi número de teléfono y si tienes otra oportunidad estos días o vuelves el año que viene... Llámame —pidió Clotilda.

—Eso está hecho —aseguró Ignacio.

Intercambiaron números de teléfono y ambos salieron juntos a la ruidosa y oscura pista de baile.

Pero no fueron a bailar, ya estaban cansados.

En especial Clotilda, que estaba agotada.

Cruzaron la pista de baile y salieron por la entrada principal.

Ignacio, como buen caballero, ayudó a Clotilda abajar los 7 escalones.

Clotilda se despidió del joven con un húmedo beso y cada uno caminó en una dirección.