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Eli se puso elegante para salir al encuentro con esos dos hombres que la habían invitado al barco. Ignacio sintió una pizca de celos, pero en parte un poco de orgullo por haberse follado a Eli unas horas antes. Aunque Eli se había duchado, en lo más profundo de su vagina quedarían restos de semen.
—¿Me queda bien el vestido? —Preguntó Eli y dio una vuelta delante de Ignacio.
Ignacio no perdió detalle del elegante vestido blanco con florituras.
Casi parecía un vestido moderno de novias.
Deseó tomarla ahí mismo, pero la "noche de bodas" la iba a disfrutar otro hombre. O quizás gozara con los dos hombres.
—Elegante y sexy —dijo Ignacio.
Eli sonrió y asintió.
—Entonces he escogido bien —dijo Eli —. No me esperes despierto. Duerme tranquilo y no te preocupes por mí. O no duermas y sal a ver si tu cazas a alguna mami o a alguna jovencita.
Eli se despidió y salió de la suite.
Ignacio llevaba horas debatiéndose. Una parte de él quería estar ahí para esperar a Eli. Pero con esa despedida Ignacio tenía que asumir que Eli no iba a volver en 2 horitas.
Saldría e intentaría pescar algo. Ahora que sabía que tenía un arma secreta para complacer a las mujeres ya no le hacía temer decepcionarlas.
Ahora además aguantaba varios minutos sin eyacular, ya no era un eyaculador precoz.
Simplemente era un eyaculador rápido, más la primer vez que eyaculaba que la segunda vez.
Entre las dos eyaculaciones podía ofrecer una cantidad digna de tiempo de penetración.
Eso por sí mismo ya era alentador. Podría sacar un 5 o como poco suspender con un 4.
Pero contaba con sus dedos. Unos dedos que ahora sabía que podían arrancar gemidos y complacer a cualquier mujer (o al menos eso había concluido tras probarlos una y otra vez con Eli y con Fina).
Unos dedos que habían ido mejorando aún más.
Sí. Iba a salir a ligar.
Ignacio cogió una camisa floreada y unos pantalones piratas y salió tras echarse un poco de perfume.
El joven salió del hotel dispuesto a seducir a una MILF o a una chica joven.
Por un lado, le daba morbo poder follar con una MILF.
Aunque consideraba muchas veces a Eli como una MILF, lo cierto es que realmente era una GILF.
Buscar a una mami de unos 40 años era interesante.
Por otro lado, el cuerpo también le pedía algo más joven. Una chica de su edad.
Sacudió la cabeza.
¿Cómo se planteaba tantas dudas sobre qué elegir? Quizá acabara la noche en el hotel masturbándose con el recuerdo de las mujeres de esa noche. Se iría con la que le hiciera caso, si es que alguna se lo hacía.
Caminó por el paseo marítimo. Era agradable la brisa marina de esa noche. Se cruzó con varios grupos de chicas. Algunas con vestidos sugerentes y unas pocas en bikini o en sujetador y unos shorts.
Los ojos de Ignacio se iban detrás de las tetas y de los culos de las chicas que iban o venían.
¿Debería acercarse y decirles algo?
Le daba miedo que lo vieran como un loco acosador y llamaran a la policía. Quizá debería intentarlo en un ambiente más festivo.
Siguió el sonido de la música y llegó a una discoteca a pie de playa.
En el paseo marítimo había varios grupos de amigas riendo y bailando con vasos en la mano. No sabía si ser directo y acercarse, porque, aunque ahí era más festivo seguía siendo la calle.
Vio que un grupo de chicas entraba en el edificio enseñando una pulsera a dos hombres enormes. Sin duda, eran los porteros de la discoteca.
—Disculpad, ¿para entrar? —Preguntó Ignacio con voz temblorosa.
Los porteros lo escrutaron de arriba a abajo. Parecían juzgar a la vez si podía causar problemas o si llevaba la ropa adecuada para entrar. Aunque muchas chicas iban elegantes, otras no parecían cumplir ninguna norma de etiqueta, así que esperaba que no le echaran para atrás por cómo iba vestido.
—¿Tienes entrada? —Preguntó con voz profunda uno de los hombres.
—No, ¿dónde puedo comprarla? ¿La vendéis vosotros? —Preguntó Ignacio.
A los hombres aquella pregunta pareció divertirles porque sonrieron.
—Por Internet o la puedes comprar directamente en la entrada delantera. Ve allí, porque igualmente tienes que ir a que te den la pulsera —dijo uno de los hombres.
Ignacio se lo agradeció y rodeó el edificio.
La entrada delantera miraba a la ciudad.
Había que subir unos siete escalones. Quizá el arquitecto había decidido que entrar subiendo siete escalones era algo que daría buena suerte, pero la gente también salía por aquella puerta.
Gente que se la notaba algo alcoholizada y para la cual, siete escalones no eran los mejores compañeros de fortuna.
Ignacio entró y compró una entrada que incluía dos consumiciones.
En esa entrada la música sonaba fuerte, pero cuando cruzó la puerta a la sala de baile, la música se volvió atronadora. Sentía que los tímpanos le iban a estallar. Las luces le confundían. Le llevó unos minutos adaptarse a ese ambiente.
Vio a un grupo de tres chicas y se acercó a bailar con ellas, pero las chicas se marcharon hacia otro lado en cuanto lo vieron acercarse.
Lo intentó de nuevo con otra chica y apareció un hombre que debía medir dos metros y se puso en medio y le gritó algo. No escuchó que le decía por lo ensordecedor que era la música, pero su instinto le invitó a alejarse de allí.
Decidió optar por otra estrategia, se quedaría en la barra del bar y esperaría a que alguna se le acercara.
Pasó allí una hora antes de gastar la primera copa gratis.
Varias chicas se habían acercado. La mayoría eran chicas jóvenes, al fin y al cabo, el 90% de la gente que había en esa discoteca era de más o menos su edad.
Pero las chicas simplemente se habían acercado para pedir algo de beber.
El parecía estar ahí, mimetizado con los taburetes.
—¿No hay suerte? —Preguntó el camarero en voz alta intentando imponer su voz a la música.
—¿Eh? —Preguntó Ignacio.
—¡Que no tienes suerte esta noche! —Repitió el camarero con voz más fuerte.
—No, no tengo coche —dijo Ignacio en voz normal.
El camarero frunció el ceño.
—¡No te oigo! ¡Cada vez ponen más fuerte la música! Me voy a casa y la sigo escuchando, como si se quedara grabada en mis oídos. —Dijo el camarero.
—No, no quiero más bebida por el momento —dijo Ignacio poniendo un poco más de empeño en proyectar su voz. Seguía sin escuchar muy bien al camarero.
—Mira —dijo el camarero y señaló hacía adelante —. ¡Si te gustan mayores tienes a Clotilda! Hace unas mamadas de escándalo y siempre viene a vez si caza a algún jovencito.
Ignacio no se enteró de nada, pero miró hacía donde señalaba el camarero.
Había chicas bailando y hombres que debían ser sus parejas o que intentaban seducir a las mujeres.
No se percató de la presencia de Clotilda, pues tampoco se fijaba especialmente en nadie ni se podía apreciar tampoco a la gente estando en un local oscuro en el que las luces aparecían y desaparecían.
—Sí, una buena fiesta —dijo Ignacio.
—¡Habla más alto! ¡No te escucho nada! —Dijo el camarero.
—No, no soy muy alto —respondió Ignacio.
—¿¡Te interesa la Cloti!? ¡Sí quieres la llamo! —Preguntó el camarero.
Ignacio no se enteraba de nada y ninguna iba para allí. Así que decidió intentarlo en el exterior. Pediría su segunda copa gratis y probaría suerte. Aunque no tenía demasiadas esperanzas ya.
Asintió para sí mismo.
El camarero lo interpretó como que estaba interesado en la madura e hizo unos gestos con la mano. La madura estaba conchabada con el camarero.
Ignacio vociferó para pedir la segunda copa, haciendo aspavientos y señalando la suya.
—¿Lo mismo? —Preguntó el camarero.
Ignacio dio toques con el índice a su copa y señaló una de las botellas de la cual le habían servido antes.
El camarero le entregó la segunda copa y Clotilda se acercó al joven.
—Hola guapo —dijo Clotilda.
Ignacio se sorprendió de que una mujer se dirigiera a él. Era una de las pocas maduras que había visto ahí, pero con la poca visibilidad era difícil precisar nada. Solo veía pequeñas pinceladas de su rostro según le diera la luz.
—Hola —dijo Ignacio, no porque la hubiera escuchado sino porque se imaginó que aquella mujer lo había saludado.
—¿Qué te parece si vamos a un sitio más silencioso? —Preguntó Clotilda.
Ignacio, por supuesto no la escucho.
—¿Eh? —Preguntó Ignacio.
—¡Está medio sordo y encima habla muy bajito! —Comentó el camarero.
—Ven conmigo, guapo —dijo Clorilda y agarró de la mano a Ignacio y tiró de él.
Ignacio se dejó llevar, rodearon la pista de baile y llegaron al baño. Al baño se accedía a través de un pasillo que se dividía en otros dos y se volvía a doblar, formando una especie de Z doble.
Ahí la música se escuchaba fuerte, pero no tanto como en la sala. Ignacio notó que le pitaban los oídos.
Un joven salió de allí con una sonrisa, unas grandes ojeras y algo blanco sobre el labio. Al pasar junto a Ignacio le dio una palmada en el hombro.
—Menuda te has cogido, campeón —dijo en tono burlón.
—No le hagas caso —dijo Clotilda —. ¡Niñato! —Le dijo al que se marchaba.
Ignacio se fijó en Clotilda. La mujer era mayor.
Bastante mayor. Quizá tuviera 70 años y los aparentaba.
Era delgada, una cara huesuda y más arrugada que una pasa.
Bronceada, un bronceado que atestiguaba que se había quemado con el Sol muchas veces.
Su cabello era de un negro oscuro. Se lo debía haber teñido hacía poco tiempo.
Sus brazos y piernas eran huesudos y llenos de tatuajes, pero tenía un gran busto que se ocultaba bajo su ceñido vestido negro. Sin duda, tenía las tetas operadas.
—¿Vamos a...? —Preguntó Ignacio, intentando atravesar con la mirada el vestido y ver cómo eran aquellos pechos.
Clotilda fue muy consciente de hacía donde miraba el chico.